Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

martes, 9 de junio de 2009

El automóvil del señor Ford


Por Sugel Michelén

Muchos presuponen que la ciencia y la fe cristiana son enemigas irreconciliables, pero nada puede estar más lejos de la realidad. Más bien fue el cristianismo lo que hizo posible el nacimiento de la ciencia moderna al crear el clima de pensamiento necesario para que los hombres se dedicaran a la investigación del universo.

El profesor Rodney Stark, que no profesa la fe cristiana, dice que contrario a la opinión que muchos tienen hoy día, la ciencia moderna nace en Europa, y no en ningún otro lugar, como una consecuencia directa del cristianismo.

“El cristianismo – dice Stark – representó a Dios como un ser racional, sensible, confiable y omnipotente; y al universo como Su creación personal y, consecuentemente, poseyendo una estructura racional, lógica y estable, sujeta a la comprensión humana”. Y más adelante añade: “Los cristianos desarrollaron la ciencia porque creyeron que esto podía ser hecho y que debía ser hecho”.

Había una conciencia del mandato cultural que Dios le dio al hombre de sojuzgar la tierra y enseñorearse sobre ella (comp. Gn. 1:26-28); en otras palabras, el hombre tenía la responsabilidad de usar sus capacidades como un ser creado a imagen de Dios para desarrollar el potencial de nuestro planeta y discernir el modo habitual en que el Dios soberano obra en Su creación. Como bien señala Donald Carson: “Por medio de una cuidadosa observación del universo físico, a través de experimentos bajo condiciones controladas, por medio de prueba y error, descubrimos más del universo y, consecuentemente acerca de la manera como Dios hace las cosas habitualmente”. Las llamadas “leyes naturales”, en realidad se refieren al modo de proceder de Dios.

De manera que la dificultad de muchos científicos para aceptar la existencia de Dios es un prejuicio moral y no la consecuencia de los avances incuestionables que ha tenido la ciencia para explicar muchos de los mecanismos del universo. El hecho de que podamos explicarlos no responde las preguntas de quién creó tales mecanismos y con qué propósito. John Lennox ilustra este prejuicio con el siguiente relato.

Imaginemos a un hombre en una selva remota al que le obsequian un automóvil Ford y le explican cómo encenderlo y maniobrarlo. En un principio este hombre presupone que dentro del motor hay un dios llamado “el señor Ford” que hace andar el automóvil. Cuando el motor funciona suavemente es porque el señor Ford está de buenas y cuando no funciona bien es porque está de malas. Pero nuestro amigo comienza a aprender mecánica hasta que llega el momento en que puede desmontar el motor pieza por pieza y entender cómo funciona. Ahora ha descubierto que dentro del motor no hay ningún señor Ford y que su funcionamiento se puede explicar enteramente en términos de mecánica y de combustión interna.

¿Sería inteligente de su parte suponer que en realidad nunca ha existido ningún señor Ford que inventó este motor en algún punto de la historia? Por supuesto que no. Si alguien no hubiera diseñado y construido el mecanismo no habría nada que explicar. Pues de igual modo, el hecho de que ahora podamos comprender muchos de los principios que rigen el universo no elimina la necesidad de un Creador inteligente que hizo todas las cosas con un propósito. Más bien, es la inteligencia detrás del diseño lo que hace posible su estudio.

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