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lunes, 29 de junio de 2009

Ni te conviene ni te perjudica, sino todo lo contrario


Por Sugel Michelén

En nuestra sociedad occidental postmoderna, los sofistas continúan haciendo tanto daño como lo hicieron en la sociedad ateniense cientos de años atrás.

Según el Diccionario de la Real Academia, la palabra “sofisma” significa: “Razón o argumento aparente con que se quiere defender o persuadir lo que es falso”. Dos palabras relacionadas son “sofisticado”, que significa “falto de naturalidad, afectadamente refinado; y “sofisticar”: “adulterar, falsear una cosa”. Los “sofista” eran maestros ambulantes que aparecen en Atenas en el siglo V a.C., y que enseñaban por paga (algo muy novedoso en aquellos días) el arte de la retórica; es decir, hablar, escribir y argumentar eficazmente.

Los sofistas rechazaron la idea de que los seres humanos fueran capaces de encontrar respuestas seguras a los misterios de la naturaleza y el universo. Por tal razón, no se preocupaban por la validez de sus razonamientos, sino por la fuerza de su argumentación para convencer al contrario. Su meta no era hallar y proclamar la verdad, sino decir las cosas de un modo convincente. Por tal razón eran considerados por algunos como enemigos de la verdadera sabiduría.

Aristóteles, por ejemplo, decía que “la sofística es una sabiduría aparente”; tiene apariencia de sabiduría, pero no lo es en realidad. Y Platón decía del sofista que se trata “de un hombre extrañísimo”, ya que su ser consiste en no ser; dice ser un filósofo (amante de la sabiduría), pero presupone que tal sabiduría fundada en la verdad no puede ser hallada.

El sofista es un escéptico y, en gran medida, un cínico. Si el sofista presupone que los seres humanos son incapaces de responder con certeza a las preguntas más relevantes de la existencia, su mejor opción sería dejar de opinar del todo, al menos en cuanto a estas cuestiones (como Cratilo quien, partiendo de la premisa de que ninguna cosa del mundo perceptible podía ser realmente conocida, decidió callar por el resto de su vida, limitándose a señalar lo que quería con el dedo).

Pero el sofista prefiere sacar provecho de su retórica argumentando con agudeza para defender su posición (a pesar de que, en el fondo, no puede tener ninguna). Es un incrédulo que está decidido a defender su incredulidad a toda costa con tal de mantener su estilo de vida.

Pablo los describe en su carta a los Romanos como aquellos que, profesando ser sabios, se hicieron necios (Romanos 1:22). El problema es que revisten su necedad con tal ropaje de sabiduría que fácilmente pueden engañar a los incautos.

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