Por Brad Harrub, Ph.D.
Huracanes en Florida. Tsunamis en el Océano Índico. Escasez de alimento en Somalia. Las imágenes que los medios de comunicación proveen de estos eventos terribles a menudo ocasionan que incluso los corazones más duros se ablanden y quieran proveer algún tipo de auxilio. Y por consiguiente, remangamos nuestras camisetas para donar sangre, sacamos nuestras chequeras para donar dinero, e incluso en algunas circunstancias, usamos nuestro tiempo de vacaciones para ir como voluntarios a auxiliar en el desastre. Pero ¿por qué actuarían los humanos en tal manera? ¿Por qué son altruistas los seres humanos? Mark Buchanan ha anotado:
Cuando se trata de explicar el origen de nuestro altruismo, el tema llega a ser mucho más polémico. En términos evolutivos esto es un rompecabezas ya que cualquier organismo que ayuda a otros a sus propias expensas se expone a una desventaja evolutiva. Por tanto si mucha gente es realmente altruista, como parece, ¿por qué los competidores más codiciosos y auto-buscadores no los han aniquilado? (2005).
El altruismo está en conflicto directo con la teoría evolutiva. Aunque, los evolucionistas siempre han podido desviar esta implicación. Como Buchanan reconoció: “Por varias décadas, los investigadores han tenido una explicación posible: aparentemente los actos desinteresados no tienen nada de desinteresados, sino son una manera ingeniosa de promover interés propio e individual” (2005).
Pero la investigación reciente está retando esta noción. Por ejemplo, Ernst Fehr y sus colegas escribieron en la revista Human Nature:
Este escrito provee evidencia sólida que reta la suposición de interés propio que domina las ciencias conductistas y el pensamiento evolutivo. La evidencia indica que mucha gente tiene una tendencia a cooperar voluntariamente... (2002, p. 1).
Robert Trivers de la Universidad de Rutgers fue tan lejos como para sugerir que el altruismo verdadero puede ser una “mal adaptación” (como citado en Buchanan, 2005). El clasificar al altruismo de esta manera no significa que la evolución ha explicado este fenómeno global. Lo cierto es que la evolución no puede explicar la caridad, exactamente como no puede explicar la moralidad. Estas no se encuentran como los componentes moleculares de las células vivas, por tanto, ¿de dónde vinieron exactamente?
REFERENCIAS
Buchanan, Mark (2005), “Charity Begins at Homo sapiens,” New Scientist, [En-línea], URL: http://www.newscientist.com/channel/being-human/mg18524901.600.
Fehr, Ernst, Urs Fischbacher, Simon Gachter (2002), “Strong Reciprocity, Human Cooperation, and the Enforcement of Social Norms,” Human Nature, 13[1]:1-25.
Este artículo fue tomado de Apologetic Press.
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jueves, 1 de julio de 2010
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Equipémonos para la defensa de la fe
El apóstol Pedro exhorta a los creyentes a estar “siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1P. 3:15).
La palabra que se traduce como “defensa” es la palabra griega “apología”, de donde proviene nuestra palabra “apologética”. Implica un antagonista que cuestiona y un cuestionado que defiende su posición con argumentos racionales.
Es por eso que, aunque el mensaje del evangelio siempre es el mismo en esencia, no siempre podremos exponerlo de la misma manera, porque las inquietudes varían de persona a persona. A algunos les bastará una exposición simple y llana del evangelio, mientras que otros serán más inquisitivos.
Pero el creyente debe estar siempre preparado para defender su fe ante uno y ante otro, cada cual según los dones y capacidades que Dios le ha dado. Y como en el mes de Diciembre muchos reciben algo de dinero extra, pensé que era una buena oportunidad para recomendar algunos libros, tanto en español como en inglés, que nos ayuden a equiparnos mejor en la tarea de presentar una buena apología de nuestra fe.
Cómo Defender su Fe, de R. C. Sproul
Esta es una buena introducción al tema de la apologética cristiana, escrita con sencillez, pero sin superficialidad. Si algo aprecio del Dr. Sproul es su profundidad teológica y su agudeza filosófica, mezclado con una inusual capacidad de hacerse entender por la mayoría. La parte del libro en la que desarrolla los cuatro principios esenciales del conocimiento, vale la compra del libro. El Dr. Sproul es graduado del Westminster College, Pennsylvania (1961), del Pittsburgh-Xenia Thelogical Seminary (1964), de Free University of Amsterdam (1969) y del Whitefield Theological Seminary.
¿Ha Enterrado la Ciencia a Dios?, de John C. Lennox
Algunos tienen la idea equivocada de que los avances científicos del siglo XX le dieron un
golpe mortal a la fe cristiana; lo que ha sucedido en realidad es lo mismo que hemos visto en otras épocas de la historia: Muchos han proclamado la muerte del cristianismo, pero el cadáver nunca ha aparecido. Este libro nos ayuda a entender por qué. El capítulo 2 es una brillante exposición sobre el ámbito de la ciencia: su alcance y sus límites. El Dr. Lennox es profesor de Matemáticas en la Universidad de Oxford y autor de diversas obras de investigación en matemática pura. Si desea ver su debate con Richard Dawkins, puede hacerlo aquí.
The Divine Challenge, On Matter, Mind, Math & Meaning, de John Byl
En este libro el Dr. Byl demuestra, de forma contundente diría yo, que la cosmovisión cristiana provee el único fundamento seguro para la lógica, las matemáticas, la ciencia y la moral. Este libro es un poco más complejo que los dos anteriores, pero bien vale la pena el esfuerzo de leerlo de principio a fin. El Dr. John Byl es professor de Matemáticas, y encargado del departamento de Matemáticas y Ciencias en el Trinity Western University en Langley, British Columbia. También tiene un Ph.D. en Astronomía de la Universidad de British Columbia.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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La palabra que se traduce como “defensa” es la palabra griega “apología”, de donde proviene nuestra palabra “apologética”. Implica un antagonista que cuestiona y un cuestionado que defiende su posición con argumentos racionales.
Es por eso que, aunque el mensaje del evangelio siempre es el mismo en esencia, no siempre podremos exponerlo de la misma manera, porque las inquietudes varían de persona a persona. A algunos les bastará una exposición simple y llana del evangelio, mientras que otros serán más inquisitivos.
Pero el creyente debe estar siempre preparado para defender su fe ante uno y ante otro, cada cual según los dones y capacidades que Dios le ha dado. Y como en el mes de Diciembre muchos reciben algo de dinero extra, pensé que era una buena oportunidad para recomendar algunos libros, tanto en español como en inglés, que nos ayuden a equiparnos mejor en la tarea de presentar una buena apología de nuestra fe.
Cómo Defender su Fe, de R. C. Sproul
¿Ha Enterrado la Ciencia a Dios?, de John C. Lennox
Algunos tienen la idea equivocada de que los avances científicos del siglo XX le dieron un
The Divine Challenge, On Matter, Mind, Math & Meaning, de John Byl
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jueves, 17 de septiembre de 2009
Los milagros y la ciencia

¿Puede el hombre del siglo XXI creer en la Biblia, y en los milagros que en ella se narran, y aún así seguir siendo una persona razonable? A partir de la Ilustración en el siglo XVIII muchos asumen que eso no es posible.
“La Biblia – nos dicen – fue escrita en una era pre-científica; por tal razón sus escritores tuvieron que recurrir a los milagros para explicar aquellos fenómenos que no podían comprender. Pero la ciencia ha comprobado que los milagros no existen – sólo existen causas naturales; consecuentemente la Biblia no es un libro confiable.”
Si los milagros no existen, la fe cristiana es necesariamente falsa, porque los milagros ocupan un lugar de suprema importancia en el cristianismo. Cada año celebramos el milagro de la encarnación, el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, que por amor a nosotros asumió una naturaleza humana igual en todo a la nuestra, pero sin pecado. Y cada domingo celebramos el milagro de Su resurrección.
Los evangelios también contienen muchos relatos de los milagros obrados por Jesús durante su ministerio terrenal. ¿Ha probado la ciencia sin lugar a dudas que tales relatos son falsos? Como hemos dicho ya, muchos presuponen que sí, pero esa presuposición es en realidad un acto de fe.
Como bien señala Timothy Keller, “una cosa es decir que la ciencia sólo está equipada para probar causas naturales… Pero es otra cosa completamente distinta insistir que la ciencia prueba que ninguna otra causa puede existir.”
Cuando alguien afirma que ninguna causa sobrenatural puede explicar un fenómeno natural, está haciendo una afirmación filosófica, no científica, porque la declaración en sí es imposible de probar científicamente.
Dicho de otro modo, cuando alguien afirma que los milagros no pueden suceder, está presuponiendo que no existe ningún Dios capaz de hacer milagros. Pero si Dios existiera, y Él fuera el Creador de todas las cosas, no habría problema alguno en creer que ese Dios sea capaz de hacer milagros.
De manera que para probar científicamente que los milagros no pueden ocurrir habría que probar primero, fuera de toda duda, que Dios no existe; pero es imposible probar científicamente la inexistencia de Dios. Si Jesús era el Dios encarnado, como Él dijo ser, Sus milagros son completamente razonables; tales milagros no eran trucos diseñados para impresionar, sino verdaderos portentos que nos revelan la naturaleza de Su misión.
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jueves, 25 de junio de 2009
El pescador obtuso
Por Sugel Michelén
Muchas personas creen erróneamente que el meollo del conflicto entre el teísmo y el naturalismo es un antagonismo entre religión y ciencia, cuando se trata en realidad de dos creencias en pugna. Mientras los teístas afirman que hay un Dios trascendente y personal que creó el universo, los naturalistas insisten en que el universo puede ser explicado en términos puramente naturales.
El astrónomo norteamericano Carl Sagan resume el credo del naturalismo en la frase con que iniciaba cada episodio de la serie televisiva Cosmos, que vino a ser sumamente popular hace unas décadas: “El cosmos es todo lo que existe, lo que siempre existió y lo que siempre existirá”. Según esta perspectiva no existe nada más aparte del universo que explique la existencia del mismo, como si se tratara de una entidad infinita, eterna y omnipotente, atributos que la Biblia otorga únicamente a Dios.
Ahora bien, esta declaración, aunque dicha por un hombre de ciencia, debe ser tomada como una declaración de fe y no como una conclusión científica. La ciencia tiene sus límites en el campo del conocimiento. Es erróneo pensar que ésta pueda explicarlo todo y más erróneo aún presuponer como inexistente todo lo que esté fuera del alcance de la investigación científica.
Es imposible de probar científicamente que el universo es todo lo que hay, todo lo que ha habido y todo lo que habrá. La falacia de este concepto es ilustrada en la famosa parábola del físico Arthur Eddinton, sobre un pescador que pescaba con una red con aberturas de 10 cm., y que había llegado a la conclusión de que no existían peces más pequeños. Cuando alguien le dijo haber visto peces de 5 cm., el pescador obtuso le respondió: “¡Si mi red no lo captura no es un pez!”.
“Toda red científica – dice John Lennox – tiene su tamaño de malla, y no existe ciencia que lo capte todo”. Aquellos que afirman que la ciencia es el único medio seguro de adquirir conocimiento, no tienen más opción que creer esto por fe y contradecirse a sí mismos, porque tampoco podemos probar científicamente que la ciencia es el único medio de adquirir conocimiento seguro y objetivo.
John MacArthur está en lo cierto cuando afirma que toda la filosofía naturalista descansa “en una premisa basada en la fe… La ciencia sólo se ocupa de cosas que pueden ser observadas y reproducidas por experimentación. Por definición, la ciencia no puede darnos conocimiento alguno acerca de cómo llegamos a existir en este planeta. La creencia en la teoría evolutiva es un asunto de pura fe, y la creencia dogmática en cualquier teoría naturalista no es más ‘científica’ que cualquier otro tipo de fe religiosa”.
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Muchas personas creen erróneamente que el meollo del conflicto entre el teísmo y el naturalismo es un antagonismo entre religión y ciencia, cuando se trata en realidad de dos creencias en pugna. Mientras los teístas afirman que hay un Dios trascendente y personal que creó el universo, los naturalistas insisten en que el universo puede ser explicado en términos puramente naturales.
El astrónomo norteamericano Carl Sagan resume el credo del naturalismo en la frase con que iniciaba cada episodio de la serie televisiva Cosmos, que vino a ser sumamente popular hace unas décadas: “El cosmos es todo lo que existe, lo que siempre existió y lo que siempre existirá”. Según esta perspectiva no existe nada más aparte del universo que explique la existencia del mismo, como si se tratara de una entidad infinita, eterna y omnipotente, atributos que la Biblia otorga únicamente a Dios.
Ahora bien, esta declaración, aunque dicha por un hombre de ciencia, debe ser tomada como una declaración de fe y no como una conclusión científica. La ciencia tiene sus límites en el campo del conocimiento. Es erróneo pensar que ésta pueda explicarlo todo y más erróneo aún presuponer como inexistente todo lo que esté fuera del alcance de la investigación científica.
Es imposible de probar científicamente que el universo es todo lo que hay, todo lo que ha habido y todo lo que habrá. La falacia de este concepto es ilustrada en la famosa parábola del físico Arthur Eddinton, sobre un pescador que pescaba con una red con aberturas de 10 cm., y que había llegado a la conclusión de que no existían peces más pequeños. Cuando alguien le dijo haber visto peces de 5 cm., el pescador obtuso le respondió: “¡Si mi red no lo captura no es un pez!”.
“Toda red científica – dice John Lennox – tiene su tamaño de malla, y no existe ciencia que lo capte todo”. Aquellos que afirman que la ciencia es el único medio seguro de adquirir conocimiento, no tienen más opción que creer esto por fe y contradecirse a sí mismos, porque tampoco podemos probar científicamente que la ciencia es el único medio de adquirir conocimiento seguro y objetivo.
John MacArthur está en lo cierto cuando afirma que toda la filosofía naturalista descansa “en una premisa basada en la fe… La ciencia sólo se ocupa de cosas que pueden ser observadas y reproducidas por experimentación. Por definición, la ciencia no puede darnos conocimiento alguno acerca de cómo llegamos a existir en este planeta. La creencia en la teoría evolutiva es un asunto de pura fe, y la creencia dogmática en cualquier teoría naturalista no es más ‘científica’ que cualquier otro tipo de fe religiosa”.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia. Leer más...
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martes, 9 de junio de 2009
El automóvil del señor Ford

Por Sugel Michelén
“El cristianismo – dice Stark – representó a Dios como un ser racional, sensible, confiable y omnipotente; y al universo como Su creación personal y, consecuentemente, poseyendo una estructura racional, lógica y estable, sujeta a la comprensión humana”. Y más adelante añade: “Los cristianos desarrollaron la ciencia porque creyeron que esto podía ser hecho y que debía ser hecho”.
Había una conciencia del mandato cultural que Dios le dio al hombre de sojuzgar la tierra y enseñorearse sobre ella (comp. Gn. 1:26-28); en otras palabras, el hombre tenía la responsabilidad de usar sus capacidades como un ser creado a imagen de Dios para desarrollar el potencial de nuestro planeta y discernir el modo habitual en que el Dios soberano obra en Su creación. Como bien señala Donald Carson: “Por medio de una cuidadosa observación del universo físico, a través de experimentos bajo condiciones controladas, por medio de prueba y error, descubrimos más del universo y, consecuentemente acerca de la manera como Dios hace las cosas habitualmente”. Las llamadas “leyes naturales”, en realidad se refieren al modo de proceder de Dios.
De manera que la dificultad de muchos científicos para aceptar la existencia de Dios es un prejuicio moral y no la consecuencia de los avances incuestionables que ha tenido la ciencia para explicar muchos de los mecanismos del universo. El hecho de que podamos explicarlos no responde las preguntas de quién creó tales mecanismos y con qué propósito. John Lennox ilustra este prejuicio con el siguiente relato.
Imaginemos a un hombre en una selva remota al que le obsequian un automóvil Ford y le explican cómo encenderlo y maniobrarlo. En un principio este hombre presupone que dentro del motor hay un dios llamado “el señor Ford” que hace andar el automóvil. Cuando el motor funciona suavemente es porque el señor Ford está de buenas y cuando no funciona bien es porque está de malas. Pero nuestro amigo comienza a aprender mecánica hasta que llega el momento en que puede desmontar el motor pieza por pieza y entender cómo funciona. Ahora ha descubierto que dentro del motor no hay ningún señor Ford y que su funcionamiento se puede explicar enteramente en términos de mecánica y de combustión interna.
¿Sería inteligente de su parte suponer que en realidad nunca ha existido ningún señor Ford que inventó este motor en algún punto de la historia? Por supuesto que no. Si alguien no hubiera diseñado y construido el mecanismo no habría nada que explicar. Pues de igual modo, el hecho de que ahora podamos comprender muchos de los principios que rigen el universo no elimina la necesidad de un Creador inteligente que hizo todas las cosas con un propósito. Más bien, es la inteligencia detrás del diseño lo que hace posible su estudio.
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Muchos presuponen que la ciencia y la fe cristiana son enemigas irreconciliables, pero nada puede estar más lejos de la realidad. Más bien fue el cristianismo lo que hizo posible el nacimiento de la ciencia moderna al crear el clima de pensamiento necesario para que los hombres se dedicaran a la investigación del universo.
El profesor Rodney Stark, que no profesa la fe cristiana, dice que contrario a la opinión que muchos tienen hoy día, la ciencia moderna nace en Europa, y no en ningún otro lugar, como una consecuencia directa del cristianismo.
“El cristianismo – dice Stark – representó a Dios como un ser racional, sensible, confiable y omnipotente; y al universo como Su creación personal y, consecuentemente, poseyendo una estructura racional, lógica y estable, sujeta a la comprensión humana”. Y más adelante añade: “Los cristianos desarrollaron la ciencia porque creyeron que esto podía ser hecho y que debía ser hecho”.
Había una conciencia del mandato cultural que Dios le dio al hombre de sojuzgar la tierra y enseñorearse sobre ella (comp. Gn. 1:26-28); en otras palabras, el hombre tenía la responsabilidad de usar sus capacidades como un ser creado a imagen de Dios para desarrollar el potencial de nuestro planeta y discernir el modo habitual en que el Dios soberano obra en Su creación. Como bien señala Donald Carson: “Por medio de una cuidadosa observación del universo físico, a través de experimentos bajo condiciones controladas, por medio de prueba y error, descubrimos más del universo y, consecuentemente acerca de la manera como Dios hace las cosas habitualmente”. Las llamadas “leyes naturales”, en realidad se refieren al modo de proceder de Dios.
De manera que la dificultad de muchos científicos para aceptar la existencia de Dios es un prejuicio moral y no la consecuencia de los avances incuestionables que ha tenido la ciencia para explicar muchos de los mecanismos del universo. El hecho de que podamos explicarlos no responde las preguntas de quién creó tales mecanismos y con qué propósito. John Lennox ilustra este prejuicio con el siguiente relato.
Imaginemos a un hombre en una selva remota al que le obsequian un automóvil Ford y le explican cómo encenderlo y maniobrarlo. En un principio este hombre presupone que dentro del motor hay un dios llamado “el señor Ford” que hace andar el automóvil. Cuando el motor funciona suavemente es porque el señor Ford está de buenas y cuando no funciona bien es porque está de malas. Pero nuestro amigo comienza a aprender mecánica hasta que llega el momento en que puede desmontar el motor pieza por pieza y entender cómo funciona. Ahora ha descubierto que dentro del motor no hay ningún señor Ford y que su funcionamiento se puede explicar enteramente en términos de mecánica y de combustión interna.
¿Sería inteligente de su parte suponer que en realidad nunca ha existido ningún señor Ford que inventó este motor en algún punto de la historia? Por supuesto que no. Si alguien no hubiera diseñado y construido el mecanismo no habría nada que explicar. Pues de igual modo, el hecho de que ahora podamos comprender muchos de los principios que rigen el universo no elimina la necesidad de un Creador inteligente que hizo todas las cosas con un propósito. Más bien, es la inteligencia detrás del diseño lo que hace posible su estudio.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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