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lunes, 23 de noviembre de 2009

La ley, el evangelio, el amor y el cristiano

Vivimos en una época en la que el antinomianismo ha ganado mucho terreno en las iglesias evangélicas. Un antinomiano, dicho sencillamente, es alguien que rechaza la obediencia a la ley de Dios como una prueba de que en verdad hemos creído en Cristo. La obediencia a la ley no salva, pero el que es salvo por la fe muestra en su vida las marcas de una obediencia sincera, aunque no perfecta, a los mandamientos del Señor.

Para mostrar esto, analicemos algunos textos en la carta de Pablo a los Romanos. Dado que el tema central de esta carta es el evangelio de nuestro Señor Jesucristo, era de esperarse que el apóstol dedicara una buena sección de esta epístola para hablar de la ley moral de Dios, porque sin la ley el evangelio no tiene sentido.

Si miramos la cruz de Cristo, sin tener la ley de Dios delante de nuestros ojos, la cruz queda vacía de todo significado.

Ernest Reisenger lo explica de este modo: “El mensaje primario de la cruz no es: ‘Dios te ama’, sino mas bien ‘la ley de Dios ha sido quebrantada’. Contemplar la cruz sin la ley es como tratar de armar un rompe cabezas (cuyas piezas están sostenidas) en aire ligero. Sin una base sobre la cual conectar las piezas, nunca puede tomar forma una clara imagen de la gracia de Dios. Si, dice este autor, el espíritu de la cruz, es (el) amor eterno (de Dios), pero la base de la cruz es (Su) eterna justicia. Predicar y enseñar la ley salvará el evangelio y el cristianismo del sentimentalismo, del emocionalismo, y de una supersticiosa perversión de la cruz” (The Law and the Gospel; pg. 158).

¿Cuál es el mensaje que el evangelio anuncia a los hombres? Que hay salvación en Cristo por medio de la fe. Pero ¿de qué peligro necesita el hombre ser salvado? Si anunciamos al mundo que hay salvación en Cristo para todo aquel que cree, debemos anunciar primero cuál es el peligro del que necesitamos ser salvos; de lo contrario el evangelio pierde todo su significado.

“Pecador, hay salvación en Cristo”. “¿Salvación de qué?" – pregunta él. "¿Cuál es el peligro que me acecha?” El peligro de tener que presentarte delante de Dios a dar cuenta por tu vida, sabiendo que has transgredido en incontable ocasiones Su santa ley. Es eso lo que nos hace pecadores, el haber violado la ley de Dios; y es de ese pecado, y de todas sus consecuencias, que Cristo vino a salvar a pecadores.

Esa es la argumentación lógica a través de la cual Pablo explica el evangelio en la carta a los Romanos (comp. Rom. 1:16-17, 18; 3:9-12, 19-20; 4:15; 5:13). Pablo ilustra su enseñanza de la relación de la ley con el evangelio con su propio ejemplo en Rom. 7:7-13, donde nos muestra cómo Dios usó la ley para convencerle de pecado.

Así que la ley moral de Dios se encuentra íntimamente ligada al evangelio como el instrumento usado por Dios para revelar al pecador su condición pecaminosa. Es en ese sentido que Pablo nos dice en Gal. 3:24 que “la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe”.

Nunca fue la intención de Dios justificar al pecador por guardar la ley. El que justifica es Cristo, por medio de la fe. Pero la ley es el ayo que nos lleva de la mano a Cristo mostrando nuestro pecado y nuestra total impotencia para poder vivir a la altura de las demandas de la ley en nuestras propias fuerzas.

Pero ¿qué ocurre cuando el pecador viene a Cristo en arrepentimiento y fe? ¿Acaso deja de ser relevante la ley para su vida a partir de ese momento? De ninguna manera. La ley moral de Dios no sirve únicamente para mostrar nuestra condición pecaminosa, sino también para mostrarnos la naturaleza de la voluntad de Dios y cuál es la norma de vida que Dios quiere que nosotros sigamos.

Si somos salvos debemos vivir en santidad, y vivir en santidad no es otra cosa que conformar nuestras vidas al estándar moral resumido en los Diez Mandamientos (comp. Rom. 8:1-4; 13:8-10). Si los Diez Mandamientos no estuviesen en vigor para nosotros, ¿qué sentido tendría que se nos dijera que el amor es el móvil que ha de llevarnos al cumplimiento de esa ley?

“Si amas a tu hermano en una forma correcta, necesariamente vas a cumplir en su favor los Diez Mandamientos”. El antinomiano dirá: “Y eso ¿qué importancia tiene? Yo no estoy interesado en ese documento antiguo; para mí los Diez Mandamientos caducaron en la cruz del calvario. Si cumplo o no cumplo los Diez Mandamientos es algo que no me quita el sueño”.

Esa, obviamente, no era la forma de pensar del apóstol Pablo. Para Pablo era importante la obediencia al decálogo, y coloca el amor aquí en una relación íntima con esa obediencia. En ningún lugar de la Biblia se nos presenta el amor como una alternativa o un sustituto para la obediencia. El amor es más bien el combustible que nos mueve a obedecer.

Comp. Mt. 22:35-40 (el mero hecho de que el amor sea un mandamiento debe ser suficiente para acallar a todos aquellos que ven un antagonismo entre el amor a Dios y la ley de Dios); Jn. 14:21, 23-24 (el mensaje de Cristo no es: “Si me amas, haz lo que te plazca”; Su mensaje es más bien: “Si me amas, guarda mis mandamientos”; 15:10, 12, 14; 1Jn. 5:3.

La Biblia no presenta el amor como una fuerza autónoma que tiene en sí misma la capacidad de definir cuál es estándar de conducta que debemos seguir. La Biblia más bien enseña que el amor es definido por la ley moral resumida en las dos tablas del decálogo.

¿Qué significa en un sentido práctico amar a Dios? Significa tenerlo a Él como nuestro único Dios, adorarle como Él lo ha prescrito en Su Palabra, reverenciar Su nombre y apartar un día de cada siete para adorarle y servirle en una forma especial. Eso es lo que nos enseña la primera tabla de la ley.

Y ¿qué del amor al prójimo? ¿Cómo puedo yo amar al prójimo como a mí mismo en una forma práctica? Allí tenemos la segunda tabla de la ley. “El amor no hace mal al prójimo”, dice Pablo en Rom. 13:10.

Y ¿qué es hacerle mal al prójimo? Violar en su perjuicio cualquiera de los mandamientos del decálogo que tiene que ver con nuestras relaciones unos con otros. El amor no es un mero sentimiento. El amor es una conducta y una actitud definida claramente por la ley moral de Dios. Amar a Dios y al prójimo es igual a: esforzarse en el poder del Espíritu Santo a vivir a la altura de los Diez Mandamientos. El amor es el motivo de la ley, la ley es la definición del amor.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.