En una de sus obras, Os Guinness hace referencia al siguiente “sketch” realizado por el comediante alemán Karl Vallentin. El cómico aparece en el escenario buscando algo afanosamente dentro de un halo de luz. Al cabo de un tiempo se le acerca un policía y le pregunta qué está haciendo allí, a lo que Vallentin responde: “He perdido las llaves de mi casa”.
El policía se une a la búsqueda, pero al ver que los esfuerzos de ambos son inútiles, le pregunta: “¿Está Ud. seguro que perdió las llaves aquí?”. “¡Oh no!” – responde el comediante, y señalando hacia una esquina oscura del escenario, añade: “Fue allí”. “Entonces, ¿por qué no está buscando allí?” “Porque no hay luz allá” – responde Vallentin.
Este “sketch” ilustra claramente la condición en que se encontraría el hombre si no existiera Dios o si Dios existiera y no hubiese tomado la iniciativa de revelarse: nos faltarían piezas clave para entender el significado y propósito de la vida.
¿De dónde venimos? ¿Qué hacemos aquí? ¿Cómo se supone que debemos vivir? ¿Cuál es nuestro destino final? Para el hombre que vive a expensas de sí mismo, sin contar con una revelación divina, las respuestas se encontrarían en esa esquina oscura donde no hay ninguna luz. Tendríamos que concluir que la vida es totalmente absurda, un misterio que nosotros no podemos desentrañar por falta información.
Así lo entendió el filósofo alemán Fiedrich Nietzsche, quien luego de anunciar la muerte de Dios, anuncia también las terribles consecuencias de haber eliminado ese punto de referencia:
“¿Cómo pudimos vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender la tierra de la cadena de su sol? ¿Dónde la conducen ahora sus movimientos? ¿A dónde la llevan los nuestros? ¿Es que caemos sin cesar? ¿Vamos hacia delante, hacia atrás, hacia algún lado? ¿Erramos en todas direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío con su aliento?”
Nietzsche vio el punto, pero no fue lo suficientemente honesto como para cerrar sus labios y dejar de opinar. Si no podemos saber si avanzamos o retrocedemos, si subimos o caemos, ¿cómo podemos dar nuestras opiniones tan categóricamente? Cuando alguien dice creer que la vida es absurda y que la verdad no existe, no hay necesidad de que tratemos de refutar sus argumentos; él ya lo hizo por nosotros.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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viernes, 8 de enero de 2010
jueves, 3 de diciembre de 2009
Las incongruencias de Ateodom
En el día de ayer salió publicado en primera plana de uno de nuestros diarios, la noticia de la formación de la Asociación de Ateos Dominicanos (Ateodom). No voy a entrar en amplias consideraciones acerca del ateísmo como filosofía; simplemente deseo señalar algunas de las incongruencias en que incurrió el presidente de la asociación en sus declaraciones.
Voy a limitarme al siguiente párrafo: “La Biblia es un libro perverso desde el principio hasta el final. Ahí no hay nada bueno. Desde el comienzo hasta el final pretende desviar la naturaleza humana”.
Hay dos aseveraciones aquí con respecto a la Biblia: En primer lugar, que es un libro perverso de principio a fin, por lo que, consecuentemente, no hay nada bueno en él; y, en segundo lugar, que la Biblia pretende desviar la naturaleza humana.
Comencemos por la primera: La Biblia es un libro perverso en el que no hay nada bueno. Según el Diccionario de la Real Academia, “perverso” significa: “Sumamente malo, que causa daño intencionadamente”. De manera que al calificar la Biblia con este adjetivo, se está presuponiendo que existe un estándar moral objetivo que nos permite distinguir “lo bueno” de “lo malo”. Más aún, se presupone también que hay grados de maldad, ya que, al usar la palabra “perverso” el presidente de Ateodom no sólo afirma que la Biblia es un libro malo, sino “sumamente malo” y escrito con la intención de hacer daño.
Ahora bien, si no existe un Ser supremo y todopoderoso al que todos los hombres deben obediencia, entonces no puede existir ningún estándar moral objetivo por el que podamos evaluar las acciones humanas (o en este caso, el contenido de un libro) como “buenas” o “malas”.
Un ateo pudiera decir que algo le agrada o le desagrada; incluso, puede aventurarse a opinar que algo es recomendable o no recomendable para lograr un fin previamente determinado; pero los conceptos de “bueno” y “malo” presuponen un estándar moral establecido, válido para todos por igual.
La misma incongruencia se repite más adelante en la entrevista, cuando el presidente de Ateodom declara que “en una sociedad atea las relaciones de convivencia serían sanas, puras, elevadas en el amor, con el principio de compartir a su máxima expresión. Se basaría en la virtud humana”. Pero ¿cómo establecer lo que es más sano y más puro para la sociedad? O ¿cómo podríamos definir el amor o la virtud sin un estándar objetivo de “lo bueno” y “lo malo”?
Como diría Fiedrich Nietzsche, sin Dios nos quedamos sin punto de referencia para la lógica, la moral y la virtud: “¿Cómo pudimos vaciar el mar?” – pregunta Nietzsche. “¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender la tierra de la cadena de su sol? ¿Hacia dónde la conducen ahora sus movimientos? ¿A dónde la llevan los nuestros? ¿Es que caemos sin cesar? ¿Vamos hacia delante, hacia atrás, hacia algún lado? ¿Erramos en todas direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío con su aliento?...”.
Lamentablemente, Nietzsche tampoco fue coherente con su postura. De haber tenido la oportunidad me hubiera gustado preguntarle por qué continuó escribiendo y propagando sus ideas. El que no sabe si avanza o retrocede, si sube o cae, ¿cómo puede dar sus opiniones tan categóricamente?
En cuanto a la segunda aseveración de que la Biblia “pretende desviar la naturaleza humana”, ésta presupone que existe una naturaleza humana ideal de la cual la Biblia “pretende” desviarnos. Pero si partimos de la premisa de que no existe un Dios creador, debemos concluir entonces que el hombre es el producto de fuerzas no inteligentes que actuaron sin propósito; por lo que no hay manera de definir una naturaleza humana ideal.
Hace mucho tiempo que el existencialista ateo Jean Paul Sartre abordó este problema. Sartre no considera al hombre como un ser creado bajo la autoridad de un Ser superior, ni tampoco presupone un propósito fuera de nosotros mismos que debamos perseguir: “El hombre, dice Sartre, es nada más que lo que él hace de sí mismo. Ese es el primer principio del existencialismo”. Y de ese principio fundamental se deriva lo que podríamos llamar “la libertad soberana del hombre”. Para Sartre, la libertad no es otra cosa que el poder que supuestamente poseemos de definir nuestro propio ser, de determinar lo que somos.
Y ¿qué es lo que realmente somos? Según él, eso es algo que no podemos establecer con certeza en ningún punto de nuestra existencia, porque nuestro ser no posee una esencia fija, sino que es algo que estamos determinando continuamente por nosotros mismos: “La naturaleza humana no existe, ya que no existe ningún Dios” que nos provea un concepto adecuado de ella, dice Sartre. El hombre está en un constante proceso de llegar a ser y, por lo tanto, nunca podremos decir lo que un hombre realmente es. Consecuentemente, según Sartre, el hombre es nada, una pasión inútil.
Podría puntualizar algunas cosas más de la entrevista publicada en el día de ayer en Diario Libre, pero creo que estas son suficientes para establecer mi punto de que el presidente de Ateodom no posee una postura coherente con su filosofía. En un mundo sin Dios las cosas no son ni malas ni buenas, simplemente son. El problema es que nadie puede vivir consecuentemente con este pensamiento. Este planteamiento puede ser expresado en un papel, pero no es viable en la vida real.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Voy a limitarme al siguiente párrafo: “La Biblia es un libro perverso desde el principio hasta el final. Ahí no hay nada bueno. Desde el comienzo hasta el final pretende desviar la naturaleza humana”.
Hay dos aseveraciones aquí con respecto a la Biblia: En primer lugar, que es un libro perverso de principio a fin, por lo que, consecuentemente, no hay nada bueno en él; y, en segundo lugar, que la Biblia pretende desviar la naturaleza humana.
Comencemos por la primera: La Biblia es un libro perverso en el que no hay nada bueno. Según el Diccionario de la Real Academia, “perverso” significa: “Sumamente malo, que causa daño intencionadamente”. De manera que al calificar la Biblia con este adjetivo, se está presuponiendo que existe un estándar moral objetivo que nos permite distinguir “lo bueno” de “lo malo”. Más aún, se presupone también que hay grados de maldad, ya que, al usar la palabra “perverso” el presidente de Ateodom no sólo afirma que la Biblia es un libro malo, sino “sumamente malo” y escrito con la intención de hacer daño.
Ahora bien, si no existe un Ser supremo y todopoderoso al que todos los hombres deben obediencia, entonces no puede existir ningún estándar moral objetivo por el que podamos evaluar las acciones humanas (o en este caso, el contenido de un libro) como “buenas” o “malas”.
Un ateo pudiera decir que algo le agrada o le desagrada; incluso, puede aventurarse a opinar que algo es recomendable o no recomendable para lograr un fin previamente determinado; pero los conceptos de “bueno” y “malo” presuponen un estándar moral establecido, válido para todos por igual.
La misma incongruencia se repite más adelante en la entrevista, cuando el presidente de Ateodom declara que “en una sociedad atea las relaciones de convivencia serían sanas, puras, elevadas en el amor, con el principio de compartir a su máxima expresión. Se basaría en la virtud humana”. Pero ¿cómo establecer lo que es más sano y más puro para la sociedad? O ¿cómo podríamos definir el amor o la virtud sin un estándar objetivo de “lo bueno” y “lo malo”?
Como diría Fiedrich Nietzsche, sin Dios nos quedamos sin punto de referencia para la lógica, la moral y la virtud: “¿Cómo pudimos vaciar el mar?” – pregunta Nietzsche. “¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender la tierra de la cadena de su sol? ¿Hacia dónde la conducen ahora sus movimientos? ¿A dónde la llevan los nuestros? ¿Es que caemos sin cesar? ¿Vamos hacia delante, hacia atrás, hacia algún lado? ¿Erramos en todas direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío con su aliento?...”.
Lamentablemente, Nietzsche tampoco fue coherente con su postura. De haber tenido la oportunidad me hubiera gustado preguntarle por qué continuó escribiendo y propagando sus ideas. El que no sabe si avanza o retrocede, si sube o cae, ¿cómo puede dar sus opiniones tan categóricamente?
En cuanto a la segunda aseveración de que la Biblia “pretende desviar la naturaleza humana”, ésta presupone que existe una naturaleza humana ideal de la cual la Biblia “pretende” desviarnos. Pero si partimos de la premisa de que no existe un Dios creador, debemos concluir entonces que el hombre es el producto de fuerzas no inteligentes que actuaron sin propósito; por lo que no hay manera de definir una naturaleza humana ideal.
Hace mucho tiempo que el existencialista ateo Jean Paul Sartre abordó este problema. Sartre no considera al hombre como un ser creado bajo la autoridad de un Ser superior, ni tampoco presupone un propósito fuera de nosotros mismos que debamos perseguir: “El hombre, dice Sartre, es nada más que lo que él hace de sí mismo. Ese es el primer principio del existencialismo”. Y de ese principio fundamental se deriva lo que podríamos llamar “la libertad soberana del hombre”. Para Sartre, la libertad no es otra cosa que el poder que supuestamente poseemos de definir nuestro propio ser, de determinar lo que somos.
Y ¿qué es lo que realmente somos? Según él, eso es algo que no podemos establecer con certeza en ningún punto de nuestra existencia, porque nuestro ser no posee una esencia fija, sino que es algo que estamos determinando continuamente por nosotros mismos: “La naturaleza humana no existe, ya que no existe ningún Dios” que nos provea un concepto adecuado de ella, dice Sartre. El hombre está en un constante proceso de llegar a ser y, por lo tanto, nunca podremos decir lo que un hombre realmente es. Consecuentemente, según Sartre, el hombre es nada, una pasión inútil.
Podría puntualizar algunas cosas más de la entrevista publicada en el día de ayer en Diario Libre, pero creo que estas son suficientes para establecer mi punto de que el presidente de Ateodom no posee una postura coherente con su filosofía. En un mundo sin Dios las cosas no son ni malas ni buenas, simplemente son. El problema es que nadie puede vivir consecuentemente con este pensamiento. Este planteamiento puede ser expresado en un papel, pero no es viable en la vida real.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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