Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura
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viernes, 23 de julio de 2010

“Vendrán todos a adorar” excepto aquellos de “afuera”

Por John Piper

De vez en cuando, llegamos a pasajes en la Escritura que hablan del trabajo de salvación de Dios en términos tan increíbles que nos preguntamos cómo pueden coexistir con la realidad del castigo eterno. En otras palabras, parece que Dios promete una redención tan completa que ya no hay espacio para el infierno. Estos pasajes llevan a algunos al universalismo—la creencia de que todos serán salvos, ya sea en la muerte o después de un tiempo en el infierno. A otros los lleva al aniquilacionismo—la creencia de que no todos son salvos, pero ninguno está en el infierno porque son destruídos si se rebelan contra Cristo.

He tratado de dar argumentos bíblicos extensos en contra de estas dos creencias en Let the Nations Be Glad (Baker, 2003, pp. 111-154). La observación bíblica sobre la intencional miseria eterna para aquellos que han censurado lo testificado en la naturaleza (Romanos 1:18-20) o que han rechazado el evangelio (2 Tesalonicenses 1:8-9) es inevitable.

Jesús da una de las palabras más importantes en Mateo 25:46, “E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.” Y Juan, el apóstol del amor, nos da unas de las palabras más fuertes para la eternidad del infierno en Apocalipsis 14:11, “Y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos [eis aiōnas aiōnōn], y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre.”

Por lo tanto, es de gran ayuda encontrar un pasaje en la Escritura que clarifique para nosotros cómo una de las verdades más tristes puede existir junto con las declaraciones de la increíble redención de Dios. Considera un ejemplo: Isaías 66:22-24. Primero, vea cómo Isaías dice (en los versículos 22-23) que el día se acerca en el cual “todos vendrán a adorar” a Dios.

“Porque como el cielo nuevo y la tierra nueva se mantendrán delante de mí, dice el Señor, así sus hijos y sus nombres se mantendrán. De luna nueva a luna nueva, y de Sabbat a Sabbat, todos vendrán a adorar delante de mí, declara el Señor”.
Ésa es el tipo de declaración que nos hace preguntarnos cómo el castigo eterno de algunas personas puede suceder. ¿Si “todos” vendrán a adorar al Señor, quién queda que no le adore? ¡Debemos ser muy cuidadosos con puntos como este cuando leemos la Biblia! Debemos preguntar: ¿Tengo un sentido claro de lo que Isaías quería decir—¡y Dios quería decir—con el término “todos”? Suena como toda la vida humana pero, ¿lo es? El siguiente versículo (24) nos deja atónitos:

“Y saldrán, y verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí; porque su gusano nunca morirá, ni su fuego se apagará, y serán abominables a todo hombre”.

Inmediatamente somos traídos de vuelta de nuestras ideas erróneas sobre “todos”. Creímos que significaba “todos los humanos que existen en el universo,” pero el Señor dice, No, “todos” verán a una parte de la raza humana que está en tormento porque “se rebelaron en contra mía.” Por lo tanto, “todos” no incluye a aquellos a quienes “todos” están viendo.

Menciono esto como un ejemplo de cómo la Biblia habla a veces sobre el trabajo de Dios en la redención. Dios está haciendo un trabajo global—de hecho, un trabajo universal—de redención que se extiende a todas las razas y a todas las personas y a todas las tribus y a todas las lenguas y a todas las clases y a todas las edades. Cuando Él haya terminado todo su trabajo de la salvación, será completo. Habrá una nueva humanidad con un segundo Adán como cabeza (1 Corintios 15:22, 45). Aquellos que se “rebelen” contra la obra redentora de Cristo, estarán fuera de “todos.”
Tal vez es por esto que Jesús aludió varias veces a Isaías 66:24 cuando nos advierte del infierno. Él dijo que todos los que rechazaron su mensaje fueron lanzados al infierno “donde el fuego no se apagará” y llevados a oscuridad completa.

“Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga” (Marcos 9:47-48).

“Los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 8:12; 22:13; 25:30).

Solamente Jesús utiliza el término “las tinieblas de afuera”. ¿Es acaso la forma en la que Jesús dice: Cuando mi obra de redención sea completada, y el mundo nuevo sea establecido (paliggenesia, Mateo 19:28), la verdad de “todos” estará allí—la nueva humanidad que es completa en Cristo—y todos los que me rechazaron estarán “afuera”? No tendrán existencia dentro del nuevo mundo. Su existencia y su llanto y su crujir de dientes será otra dimensión de la realidad. Por lo tanto, ellos de ninguna manera disminuirán el sentido de llenura y plenitud de los cielos nuevos y de la tierra nueva donde todo es luz y gozo y paz.

Cuando terminé de leer y meditar estas cosas, oré “Oh Dios, permíteme sentir la magnitud de mi pecado. Permíteme sentirme indigno de tu gracia. Permíteme estremecerme frente a la verdad del infierno. Quítame todos los pensamientos que me exalten a mí mismo, todas las preocupaciones vanas, todas las inclinaciones de divertir a la gente desde tu púlpito sagrado. Abre mis ojos y mi corazón para ver y sentir tu asombrosa gracia salvadora, y la preciosidad infinita de Cristo y su obediencia dirigida por amor, aún hasta la muerte de cruz. Gracias Padre. Gracias. Hazme un instrumento de tu gran salvación, sin importar el costo. En el nombre de Jesús. Amen.”

Parado frente al precipicio, pero seguro.

Pastor John

Tomado de Desiring God.
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viernes, 27 de noviembre de 2009

¿Cómo abordar el tema de la música en la adoración?

Para nadie es un secreto que el uso de la música y el canto en la adoración en la iglesia ha sido motivo de mucha controversia a lo largo de la historia. Rara vez ha habido una época en la que esto no haya sido una causa de problemas y división.

Martin Lloyd-Jones hace referencia a una expresión que se usaba en Gales para referirse a este fenómeno: “el demonio del canto”; y “es que esta cuestión de cantar causaba más peleas y divisiones en las iglesias que prácticamente cualquier otra cosa, cantar daba al diablo más oportunidades para entorpecer e interrumpir la obra que cualquier otra actividad en la vida de la iglesia” (La predicación y los predicadores; pg. 296-297).

Podemos aventurarnos a dar algunas explicaciones de este hecho. Por un lado está la importancia que tiene la adoración en la vida del creyente. Nosotros fuimos salvados para adorar a Dios (comp. Jn. 4:23); y una parte fundamental de esa adoración toma lugar a través de nuestros cánticos.

Por el otro lado, precisamente por ser la adoración a Dios algo de extrema importancia en la vida cristiana, no debe extrañarnos que Satanás nos ataque en esta área. Nuestra lucha no es “contra sangre y carne” (Ef. 6:12), y mientras más apercibidos estemos de eso, más cuidado tendremos en la actitud que asumimos para con aquellos hermanos que no piensan como nosotros en este tema.

Otra explicación posible de esta controversia es la forma subjetiva como tendemos a abordar este asunto. Para muchas personas la música es moralmente neutra y, por lo tanto, la decisión que hagamos en cuanto al uso de ésta en la adoración dependerá mayormente de nuestros gustos y preferencias personales. Más aún, algunos presuponen que si nos oponemos al uso de cierta clase de música en la adoración la razón primordial es porque no nos gusta, y no porque tengamos alguna razón objetiva para oponernos a ella.

No resulta difícil entender por qué esa clase de prejuicio puede levantar malos sentimientos en el corazón. Los que defienden tal o cual estilo de música pueden sentirse que están tratando de meterlos en una camisa de fuerza, sin otra razón que las inclinaciones de ciertas personas en la iglesia; mientras que los que se oponen se sienten incomprendidos e impotentes, ya que están percibiendo un peligro (sea real o no) que los demás no ven ni parecen querer ver.

Debo adelantar aquí que todos somos susceptibles de oponernos a algo simplemente porque no nos gusta. Nuestras preferencias personales tienden a teñir nuestro juicio y esto es algo de lo que debemos cuidarnos conscientemente.

También debo señalar que no podemos asumir que en esta controversia la verdad siempre ha estado del lado de los que se oponen al uso de cierta clase de música. En la historia de la iglesia no han faltado quienes se oponen a todo tipo de cambio por un mero tradicionalismo.

Algunos en la iglesia católica romana ven como una aberración los cambios que se han producido en su liturgia a raíz del Concilio Vaticano II. Pero este sentimiento no es propiedad exclusiva del catolicismo romano; en el pueblo evangélico no han faltado aquellos que se oponen a todo cambio, simplemente porque atenta contra la tradición.

Lo antiguo no es bueno por ser añejo, ni lo nuevo es malo por ser novedoso. Si creemos en la suficiencia de las Escrituras debemos presuponer que Dios ha revelado principios claros y permanentes por los cuales guiarnos, sobre todo tomando en consideración la importancia que se da a la adoración en la vida del cristiano y en el ministerio de la iglesia.

De manera que debemos abordar este problema partiendo de la premisa de que la Escritura es suficiente para saber cómo conducirnos apropiadamente “en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1Tim. 3:14).

El hecho de que este tema sea tan controversial nos dice de antemano que no se trata de un asunto sencillo. Pero bien vale la pena el esfuerzo de abordarlo, Biblia en mano y en dependencia del Espíritu Santo, por cuanto se trata de un aspecto esencial de la vida y ministerio de la iglesia y de los miembros que la componen.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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domingo, 1 de noviembre de 2009

Escuchar la Predicación de la Palabra es adorar a Dios

Nuestro hermano Eduardo Flores, de Sujetos a la Roca, ha posteado una cita de Spurgeon sobre la centralidad de la predicación de la Palabra en la adoración a Dios. En una época donde tantas iglesias manifiestan una gran confusión sobre lo que realmente significa adorar a Dios, materiales como estos son extremadamente importantes.

He aquí un extracto:

“El acto de escuchar reverentemente la Palabra ejercita nuestra humildad, ilustra nuestra fe, nos llena de radiante alegría, nos inflama de amor, nos inspira ardientemente celo y nos levanta el alma a la mansión celestial. Muchas veces un sermón ha sido una especie de escala de Jacob en la que hemos visto a los ángeles de Dios subir y bajar, y en cuya cima se halla el mismo Dios que ha celebrado pacto con nosotros. Con frecuencia hemos sentido cuando Dios ha hablado por medio de sus siervos las siguientes palabras a nuestras almas: ‘Esto no es otra cosa que la casa de Dios y la misma puerta del cielo.’ Hemos magnificado el nombre del Señor y alabándolo con toda la efusión de nuestro corazón, mientras ha estado hablándonos por medio de Su Espíritu que ha comunicado a los hombres”.

Pueden leer aquí la cita completa.

Usado con permiso de Sujetos a la Roca.
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sábado, 29 de agosto de 2009

Anticipándonos al Domingo

La rutina de asistir cada domingo a la iglesia puede tener el efecto no deseado de que lo hagamos por costumbre y no con un sentido de expectación por la reunión gloriosa que tendremos, no sólo con el pueblo de Dios, sino con Dios mismo que es en realidad quien nos ha convocado. La siguiente cita de Michael Horton, posteada por nuestro hermano Xavi Memba en kerigma.net, puede sernos de gran ayuda. También les dejo esta interpretación de Amazing Grace, un buen recordatorio que nos prepara para adorar junto a Su pueblo al Dios de toda gracia.

“Siempre que nos reunimos para una celebración cúltica, es porque hemos sido llamados. Esto es lo que 'iglesia' significa: ekklesia, 'los que han sido llamados.' No se trata de una sociedad constituida de forma voluntaria por quienes tienen como principal objetivo el compartir, construir una comunidad, disfrutar del compañerismo, instruir de acuerdo a unos principios morales a sus hijos, y demás. Más bien se trata de una sociedad formada por quienes han sido escogidos, redimidos, llamados, justificados y están siendo santificados hasta el día en que finalmente serán glorificados en los cielos. Nos reunimos cada domingo, no por hábito, costumbre social o para satisfacer nuestras necesidades, sino más bien porque Dios ha escogido este día festivo semanal para que podamos saborear de antemano el gran día de reposo [que la Biblia llama Shabbat] que disfrutaremos plenamente en el banquete de las Bodas del Cordero. Dios nos ha llamado fuera del mundo a su luz maravillosa: esta es la razón por la que nos reunimos” (Michael Horton).



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martes, 25 de agosto de 2009

Cinco elementos clave de la adoración a Dios, según James M. Boice


Esta entrada fue traducida del libro Give Praise to God (pg. 18-20).

En años recientes, he notado la presencia decreciente, y en otros casos la total ausencia, de elementos del servicio que siempre han estado asociados con la adoración a Dios.

Oración. Es casi inconcebible para mí que algo llamado adoración pueda ser llevado a cabo sin una oración significativa, pero eso es precisamente lo que está sucediendo. Usualmente hay una oración corta al principio del servicio, aunque hasta eso se está esfumando. Está siendo reemplazada con una salutación de compinches para hacer que la gente se sienta bienvenida y relajada. A veces exhortan a la gente a voltearse y darse la mano con aquéllos que le quedan al lado en sus asientos. Otra oración que generalmente es omitida es la oración de la ofrenda. Podemos entender que, como ya sabemos, amerita la intervención del Dios Todopoderoso para que la gente egocéntrica dé suficiente dinero para mantener la iglesia en su marcha. Pero las oraciones más largas- las oraciones pastorales- están desapareciendo. ¿Qué pasó con el acróstico de ACTS (siglas del libro de Los Hechos en ingles), en el que A es para adoración, C para confesión, T para acción de gracias (thanksgiving) y S para súplica?

¿Y qué pasa cuando Mary Jones va a tener una operación y la gente lo sabe y piensa que se debe orar por ella? Con frecuencia las oraciones por estas personas son presentadas en la oración por la ofrenda, porque no hay otro espacio para esto en el servicio. ¿Cómo podemos decir que estamos adorando si ni siquiera estamos orando?

La lectura de la palabra. La lectura de cualquier porción sustancial de la Biblia también está desapareciendo. En el tiempo de los puritanos, los ministros regularmente leían un capítulo del Antiguo Testamento y uno del Nuevo. Los estudiantes de Biblia se benefician del comentario bíblico de seis volúmenes de Matthew Henry. Pero nosotros no debemos olvidar que el comentario fue el producto de las lecturas de Henry en las Escrituras, no de sus sermones. Su congregación recibió estos comentarios extensos sobre la lectura de la Biblia en adición al sermón. Pero nuestras lecturas de la Escritura se están haciendo cada vez más cortas, algunas veces solamente dos o tres versículos, en caso de que llegue a leerse la Biblia. En muchas iglesias no hay ni siquiera un texto para el sermón. Cuando yo era niño en una iglesia evangélica, a mí me enseñaron que en la Biblia Dios nos habla a nosotros y en la oración nosotros le hablamos a Dios. Entonces, ¿qué está sucediendo en nuestras iglesias que ni oramos ni leemos la Biblia? Lo que sea que esté pasando, no es adoración.

La exposición de la palabra. Hoy tenemos muy poca enseñanza seria de la Biblia, por no mencionar las exposiciones cuidadosas. En vez de esto, los predicadores tratan de ser personales, contar historias jocosas, sonreír y sobre todo evitar temas que puedan causar que la gente no se sienta feliz con la iglesia del predicador y se vaya. Un predicador sumamente popular de la TV no menciona el pecado, porque él piensa que esto hace que la gente se sienta mal. Él dice que la gente ya se siente suficientemente mal acerca de ellos mismos. Los predicadores hablan sobre necesidades que se sienten, no necesidades reales, y esto generalmente significa decirle a la gente solamente lo que ellos quieren escuchar. Los predicadores quieren ser agradables, populares o proveer un buen entretenimiento. Y, por supuesto, ¡quieren ser exitosos!

¿Es el éxito una meta bíblica apropiada para los ministros de Cristo, para siervos de Aquél que nos instruyó a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra cruz diariamente y seguirle (Lucas 9:23)?

Confesión de pecado. ¿Quién confiesa su pecado hoy...? Esto solía ser un elemento necesario en cualquier servicio cristiano genuino. En vez de venir a la iglesia para admitir nuestras transgresiones y buscar perdón, venimos a la iglesia para que nos digan que somos gente bien buena que no necesita perdón. De hecho, somos gente tan ocupada, que francamente Dios debiera estar agradado de que hemos apartado tiempo de nuestro ocupado horario dizque para ir a la iglesia.

Himnos. Uno de los rasgos más tristes de la adoración contemporánea es que los grandes himnos de la iglesia están casi fuera de circulación. No han desaparecido totalmente, pero están en vía de desaparecer. Y en su lugar han llegado cancioncitas triviales que tienen más en común con los malos comerciales que con los salmos. El problema aquí no es tanto el estilo de la música, aunque las palabras baratas van más con los tonos y las armonías baratas. El problema más bien es con el contenido de las canciones. Los viejos himnos expresaban la teología de la iglesia en maneras profundas y perceptivas y con un lenguaje memorable y atractivo. Éstos levantaban los pensamientos del adorador hacia Dios y les daban palabras vívidas con las cuales recordar los atributos de Dios. Las canciones de hoy reflejan nuestra teología superficial o inexistente y hacen casi nada por elevar nuestros pensamientos acerca de Dios.

Lo peor de todo son las canciones que meramente repiten una idea, palabra o frase trivial una y otra vez. Canciones como éstas no son adoración, aunque tal vez puedan dar a la persona que asiste a la iglesia una sensación religiosa. Son mantras, que pertenecen más a una reunión de los adeptos de la Nueva Era que a estar en medio de los adoradores de Dios.

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viernes, 21 de agosto de 2009

Nuestra involucración ESTÉTICA en la adoración

Por Sugel Michelén

Sé que para algunos puede sonar extraño que hablemos de nuestra involucración estética en la adoración; pero lo cierto es que, como seres creados a la imagen de Dios, los hombres somos capaces, no solo de pensar y de sentir, sino también de apreciar la belleza y crear belleza; y esta realidad juega un papel importante cuando estamos adorando, como espero mostrar en esta entrada.

Aunque el concepto de hermosura puede variar de una persona a otra, o de una cultura a otra, los hombres en general reaccionan a lo que ellos consideran hermoso.

Ahora bien, el hecho de que no todos posean el mismo concepto de belleza, ni todos aprecien del mismo modo lo que ven, no debe llevarnos a la conclusión de que la belleza es meramente subjetiva y que depende por completo del gusto, de la cultura o de la preferencia de cada cual.

Como alguien ha dicho muy atinadamente, un atardecer en una isla desértica posee el mismo juego de colores, de luz y de sombra, como la que se puede ver desde otra isla donde habita una colonia de artistas. Una alondra canta la misma canción cuando no hay ningún ser humano que la escuche.

Así que la belleza no depende del que la ve o el que la escucha. Por otro lado, el aprecio por la belleza es algo que puede ser desarrollado. La mirada se educa lo mismo que el oído; y de ese modo los seres humanos pueden alcanzar un aprecio más amplio y preciso por lo que es hermoso.

Pero como en todas las demás facultades humanas, el pecado también ha afectado el sentido estético del hombre. Eso lo podemos ver en el hecho de que los incrédulos pueden disfrutar de una obra artística, sin darle la gloria a Aquel que dio al artista la capacidad de hacer una obra hermosa; o disfrutar de un atardecer y no percibir en ello la gloria del Creador.

Así que la capacidad estética del hombre no funciona adecuadamente. Pero la regeneración produce en nosotros un cambio radical que nos permite alcanzar una nueva apreciación por la belleza. Herbert Carson dice al respecto:

“Un hombre puede haber disfrutado antes de la música o el arte o el paisaje; incluso puede haber sido anteriormente un instruido crítico de arte. Pero ahora, sin embargo, él ve y escucha mucho más. Él está viendo la evidencia del Dios de hermosura obrando en el mundo. Los colores, la luz y la sombra, los sonidos musicales – todo levanta ahora su alma a una apreciación más profunda que nunca antes, y así se postra en adoración”.

Pero no solo eso. También “comienza a apreciar la belleza y la gloria de Dios mismo. La armonía de los atributos de Dios, donde la santidad y la misericordia y el poder y la sabiduría se mezclan en una gloriosa unidad, llenándolo de deleite. La maravillosa coherencia de los elementos del evangelio y de la gran obra de redención lo estimula del mismo modo que un hombre es estimulado por la belleza compleja de un gran logro arquitectónico”.

Es interesante notar que cuando el Señor Jesucristo se refiere a Sí mismo como “el buen pastor” en Jn. 10:11, la palabra griega que usa para “bueno” es kalos, la cual conlleva como un elemento básico de su significado la idea de belleza. El filósofo griego Platón, describe la idea de kalos como algo que combina “lo bueno, lo verdadero y lo hermoso”.

De modo que esta palabra no sólo llama nuestra atención al hecho de que Jesús es moralmente bueno y fiel, sino también al hecho de que hay una hermosura en Su persona y en Su obra que debe provocar en nosotros una respuesta apropiada.

Cuando los ojos de nuestro entendimiento son abiertos en la regeneración, podemos apreciar esa belleza y esa gloria de nuestro Salvador y reaccionar admirados ante ella. Esa es una parte integral de nuestra adoración.

El problema es que todos somos susceptibles de ser auto engañados y pensar que estamos respondiendo adecuadamente a la verdad, cuando podría ser un mero disfrute del estímulo intelectual que nos brinda la presentación de la verdad o la hermosura del acompañamiento instrumental de un himno.

Fácilmente podemos confundir una respuesta meramente estética con la verdadera emoción que se produce en el corazón del creyente cuando sabe que se encuentra ante la presencia de un Dios majestuoso y digno de temor reverente.

No hay que ser un creyente para ser movido por la hermosura de una puesta de sol; y aún el más impío de los hombres puede sentirse arrobado escuchando una buena interpretación del Mesías de Handel.

Esto simplemente evidencia el hecho de que el hombre fue creado con la capacidad de responder a la belleza. Pero sólo el creyente puede ir más allá de la mera apreciación artística, al aprecio de una belleza mayor: el aprecio por la gloria de Dios, que es parte inherente de la verdadera adoración.

Es por eso que al reunirnos como iglesia debemos evitar todo aquello que puede venir a ser una distracción del propósito supremo por el cual nos hemos congregado: adorar al Dios vivo y verdadero “en espíritu y en verdad”.

El exceso en la decoración del edificio, y aún en la música que usamos para acompañar nuestros himnos, puede venir a ser un gran obstáculo para la verdadera adoración. Eso no quiere decir que debamos caer en el extremo de hacerlo feamente para que no distraiga a los adoradores. Aquello que nos provoca irritación estética también puede convertirse en un obstáculo para adorar.

Creo que Dan G. McCartney nos provee un buen balance cuando dice: “La adoración puede ser fea o aburrida, oscureciendo así a Dios y haciendo que Su belleza sea difícil de ver; o puede enfocarse tanto en el arte creativo humano que una belleza sustituta se interponga en el camino y, por lo tanto, haga de nuevo que la propia belleza de Dios sea difícil de ver”.

Así que no estamos en contra de la belleza en la adoración. “Pero esa belleza – sigue diciendo McCartney – tiene que ser ajustada a su tarea de transmitir el peso y la majestad de Dios. Consecuentemente, necesita manifestar simplicidad, sobriedad y ser comedida”.

Esto provoca una tensión en los músicos que acompañan el canto en la iglesia, pero es una tensión saludable, la misma que percibimos en otras áreas de la vida cristiana. ¿Acaso no debe el creyente vivir en tensión para no caer en el extremo del legalismo o en el de la mundanalidad? ¿No se requiere de un fino balance para confiar en Dios mientras nos ocupamos diligentemente en aquello que es nuestra responsabilidad?

Pues de la misma manera, al congregarnos como cuerpo a rendir a Dios la gloria debida a Su nombre tendremos que luchar con la tensión de darle a Dios una adoración excelente, mientras nos cuidamos de no convertir el culto en una sala de espectáculo donde la creatividad artística de los ejecutantes sea el centro de atención.

Nos congregamos como iglesia a darle gloria a Dios a través de nuestro Señor Jesucristo, respondiendo a lo que Él ha revelado de Sí mismo en Su Palabra. Con la facultad de la mente entendemos la verdad y nuestra conciencia despertada y restaurada por el Espíritu de Dios en la regeneración nos permite responder moralmente a ella; entonces se levantan nuestros afectos en una respuesta emocional apropiada y nuestro sentido estético nos permite apreciar la hermosura de Aquel que la ha revelado y del plan que ha diseñado para Su gloria y el bien de Su pueblo en la Persona de Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Solo cuando nuestras facultades como seres humanos son gobernadas de ese modo por el entendimiento de la revelación divina es que podemos evitar todo tipo de manipulación y adoración falsa para poder adorar a Dios en espíritu y en verdad.

Que Dios nos conceda una visión cada vez más clara de Su gloria, y de la hermosura de nuestro Salvador, por medio de un mejor entendimiento de Su Palabra, para que admirados y sobrecogidos por la realidad de Su presencia entre nosotros, podamos celebrarle una verdadera fiesta de adoración en cada uno de nuestros cultos.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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jueves, 20 de agosto de 2009

Nuestra involucración EMOCIONAL en la adoración

Por Sugel Michelén

Por el hecho de haber sido creados a la imagen Dios, no sólo somos criaturas que piensan y actúan, sino también criaturas que sienten una gama muy variada de sentimientos y emociones, que juegan un papel sumamente importante en nuestras vidas, porque interactúan con nuestra mente y nuestra voluntad en todas las decisiones que tomamos y en todas las cosas que hacemos.

Pero así como el pecado trastornó nuestro entendimiento, así también trastornó nuestras emociones, de tal manera que el pecador se siente atraído hacia aquello que lo daña, y al mismo tiempo repele y rechaza lo que es para su bien.

Cuando el Espíritu Santo obra en nosotros la regeneración, abre nuestro entendimiento para que podamos comprender la verdad y así tener una perspectiva correcta de las cosas. Pero esa obra no se limita a la facultad de la mente. Somos personas completas que a la vez que entendemos, sentimos.

El arrepentimiento, por ejemplo, no se trata simplemente de un análisis frío de nuestras transgresiones contra la ley de Dios. El verdadero arrepentimiento viene acompañado de un despertar de nuestras conciencias y de un claro entendimiento de la ley moral, que nos hace sentir miserables por nuestra rebelión contra el Dios amante que la promulgó, pero también gozosos por haber sido perdonados por ese mismo Dios que hemos ofendido.

Por eso es que nuestros himnos deben expresar nuestro lamento por el pecado, pero también nuestro gozo por el perdón y reconciliación con Dios, y nuestro anhelo por crecer en obediencia.

Es sumamente lamentable, el hecho de que muchas iglesias al día de hoy curan con tanta liviandad el sentimiento de culpa, ya sea minimizando la gravedad del pecado u obviándolo por completo, pues al hacer eso están eliminando también la posibilidad de experimentar un verdadero gozo en la adoración. El gozo genuino no se produce a través de un proceso de manipulación emocional, sino a través del entendimiento de la verdad.

Escuchen este comentario de Spurgeon, expresado hace más de 100 años atrás: “Posiblemente, gran parte de la piedad endeble de la actualidad se deba a la facilidad con que los hombres logran la paz y el gozo en estos tiempos de evangelización. No nos atrevemos a juzgar a los conversos actuales; pero ciertamente preferimos aquellas formas de ejercicio espiritual que lleva al alma por el camino de la cruz… y le hace ver su propia negrura antes de asegurarle de que ‘está todo limpio’.

“Muchos se toman a la ligera el pecado y, en consecuencia, hacen lo mismo con el Salvador; pero aquel que ha estado delante de su Dios, culpable y condenado, con la soga al cuello, llora de alegría cuando recibe el indulto, aborrece la maldad que le ha sido perdonada y vive para honrar al Redentor cuya sangre lo ha limpiado” (cit. por Dallimore; Spurgeon: Una Nueva Biografía; pg. 36).

Así que el arrepentimiento verdadero genera en nosotros un conjunto diverso de emociones. Y lo mismo podemos decir de la fe. La fe, como bien señala Herbert Carson, “no es un mero asentimiento mental a una serie de proposiciones religiosas. El punto focal de las Escrituras es el Señor Jesucristo. Responder en fe a la palabra del evangelio es volvernos a Cristo en confianza. Pero como tal confianza es una dependencia personal en Aquel que sufrió y murió por pecadores, ésta no puede ser divorciada de una cálida gratitud y una profunda vergüenza, porque fueron nuestros pecados los que le causaron ese dolor”.

Por lo tanto, así como no podemos concebir la fe sin un entendimiento intelectual y una reacción moral, tampoco debemos concebirla sin su dimensión emocional. Y en la misma medida en que vamos profundizando en el conocimiento de la verdad revelada sobre Dios, Sus obras y Su voluntad para con nosotros, en esa misma medida nuestra respuesta emocional se intensifica.

Y cuando nos unimos en comunión con aquellos con quienes compartimos un mismo Padre, un mismo Señor, una misma fe y una misma esperanza, nuestras emociones se intensifican todavía más. El gozo se hace mayor cuando es compartido.

Esa es una de las bendiciones particulares del culto de adoración. Muchas veces hemos escuchado decir que las bendiciones no se graban, haciendo alusión a aquellos que no pueden venir a la iglesia por alguna razón y escuchan el sermón en un casete o en un CD.

Hay ciertas cosas que ocurren en el culto que no pueden registrarse en ninguna grabación. La presencia especial de Dios, por ejemplo (Sal. 133), asi como también el hecho de que nuestras emociones se intensifican cuando son compartidas con otros que creen lo mismo que yo creo y disfrutan lo mismo que yo disfruto.

Sin embargo, precisamente porque nuestra respuesta emocional tiende a intensificarse cuando estamos en compañía de otros, es en ese contexto en el que podemos ser más fácilmente extraviados, y llevados de un sano despertar de nuestras emociones al emocionalismo.

El emocionalismo es un estado emocional producido artificialmente a través de la manipulación de ciertos elementos de tal manera que nuestras emociones toman el control.

En el emocionalismo el entendimiento es colocado en un segundo plano o anulado por completo, y eso es altamente peligroso, porque cuando las emociones toman el control de nuestra personalidad, dejamos de ser objetivos y podemos ser fácilmente extraviados y engañados.

De igual manera, el emocionalismo posee también un alto potencial de auto engaño. Como bien señala Herbert Carson: “Ese emocionalismo puede guiar a una persona a una profesión [de fe] espuria [i.e., falsa, engañosa] y anestesiarlo de tal modo que se sienta satisfecho con su condición, y venga a ser inmune a la real demanda del evangelio”.

Pero no solo eso; el emocionalismo también es peligroso por ser altamente adictivo. Sigue diciendo Carson: El “falso emocionalismo actúa como una droga que embota los sentidos aún cuando parece estimularlos, de modo que el adicto necesitará dosis más frecuentes y más fuertes”.

Este es un mal que debe ser evitado a toda costa. El emocionalismo se opone a la verdadera adoración tanto como la lujuria se opone amor; pero la sensación que produce es tan real para el que la experimenta que puede confundirlo.

Por eso son tan relevantes las palabras de John MacArthur cuando nos advierte que “La adoración no es energizada por métodos artificiales. Si sientes que debes tener rituales... o cierto tipo de música que disponga el ánimo para adorar, lo que estás haciendo no es adoración. La música y la liturgia pueden ayudar a un corazón adorador a expresarse, pero éstas no pueden cambiar un corazón no adorador en uno que sí adore. El peligro está en que ellas pueden darle a un corazón no adorador la impresión de haber adorado” (The Ultimate Priority; pg. 103-104).

Todo cristiano sincero tendrá siempre el deseo de percibir la presencia de Dios en sus cultos de adoración. Pero ese deseo genuino sin la debida instrucción deja a los cristianos a expensas de ser manipulados por la habilidad de un director de himnos o un predicador.

Eso no quiere decir que estemos negando la involucración de nuestras emociones en la adoración. Una adoración sin emoción es una adoración sin corazón, y una adoración sin corazón no es adoración.

Pero “el sano despertar de las emociones – dice Carson – es producido por la verdad de Dios aplicada por el Espíritu Santo a la mente, la conciencia y la voluntad. Es por el impacto de la Palabra que emergen las experiencias emocionales más profundas, y es aquí donde encontramos el secreto de los profundos sentimientos asociados en la Escritura con la verdadera adoración.”

El apóstol Pedro nos arroja mucha luz en cuanto al sano despertar de nuestras emociones en su primera carta; hablando del Señor Jesucristo dice: “...a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso” (1P. 1:8).

Los cristianos aman a Cristo y se gozan en Él. Ése es uno de los distintivos esenciales del cristiano: aman a Su Salvador sin haberle visto y se alegran en Él con un gozo inefable y glorioso.

Aunque no hemos visto al Señor con los ojos físicos, aun así le conocemos y, en cierto modo, podemos decir que le hemos visto “con los ojos de la fe”; y eso que hemos visto y conocido nos mueve, no sólo a amarle, sino también a gozarnos en Él.

Así que este es un gozo y una alegría que emanan de la fe. No se trata de algo creado artificialmente a través del uso de ciertos elementos. Es un gozo que se produce en el creer. “En quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso”.

Y eso nos lleva una vez más a la centralidad de las Escrituras en la verdadera adoración, porque esos afectos verdaderos que emanan de la fe, sólo pueden ser producidos por la obra del Espíritu en el corazón de los creyentes a través de la Palabra. Todo lo demás no es otra cosa que manipulación y emocionalismo.

Es por eso que insistimos que en la verdadera adoración el intelecto va delante y las emociones detrás, no puede ser al revés. Sin verdad no hay adoración y la verdad sólo se entiende con la cabeza. Pero la ortodoxia sin emoción revela una comprensión inadecuada de la verdad. La adoración que agrada a Dios y edifica a Su pueblo tiene luz y calor, ortodoxia y entusiasmo, entendimiento y celo, pensamientos y emociones.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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miércoles, 19 de agosto de 2009

Nuestra involucración INTELECTUAL en la adoración

Por Sugel Michelén

Estoy consciente de que algunas cosas no pueden ser analizadas sin que se pierda algo de su esencia; por ejemplo, analizar una poesía no resulta muy poético. Y algunos pueden pensar que lo mismo ocurre si intentamos analizar todos los componentes de nuestra personalidad que entran en juego en la adoración.

Sin embargo, dada la enorme importancia de la adoración en la vida del cristiano, y dado el peligro que todos corremos de adorar a Dios en vano (como nos advierte el Señor en Mt. 15:7-9), creo que el análisis debe ser hecho a pesar del riesgo. Y eso es lo que pretendo hacer en estas próximas entradas, comenzando con nuestra involucración intelectual en la adoración.

Alguien dijo una vez, y con muchísima razón, que “Toda experiencia espiritual comienza en la mente”. Para que una experiencia espiritual sea genuina debe estar enraizada en la verdad, debe ser una respuesta a la verdad de Dios revelada; y la verdad es entendida y asimilada con la mente.

Dios hizo al hombre a Su imagen y semejanza, como un ser personal, para poder tener con él una relación personal, y eso incluye nuestra capacidad de razonamiento.

El problema es que el hombre no permaneció en la condición original en que fue creado. La caída trastornó radicalmente la personalidad humana, de tal manera que todas nuestras facultades fueron afectadas, incluyendo nuestro entendimiento.

Pablo dice en 2Cor. 4:4 que “el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”.

Es tal la ceguera espiritual del hombre que se requiere de una obra de la gracia de Dios iluminando su mente, para que sea capaz de obtener ese entendimiento del evangelio que guía a la salvación. Sigue diciendo Pablo en el vers. 6: “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2Cor. 4:6).

La luz de Dios debe iluminar nuestro entendimiento, para que podamos ver Su gloria en la faz de Jesucristo. Y esa obra de iluminación la lleva a cabo el Espíritu de Dios usando la verdad revelada como instrumento (comp. 2Ts. 2:13; 1P. 1:22-25).

Pues así como el entendimiento de la verdad jugó un papel protagónico en nuestra conversión, así es también en la adoración. En la verdadera adoración la facultad del entendimiento tiene la supremacía, como vemos claramente en las palabras del Señor a la mujer samaritana, en Jn. 4:23-24. “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”.

Hay adoradores verdaderos y hay adoradores falsos, esa es la implicación; y lo que distingue a unos de otros es que los verdaderos adoradores adoran en espíritu y en verdad, involucrando su ser interior en la recepción, entendimiento y meditación de la verdad. La adoración falsa, en cambio, apela primariamente a lo externo y a lo sensorial, minimizando o dejando de lado el entendimiento.

Es por eso que no podemos hacer de nuestra respuesta emocional el estándar primario de juicio para decidir qué hacer y qué no hacer en nuestra adoración a Dios. Lo importante primariamente no es lo que siento, lo que me agrada, lo que apela a mis sentidos. No.

Aunque nuestras emociones deben estar involucradas en la adoración, siempre deben estar subordinadas y gobernadas por el entendimiento, no al revés, porque la adoración gira en torno a la verdad de Dios revelada en Su Palabra. A mayor comprensión de estas verdades, mayor capacidad de adoración.

Herbert Carson dice al respecto: “... aunque los jóvenes convertidos pueden adorar verdaderamente a Dios con los primeros destellos de entendimiento espiritual, al mismo tiempo una experiencia de adoración más profunda estará ligada a un entendimiento más profundo. Mientras más conocemos el carácter de Dios, Sus propósitos y Sus deseos, más capaces seremos de responder a Sus obras”.

Consecuentemente, lo primero que debemos evaluar en un culto de adoración es la centralidad de la verdad de Dios en todo lo que se hace. Se adora en la misma medida en que la verdad de Dios es proclamada y entendida y en la medida en que nosotros respondemos apropiadamente a ella.

Pensemos en los himnos, por ejemplo. La calidad poética de los himnos es importante – si no fuera así nos contentaríamos con proclamar la verdad en prosa – como también es importante la melodía que lo acompaña; pero el estándar final para juzgar un himno es el contenido de verdad que posee.

Su calidad poética y su melodía pueden contribuir a que recibamos la verdad que el himno proclama con más claridad y fuerza, y en una forma más memorable, más fácil de recordar. Pero la calidad poética y la melodía de un himno de adoración, no son un fin en sí mismos; son un vehículo para lograr un fin. ¿Cuál es ese fin? La proclamación más efectiva de la verdad.

Ése es el énfasis de Pablo en las dos referencias al canto que encontramos en sus epístolas: “La Palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales” (Col. 3:16).

Pablo nos exhorta a procurar una morada abundante de la Palabra en nuestros corazones, y luego añade tres participios que expresan la manera como eso será posible: enseñándonos y exhortándonos unos a otros cantando. En otras palabras, al cantar debemos enseñarnos y exhortarnos.

Así que al participar del culto público debemos hacerlo con la conciencia de que, a la vez que estamos exaltando a Dios y dándole gloria, estamos enseñando, redarguyendo, corrigiendo e instruyendo a nuestros hermanos en la fe a través de los himnos que cantamos. Pero eso sólo puede ser llevado a cabo con himnos que sean teológicamente sanos y ricos en contenido bíblico.

Leí recientemente de un himnario que se titula: “Cantemos la Biblia”; no conozco esa obra y no sé si sus himnos son recomendables, pero este título resume la idea que estamos tratando de transmitir.

La tabla principal de evaluación para escoger los himnos que vamos a usar en el culto público son las verdades bíblicas que esos himnos expresan o reflejan; esa no es la única tabla de evaluación, pero debe ser la principal. Por supuesto, eso demanda de nosotros un esfuerzo mental consciente mientras participamos de los cantos en la iglesia, lo mismo que durante la predicación de la Palabra.

Verdad que no es entendida y meditada, verdad que no es aprovechada. Y sin esa obra de la verdad en nuestros corazones no puede haber adoración en el verdadero sentido de ese término. Tan pronto apagas tu mente en el culto, apagas el generador de la verdadera adoración.

Así que no exageramos al decir que “Toda experiencia espiritual comienza en la mente”. La facultad del entendimiento es la ventana a través de la cual nuestro ser interior es iluminado con la gloria de Dios, para que entonces podamos adorarle “en espíritu y en verdad”.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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miércoles, 12 de agosto de 2009

El uso de instrumentos musicales en la adoración

Por Sugel Michelén

Alguien envió un comentario al blog preguntando sobre el uso de instrumentos musicales en la adoración. Hace un tiempo escribí el siguiente estudio que pueden descargar aquí en archivo pdf tocante a este asunto. Estoy abierto a cualquier corrección que me ayude a entender mejor este asunto o a recibir más luz de las Escrituras en el futuro. Pero este es mi entendimiento actual del tema.

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sábado, 20 de junio de 2009

Algunas citas para meditar como preparación para el culto de adoración

“La música y la liturgia pueden ayudar o servir de medio de expresión de un corazón adorador, pero ellas no pueden hacer que un corazón no adorador se convierta en uno que adora. El peligro es que estas cosas pueden darle a un corazón no adorador el sentimiento de que está adorando” (John MacArthur).

“[E]s evidente que no hay evangelio en la música. Dios nos dio el evangelio en palabras y nada en la música debe distorsionar u oscurecer o, en modo alguno, relegar al trasfondo lo que la Biblia llama ‘la palabra verdadera del evangelio’ (Col. 1:5). Si el volumen o disonancia de la música son tales que las palabras no se pueden oír claramente, entonces toda la actuación es un ejercicio absurdo” (John Blanchard; El Rock Invade la Iglesia; pg. 156).

“Debemos precavernos... no sea que nuestros oídos tengan más interés en la música que nuestras mentes en el significado espiritual de las palabras” (Juan Calvino; citado por Blanchard; Ibíd.).

“El Espíritu no puede ser manipulado. Él es soberano en las bendiciones que derrama en los adoradores y en el grado de ésta. Pero Él puede ser esperado y encontrado en las formas que Él ha establecido para la adoración... [Y] La adoración en el Espíritu siempre es una adoración que es conforme a la verdad (Jn. 4:24)” (Robert Godfrey; Give Praise to God; pg. 367).

Donald Carson: “Aunque hay ciertas cosas que podemos hacer para mejorar la adoración corporativa, hay un profundo sentido en que la adoración excelente no puede ser obtenida meramente por ir detrás de la adoración excelente. En la misma forma en que, de acuerdo con Jesús, usted no puede encontrarse a sí mismo hasta que se pierda a sí mismo, usted no puede encontrar una adoración corporativa excelente hasta que deje de buscar una adoración corporativa excelente y vaya detrás de Dios mismo. A pesar de las protestas, uno se pregunta si no estaremos comenzando a adorar la adoración antes que adorar a Dios… es algo así como aquéllos que comienzan admirando la puesta del sol y pronto comienzan a admirarse a ellos mismos admirando la puesta del sol”.

En este punto, Carson pone como ejemplo el corito que dice: “Olvidemos nuestro ser y alabemos al Señor con el corazón.” Y entonces añade:

“El problema es que después de que usted ha cantado repetidamente este corito tres o cuatro veces, no pasa de ahí. La forma en que usted se olvida de usted mismo es enfocándose en Dios; [es decir] no cantando acerca de olvidarse de usted mismo, sino haciéndolo… [Un himno como “Santo, santo, santo” puede ser más efectivo para que nos olvidemos de nosotros mismos y nos enfoquemos en el Señor]. Si desea profundizar la adoración del pueblo de Dios, entonces por encima de todo profundice el entendimiento de ese pueblo acerca de la majestad inefable de la persona y de las obras de Dios” (Worship by the Book; pg. 30-31; los paréntesis son míos).

“Lo que debe deleitarnos de la adoración no es, en primera instancia, la novedad o la belleza estética, sino el objeto de la adoración: Dios mismo es deleitosamente maravilloso y nosotros hemos aprendido a deleitarnos en Él” (Ibíd. énfasis mío).
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