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martes, 6 de julio de 2010

La influencia del Calvino y los cinco puntos del calvinismo

Es prácticamente imposible reseñar en pocas palabras el alcance y el impacto de la obra de Calvino en la Iglesia de Cristo en estos últimos 500 años. Como teólogo, como expositor de las Escrituras y como reformador probablemente ningún otro hombre en la iglesia podría comparársele.

Su Institución de la Religión Cristiana ha tenido tal importancia para las iglesias que surgen de la Reforma Protestante, que difícilmente puede ser sobrestimada. Un historiador católico romano dice sobre esta obra que es “Sin duda alguna la más sorprendente e influyente producción en la esfera de la dogmática que la literatura de la Reforma del siglo XVI presenta.”

Pero no menor es su importancia como expositor de las Escrituras. Calvino es el creador de la exégesis moderna. Benjamín Warfield dice: “La autoridad que sus comentarios adquirieron inmediatamente fue inmensa – ellos ‘abren las Escrituras’ como las Escrituras nunca antes habían sido abiertas.”

Como reformador, Calvino fue un hombre incansable en su labor de mantener un orden eclesiástico apegado a las Escrituras; precisamente por eso dio tanta importancia al tema de la disciplina eclesiástica, una verdadera innovación en aquellos días. En este punto “es importante notar, como señala un historiador, que Ginebra nunca fue una teocracia gobernada por Calvino... Lo que lograron hacer fue alcanzado a través de la persuasión moral, la predicación, y las consultas. Pensar en Calvino como dictador de una teocracia es un mito absurdo inventado por los que le eran hostiles a él y a su movimiento de reforma.”

Marc Cheneviere señala al respecto: “¡Algunas ilusiones son extremadamente difíciles de disipar! Aún en el día de hoy muchos protestantes imaginan que el ideal político – religioso del Calvinismo es una teocracia, entendiendo por este término un régimen político que implica la dominación del clero sobre la sociedad civil. Pero el hecho es, sin embargo, que ninguna noción puede ser más errónea; Calvino nunca mostró la menor simpatía por un régimen político de esta clase, y una prueba que se puede citar a favor de esta declaración es su constante criticismo del clero romano por usurpar el poder temporal de los príncipes.”

Una cosa más. Aunque la doctrina de la predestinación no fue tan central en la teología de Calvino como lo fue su doctrina de la soberanía de Dios en todas las esferas de la vida humana, se debe enfatizar que esta doctrina, lejos de matar el activismo cristiano, en la práctica produce un efecto totalmente contrario. “Más que todo otro grupo, los calvinistas se han aferrado a la predestinación y la han usado como fuerza motivadora para lograr el cambio. Han razonado: si Dios es soberano, necesariamente logrará su propósito en la historia; de ello se sigue que podemos laborar sabiendo que puesto que Dios está por nosotros, nadie nos puede detener; estamos en la vanguardia de un movimiento incontenible.”

El arminianismo y el sínodo de Dort

Cuatro años antes de la muerte de Calvino, nació Jacobo Arminio (1560-1609), un pastor y teólogo holandés que estudiaría bajo la dirección del sucesor de Calvino en Ginebra, Teodoro de Beza; de modo que su formación teológica fue profundamente calvinista. Fue ordenado al ministerio pastoral en 1588 y nombrado como pastor en Ámsterdam, donde adquirió mucho renombre. Un año más tarde, los dirigentes de la Iglesia en Ámsterdam le pidieron a Arminio que refutara las opiniones del teólogo Dirck Koornhert, el cual se oponía a algunas de las doctrinas calvinistas, en particular la doctrina de la predestinación.

En su preparación para este debate, Arminio se dedicó a fondo al estudio de los escritos de Koornhert comparándolos con la Escritura, con los padres de la Iglesia y con varios teólogos protestantes. Pero sus estudios le llevaron más bien a refutar el calvinismo y declararlo insostenible. A pesar de eso, en 1603 Arminio es llamado a asumir la cátedra de teología en la Universidad de Leyden, donde sus doctrinas opuestas al calvinismo fueron más conocidas aún. Esto trajo como consecuencia un enfrentamiento con los calvinistas, de manera particular con otro profesor de la facultad, Francisco Gomaro.

Ahora, es importante señalar aquí que en otras doctrinas, Arminio concordaba con el calvinismo. Tanto uno como los otros afirmaban que la predestinación para salvación era una enseñanza bíblica; pero, mientras el calvinismo afirma que los elegidos ejercen fe porque fueron predestinados por Dios desde antes de la fundación del mundo por el puro afecto de Su voluntad, Arminio enseñaba más bien que Dios predestinó a todos aquellos que Él sabía de antemano que iban a querer.

Así que el foco del debate no era si había predestinación o no, sino más bien en cuál era la base de dicha predestinación. Por otra parte, también es justo señalar que Arminio rechazó enfáticamente la enseñanza de Pelagio en lo que respecta a la caída de Adán. Según Pelagio, la caída de Adán sólo lo afectó a él; pero Arminio creía, en cambio, que la caída había arruinado la raza humana dejándola bajo el dominio del pecado.

Según Arminio, debido al oscurecimiento del entendimiento y la perversidad del corazón, el hombre ha quedado en un estado de impotencia moral. “La voluntad del hombre no es libre de hacer ningún bien a menos que sea… libertada por el Hijo de Dios a través del Espíritu de Dios.”

En otro lugar, Arminio muestra su acuerdo con Agustín en este punto: “Porque Cristo dijo: ‘Separados de mí nada podéis hacer’. Y San Agustín, luego de meditar diligentemente sobre cada palabra en este pasaje, dice lo siguiente: ‘Cristo no dice, separados de mí sólo pueden hacer un poco’; tampoco dice, ‘Separados de mí no pueden hacer ninguna cosa que sea ardua’; ni tampoco, ‘Separados de mí lo harán con dificultad’; sino que dice, ‘Separados de mí nada podéis hacer’.”

De modo que en cuanto a esto, Arminio parece estar de acuerdo con Agustín, Lutero y Calvino. El punto donde Arminio se apartó ellos fue en el hecho de que para él la gracia de Dios es necesaria para la salvación, pero no asegura la salvación de nadie; en otras palabras, la gracia es una condición necesaria, pero no suficiente.

Arminio declara: “Toda persona no regenerada posee una voluntad libre, y la capacidad de resistir al Espíritu Santo, de rechazar la gracia de Dios que le es ofrecida, de menospreciar el consejo de Dios contra sí mismos, de rehusar aceptar el Evangelio de la gracia, y de no abrirle a Aquel que toca la puerta de su corazón”.

Si el pecador no responde al llamado, la culpa es enteramente suya (en eso todos estamos de acuerdo); pero ¿qué si acepta? En otras palabras ¿quién es, a final de cuentas, el que tiene la decisión de la salvación en sus manos? Por implicación, la salvación depende, en última instancia, de la decisión humana y no de la soberanía de Dios.

Luego de la muerte de Arminio, en 1609, sus seguidores fueron acusados de herejía, por lo que, en 1610, presentaron a los Estados de Holanda un Memorial de Protesta (Remonstrance en inglés, por lo que fueron llamados “remonstrantes”), en el que planteaban su posición, incluyendo en la segunda parte los cinco puntos de su propia doctrina.

Estos artículos fueron firmados por 46 ministros remonstrantes. Los calvinistas, por su parte, emitieron una contra protesta. Pero, como no llegaban a un acuerdo, finalmente se decidió resolver la disputa mediante un sínodo al que fueron invitados casi todas las iglesias nacionales reformadas. Éste fue celebrado en Dordrecht desde el 13 de Noviembre de 1618 hasta el nueve de mayo de 1619. “Fue un concilio sin paralelo en la historia del protestantismo.”

Los Cánones del Sínodo de Dort condenaron la posición arminiana, a la vez que presentaron cinco puntos contrarios, que han sido conocidos como los cinco puntos del Calvinismo.

Por un lado declaran que el hecho de que “sólo algunos de entre los miembros de la raza humana pecadora alcancen la fe, debe atribuirse al Consejo eterno de Dios. Dios eligió en Cristo un número definido de seres humanos para la salvación, en tanto que, en su justicia, dejó a los demás entregados a la perdición.” En cuanto a la eficacia de la muerte de Cristo, afirman que ésta “es suficiente para expiar los pecados de todo el mundo.” Sin embargo, su obra de expiación está limitada en el hecho de que Dios tenía la intención de que fuese eficaz solamente para quienes “fueron elegidos desde la eternidad para salvación.”

También afirman la total depravación de la raza humana, así como la gracia irresistible de Dios. “Finalmente, los Cánones enseñan que Dios preserva a los elegidos de tal modo que no caen de su gracia. En esto también se atribuye la gloria Dios; permanecemos en la gracia, no por el poder de nuestra voluntad, sino porque, por su gracia, Dios ‘inicia, preserva, continúa y perfecciona su obra en nosotros’.”

No obstante, el arminianismo no murió allí. Sus doctrinas fueron asimiladas por los bautistas generales, los menonitas holandeses y, un poco más tarde, por el metodismo wesleyano (aunque este último se aleja aún más de la doctrina reformada de la salvación). Hoy día es la doctrina de la mayoría de las iglesias en América.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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martes, 23 de febrero de 2010

La teología de Arminio en lo tocante al libre albedrío y la predestinación

Arminio rechazó enfáticamente el pelagianismo en lo tocante a las consecuencias del pecado de Adán en su descendencia. Hablando acerca del hombre en su estado caído, Arminio declara que su libre albedrío en lo que respecta al verdadero Dios, no sólo se encuentra “herido, mutilado, enfermizo, debilitado; sino que también ha sido hecho cautivo, destruido y perdido”; de tal manera que el libre albedrío humano es totalmente inútil “a menos que sea asistido por la gracia”.

Según Arminio, debido al oscurecimiento del entendimiento y la perversidad del corazón, el hombre ha quedado en un estado de impotencia moral. “La voluntad del hombre no es libre de hacer ningún bien a menos que sea… libertada por el Hijo de Dios a través del Espíritu de Dios.”

Más aún, para manifestar su completo acuerdo con Agustín, Arminio comenta lo siguiente acerca del texto de Juan 15:5: “Separados de mí nada podéis hacer”: “Después de haber meditado diligentemente en cada una de las palabras de este pasaje, Agustín comenta de esta forma: ‘Cristo no dice, Sin mi sólo pueden hacer poco; tampoco dice, Sin mí no podréis hacer ningún trabajo arduo, ni tampoco Sin mí haríais las cosas con dificultad: Sino que dice, Sin mí nada podéis hacer’”.

En cuanto a esto, Arminio parece estar de acuerdo con Agustín, Lutero y Calvino. De hecho, Arminio tenía en muy alta estima los comentarios de Calvino y su Institución de la Religión Cristiana (él recomendaba a sus estudiantes hacer un amplio uso de los comentarios de Calvino).

El punto controversial radica en el hecho de que Arminio enseñaba que, aunque la gracia de Dios es necesaria para la salvación, no asegura la salvación de nadie; en otras palabras, la gracia es una condición necesaria, pero no suficiente.

Arminio declara: “Toda persona no regenerada posee una voluntad libre, y la capacidad de resistir al Espíritu Santo, de rechazar la gracia de Dios que le es ofrecida, de menospreciar el consejo de Dios contra sí mismos, de rehusar aceptar el Evangelio de la gracia, y de no abrirle a aquel que toca la puerta de su corazón”.

De modo que si el pecador no responde al llamado, la culpa es enteramente suya (en eso todos estamos de acuerdo); pero ¿qué si acepta? En otras palabras ¿quién es, a final de cuentas, el que tiene la decisión de la salvación en sus manos? Por implicación, según Arminio la salvación depende, en última instancia, de la decisión humana y no de la soberanía de Dios. La gracia de Dios es una condición necesaria para la salvación, pero no es una condición suficiente.

Arminio intenta aclarar su posición teológica a aquellos que le adversan con esta ilustración: Imaginemos a un hombre rico que ayuda con sus bienes a un pordiosero para que éste pueda mantener a su familia. ¿Dejaría de ser un regalo de pura gracia por el hecho de que el mendigo tenga que extender su mano para recibir lo que se le ofrece? ¿Pudiéramos decir con propiedad que la limosna depende parcialmente de la liberalidad del donante, y parcialmente de la libertad del receptor, por el hecho de que este último tiene que extender su mano para recibir el beneficio? Si no es así, cuanto menos podemos decirlo del don de la fe.

El problema de este símil es que presupone una necesidad que el mendigo tiene conscientemente y la cual él desea suplir; mientras que en el caso del pecador, éste no desea, sino que rechaza con todas sus fuerzas, el don que se le ofrece gratuitamente en Cristo. Al igual que en el caso del mendigo, el pecador tiene que extender sus manos hacia Dios para recibir el don; pero, según el Calvinismo, éste sólo podrá hacerlo si Dios cambia la disposición de su corazón.

En cuanto a la predestinación, tanto uno como los otros afirmaban que la predestinación para salvación era una enseñanza bíblica; pero, mientras el calvinismo afirma que los elegidos ejercen fe porque fueron predestinados por Dios desde antes de la fundación por el puro afecto de Su voluntad (como enseña claramente Pablo en Ef. 1:3-6), Arminio enseñaba más bien que Dios predestinó a todos aquellos que Él sabía de antemano que iban a creer. Así que el foco del debate no era si había predestinación o no, sino más bien en cuál era la base de dicha predestinación.

A pesar de eso, en 1603 Arminio fue llamado a asumir la cátedra de teología en la Universidad de Leyden, donde sus doctrinas opuestas al calvinismo fueron más conocidas aún. Esto trajo como consecuencia un enfrentamiento con los calvinistas, de manera particular con otro profesor de la facultad, Francisco Gomaro. Este debate fue subiendo de tono, a tal punto que tuvo ramificaciones políticas.

Luego de la muerte de Arminio, en 1609, sus puntos de vista fueron sistematizados por su pupilo y sucesor en Leyden, Simón Episcopio. Al ser acusados de herejía, en 1610 los seguidores de Arminio presentaron a los Estados de Holanda un Memorial de Protesta (Remonstrance en inglés, por lo que fueron llamados “remonstrantes”), en el que planteaban su posición, incluyendo en la segunda parte los cinco puntos de su propia doctrina.

Estos artículos fueron firmados por 46 ministros remonstrantes. Los calvinistas, por su parte, emitieron una contra protesta. Pero, como no llegaban a un acuerdo, finalmente se decidió resolver la disputa mediante un Sínodo al que fueron invitados casi todas las iglesias nacionales reformadas.

Éste fue celebrado en Dordrecht desde el 13 de Noviembre de 1618 hasta el 9 de mayo de 1619. Estuvieron presentes 84 miembros y 18 comisionados seculares del Palatinado, Hesse, Nassau, Frieslandia Oriental, Bremen, Emden, Inglaterra, Escocia, Ginebra y Suiza alemana.

Los Cánones del Sínodo de Dort condenaron la posición arminiana, a la vez que presentaron cinco puntos contrarios, que han sido conocidos como los cinco puntos del Calvinismo.

Por un lado declaran que el hecho de que “sólo algunos de entre los miembros de la raza humana pecadora alcancen la fe, debe atribuirse al Consejo eterno de Dios. Dios eligió en Cristo un número definido de seres humanos para la salvación, en tanto que, en su justicia, dejó a los demás entregados a la perdición.”

En cuanto a la eficacia de la muerte de Cristo, afirman que ésta “es suficiente para expiar los pecados de todo el mundo.” Sin embargo, su obra de expiación está limitada en el hecho de que Dios tenía la intención de que fuese eficaz solamente para quienes “fueron elegidos desde la eternidad para salvación.”

También afirman la total depravación de la raza humana, así como la gracia irresistible de Dios. “Finalmente, los Cánones enseñan que Dios preserva a los elegidos de tal modo que no caen de su gracia. En esto también se atribuye la gloria Dios; permanecemos en la gracia, no por el poder de nuestra voluntad, sino porque, por su gracia, Dios ‘inicia, preserva, continúa y perfecciona su obra en nosotros’.”

Repetidas veces los calvinistas del Sínodo acusaron a los remonstrantes de enseñar las doctrinas de Pelagio, a pesar de que tanto Arminio como sus seguidores se empeñaron en condenar el pelagianismo. Estrictamente hablando los arminianos podían ser catalogados de ser semipelagianos; pero es probable que los teólogos del Sínodo hayan tenido en mente la conexión que existe entre ambas posturas.

No obstante, el arminianismo no murió allí. Sus doctrinas fueron asimiladas por los bautistas generales en Inglaterra, los menonitas holandeses y, un poco más tarde, por el metodismo wesleyano (aunque este último se aleja aún más de la doctrina reformada de la salvación). Hoy día es la doctrina de la mayoría de las iglesias en América.

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viernes, 22 de enero de 2010

5. La Confesión de Fe Bautista de 1689 y el Sínodo de Dort (2da parte)

En la entrada anterior comenzamos a ver cómo la Confesión de Fe Bautista de 1689 se adhiere a los puntos doctrinales que fueron defendidos en el Sínodo de Dort, conocidos como Los Cinco Puntos del Calvinismo. Ya vimos la doctrina de la depravación total; ahora veremos las otras cuatro.

La Elección Incondicional:

Cuando hablamos de la elección incondicional, nos referimos al hecho de que Dios, desde antes de la fundación del mundo, soberanamente escogió obrar en unos la salvación que no merecían, y esto por el puro afecto de Su voluntad. Esta no solo es la enseñanza clara de las Escrituras, sino que se desprende lógicamente de la depravación total del hombre. Si el hombre está muerto en sus delitos y pecados (como dice Pablo en Ef. 2:1-3), entonces es impotente para salvarse a sí mismo.

Así lo declara nuestra Confesión de Fe en el capítulo 3, los párrafos del 3 al 7:

3. Por el decreto de Dios y para la manifestación de su propia gloria, algunos hombres y ángeles son predestinados (o pre-ordenados) a vida eterna por medio del Señor Jesucristo, (g) para la alabanza y gloria de su gracia. (h) A los demás, él ha dejado para que sean condenados en sus pecados, para la alabanza de su gloriosa justicia. (i)

(g) 1 Tim. 5:21; Mt. 25:34
(h) Ef. 1:56
(i) Rom. 9:22,23; Jud. 4

4. Estos hombres y ángeles así predestinados y pre ordenados, están designados particular e inalterablemente, y su número es tan cierto y definido que ni se puede aumentar ni disminuir. (j)

(j) Jn. 13:18; 2 Tim. 2:19

5. A aquellos que Dios ha predestinado para vida desde antes que fuesen puestos los fundamentos del mundo, conforme a su eterno e inmutable propósito y al consejo y beneplácito secreto de su propia voluntad, los ha escogido en Cristo para la gloria eterna; mas esto por su libre gracia y puro amor, (k) sin cualquiera otra cosa en la criatura como condición o causa que le mueva a ello.(l)

(k) Efe. 1:4,9, 11; Ro.8:30; 2 Tim. 1:9; 1Ts. 5:9
(l) Rom. 9:13,16; Ef. 2:5,12

6. Así como Dios ha designado a los elegidos para la gloria, de la misma manera, por el propósito libre y eterno de su voluntad, ha pre ordenado también los medios para ello.(m) Por tanto, los que son elegidos, habiendo caído en Adán, son redimidos por Cristo,(n) y en debido tiempo eficazmente llamados a la fe en Cristo por el Espíritu Santo; son justificados, adoptados, santificados,(ñ) y guardados por su poder, por medio de la fe, para salvación.(o) Nadie más será redimido por Cristo, eficazmente llamado, justificado, adoptado, santificado y salvado, sino solamente los elegidos.(p)

(m) 1 P. 1:2; 2Tes. 2:13
(n) 1Ts. 5:9, 10
(ñ) Rom. 8:30; 2Ts. 2:13
(o) 1 Pe. 1:5
(p) Jn. 10:26; Jn. 17:9; Jn.6:64

7. La doctrina de este alto misterio de la predestinación debe tratarse con especial prudencia y cuidado, para que los hombres, persuadidos de su vocación eficaz, se aseguren de su elección eterna,(q) y atendiendo a la voluntad revelada en la palabra de Dios, cedan la obediencia a ella. De esta manera esta doctrina proporcionará motivos de alabanza,(r) reverencia y admiración a Dios; y también de humildad,(s) diligencia y abundante consuelo a todos los que sinceramente obedecen al evangelio.(t)

(q) 1Ts. 1:4,5; 2 Pe. 1:10
(r) Efe. 1:6; Rom. 11:33
(s) Rom. 11:5, 6, 20
(t) Lc. 10:20

La Expiación Limitada:

Esta doctrina se opone al error de la redención universal que nos dice que Cristo murió por todos, haciendo posible la redención de todos, pero sin asegurar la salvación de ninguno. Noten la enseñanza de la Confesión en el capítulo 8, los párrafos 5 y 8:

5. El Señor Jesucristo, por su perfecta obediencia y por el sacrificio de sí mismo que ofreció una sola vez por el Espíritu eterno de Dios, ha satisfecho plenamente a la justicia de Dios.(e) Él ha efectuado la reconciliación y ha comprado un herencia eterna en el reino de los cielos para todos aquellos dados a él por el Padre.(f)

(e) He. 9:14; Re. 10:14; Rom. 3:25, 26
(f) Jn. 17:2; He.9:15

8. A todos aquellos para quienes Cristo ha obtenido eterna redención, cierta y eficazmente les aplica y comunica la misma, haciendo intercesión por ellos,(k) uniéndoles a él por su Espíritu, revelándoles en la palabra y por medio de ella el misterio de la salvación, persuadiéndoles eficazmente a creer y a obedecer,(l) gobernando el corazón de ellos por su palabra y Espíritu,(m) y venciendo a todos sus enemigos por su gran poder y sabiduría,(n) y de la manera y por los caminos que están más en conformidad con su maravillosa e inescrutable dispensación. Todas estas cosas son hechas en su libre y soberana gracia e incondicionalmente, ya que nada de mérito es previsto por él en sus elegidos.(ñ)

(k) Jn. 6:37; Jn. 10:15, 16; Jn. 17:9; Rom. 5:10
(l) Jn. 17:6; Ef. 1:9; 1 Jn. 5:20
(m) Rom. 8:9, 14
(n) Sal. 110:1; 1Cor. 15:25,26
(ñ) Jn. 3:8; Ef. 1:8

La Gracia Irresistible:

Esto no significa que Dios obliga al hombre a hacer lo que no quiere hacer. Nosotros usamos la palabra irresistible muchas veces con esa connotación (el caso de un secuestro, por ejemplo). Pero esa palabra posee otra connotación, aun en nuestro lenguaje ordinario (como en el caso de una personalidad irresistible). Algunos prefieren el término “gracia eficaz”.

Lo que hace la gracia de Dios es inclinar eficazmente nuestra voluntad para que hagamos voluntariamente Su voluntad. La Confesión trata este tema en el capítulo 10, párrafo 1 y 2:

1. A aquellos a quienes Dios ha predestinado para vida, le agrada en su tiempo señalado y aceptado, llamar eficazmente(a) por su palabra y Espíritu, sacándolos del estado de pecado y muerte en que se hallaban por naturaleza para darles vida y salvación por Jesucristo.(b) Esto lo hace iluminando espiritualmente su entendimiento, a fin de que comprendan las cosas de Dios;(c) quitándoles el corazón de piedra y dándoles uno de carne,(d) renovando sus voluntades y por su poder soberano determinándoles a hacer aquello que es bueno, y llevándoles eficazmente a Jesucristo;(e) de tal manera que ellos vienen con absoluta libertad, habiendo recibido por la gracia de Dios la voluntad de hacerlo. (f)

(a) Rom. 8:30; 11:7; Ef. 1:10, 11; 2Ts. 2:13, 14
(b) Ef. 2:16
(c) Hch. 26:18; Ef. 1:17, 18
(d) Ez.36:26
(e) Ez. 36:27; Ef. 1:19
(f) Sal. 110:3; Cant. 1:4

2. Este llamamiento eficaz depende de la libre y especial gracia de Dios y de ninguna manera de alguna cosa prevista en el hombre, (g) el cual es en esto enteramente pasivo, hasta que siendo vivificado y renovado por el Espíritu Santo,(h) adquiere la capacidad de responder a este llamamiento y de recibir la gracia ofrecida y trasmitida en él. Esto sucede por el mismo poder que obró la resurrección de Cristo de los muertos.(i)

(g) 2Tim. 1:9; Ef 2:8
(h) 1 Cor. 2:14; Ef. 2:5; Jn. 5:25
(i) Ef.1:19, 20

Es importante resaltar que creemos en la libre oferta del evangelio, porque no sabemos quiénes son los elegidos, y porque Dios ha decretado salvar a los perdidos a través de la predicación. Por eso nos oponemos a la enseñanza de los hipercalvinistas quienes dicen que los elegidos se salvarán aunque nadie les predique.

La Perseverancia final de los Santos:

Esta doctrina nos enseña que aquellos que han sido elegidos soberanamente por Dios, aquellos por quienes Cristo murió, los cuales fueron, en el tiempo, llamados eficazmente a salvación, de ninguna manera pueden caer del estado de gracia y perderse. Esa es la enseñanza de la Confesión en el capítulo 17, párrafo 1:

1. Aquellos a quienes Dios ha aceptado en el Amado, y ha llamado eficazmente y santificado por su Espíritu, y a quienes ha dado la preciosa fe de sus elegidos, no pueden caer ni total ni definitivamente del estado de gracia, sino que ciertamente perseverarán en él hasta el fin, y serán salvos por toda la eternidad, puesto que los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables, por lo que Él continúa engendrando y nutriendo en ellos la fe, el arrepentimiento, el amor, el gozo, la esperanza y todas las virtudes del Espíritu para inmortalidad;(a) y aunque surjan y les azoten muchas tormentas e inundaciones, nunca podrán, sin embargo, arrancarles del fundamento y la roca a que por la fe están aferrados; a pesar deque, por medio de la incredulidad y las tentaciones de Satanás, la visión perceptible de la luz y el amor de Dios puede nublárseles y oscurecérseles por un tiempo,(b) Él, sin embargo, es aún el mismo, y ellos serán guardados, sin duda alguna, por el poder de Dios para salvación, en la que gozarán de su posesión adquirida, al estar ellos esculpidos en las palmas de sus manos y sus nombres escritos en el libro de la vida desde toda la eternidad.(c)

(a) Fil. 1:6; 2 Ti. 2:19; 2 P. 1:5-10; 1 Jn. 2:19
(b) Sal. 89:31, 32; 1 Co. 11:32; 2 Ti. 4:7
(c) Sal. 102:27; Mal. 3:6; Ef. 1:14; 1 P. 1:5; Ap. 13:8


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jueves, 21 de enero de 2010

4. La Confesión de Fe Bautista de 1689 y el Sínodo de Dort (1ra parte)

En la entrada anterior dijimos que la Confesión de Fe de 1689 es una confesión calvinista, y explicaba que al usar ese término me refería al hecho de que nuestra Confesión se adhiere a los cinco puntos que fueron redactados en ese Sínodo en respuesta a las doctrinas arminianas (si desean conocer más a fondo la historia del Sínodo pueden hacer click aquí). Esos puntos son doctrinales:

1. La depravación total del hombre.
2. La elección incondicional.
3. La expiación limitada (o particular).
4. La gracia irresistible.
5. La perseverancia final de los creyentes.

Veamos lo que enseña la Confesión con respecto a estas doctrinas, creídas y defendidas por estas congregaciones bautistas inglesas del siglo XVII.

La depravación total del hombre.

Cuando decimos que el hombre está totalmente depravado, esto no significa que todo hombre es todo lo malo que pudiera llegar a ser, ni tampoco que el hombre sea completamente incapaz de hacer algo relativamente bueno.

Más bien estamos afirmando que la corrupción del pecado alcanzó al hombre en todas sus facultades, y que éste quedó completamente imposibilitado de salvarse o disponerse a sí mismo para la salvación. En el capítulo 6:2-3 la Confesión dice:

2. Por este pecado, nuestros primeros padres cayeron de su justicia original y perdieron la comunión con Dios. El pecado de ellos nos envolvió a todos y a través de este pecado la muerte pasó a todos.(c) Todos los hombres vinieron a ser muertos en pecado,(d) y totalmente corrompidos en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo.(e)

(c) Rom. 3:23

(d) Rom. 5:12-21

(e) Tit. 1:15; Gn. 6:5; Jer. 17:9; Ro. 3:1-19

3. Siendo ellos la raíz de la raza humana, y por la ordenanza de Dios estando Adan en el lugar de toda la humanidad, la culpa de este pecado fue imputada a su posteridad, y la naturaleza corrompida se transmitió a aquella que desciende de ellos según la generación ordinaria.(f) Todos los hombres, siendo concebidos en pecado,(g) y por naturaleza hijos sujetos a la ira de Dios,(h) siervos del pecado y sujetos a la muerte,(i) son dados a inexplicables miserias espirituales, temporales y eternas, a no ser que el Señor Jesucristo los libere.(j)

(f) Ro. 5:12-19; 1 Co. 15:21,22,45,49

(g) Sal. 51:5; Job 14:4

(h) Ef. 2:3

(i) Ro. 6:20; 5:12

(j) He.2:14,15; 1 Ti. 1:10

También pueden ver el capítulo 9, párrafo 3, sobre el Libre Albedrío.

Esta doctrina se opone a la doctrina arminiana que niega la total depravación del hombre y su total imposibilidad para salvarse sin la obra todopoderosa de la gracia de Dios.

También se opone a la doctrina de Charles Finney (y su sistema evangelístico de invitación). Según Finney, el hombre no ha perdido la capacidad de obedecer a Dios, y por lo tanto, puede decidir en cualquier momento, sin la ayuda del Espíritu, cambiar por completo el rumbo de su vida. En eso consiste la regeneración, dice Finney, el cambio de ruta que toma el pecador cuando decide seguir a Cristo.

Por tanto, todo lo que se necesita para ser cristiano es que el hombre decida hacerse cristiano, sin ninguna intervención divina. Lo único que hace el Espíritu Santo es persuadirnos a través de la verdad para que obedezcamos el evangelio, pero nada más. Los hombres, decía Finney, “no son convertidos por un cambio obrado en su naturaleza por el poder creativo del Espíritu Santo”, sino por “rendirnos a la verdad” (cit. por Iain Murray; Pentecost Today?; pg. 50).

El cambio podemos producirlo nosotros mismos por medio de una resolución. Esa resolución del pecador es anterior a la regeneración. Primero yo me decido por Cristo, y entonces Él obra en mí. Eso dicen los arminianos.
Esa resolución debe ser manifestada, según Finney, a través de algún acto físico como ponerse de pie, venir al frente en la iglesia, o algo similar. Esa resolución pública puede ser considerada como idéntica al cambio producido en el hombre en la conversión.

Pero eso es totalmente contrario a la enseñanza de las Escrituras. En Jn. 6:44 el Señor Jesucristo dice claramente: “Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae”.

Si venir a Cristo es algo que el pecador puede hacer con sólo quererlo, y no es otra cosa que una decisión pública manifestada a través de levantar la mano o pasar al frente, entonces no se necesita ninguna asistencia especial del Padre para llevarlo a cabo.

Lamentablemente, algunas personas que no se definen a sí mismas como arminianas, y que incluso afirman creer en las doctrinas de la gracia definidas en el Sínodo de Dort, o por lo menos en 4 de ellas, al evangelizar usan la misma metodología y la misma terminología del arminianismo.

Le piden al pecador que levanten sus manos, que vengan al frente, o que reciten la oración del pecador (y una vez hacen eso aseguran al pecador que ya es salvo por haber orado); les dicen que Cristo murió por él, pero que ahora todo depende de su decisión, y cosas así.

¿A qué se debe esto? Probablemente a una falta de comprensión más precisa de la doctrina y sus implicaciones. Lo mismo le ocurre al arminiano cuando ora por la salvación de los perdidos. Su oración es incoherente con su sistema doctrinal (si la salvación depende de una decisión del pecador, ¿para qué orarle a Dios, entonces?).

Ya veremos los demás puntos doctrinales en otra entrada.


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miércoles, 20 de enero de 2010

3. La Confesión de Fe Bautista de 1689: Una Confesión Calvinista

Como hemos vistos en otras entradas al tratar con la Historia de los Bautistas, la Confesión de Fe de 1689 es un resumen doctrinal de las doctrinas creídas por un grupo de iglesias bautistas en Londres en el siglo XVII, y de las cuales descienden los bautistas modernos. Esta confesión es claramente calvinista en su teología.

Ahora bien, al decir que nuestra confesión es “calvinista” debemos definir este término con cuidado; en primer lugar, por los prejuicios que tienen muchos contra todo tipo de definición doctrinal, como si el hecho de acuñar un nombre para señalar una doctrina la convierta de inmediato en doctrina de hombres.

En segundo lugar, por los prejuicios que muchos tienen contra el calvinismo per se, sobre todo con la doctrina de la elección y la expiación limitada; y tercero, porque la palabra misma puede ser legítimamente usada de diversas maneras.

Algunas veces el término “calvinismo” es usado para señalar las enseñanzas de Juan Calvino, sistematizadas en su obra magna: La Institución de la Religión Cristiana.

Otros llaman “calvinismo” a la cosmovisión que produjo la Reforma y que abrazaron los países que fueron mayormente influenciados por el protestantismo. Esta cosmovisión ha dejado marcas permanentes en dichas sociedades, que podemos ver en mayor o menor grado, aun al día de hoy.

Esta cosmovisión no se circunscribe únicamente a la teología, sino que abarca también aspectos éticos, filosóficos, sociales y políticos, y fue una influencia determinante en el nacimiento de la sociedad moderna occidental.

Pero la mayoría de las veces el término “calvinismo” señala el sistema doctrinal confesado por las iglesias reformadas, donde Dios reina soberano tanto en la salvación de los pecadores, como en la vida cristiana y la adoración de Su pueblo.

La raíz de este sistema doctrinal llamado “calvinismo” subyace en una profunda comprensión de la enseñanza bíblica sobre la majestad de Dios, por un lado, y la miseria humana por el otro.

El calvinismo toma en serio lo que la Biblia enseña acerca de Dios, lo que la Biblia enseña acerca del hombre, y nos mueve a actuar en consecuencia. Cuando usemos en esta clase la palabra “calvinismo” es este último significado el que le estamos dando.

Ahora bien, es importante aclarar que este énfasis del calvinismo en la soberanía y centralidad de Dios no fue una invención de Calvino, sino que es el énfasis de las mismas Escrituras. Se le ha llamado “calvinismo” por el impacto tan profundo que tuvo Calvino en la sistematización de estas doctrinas en el siglo XVI.

Pero no fue él el primero que enseñó estas cosas. De hecho, eso podemos percibirlo claramente al leer sus Instituciones. El campeón de la ortodoxia en el siglo V fue sin duda alguna Agustín de Hipona, y su nombre es continuamente citado, tanto en los escritos de Lutero como en los de Calvino.

Así que el calvinismo no es otra cosa que la expresión del cristianismo bíblico llevado a las últimas consecuencias. Spurgeon dijo en cierta ocasión: “La antigua verdad que Calvino predicó, que Agustín predicó, que Pablo predicó, es la verdad que debo predicar hoy, o de lo contrario sería infiel a mi consciencia y a mi Dios”.

Y Benjamín Warfield, uno de los teólogos más brillantes que ha tenido la iglesia de Cristo a lo largo de su historia, dijo lo siguiente: “Aquel que cree en Dios sin reservas y está determinado a que Dios sea Dios en todo su pensamiento, sentimiento y voluntad – en el ámbito completo de las actividades de su vida, intelectuales, morales, espirituales, en todas sus relaciones… sociales y religiosas – es… un calvinista” (Calvin and Augustine; pg. 288-289).

Al hablar de “calvinismo”, entonces, nos referimos a esa perspectiva teocéntrica que debe gobernarnos en todos los aspectos de nuestra vida. Y nuestra Confesión es calvinista, en oposición a otras confesiones que son arminianas.

Jacobo Arminio fue un teólogo neerlandés que se opuso a las enseñanzas de las iglesias reformadas, sobre todo en lo que respecta a la soberanía de Dios en la salvación de los pecadores. Nació en el 1560 y murió en el 1609.

Sus seguidores fueron conocidos como arminianos, y sus puntos de vista llegaron a ser más radicales que los del mismo Arminio. Sus doctrinas pueden ser resumidas en las siguientes proposiciones:

1. la depravación que vino al hombre por causa de la caída no debe describirse como total; el hombre posee aun la habilidad de inclinar su voluntad a fines buenos.
2. Dios elige o reprueba en base a la fe o a la incredulidad preconocida.
3. Cristo murió por todos los hombres y por cada uno de ellos, aunque sólo los creyentes son salvos.
4. La gracia de Dios puede ser resistida.
5. En esta vida es imposible llegar a tener la seguridad de salvación, a excepción de alguna revelación personal.

Algunas de estas doctrinas fueron presentadas en un documento que fue discutido y condenado en un sínodo de teólogos que se llevó a cabo en la ciudad holandesa de Dort y que concluyó el 9 de mayo de 1619 con la aprobación de un documento conocido como Cánones de Dort. Ahora, noten que Calvino ya había muerto muchos años antes de este sínodo.

Allí fueron redactados cinco puntos en respuesta a las doctrinas de los arminianos, que desde entonces han sido conocidos como los cinco puntos del calvinismo:

1. La depravación total del hombre.
2. La elección incondicional.
3. La expiación limitada (o particular).
4. La gracia irresistible.
5. La perseverancia final de los creyentes.

Estos cinco puntos doctrinales son claramente defendidos por la Confesión de Fe Bautista de 1689 como el sistema de doctrina enseñado en las Sagradas Escrituras, como veremos en una entrada posterior.

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jueves, 24 de diciembre de 2009

“Los ángeles no son arminianos”

El curioso título de esta entrada es en realidad una cita del gran predicador inglés del siglo XIX Charles Spurgeon, en referencia al texto de Lucas 2:14, cuando una multitud de las huestes angelicales apareció de repente a un grupo de pastores, alabando a Dios por el nacimiento de Cristo.

Los ángeles no cantaron esa noche: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (como muchos suelen citar este texto). No. Su canto de alabanza no exalta la buena voluntad del hombre, sino la buena voluntad de Dios: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace” (LBLA).

Por eso alguien dijo una vez que todas las religiones del mundo presentan al hombre tratando de alcanzar a Dios; pero sólo el cristianismo nos muestra a Dios alcanzando al hombre. De no haber sido por la iniciativa divina no habría ningún evangelio que predicar.

La salvación es del Señor. Él la diseñó. Él la llevó a cabo. Él la aplica con poder en los corazones de aquellos a quienes les place. Y eso es precisamente lo que los ángeles expresan en su canto.

“Los ángeles no eran arminianos” – dice Spurgeon. “Ellos cantaron: Gloria a Dios en las Alturas. Ellos no creían en una doctrina que destrona a Cristo, y coloca la corona en la cabeza de los mortales. Ellos no creían en un sistema de fe que hace que la salvación dependa de la criatura… No, mis hermanos; puede haber predicadores que se deleiten en predicar una doctrina que magnifica a los hombres; pero los ángeles no se deleitan en ese evangelio. Las únicas buenas nuevas que hacen a los ángeles cantar son aquellas que ponen a Dios de primero, a Dios al final [y] a Dios en el medio… en la salvación de Sus criaturas”.

En Su buena voluntad Dios decidió salvar al hombre, a pesar del precio tan alto que tendría que pagar por nuestra salvación: la encarnación y muerte de Su propio Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Y en base a esa obra redentora, hoy ofrece por medio del mensaje del evangelio salvación gratuita para todo aquel que cree.

¡Alabado sea Dios porque la salvación de los pecadores está en Sus manos! De haber estado en las nuestras nadie sería salvo.

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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Así nació el arminianismo y se formularon los cinco puntos del calvinismo

Jacobo Arminio (1560-1609) fue un pastor y teólogo holandés que había estudiado bajo la dirección del sucesor de Calvino en Ginebra, Teodoro de Beza, en 1582; de modo que su formación teológica fue profundamente calvinista.

Fue ordenado al ministerio pastoral en 1588 y nombrado como pastor en Ámsterdam, donde adquirió mucho renombre. Un año más tarde, los dirigentes de la Iglesia en Ámsterdam le pidieron a Arminio que refutara las opiniones del teólogo Dirck Koornhert, el cual se oponía a algunas de las doctrinas calvinistas, en particular la doctrina de la predestinación.

En su preparación para este debate, Arminio se dedicó a fondo al estudio de los escritos de Koornhert, pero éstos le llevaron más bien a refutar el calvinismo y declararlo insostenible. A pesar de eso, en 1603 Arminio fue llamado a asumir la cátedra de teología en la Universidad de Leyden, donde sus doctrinas opuestas al calvinismo fueron más conocidas aún. Esto trajo como consecuencia un enfrentamiento con los calvinistas, de manera particular con otro profesor de la facultad, Francisco Gomaro.

Ahora, es importante señalar aquí que en lo tocante a la predestinación, tanto uno como los otros afirmaban que la predestinación para salvación era una enseñanza bíblica; pero, mientras el calvinismo afirma que los elegidos ejercen fe porque fueron predestinados por Dios desde antes de la fundación por el puro afecto de Su voluntad, Arminio enseñaba más bien que Dios predestinó a todos aquellos que Él sabía de antemano que iban a querer.

Así que el foco del debate no era si había predestinación o no, sino sobre la base de dicha predestinación. Por otra parte, también es justo señalar que Arminio rechazó enfáticamente la enseñanza de Pelagio en lo que respecta a la caída de Adán. Según Pelagio, la caída de Adán sólo lo afectó a él; pero Arminio creía, en cambio, que la caída había arruinado la raza humana dejándola bajo el dominio del pecado.

“La voluntad del hombre no es libre de hacer ningún bien a menos que sea… libertada por el Hijo de Dios a través del Espíritu de Dios”, decía Arminio. En otro lugar, muestra su acuerdo con Agustín en este punto: “Porque Cristo dijo: ‘Separados de mí nada podéis hacer’. Y San Agustín, luego de meditar diligentemente sobre cada palabra en este pasaje, dice lo siguiente: ‘Cristo no dice, separados de mí sólo pueden hacer un poco’; tampoco dice, ‘Separados de mí no pueden hacer ninguna cosa que sea ardua’; ni tampoco, ‘Separados de mí lo harán con dificultad’; sino que dice, ‘Separados de mí nada podéis hacer’.”

De modo que en cuanto a esto, Arminio parece estar de acuerdo con Agustín, Lutero y Calvino. El punto donde Arminio se apartó ellos fue en el hecho de que para él la gracia de Dios es necesaria para la salvación, pero no asegura la salvación de nadie; en otras palabras, la gracia es una condición necesaria, pero no suficiente.

Arminio declara: “Toda persona no regenerada posee una voluntad libre, y la capacidad de resistir al Espíritu Santo, de rechazar la gracia de Dios que le es ofrecida, de menospreciar el consejo de Dios contra sí mismos, de rehusar aceptar el Evangelio de la gracia, y de no abrirle a aquel que toca la puerta de su corazón”.

De modo que si el pecador no responde al llamado, la culpa es enteramente suya (en eso todos estamos de acuerdo); pero ¿qué si acepta? En otras palabras ¿quién es, a final de cuentas, el que tiene la decisión de la salvación en sus manos? Por implicación, según Arminio la salvación depende, en última instancia, de la decisión humana y no de la soberanía de Dios.

Luego de la muerte de Arminio, en 1609, sus seguidores fueron acusados de herejía, por lo que, en 1610, presentaron a los Estados de Holanda un Memorial de Protesta (Remonstrance en inglés, por lo que fueron llamados “remonstrantes”), en el que planteaban su posición, incluyendo en la segunda parte los cinco puntos de su propia doctrina.

Acerca de este documento dice James Orr: “En comparación con el Arminianismo posterior, la Protesta está redactada con moderación, afirmando, por ejemplo, la necesidad de la operación del Espíritu para la regeneración y para la producción de todo lo espiritualmente bueno en el hombre, y declina pronunciarse sobre la cuestión de la perseverancia, igual que a Arminio había hecho.”

Pero defiende la expiación universal, así como también que la predestinación se basa en la presciencia de Dios (es decir, en el conocimiento que Dios de quienes han de ejercer fe). También afirman que el pecador puede resistir la gracia de Dios. “Esta última frase no es muy acertada – dice Orr, porque todos tienen que admitir que en algún sentido la gracia es resistible; el único punto a debatir es la naturaleza del poder que, en el caso del regenerado, vence eficazmente esta resistencia.”

Estos artículos fueron firmados por 46 ministros remonstrantes. Los calvinistas, por su parte, emitieron una contra protesta. Pero, como no llegaban a un acuerdo, finalmente se decidió resolver la disputa mediante un sínodo al que fueron invitados casi todas las iglesias nacionales reformadas.

Éste fue celebrado en Dordrecht desde el 13 de Noviembre de 1618 hasta el nueve de mayo de 1619. Estuvieron presentes 84 miembros y 18 comisionados seculares del Palatinado, Hesse, Nassau, Frieslandia Oriental, Bremen, Emden, Inglaterra, Escocia, Ginebra y Suiza alemana.

Los Cánones del Sínodo de Dort condenaron la posición arminiana, a la vez que presentaron cinco puntos contrarios, que han sido conocidos como los cinco puntos del Calvinismo.

Por un lado declaran que el hecho de que “sólo algunos de entre los miembros de la raza humana pecadora alcancen la fe, debe atribuirse al Consejo eterno de Dios. Dios eligió en Cristo un número definido de seres humanos para la salvación, en tanto que, en su justicia, dejó a los demás entregados a la perdición.”

En cuanto a la eficacia de la muerte de Cristo, afirman que ésta “es suficiente para expiar los pecados de todo el mundo.” Sin embargo, su obra de expiación está limitada en el hecho de que Dios tenía la intención de que fuese eficaz solamente para quienes “fueron elegidos desde la eternidad para salvación.”

También afirman la total depravación de la raza humana, así como la gracia irresistible de Dios y la perseverancia final de los santos por la obra preservadora de la gracia de Dios.

No obstante, el arminianismo no murió allí. Sus doctrinas fueron asimiladas por los bautistas generales, los menonitas holandeses y, un poco más tarde, por el metodismo wesleyano (aunque este último se aleja aún más de la doctrina reformada de la salvación). Hoy día es la doctrina de la mayoría de las iglesias en América.

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lunes, 30 de noviembre de 2009

El sistema evangelístico de invitación: una práctica anti bíblica y peligrosa

A veces escuchamos en ciertos círculos evangélicos comentarios similares a este: “En tal o cual campaña evangelística se convirtieron ‘equis número’ de personas (5 ó 10 ó 20, y así por el estilo)”. Y ¿cómo pueden saberlo con tanta precisión? Porque lo que tales personas quieren decir realmente es que al final de la predicación, el predicador hizo un llamado a que levantaran su mano o vinieran al frente del auditorio todos cuanto quisieran aceptar a Cristo, y ese número de personas aceptó el llamado.

Esta práctica es tan común hoy día que muchas personas se asombrarían al descubrir que no sólo no encuentra apoyo en las Escrituras, sino que nunca fue practicado por la Iglesia, por ninguna iglesia, en los primeros 1800 años del cristianismo.

Cristo nunca llamó a los pecadores a que levantaran su mano y den un paso al frente para dar a conocer su decisión de seguirle; tampoco lo hicieron los Apóstoles, ni ningún predicador hasta el siglo XIX. Esa metodología evangelística nunca fue practicada en la Iglesia de Cristo, sino hasta mediados del siglo XIX, cuando un hombre llamado Charles Finney comenzó a hacer uso de lo que él llamaba “el cuarto ansioso”, un lugar en el que se invitaba a entrar a todos aquellos que se sentían convictos de pecado y deseaban ser salvos.

Poco a poco el cuarto ansioso se fue transformando en lo que hoy conocemos como el sistema de invitación, cuando el predicador llama a los pecadores a levantar su mano y a venir al frente de la Iglesia para dar a conocer su decisión de seguir a Cristo.

Esto es algo tan comúnmente practicado en los púlpitos modernos que pocos considerarían necesario detenerse a pensar si tenemos garantía bíblica para hacer tal cosa; de hecho, muchos no sabrían cómo predicar el evangelio a los pecadores sin usar este sistema de invitación.

¿Quién era Charles Finney? Un evangelista del siglo antes pasado que negó rotundamente la doctrina de la Total Depravación del hombre y de su imposibilidad para salvarse sin la obra todopoderosa de la gracia de Dios.

Para Charles Finney el hombre no ha perdido la capacidad de obedecer a Dios, y por lo tanto, puede decidir en cualquier momento, sin la ayuda del Espíritu Santo, cambiar por completo el rumbo de su vida. Él decía que eso es la regeneración, el cambio de ruta que toma el pecador cuando decide seguir a Cristo.

Por tanto, todo lo que se requiere para ser salvo es una decisión del pecador. En otras palabras, todo lo que se necesita para ser cristiano es que el hombre decida hacerse cristiano, sin ninguna intervención divina. Lo único que hace el Espíritu Santo es persuadirnos a través de la verdad para que obedezcamos el evangelio, pero nada más.

El cambio, según Finney, podemos producirlo nosotros mismos por medio de una resolución que debe ser públicamente manifestada a través de algún acto físico como ponerse de pie, venir al frente del auditorio, o algo similar. Eso según Finney, es venir a Cristo.

Pero ¿es eso lo que enseñan las Escrituras? Por supuesto que no. Esta enseñanza contradice abiertamente las palabras del Señor en Jn. 6:44 “Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae”.

Si venir a Cristo es algo que el pecador puede hacer con sólo quererlo, y no es otra cosa que una decisión pública manifestada a través de levantar la mano o pasar al frente, entonces no se necesita ninguna asistencia especial del Padre para llevarlo a cabo. Yo no necesito una obra especial del Espíritu de Dios para levantar mi mano, a menos que tenga algún impedimento físico severo. Pero Cristo dice aquí nadie puede venir a Él a menos que el Padre no lo traiga. Se trata de algo que nadie puede hacer sin la asistencia divina.

Esta enseñanza descansa en un serio error doctrinal conocido como Pelagianismo. Pelagio fue un hereje del Siglo V que decía que la voluntad humana no fue afectada con la caída, y que uno puede hacerse bueno con sólo proponérselo. La regeneración es una obra del hombre, decía Pelagio, no de Dios.

Y algo similar dicen hoy los arminianos. Pero ¿acaso no contradice esto abiertamente lo que Pablo nos dice en Ef. 2:1-3, que el hombre natural está muerto en sus delitos y pecados? “Y él os dio vida a vosotros cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”.

Más aún, Pablo dice en Ef. 1:19 que si hemos creído en Cristo fue porque en nosotros actuó el extraordinario poder de Dios. Atribuir la conversión y el nuevo nacimiento a una simple decisión humana, no sólo es atribuir al pecador una capacidad que no posee, sino que es robarle a Dios Su gloria. Escuchen lo que dice en Jn. 1:12-13:

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”.

En el nuevo nacimiento no intervienen ni la ascendencia física ni la voluntad humana. Es un nacimiento operado por Dios en el hombre. Los hijos de Dios vienen a ser hijos por la voluntad de Dios.

No importa cuántos frutos aparentes se han podido cosechar con este sistema anti bíblico de invitación; debemos rechazar toda práctica que no sea sustentada por la Palabra de Dios. Este sistema pelagiano y arminiano supone que el pecador posee una capacidad que en realidad es ajena a él: la capacidad de cambiar por sí sólo el rumbo de su vida.

Pero más aún, sugiere a los pecadores una condición de salvación que no está en la Biblia. Dios no ha ordenado a los pecadores que pasen al frente de la iglesia para ser salvos, pero como bien ha dicho alguien: “muchas veces aquellos que no pasan al frente son llevados a creer que no están obedeciendo al Espíritu, y por lo tanto, que no están obedeciendo a Dios. Pero esta es una culpa sicológica falsa, porque Dios nunca ordenó tal cosa jamás ni fue practicada por el NT”.

El texto que generalmente se cita para presionar al pecador en ese sentido es Mt. 10:32-33, o sus textos paralelos en los otros evangelios: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos”.

Ahora bien, ¿está enseñando Cristo aquí que nos hacemos cristianos cuando usamos nuestras cuerdas vocales para confesarle a Él, o cuando alzamos nuestras manos, o cuando venimos al frente de una Iglesia? ¿Es esa la manera en que nos hacemos cristianos? ¿O está enseñando más bien que una marca distintiva de los que ya son cristianos es confesar a Cristo ante los hombres?

Confesar a Cristo es un deber que tiene todo creyente, pero no es la forma en que nos hacemos cristianos, ni mucho menos el instrumento a través del cual se opera el nuevo nacimiento. Cristo dice en Jn. 3 que para ser salvo se necesita un nuevo nacimiento obrado por el Espíritu Santo en el corazón.

Y lo que es todavía peor, a los que pasan al frente se les hace creer que han hecho lo que tenían que hacer, y que debido a su decisión ahora son salvos. “Has dado un voto por Jesús, te has decidido por Jesús, y eso es todo lo que se requiere para ser salvo”. Tristemente muchos van camino al infierno basados en ese engaño. Venir a Cristo no tiene nada que ver con un acto físico.

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martes, 15 de septiembre de 2009

¿Elige Dios a los que Él sabe de antemano que van a creer o creen los que han sido elegidos de antemano?

Uno de los textos que usan los arminianos para defender la doctrina de que Dios elige a los que Él sabe de antemano que van a creer, es 1Pedro 1:2, en el cual se describe a los cristianos como personas que fueron elegidas “según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo”.

Lo primero que debemos señalar es que la palabra “elección” enfatiza la acción soberana de Dios al escoger al hombre. Si es el hombre el que toma la iniciativa en la salvación, entonces nos es Dios el que escoge. Pero la Biblia enseña en un sinnúmero de pasajes que la salvación es iniciativa de Dios, no del hombre.

En Jn. 15:16 el Señor dice a Sus discípulos: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros”. Y en Ef. 1:3-4 el apóstol Pablo bendice al “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en El antes de la fundación del mundo”.

Dios nos bendice, dice Pablo, porque nos escogió para eso. Y más adelante añade que esa elección no fue una acción arbitraria de parte de Dios, sino que Él nos predestinó “para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de Su voluntad” (Ef. 1:5).

En otras palabras, la razón está en Dios, no en nosotros. Una acción es arbitraria cuando se hace por impulso, sin ninguna motivación racional. Pero Dios tiene una razón para escogernos, sólo que esa razón está en Él, no en nosotros.

No fue que Él vio nada especial en aquellos que escogió; es una razón que Él tiene en Sí mismo. ¿Por qué escoge a unos y no a otros? Eso es algo que no nos ha sido revelado. Pero noten lo que sí nos fue revelado en este texto de 1Pedro, sobre esta doctrina que debe ser tan apreciada por el pueblo de Dios.

En primer lugar, Pedro nos dice que fuimos elegidos “según la presciencia de Dios Padre”.

Y la idea no es que Dios sabía de antemano quiénes iban a creer, sino más bien que Dios obró de acuerdo al plan que Él se había trazado de antemano. Es la misma enseñanza de Pablo en Rom. 8:29: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de Su Hijo”.

En las Escrituras se usa a menudo la palabra “conocer” para hablar de un amor selectivo. Por ejemplo, en Amós 3:2 Dios le dice al pueblo de Israel: “A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra”.

Eso no significa que Dios ignorara la existencia de los egipcios (a quienes, por cierto, menciona en el versículo anterior) o de los babilonios, por mencionar algunos; lo que este texto significa es que Dios no había elegido a ninguno de esos pueblos para hacer un pacto con ellos.

Lo que Pedro está diciendo, entonces, es que por una razón desconocida para nosotros Dios nos tomó en cuenta desde antes de la fundación del mundo y se propuso salvarnos y adoptarnos como Sus hijos. En virtud de esa elección Él es ahora nuestro Padre.

En segundo lugar, Pedro nos dice que fuimos elegidos “en santificación del Espíritu”.

O para ponerlo de otro modo: “Escogidos por la obra santificadora del Espíritu”. Ese fue el medio que Dios usó para llevar a cabo Su propósito salvador en nuestras vidas.

Para que nosotros pudiésemos venir a Cristo fue necesario que el Espíritu de Dios obrara en nosotros, transformando la disposición dominante de nuestras almas de tal manera que deseemos venir a Él. Ningún pecador deseará entregarle su vida a un Dios santo, a menos que Dios le santifique primero.

En tercer lugar, Pedro nos dice que fuimos elegidos “para obedecer”.

Noten que no fuimos elegidos porque Dios sabía de antemano que nosotros íbamos a obedecer; obedecemos porque Dios nos escogió de antemano para que obedezcamos.

En cuarto lugar, Pedro nos dice que fuimos elegidos “para ser rociados con la sangre de Jesucristo”.

Pedro está haciendo referencia en el texto al pacto que Dios hizo con Su pueblo en el AT. En Ex. 24 dice que Moisés leyó delante del pueblo todas las palabras que el Señor le había hablado en el monte Sinaí, y el pueblo respondió comprometiéndose a obedecer los mandamientos de Dios. Entonces Moisés roció sangre sobre el pueblo, y dijo: “He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas” (Ex. 24:8).

Israel hizo un pacto como nación de que ellos habrían de obedecer a Dios. Lo que Pedro está implicando aquí es que todos aquellos que han respondido por fe a la proclamación del evangelio han entrado también en una relación de pacto, pero no como el pacto que Israel hizo en el Sinaí, sino un nuevo pacto basado en la sangre que Cristo derramó en la cruz del calvario.

Nosotros fuimos elegidos para entrar en esa relación de pacto, por medio del cual el Señor viene a ser nuestro Dios, y nosotros somos Su pueblo. En virtud de esa relación de pacto, los cristianos se comprometen a vivir de acuerdo a la voluntad de Dios y no conforme a su propia voluntad y mucho menos conforme al sistema de este mundo.

De manera que la respuesta de Pedro a la pregunta que encabeza esta entrada es: Dios no elige a los que Él sabe de antemano que van creer, sino que, sabiendo de antemano que ningún ser humano caído habría de creer por su propia iniciativa, por el puro afecto de Su voluntad eligió a muchos para que crean; y todo eso, por el puro afecto de Su voluntad.

En vez de cuestionar a Dios por esta doctrina, los cristianos debemos, junto con Pablo, elevar nuestras voces en adoración y decir: ¡Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo! A Él sea la gloria por siempre.

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jueves, 6 de agosto de 2009

Charles Spurgeon y las inconsistencias del arminianismo


Para aquellos que desean leer más extensamente sobre las inconsistencias del arminianismo, les recomiendo que lean este sermón de Spurgeon analizando la doctrina del libre albedrío que Eduardo Flores posteó en su blog Sujetos a la Roca.

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¿Es injusto Dios al elegir a unos y no a otros para salvación?

Por Sugel Michelén

Muchas personas piensan que la doctrina de la elección soberana plantea un problema a la justicia de Dios. ¿Por qué Dios elige a unos y no a otros?

Noten cómo Pablo trata con este problema en el capítulo 9 de Romanos; luego de declarar que Dios soberanamente había elegido a Jacob y no a Esaú, él pregunta: “¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios?”

Es obvio que Pablo está situando su oponente del lado arminiano, no del lado calvinista. Si Pablo hubiese sido arminiano este hubiese sido el momento más oportuno para aclarar su posición: “Por supuesto que no hay injusticia en Dios, pues Él eligió a los que sabía de antemano que iban a creer”. Pero eso no es lo que Pablo responde:

"¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece. Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles?" (Romanos 9:14-24).

El argumento de Pablo es que Dios es soberano y no le debe nada al hombre. Por tanto, al dispensar Su gracia depende únicamente de Sí mismo. Él tendrá misericordia, no de aquellos que supuestamente habrían de creer, sino de aquellos que Él decida soberanamente tener misericordia.

Si Dios decide salvar a un sólo hombre, los demás no tienen derecho a demandar que se les de lo mismo. Esa idea de demanda es totalmente contraria al concepto de gracia que la Biblia enseña. Aquellos que no son salvados no son víctimas de ninguna injusticia o crueldad; simplemente están recibiendo lo que justamente merecen. Son los recipientes de Su gracia los que reciben algo que no merecen, no los condenados.

Esta doctrina de la elección se encuentra íntimamente relacionada con la total depravación del hombre. Si el hombre está muerto espiritualmente, entonces la elección de Dios no puede estar condicionada por nada que nosotros podamos hacer.

¿Por qué algunos responden a la predicación del evangelio y otros no? Cristo responde claramente esta pregunta en Juan 6:44: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere”. La razón por la que algunos responden a la invitación del evangelio no es porque son más inteligentes, o menos malos, es porque el Padre los atrae. Y ¿por qué el Padre atrae a esos y no a los otros? Porque esos fueron los elegidos.

Esa es la explicación de Lucas en el libro de los Hechos, cuando un grupo de personas a las que Pablo predicaba creyó en el Señor: “creyeron todos los que estaban ordenados (del griego tasso - asignados, dispuestos, establecidos) para vida eterna” (Hechos 13:48).

Escribiendo a los filipenses Pablo les dice algo similar: “a vosotros os es concedido (del griego charizomai - se os ha dado de gracia) a causa de Cristo (no por causa de nada que hubiese en ellos o haya sido hecho por ellos), no solo que creáis en Él, sino también que padezcáis por Él” (Filipenses 1:29). El creer en Cristo es algo que se nos ha concedido de pura gracia.

La enseñanza bíblica siempre nos lleva al mismo punto: a la humillación del hombre y a la exaltación de Dios, para que junto con el salmista digamos: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria” (Salmo 115:1).

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miércoles, 5 de agosto de 2009

¿Es la elección de Dios condicional o incondicional?

Por Sugel Michelén

Cuando se menciona el término “calvinismo” muchas personas piensan de inmediato en la doctrina de la predestinación. Y ciertamente los calvinistas defienden firmemente esta doctrina bíblica. Sin embargo, es importante señalar que todas las confesiones cristianas enseñan la predestinación por la sencilla razón de que la Biblia la enseña (comp. Efesios 1:3-5, 11; Romanos 8:29).

La palabra predestinación significa trazar un destino de antemano. Se refiere al plan soberano de Dios para con los hombres, decretado por Él en la eternidad. Y aunque a menudo se usa como sinónimo de elección, esto no es técnicamente correcto. El término elección se usa en la Biblia para señalar específicamente a un aspecto de la predestinación: la elección soberana de Dios de ciertos individuos para que sean salvos. Este término posee una connotación positiva, mientras que “predestinación” también incluye a los que se pierden.

La pregunta controversial en lo tocante a esta doctrina es: ¿En base a qué Dios elige a algunos para salvación? En otras palabras ¿depende la elección de que nosotros cumplamos con ciertas condiciones, o depende enteramente de la soberana voluntad de Dios? Como nosotros respondamos esta pregunta revelará si nuestra perspectiva de la predestinación es reformada (o calvinista si se quiere) o arminiana.

Los reformados creemos que la elección de Dios es totalmente incondicional, es decir que no hay ninguna condición previa para que seamos elegidos por Dios para salvación; mientras que los arminianos enseñan que las personas son elegidas por Dios si cumplen ciertos requisitos. En la mayoría de los casos, los que enseñan una elección condicional afirman que Dios eligió en base al conocimiento previo que Él tiene del futuro, incluyendo las acciones y respuestas del hombre.

Según ellos, Dios vio de antemano quiénes responderían adecuadamente al evangelio y a esos eligió. De manera que de acuerdo a esta enseñanza la elección de Dios depende de la condición de que yo crea. Como Él sabe de antemano que voy a creer entonces me elige.

Unos de los textos favoritos de los que enseñan la elección condicional es Rom. 8:29-30: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó”.

Según este texto Dios predestinó para salvación a aquellos que había conocido de antemano. Pero ¿significa esto acaso que Dios predestinó a aquellos que Él sabía de antemano que habrían de creer en Cristo? No realmente.

La palabra “conocer”, tanto en hebreo como en griego, no se refiere meramente a un conocimiento intelectual, sino que puede usarse para denotar un amor soberano. Por ejemplo, en Amos 3:2 Dios le dice a Israel: “A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra”; obviamente este texto no quiere decir que Dios desconociera la existencia de los egipcios, o de los babilonios, sino mas bien que, de todas las familias de la tierra en el antiguo pacto Él escogió a Israel para que fuera Su especial tesoro.

De manera que el progreso de la cadena que Pablo plantea en Romanos 8 es el siguiente: a todos los que conoció (o amó soberanamente), predestinó; a todos los que predestinó, llamó; a todos los que llamó, justificó; y a todos los que justificó, a esos glorificó.

Noten que el llamamiento es colocado en esta cadena después de la predestinación. De acuerdo a los arminianos Dios predestina a los que Él sabe de antemano que responderán positivamente a Su llamado. De acuerdo a Pablo, Dios llama eficazmente a aquellos que Él predestinó para que sean salvos.

No todos los hombres son predestinados para recibir este llamado eficaz que precede a la justificación. Eso es evidente porque todos los llamados son justificados, dice Pablo; pero nosotros sabemos que no todos los que reciben el mensaje del evangelio y son llamados al arrepentimiento responden positivamente.

Y ¿cuál es el medio a través del cual los pecadores son justificados? La fe. La secuencia de Romanos 8:29 es entonces la siguiente: el primer eslabón es el amor soberano de Dios, el segundo es la predestinación, el tercero es el llamamiento eficaz, y el cuarto es la fe que justifica. No son predestinados los que creen, sino que creen los que son predestinados.

Eso lo vemos claramente en otro de los textos favoritos de los arminianos: 1Pedro 1:1-2: “Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas”.

La palabra “presciencia” significa “conocimiento previo”; de manera que Pedro está diciendo aquí algo similar a lo que Pablo dice en Romanos 8:29: “A los que antes conoció”. Es obvio que no se refiere al hecho de que Dios eligió a los que Él sabía de antemano que obedecerían al llamado del evangelio, porque Pedro enseña más bien que tales personas obedecen al llamado porque fueron elegidos: “elegidos según la presciencia de Dios Padre… para obedecer”, no porque Él sabía que iban a obedecer.

“La salvación es de Jehová”, dice en Jonás 2:9. Él la diseñó de principio a fin, Él la ejecutó en la historia de la redención, Él la aplica soberanamente en el corazón de cada pecador que se arrepiente y cree. Fue precisamente considerando todos los aspectos envueltos en la historia de la redención que el apóstol Pablo exclamó en Romanos 11:36: “Porque de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas”. La única conclusión posible es: “A Él sea la gloria por los siglos. Amén”.

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