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viernes, 27 de noviembre de 2009

¿Cómo abordar el tema de la música en la adoración?

Para nadie es un secreto que el uso de la música y el canto en la adoración en la iglesia ha sido motivo de mucha controversia a lo largo de la historia. Rara vez ha habido una época en la que esto no haya sido una causa de problemas y división.

Martin Lloyd-Jones hace referencia a una expresión que se usaba en Gales para referirse a este fenómeno: “el demonio del canto”; y “es que esta cuestión de cantar causaba más peleas y divisiones en las iglesias que prácticamente cualquier otra cosa, cantar daba al diablo más oportunidades para entorpecer e interrumpir la obra que cualquier otra actividad en la vida de la iglesia” (La predicación y los predicadores; pg. 296-297).

Podemos aventurarnos a dar algunas explicaciones de este hecho. Por un lado está la importancia que tiene la adoración en la vida del creyente. Nosotros fuimos salvados para adorar a Dios (comp. Jn. 4:23); y una parte fundamental de esa adoración toma lugar a través de nuestros cánticos.

Por el otro lado, precisamente por ser la adoración a Dios algo de extrema importancia en la vida cristiana, no debe extrañarnos que Satanás nos ataque en esta área. Nuestra lucha no es “contra sangre y carne” (Ef. 6:12), y mientras más apercibidos estemos de eso, más cuidado tendremos en la actitud que asumimos para con aquellos hermanos que no piensan como nosotros en este tema.

Otra explicación posible de esta controversia es la forma subjetiva como tendemos a abordar este asunto. Para muchas personas la música es moralmente neutra y, por lo tanto, la decisión que hagamos en cuanto al uso de ésta en la adoración dependerá mayormente de nuestros gustos y preferencias personales. Más aún, algunos presuponen que si nos oponemos al uso de cierta clase de música en la adoración la razón primordial es porque no nos gusta, y no porque tengamos alguna razón objetiva para oponernos a ella.

No resulta difícil entender por qué esa clase de prejuicio puede levantar malos sentimientos en el corazón. Los que defienden tal o cual estilo de música pueden sentirse que están tratando de meterlos en una camisa de fuerza, sin otra razón que las inclinaciones de ciertas personas en la iglesia; mientras que los que se oponen se sienten incomprendidos e impotentes, ya que están percibiendo un peligro (sea real o no) que los demás no ven ni parecen querer ver.

Debo adelantar aquí que todos somos susceptibles de oponernos a algo simplemente porque no nos gusta. Nuestras preferencias personales tienden a teñir nuestro juicio y esto es algo de lo que debemos cuidarnos conscientemente.

También debo señalar que no podemos asumir que en esta controversia la verdad siempre ha estado del lado de los que se oponen al uso de cierta clase de música. En la historia de la iglesia no han faltado quienes se oponen a todo tipo de cambio por un mero tradicionalismo.

Algunos en la iglesia católica romana ven como una aberración los cambios que se han producido en su liturgia a raíz del Concilio Vaticano II. Pero este sentimiento no es propiedad exclusiva del catolicismo romano; en el pueblo evangélico no han faltado aquellos que se oponen a todo cambio, simplemente porque atenta contra la tradición.

Lo antiguo no es bueno por ser añejo, ni lo nuevo es malo por ser novedoso. Si creemos en la suficiencia de las Escrituras debemos presuponer que Dios ha revelado principios claros y permanentes por los cuales guiarnos, sobre todo tomando en consideración la importancia que se da a la adoración en la vida del cristiano y en el ministerio de la iglesia.

De manera que debemos abordar este problema partiendo de la premisa de que la Escritura es suficiente para saber cómo conducirnos apropiadamente “en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1Tim. 3:14).

El hecho de que este tema sea tan controversial nos dice de antemano que no se trata de un asunto sencillo. Pero bien vale la pena el esfuerzo de abordarlo, Biblia en mano y en dependencia del Espíritu Santo, por cuanto se trata de un aspecto esencial de la vida y ministerio de la iglesia y de los miembros que la componen.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.