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lunes, 16 de noviembre de 2009

Es imposible para el hombre inventar un plan de salvación como el que se revela en el evangelio


Si hay algo sorprendente en las Escrituras, aparte de lo que ella dice acerca de Dios, es lo que ella revela acerca de la redención. Resulta altamente improbable, por no decir imposible, que un grupo de hombres, sin conexión alguna entre sí, y sin entender ellos mismos muchas de las cosas que escribían, hayan podido diseñar un plan de salvación como el que la Biblia revela desde Génesis hasta Apocalipsis.

Ese es el gran tema de las Escrituras: cómo el paraíso perdido por el pecado del hombre en el huerto del Edén, viene a ser en Cristo el paraíso recobrado. Toda la Biblia gira en torno a ese gran tema: La gloria de Dios en la salvación de los pecadores. En ese plan divino de redención, la Biblia no sólo nos muestra cuál es el camino de la salvación, sino que provee la única explicación coherente y plausible de por qué el mundo está como está.

Todos los intentos que el hombre ha hecho a lo largo de los siglos para explicar la realidad fuera del marco bíblico, han terminado inevitablemente en un atolladero sin salida. Esa ha sido la historia de la filosofía desde los griegos hasta el día de hoy.

Pero la explicación bíblica no sólo es coherente consigo misma sino también coherente con la realidad del mundo en que vivimos. Es por eso que la Biblia sigue siendo tan relevante; ella nos muestra cómo son las cosas realmente y cómo podemos vivir sabiamente en el mundo que Dios creó, independientemente de nuestra época y circunstancia.

Ahora bien, como no puedo desglosar detalladamente el plan de redención revelado por Dios en las Escrituras en un breve artículo, voy a limitarme únicamente al papel central que Cristo, nuestro Señor, jugó en la salvación de los pecadores.

Tan pronto el pecado entró en el mundo el Señor prometió en Gn. 3:15 que de la simiente de la mujer habría de nacer uno que le aplastaría la cabeza a la serpiente, aunque en ese proceso la serpiente habría de herirle en el calcañar.

Un miembro de la raza humana habría de redimir al hombre y volver atrás los efectos de la caída. A través del AT Dios fue preparando a Su pueblo para la venida de ese Mesías proveyéndoles información cada vez más detallada y específica: Sería de la descendencia de Abraham, Isaac y Jacob; sería de la tribu de Judá, de la familia de Isaí, y más particularmente de su hijo David. Y así sucesivamente.

Pero conjuntamente con esa información acerca del Mesías, Dios también le proveyó a Su pueblo todo un sistema de sacrificios por medio del cual podían acercarse a Él, en espera del cumplimiento de todas esas promesas de redención. Y si algo estaba claro en ese sistema sacrificial es que por la salvación de los pecadores un inocente habría de morir para satisfacer la justicia de Dios.

Los judíos creyentes del antiguo pacto no pudieron vislumbrar esto con claridad, pero algunos de ellos se dieron cuenta de que de alguna manera en el plan de salvación diseñada por Dios el Mesías debía padecer amargos sufrimientos (comp. 1P. 1:10-12 con Is. 53:3-7).

Pero hay un aspecto que los judíos del antiguo pacto difícilmente pudieron vislumbrar y era la identidad de ese Mesías por tanto tiempo anunciado. ¿Quién habría de ser la víctima inocente, al que señalaban todos esos corderos sin tacha que fueron sacrificados en el AT?

Ya sabían que no era un ser angelical, porque había sido ampliamente revelado en el AT que habría de ser un miembro de la raza humana, de la descendencia de Abraham, etc., etc.

Pero al mismo tiempo no podría ser un hombre común y corriente, porque toda la descendencia de Adán nace manchada en pecado, y el Salvador debía ser puro y sin mancha para que no muriera por sus propios pecados sino por los de otros.

Para complicar el asunto un poco más, ese Salvador debía poseer en sí mismo un valor infinito porque la deuda que habría de pagar era infinita también. Ya nosotros sabemos que fue precisamente por eso que Dios el Hijo se hizo Hombre, porque el único Ser infinito que existe no es otro que Dios mismo.

Pero ¿cómo podía Dios hacerse miembro de la raza humana, sin dejar de ser Dios y sin heredar los efectos del pecado con los que viene manchado todo hombre desde su nacimiento?

La solución bíblica fue planteada unos 700 años antes del nacimiento de Cristo. Dice en Is. 7:14: “He aquí la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”. El nacimiento virginal fue la solución. De ese modo el preexistente hijo de Dios tomó para Sí una naturaleza humana, creada para Él por el Espíritu Santo en el vientre de María.

De haber nacido por generación normal, es decir, por la fecundación de un óvulo humano con un espermatozoide humano, ese niño hubiese sido una nueva persona. Pero la persona del Hijo ya existía desde toda la eternidad (comp. Is. 9:6). El Señor no podía venir al mundo de otro modo que no fuese a través de una mujer virgen. De ese modo el preexistente Hijo de Dios se hizo Hombre y nació sin pecado, porque no heredó la corrupción de la raza humana.

Ahora, yo me pregunto, ¿entendieron todo esto los autores del AT? Cuando Moisés escribía acerca de todos esos sacrificios, cuando Dios hizo un pacto con Abraham diciéndole que en su simiente serían benditas todas las familias de la tierra, cuando Dios hizo un pacto con David prometiéndole que uno de sus descendientes se sentaría en Su trono para reinar eternamente y para siempre, cuando Isaías escribió del siervo sufriente del Señor en el cap. 53, o cuando profetizó que una virgen habría de concebir, ¿entendían ellos el alcance de todo esto?

¡Por supuesto que no! ¿Cómo pudieron, entonces, revelar un plan de redención que comienza forjarse en el libro del Gn. y que se va desarrollando a través de los 39 libros del AT, para que luego encaje perfectamente en la vida y obra de nuestro Señor Jesucristo?

Intentar explicar esto echando a un lado la inspiración bíblica es sencillamente imposible. De manera que la Biblia no sólo clama ser la Palabra inspirada de Dios, sino que sus evidencias internas confirman abrumadoramente que ella no puede ser otra cosa que la Palabra de Dios.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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viernes, 13 de noviembre de 2009

El Dios que se revela en la Biblia no puede haber sido inventado por los hombres

Si hay un tema controversial, tanto en filosofía como en religión, es el Ser de Dios. A lo largo de los siglos muchos grandes pensadores han disertado acerca de la existencia y naturaleza de Dios; y si algo podemos sacar en claro de esas disertaciones es que difieren en puntos muy importantes.

Sin embargo, cuando leemos los libros de la Biblia no encontramos ni un solo atisbo de discrepancia en la información que nos brindan sus autores, sino más bien una sorprendente y extraordinaria unidad orgánica.

Supongamos que un grupo de personas, con una misma creencia se ponen de acuerdo para escribir una antología acerca de un mismo asunto. Es muy probable que aún poniéndose de acuerdo haya discrepancia entre ellos, y mientras más controversial sea un tema, mayor será la probabilidad.

Ahora imaginen a un grupo de 40 personas, escribiendo acerca de muchísimos temas diversos y sin la menor posibilidad de ponerse de acuerdo porque ni siquiera vivían en la misma época, y que este grupo de hombres escriban 66 libros presentando unidad, coherencia y armonía en todos los temas que tratan, incluyendo temas tan controversiales como el de la existencia y naturaleza de Dios. Eso sería realmente extraordinario.

Pues eso es precisamente lo que tenemos en la Biblia. Estos hombres no se pusieron de acuerdo para escribir una antología acerca de la Persona de Dios. Y sin embargo, no sólo presentan una información perfectamente unificada, sino también extremadamente compleja.

Lo que estos hombres escribieron respecto a Dios está muy por encima de lo que cualquier hombre de cualquier época puede llegar a comprender plenamente. Aún poniéndose de acuerdo es muy improbable que un grupo de hombres haya podido inventarse un Dios como el que se revela en la Biblia.

Echemos un breve vistazo a lo que la Biblia nos revela acerca de Dios y noten ese entrelazado maravilloso de la información bíblica (no leer encabezado).

Dios es autosuficiente y completamente independiente:

En primer lugar, la Biblia nos dice que Dios es auto suficiente y completamente independiente. Eso es lo que los teólogos llaman la “aseidad” de Dios. Esa palabra viene de la frase latina a se, que significa “por sí mismo”. Una frase latina similar que usamos en español es per se. Dios existe por sí mismo. Todas las cosas creadas dependen de Él para su existencia, pero Él a su vez no depende de nada ni de nadie para existir.

Cuando Dios se revela a Moisés en el episodio de la zarza ardiendo y lo comisiona para ir a libertar al pueblo de Israel, Moisés dice al Señor: “He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros”.

No dijo: “Yo era”, ni “Yo seré”, sino “Yo soy”, el eterno presente de Dios, un Dios que permanece siendo el mismo ayer, hoy y por los siglos. Ningún ser humano pudiera decir algo así de sí mismo, porque nosotros somos el resultado de muchos factores.

Yo no soy el que soy; yo soy el hijo que mis padres engendraron, y el que mi padres criaron, y el que absorvió muchas cosas a medida que fui creciendo en el contexto en que crecí. Pero Dios es, sencillamente, el que es. Él no depende de nada ni de nadie para existir, Él no depende de nada ni de nadie para ser quien es.

Cientos de años más tarde, nuestro Señor Jesucristo aludiría a este pasaje al decir a los judíos en Jn. 8:58: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy”.

Y es obvio que los judíos entendieron claramente la implicación, porque dice en el vers. 59 que, al escuchar estas cosas, tomaron piedras para arrojárselas. Al igual que Jehová en el AT, el Señor Jesucristo se refiere a Sí mismo diciendo simplemente: “Yo soy”. Nuestro Dios existe por Sí mismo, pero todas las cosas que existen, existen por Él y dependen de Él.

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1). En ese principio comenzó el tiempo como nosotros lo conocemos, pero Dios estaba allí antes de que nada más existiera. Y lo mismo se dice de Cristo en el NT.

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1:1-3).

Y Pablo dice en Col. 1:16-17, refiriéndose al Señor Jesucristo, que “en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten (Col. 1:16-17).

Nuestro Dios es el Ser sin causa, pero Él a Su vez es la causa de todo. Él es totalmente independiente, pero todas las cosas creadas dependen de Él.

Dios es infinito
:

En segundo lugar, la Biblia también enseña que nuestro Dios es infinito. Eso quiere decir que Él no tiene límites en Su ser y consecuentemente no tiene límites en ninguno de Sus atributos. Cuando Salomón ora a Dios en la dedicación del templo, dice en 1R. 8:27:

“Pero ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?”

Y hablando acerca de la grandeza de Dios, dice en Is. 40: “¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados... He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas... Como nada son todas las naciones delante de Él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es” (Is. 40:12, 15, 17).

Y en el Sal. 145:3 dice el salmista: “Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es inescrutable”. Nuestro Dios es infinito. De no ser así no podría ser autosuficiente ni totalmente independiente. Nosotros somos dependientes porque somos limitados. Todo lo que es causado por otra cosa tiene que tener límites, pero como Dios es la causa sin causa Él no es limitado por nada.

Dios es inmutable:

En tercer lugar, nuestro Dios es inmutable. Eso es algo que se declara en las Escrituras una y otra vez. Dice en el Sal. 102:25-27:

“Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos como una vestidura se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán”.

En Mal. 3:6 el mismo Dios declara que Él no cambia. Y en Sant. 1:17 se le llama “el Padre de las luces, en el que no hay mudanza, ni sombra de variación”. Y una vez más, su inmutabilidad se deriva de los atributos que hemos mencionado ya y de otros que no han sido mencionados.

Si Dios es un Ser completamente independiente, nada externo a Él puede hacerlo cambiar, porque Él no depende de nada ni de nadie. Su aseidad permite su inmutabilidad. Pero lo mismo podemos decir de Su infinitud; si Dios es infinito, eso quiere decir que no tiene partes, ya que nada que tenga partes puede ser infinito.

Eso suena complicado, pero en realidad no lo es. No importa cuántas partes una cosa tenga, siempre puede tener una más o una menos. Pero lo que no tiene partes no posee nada que se le pueda sustraer o añadir. Como Dios no tiene partes porque Él es infinito, por lo tanto, Él no puede cambiar. Nada se le puede añadir, nada se le puede restar.

Dios es Espíritu:

En cuarto lugar, nuestro Dios es un ser espiritual, incorpóreo. “Dios es Espíritu”, dice en Jn. 4:24. De no ser así ninguna otra cosa pudiera existir aparte de Dios, porque Él es infinito. Y no sólo eso; si Dios no fuera un ser espiritual, tampoco pudiera ser inmutable, por lo mismo que decíamos en el punto anterior

Dios es eterno:

El mismo texto de Ex. 3:14 que citamos hace un momento puede ser citado aquí: Dios se revela a Sí mismo como “Yo soy el que soy”.

Sal. 90:1-2: “Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación. Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tu eres Dios”.

Is. 57:15: “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo”. Nuestro Dios es eterno. Si no fuese eterno, no podría ser autosuficiente, ni infinito, ni inmutable.

Dios es Uno y es Trino:

Ese es uno de los aspectos más inescrutables del Ser de Dios, pero es algo que se revela en las Escrituras una y otra vez: Gn. 1:1, 26; Deut. 6:4; Mt. 28:19-20. Y así podríamos citar muchísimos textos más.

Ese hecho de que Dios es Uno se deriva igualmente de los atributos. Si Dios es infinito, entonces no puede ser más de uno, porque en todo el universo no cabrían dos dioses igualmente infinitos. Uno estaría necesariamente incluido dentro del otro.

Pero la unidad de Dios también se deriva de la naturaleza de la creación, porque el cosmos creado es un universo y no un “multiverso”. Hay unidad en el cosmos porque todas las cosas que existen fueron hechas por el mismo Creador.

Dios es Personal:

Con esto queremos decir que Dios posee las características esenciales de la personalidad: la capacidad de pensar, sentir y decidir. Por ejemplo, de Dios se dice, no sólo que Él piensa, sino que Él es toda sabiduría y que Su entendimiento es infinito (Sal. 147:5; Sal. 139:2-4; He. 4:13; Mt. 6:8).

Pero Dios también siente (Ez. 18:23; He. 11:6). Y Dios también posee voluntad para decidir (Rom. 12:2; Ef. 1:5; Ap. 4:11).

Si Dios no fuese personal no tendríamos ninguna explicación para el origen de nuestra personalidad, porque sólo una persona puede engendrar o crear a otra persona. Pero si Él no fuese personal tampoco se hubiese revelado en un libro, ni hubiese diseñado un plan de salvación. El Dios de la Biblia no puede ser otra cosa que un Dios personal.

Y así podríamos seguir enumerando un atributo tras otro, y veremos que el Dios que se revela en las Escrituras no guarda ninguna semejanza con los ídolos que la imaginación humana ha producido a través de los siglos.

El Dios de la Biblia, como bien ha sintetizado John Blanchard, “es único, personal, plural, espiritual, eternamente auto existente, trascendente, inmanente, omnisciente, inmutable, santo, un Ser amante, el Creador y Gobernador de todo el universo y el Juez de la humanidad” (pg. 21). Un ser así nunca hubiese podido ser concebido por la mente, como es más que evidente en los dioses que los hombres han inventado. Y ese Dios se ha hecho accesible al hombre a través de Su Palabra inspirada.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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jueves, 12 de noviembre de 2009

La Biblia es inerrante y sorprendentemente coherente


El argumento de las profecías cumplidas es, indudablemente, una fuerte evidencia a favor de la inspiración de las Escrituras. Pero es igualmente contundente el hecho de que la Biblia es inerrante.

He aquí un libro que comenzó a escribirse alrededor del año 1500 a. de C., cuando aún los pueblos y naciones de la tierra más avanzados estaban llenos de mitos y leyendas. Y sin embargo, la Biblia no tiene ningún error histórico, ningún error geográfico, ningún error científico.

Como bien señalan Maxwell Coder y George F. Howe: “Las Escrituras mencionan grandes naciones, reyes, ciudades, pueblos, ligándolo todo con fechas y episodios específicos durante miles de años, sin cometer jamás ningún error” (cit. por Dickson; El Ocaso de los Incrédulos; pg. 348).

Y aún sin ser un libro de ciencias, no deja de ser interesante ver cómo la Biblia nos provee incidentalmente ciertas informaciones de cosas que el hombre vendría a descubrir cientos de años más tarde.

Por ejemplo, en Lv. 17:11 se nos dice que la vida está en la sangre; en Job 26:7 que la tierra está suspendida sobre nada; y en Ecl. 1:6-7 se describe el ciclo del agua (el proceso a través del cual el vapor de agua se condensa y se precipita como lluvia y como nieve, para entonces llegar al mar y de allí volver de nuevo a las nubes a través de la evaporación).

Pero no sólo eso. El argumento interno a favor de la Biblia viene a ser más contundente cuando tomamos en cuenta la coherencia, armonía y unidad orgánica que la Biblia posee.

Algunas personas atacan las Escrituras aduciendo el hecho de que fue escrita por hombres. Y ciertamente la Biblia no pretende haber descendido del cielo como un libro escrito directamente por Dios. La Biblia afirma más bien haber sido escrita por hombres inspirados por Dios.

La Biblia es una recopilación de 66 libros que fueron escritos en un período de 1,500 años, a lo largo de 60 generaciones, por unos 40 autores distintos, en 3 continentes distintos y en 3 idiomas distintos.

Para complicarlo un poco más, sus autores no sólo estaban separados unos de otros en el tiempo, en algunos casos por cientos de años de distancia, sino también por contextos culturales y vocacionales muy distintos. Entre los autores bíblicos encontramos reyes, pescadores, poetas, hombres de estado, soldados, sacerdotes, maestros, un médico, un pastor de ovejas.

Pero para complicarlo todavía un poco más, la Biblia incluye en su contenido centenares de temas reconocidamente controversiales: la naturaleza del verdadero Dios, el camino de salvación, las normas éticas que deben regir la vida del hombre, el destino final de la humanidad, entre otros. Y sin embargo, la Biblia no sólo manifiesta una extraordinaria coherencia y armonía de principio a fin, sino también una perfecta unidad orgánica.

Cuando hablamos de unidad orgánica nos referimos básicamente a ese tipo de unidad donde cada parte es necesaria para explicar y completar el todo. El cuerpo humano, por ejemplo, posee esa clase de unidad.

Y lo mismo vemos en la creación. Esa misma coherencia, armonía y unidad que encontramos en la creación, de manera que todas las cosas creadas constituyen un universo (y no un “multiverso”), es la misma coherencia, armonía y unidad que encontramos en las Sagradas Escrituras.

Eso resulta sencillamente imposible de explicar, a menos que una Persona (con “P” mayúscula, claro está) haya supervisado sabiamente a esos 40 autores durante esos 1,500 años, de modo que esos 66 libros constituyeran en realidad un solo libro: La Biblia, la Palabra infalible e inerrante de Dios.

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miércoles, 11 de noviembre de 2009

Las profecías cumplidas: una prueba interna contundente de la inspiración bíblica


Como vimos en una entrada anterior, la Biblia clama ser la Palabra inspirada de Dios (¿Y qué de los otros libros religiosos que claman ser una revelacion divina?). Pero la Biblia posee también evidencias internas contundentes que apoyan lo que ella dice de sí misma. Y una de ellas es la enorme cantidad de profecías cumplidas.

Esto es algo que diferencia la Biblia de todos los otros libros que claman ser inspirados. Ni el Corán, ni el Libro del Mormón poseen ninguna profecía predictiva. Pero en el caso de la Biblia, el 30 % está compuesto por profecías, cientos de profecías que se han cumplido en un cien por ciento, exceptuando únicamente aquellas que claramente pertenecen a un tiempo futuro, como las que están relacionadas con la segunda venida de Cristo y sus eventos relacionados.

Ese fue uno de los estándares que el mismo Dios estableció en el AT para que Su pueblo reconociera cuáles profetas hablaban de parte de Dios y cuáles no. En Deut. 18 Dios promete al pueblo de Israel que les enviaría profetas que hablarían en Su nombre, pero también les advierte que tengan cuidado con los falsos profetas. Y en ese contexto, dice el Señor en el vers. 21:

“Y si dijeres en tu corazón: ¿Cómo conoceremos la palabra que Jehová no ha hablado? Si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado; con presunción la habló el tal profeta; no tengas temor de él”.

Los profetas verdaderos de Dios tenían que ser infalibles, y una prueba de su infalibilidad serían las profecías cumplidas. Ese es uno de los argumentos que usa Dios para mostrar la falsedad de los ídolos. Dice en Is. 41:21ss:

“Alegad por vuestra causa, dice Jehová; presentad vuestras pruebas, dice el Rey de Jacob. Traigan, anúnciennos lo que ha de venir; dígannos lo que ha pasado desde el principio, y pondremos nuestro corazón en ello; sepamos también su postrimería, y hacednos entender lo que ha de venir. Dadnos nuevas de lo que ha de ser después, para que sepamos que vosotros sois dioses; o a lo menos haced bien, o mal, para que tengamos qué contar, y juntamente nos maravillemos. He aquí que vosotros sois nada, y vuestras obras vanidad; abominación es el que os escogió”.

Y lo mismo vemos en Is. 46:10: “Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho”.

Como no puedo presentar aquí un catálogo completo de profecías cumplidas, voy a limitarme a citar unas cuantas que tienen que ver con la persona y la obra del Mesías, nuestro Señor Jesucristo. Y escojo este tema específicamente por varias razones:

En primer lugar, porque el mismo Cristo dijo que Él era el tema central de las profecías del AT. De ningún líder religioso se puede decir lo que se dice de Cristo en Lc. 24:25-27. El Señor se encuentra con dos discípulos que iban camino a Emaús, apesadumbrados por lo que parecía ser el fracaso del Mesías. Y Cristo les dice: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”. Cristo es el tema central de las Escrituras.

En segundo lugar, escojo el tema del Señor porque las profecías concernientes a Él se encuentran en el AT, mientras que Su cumplimiento se encuentra en el Nuevo. Nadie puede decir que esas profecías se escribieron después de su cumplimiento, porque el AT tenía 400 años de concluido cuando el Señor nació.

Y nadie puede decir tampoco que Cristo se empeñó en cumplir tales profecías para hacerse pasar por el Mesías, porque muchas de ellas estaban fuera de Su alcance como hombre. He aquí algunas de esas predicciones que comienzan a aparecer en la Biblia tan pronto ocurre la caída de nuestros primeros padres.

1. En Gn. 3:15 Dios anuncia que el Salvador vendría de la descendencia de una mujer, para dejar establecido que sería un miembro de la raza humana y no un ser angelical.
2. En Gn. 22:18 que sería de la descendencia de Abraham.
3. Abraham tuvo dos hijos, pero en Gn. 21:12 se predice que el Mesías sería de las descendencia de Isaac.
4. Isaac también tuvo dos hijos, pero en Nm. 24:17 dice que el Mesías habría de venir de Jacob.
5. Jacob tuvo doce hijos, pero en Gn. 49:10 y Mi. 5:2 se predice que el Mesías vendría de Judá.
6. En Is. 11:1, que sería de la familia de Isaí.
7. Isaí tuvo 8 hijos, pero en Jeremías 23:5 dice que el Mesías sería descendiente de David, el más pequeño de los hijos de Isaí.
8. En Is. 7:14, que nacería de un joven virgen.
9. En Dn. 9:24-27 se predice el tiempo de Su venida.
10. En Mi. 5:2, que nacería en Belén.
11. En el Sal. 72:10, que en su nacimiento personas importantes del oriente le traerían regalos., profecía que se cumplió con la visita de los magos.
12. En Jer. 31:15, que conectado con su nacimiento habría una matanza de niños, profecía que se cumplió con la matanza de Herodes.
13. En Is. 40:3 y en Mal. 3:1 se predice que sería precedido de un mensajero, profecía que se cumplió en Juan el Bautista.
14. En Is. 9:1, que Su ministerio comenzaría en Galilea.
15. En Is. 35:5-6, que durante Su ministerio llevaría a cabo milagros como abrir los ojos de los ciegos, hacer oír a los sordos, hacer hablar a los mudos y poner a caminar a los paralíticos.
16. En el Sal. 78:2, que usaría parábolas en Sus enseñanzas.
17. En Zac. 9:9, que entraría a Jerusalén sobre un pollino de asna.
18. En el Sal. 118:22, que sería rechazado por los judíos.
19. En el Sal. 41:9, que sería traicionado por uno de los Suyos.
20. En Zac. 11:12, que sería vendido por 30 piezas de plata.
21. En Zac. 11:13, que ese dinero sería arrojado en la casa del Señor.
22. En Zac. 13:7, que sería abandonado por Sus amigos.
23. En el Sal. 35:11, que sería acusado por falsos testigos.
24. En Is. 50:6, que sería golpeado y escupido.
25. En el Sal. 22:7-8, que sería burlado.
26. En el Sal. 22:16, que Sus pies y manos serían traspasados.
27. En Is. 53:12, que sería muerto entre malhechores (Cristo fue crucificado entre dos ladrones).
28. En Is. 53:12, que oraría por Sus perseguidores.
29. En el Sal. 22:18 que se repartirían Sus vestidos.
30. En el Sal. 69:21 que en Su sed le darían a beber vinagre.
31. En el Sal. 22:1 que en la cruz sufriría el desamparo de Dios y gritaría: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”
32. En Is. 53:9 que sería sepultado en la tumba de un rico, profecía que se cumplió cuando José de Arimatea le cedió su tumba.

He ahí 32 profecías que se cumplieron al pie de la letra en la vida y ministerio del Señor Jesucristo, y esas no son todas. En el NT se mencionan unas 90 profecías y más de 300 referencias mesiánicas que se cumplieron también.

Peter Stoner toma 48 de estas profecías y nos dice que las posibilidades de que se cumplan en un solo hombre son de 1 en 10 a la 157. Ese es un número tan elevado que nuestras mentes finitas no pueden asimilarlo siquiera. Y esas son únicamente las profecías de la Biblia con respecto a Cristo. Dios se encargó de dejar evidencias muy claras de la inspiración de Su Palabra, y nos proveyó al mismo tiempo todas las pruebas que necesitábamos para reconocer al Mesías: nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.

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