Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

martes, 3 de noviembre de 2009

En defensa de nuestra fe

En su primera carta, el apóstol Pedro nos presenta el reto de estar siempre preparados para presentar una apología de nuestra fe, ante todo aquel que nos demande una explicación racional de la esperanza que hay en nosotros (1P. 3:15). El apóstol Pedro presupone que si un cristiano vive en una forma coherente con la fe que profesa, el mundo incrédulo a su alrededor hará preguntas. Y cuando esas preguntas se levanten, debemos saber qué responder y cómo.

Pero para poder hacer eso en una forma efectiva, no sólo es necesario que conozcamos el mensaje que estamos tratando de comunicar, sino también la idiosincrasia de la persona a quienes tratamos de comunicar ese mensaje, sobre todo cuando tenemos que lidiar con una persona que es abiertamente antagónica al evangelio.

Y eso es precisamente lo que quisiera considerar en una breve serie de artículos. Y mi propósito con esta serie es doble. Por un lado intento equipar a los creyentes para comunicar más eficazmente el mensaje del evangelio, aún cuando tengan que enfrentar el reto de comunicarse con aquellos que se oponen abiertamente al evangelio de Cristo.

Pero por el otro lado, deseo también que los incrédulos sean capaces de hacer un diagnóstico certero de la condición real en que se encuentran delante de Dios y sean movidos a buscar el remedio que sus almas necesitan.

Me adelanto a decir, que no es mi propósito en absoluto ofender a nadie con mis argumentos o con mi forma de presentación. Pero al mismo tiempo estoy consciente de que si algún incrédulo lee uno de estos artículos es muy posible que se sienta molesto u ofendido.

No es agradable para un médico comunicarle al paciente que padece de una enfermedad mortal, sobre todo cuando el paciente quiere convencerse a sí mismo de que no hay nada malo en él. Y ese es precisamente el problema que ha de enfrentar el cristiano, en la generalidad de los casos, cuando desea compartir el evangelio con una persona que profesa abiertamente ser un incrédulo. El incrédulo no se ve a sí mismo como una persona que tenga algún problema, todo lo contrario; su incredulidad es para él un síntoma de salud, no de enfermedad.

¿Cómo se ve a sí misma una persona que confiesa ser incrédula? Porque hay muchos incrédulos que no profesan serlo. Lamentablemente mucha gente cree que cree, cuando en realidad no cree. Pero ¿qué de las personas que abiertamente se identifican como ateos o agnósticos? El ateo es aquel que dice estar convencido de que Dios no existe; el agnóstico es el que dice que nadie puede llegar a saber con certeza si Dios existe o no. Pero tanto en un caso como en el otro lo que tenemos es incredulidad.

La pregunta es, ¿cómo se ven ellos a sí mismos? Bueno, en la generalidad de los casos los incrédulos se ven a sí mismos como personas inteligentes. Ellos creen que no creen porque son lo suficientemente racionales como para no creer.

Y ciertamente, hay ocasiones en que es de sabios ser incrédulo. Una de las características del hombre simple, según Pr. 14:15, es que todo lo cree, “mas el avisado, dice Salomón – el hombre sabio y entendido – mira bien sus pasos”. Nosotros no podemos creer todo lo que nos dicen, porque en el mundo abundan los engañadores y mentirosos.

Sin embargo, en muchas ocasiones la incredulidad no es otra cosa que un prejuicio que lleva a ciertas personas a ir en contra de toda evidencia, simplemente porque no les agrada la verdad que esas evidencias revelan. En tal caso, la incredulidad deja de ser inteligente para convertirse en una necedad.

Pero los incrédulos no sólo se ven a sí mismos como personas racionales e inteligentes, sino también como personas valientes y arrojadas. Muchos incrédulos presuponen que la razón por la que los creyentes creen en Dios es porque no se atreven a enfrentar la vida desprovistos del cuidado de un Ser superior.

Ellos, en cambio, tienen el coraje de encarar la vida dependiendo de sí mismos, sin tener que ampararse en una ilusión supersticiosa que no puede ser probada con argumentos racionales. He ahí lo que el incrédulo piensa de sí mismo.

Pero ¿cuál es el diagnóstico que la Biblia da de los incrédulos? Sea que se trate de una incredulidad abierta o encubierta. ¿Es la incredulidad un síntoma de salud intelectual y de coraje, o se trata más bien de un problema moral que afecta seriamente el intelecto, la personalidad humana y nuestro destino eterno?

Eso es lo que quiero que veamos en mi próxima entrada, a la luz de uno de los pasajes del NT que presenta más claramente un análisis clínico del hombre caído (Rom. 1:18-25).


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