Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

miércoles, 31 de marzo de 2010

Grupo parte hacia Haití para servir en orfanato


Apoyemos en oración al grupo de hermanos que el día de ayer partió para Haití, y que tienen el propósito de servir en dos orfanatorios que operan en la ciudad de Puerto Príncipe. Pidamos a nuestro Dios que les guarde, que les conceda servir con amor a los huérfanos, que les abra oportunidades para enseñar el Evangelio, y que les traiga con bien el próximo viernes.

En la misericordia de Dios llegaron con bien en el día de ayer, y hoy están de lleno dedicados a la labor que les llevó al vecino país.

Al orar no olvidemos sus nombres: George Muñoz, Aylín Michelén, Carmen Naranjo, Elaine Mañón, Katherine Bautista, Magaly Jiménez, Vivian Mateo y Esdras Ventura.


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martes, 30 de marzo de 2010

El matrimonio homosexual

Publiqué esta entrada pasada la media noche, y al despertar en la mañana me encontré con la noticia de que el famoso Ricky Martin reveló públicamente su homosexualidad. Así que, providencialmente, esta entrada cayó como anillo al dedo.

Cuando la Suprema Corte de Justicia de Massachussets aprobó el matrimonio civil de parejas homosexuales hace unos años, la presidenta de la Suprema Corte, Margaret Marshall, declaró que es anticonstitucional privar a un individuo de la protección, beneficios y obligaciones del matrimonio, simplemente porque haya decidido compartir su vida con una persona de su mismo sexo.

Planteado de ese modo, todo el que se oponga al matrimonio homosexual se opone a la Constitución y, lo que es aún peor, carece de sensibilidad humana hacia las personas que tienen una inclinación sexual distinta.

Pero esta cuestión debe ser debatida desde otra perspectiva. Lo que está en juego aquí es la definición misma del matrimonio y, lo que es aún más crucial, el fundamento que sustenta nuestros valores morales.

En un debate sobre el tema que se presentó en el programa televisivo Larry King Live, estaban presentes la congresista Marilyn Musgrave (quien apoya la propuesta de enmienda a la constitución de EUA que define el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer) y el alcalde de San Francisco, Gavin Newsome, quien ha estado expidiendo certificados de matrimonio a parejas del mismo sexo.

En un punto del debate la congresista preguntó al alcalde si apoyaba la poligamia o el matrimonio en grupo. El alcalde evadió la pregunta, pero la congresista insistió: “Si Usted borra las líneas que definen el matrimonio, señor alcalde, ¿cuán lejos llegará?”

Si desechamos la definición de matrimonio que Dios nos da en Su revelación escrita, la Biblia, ¿cuál es la base que usaremos para una nueva definición? ¿Por qué considerar moralmente correcto que dos hombres o dos mujeres se unan en matrimonio y no aceptar otras relaciones que hoy la sociedad considera aberrantes, como el incesto, por ejemplo?

¿Acaso no podrían alegar los polígamos, u otros grupos que practican otras formas de relaciones no convencionales, que están siendo discriminados por sus preferencias sexuales? Sin un punto fijo de referencia para establecer lo bueno y lo malo se elimina todo parámetro para decidir cualquier cuestión ética o moral.

Los cristianos partimos de la premisa de que Dios es el Creador del universo y que El se ha revelado al hombre a través de la Biblia. Y allí se presenta la homosexualidad como pecado. En Romanos 1:26-27 Pablo define la homosexualidad como una pasión vergonzosa y antinatural; y en 1Corintios 6:9-11 declara que los que practican la homosexualidad no “heredarán el reino de Dios”.

Los cristianos no odiamos a los homosexuales, ni creemos que su pecado es el único del que los hombres deben arrepentirse. La Biblia define el pecado como transgresión a la ley moral de Dios y proclama que todo transgresor necesita ser salvado por la gracia de Dios en Jesucristo.

Pero los que rechazan las Sagradas Escrituras ¿qué base tienen para sus propias opiniones? ¿Y qué tan lejos están dispuestos a llegar en su redefinición de las relaciones humanas?


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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lunes, 29 de marzo de 2010

¿Se acerca el fin del mundo?

Para aquellos que deseen ver y escuchar el mensaje que expusimos ayer sobre este tema, pueden hacerlo aquí. También puede escuchar el audio aquí.

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Recomendaciones para el estudio de la escatología

Habiendo estado considerando el tema del fin del mundo para la exposición de este domingo, quisiera recomendar algunas obras para aquellos que tienen interés en estudiar escatología.

Antonio A. Hoekema; La Biblia y el Futuro; Grand Rapids, MI, 1984; 350 páginas. “En consonancia con la tesis que la escatología es una realidad que abarca tanto el presente como el futuro, se divide el estudio en dos secciones: Escatología inaugurada y Escatología futura”.

Sam Waldron; El Fin de los Tiempos. Este es un libro excelente que puede ser de gran ayuda para aquellos que se sienten perplejos al estudiar escatología. El Dr. Waldron nos provee un esquema simple, sin caer en la simpleza y la superficialidad, a través del cual podemos ubicar los detalles proféticos en el cuadro general de las profecías bíblicas.

Guillermo Hendriksen; La Biblia, el más Allá y el Fin del Mundo; Libros Desafío; 313 páginas. ¿Hay vida después de la muerte? ¿Nos conoceremos en el cielo? ¿Cuándo vendrá Cristo otra vez? ¿Qué papel tiene Israel en la profecía? ¿Es verdad que habrá un rapto de la iglesia? ¿Existe el purgatorio? ¿Cuáles son las señales de la segunda venida de Cristo? ¿Qué es el Armagedón?

Este no es un libro técnico escrito para eruditos. Más bien el autor escribe en forma sencilla respondiendo a muchas de las preguntas que se hace la gente común. Eso explica la forma en que se ha estructurado el libro mediante capítulos cortos que van al punto de inmediato. Además, cada capítulo tiene
preguntas de repaso y preguntas para ampliar el tema. Para aquellos que quieran profundizar más, se añade una bibliografía al final de algunos capítulos.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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jueves, 25 de marzo de 2010

Predicación Evangelística


Primero fue el calentamiento global, luego el calendario Maya, y ahora estos devastadores terremotos en el 2010. ¿Será que está llegando el fin del mundo? ¿Qué dice la Biblia al respecto? Eso es lo que espero responder este próximo domingo en la mañana como parte de la serie de exposiciones evangelísticas del mes de Marzo.

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miércoles, 24 de marzo de 2010

El problema del catolicismo sigue siendo la distorsión del evangelio


Es indudable que la Iglesia Católica Romana está atravesando por una de sus peores crisis en los últimos 400 años al destaparse un aluvión de casos de pedofilia de curas y religiosos que abusaron sexualmente de niños y niñas en Alemania (así como en otros países).

Las denuncias contra la iglesia en Alemania comenzaron en el mes de Enero cuando el director de la Escuela Secundaria católica de Canisius, Klaus Mertes, pidió disculpas en una carta abierta dirigida a ex - alumnos de la escuela por los abusos perpetrados por sacerdotes durante las décadas de 1970 y 1980. Mertes reconoció que sabía desde hace años de tales abusos, a los que calificó de “sistemáticos y (realizados) durante años”.

Una abogada berlinesa, Manuela Groll, que asesora jurídicamente a algunas de las víctimas, confirma las palabras de Mertes: “Recibo denuncias nuevas prácticamente todos los días”, dijo a IPS. “Estoy segura que la cantidad de víctimas llega a los tres dígitos”.

Lo que ha levantado más ira ha sido la complicidad de la iglesia. En vez de entregar a la justicia a los curas pedófilos para ser juzgados conforme a sus crímenes, muchos de esos curas fueron trasladados a otras parroquias donde cometieron los mismos abusos. Tanto teólogos alemanes como funcionarios de la justicia, afirman que la jerarquía de la iglesia contribuyó a ocultar los crímenes.

El 22 de febrero, en una entrevista televisada con la red pública ARD, la ministra de Justicia alemana Sabine Leutheusser-Schnarrenberger, declaró que la “Iglesia Católica no parece inclinada a cooperar con el procesamiento” en los casos de abuso sexual.

Como dije en un artículo anterior, esto vuelve a traer sobre el tapete el tema del celibato, así como el enfoque que la iglesia ha mantenido de la sexualidad a través de los siglos.

Sin embargo, debemos insistir en que el gran problema del catolicismo romano sigue siendo la distorsión del evangelio, la negación de que la justificación del pecador es solamente por gracia y solamente por medio de la fe.

Contrario a la clara enseñanza del Nuevo Testamento, de que el pecador es declarado justo en el tribunal de Dios al imputársele la perfecta justicia de Cristo, y esto por medio de la fe sola (comp. Romanos 1:16-17; 3:21-31; 4:3-5; 5:1; Efesios 2:8-9; entre otros), la Iglesia católica enseña, en palabras del Concilio de Trento, que “Si alguno dijere, que el pecador se justifica con sola la fe, entendiendo que no se requiere otra cosa alguna que coopere a conseguir la gracia de la justificación; y que de ningún modo es necesario que se prepare y disponga con el movimiento de su voluntad; sea excomulgado” (Canon IX).

Ciertamente el celibato es contrario a la enseñanza del Nuevo Testamento, como espero mostrar en un artículo posterior, y coloca al hombre en una situación muy vulnerable, tal como dice Pablo en 1Corintios 7.

Pero no todos los sacerdotes son pedófilos, así como no son pocos los pastores protestantes que han sido una desgracia para el nombre de Cristo y del evangelio. El problema central del catolicismo sigue siendo el hecho de que predica un evangelio diferente al del Nuevo Testamento, llevando a millones de hombres y mujeres a tratar de obtener por sus obras lo que sólo Cristo puede otorgar por Su gracia, por medio de la fe.


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La distorsión de Titanic: Una lección sobre el presente


Es indudable que el cine muchas veces distorsiona los hechos de la historia; pero otras veces sus distorsiones históricas nos dicen algo acerca de nuestra realidad presente. Donald E. Carson nos brinda un buen ejemplo en su último libro “Escandalous”:

¿Has visto la película Titanic que se proyectó hace unos doce años atrás? La gran nave está llena de las personas más ricas del mundo, y, según la película, mientras el barco se hunde, los ricos empiezan a trepar hacia los pocos e inadecuados botes salvavidas, haciendo a un lado a las mujeres y a los niños en su deseo desesperado de vivir. Marineros británicos sacan sus pistolas y disparan al aire, gritando: “¡Atrás! ¡Atrás! ¡Mujeres y niños primero!” Por supuesto, en realidad nada de eso sucedió. El testimonio universal de los testigos que sobrevivieron al desastre es que los hombres se quedaron atrás e instaban a las mujeres y a los niños a que subieran a los botes salvavidas. John Jacob Astor estuvo allí, en ese momento el hombre más rico del mundo, el Bill Gates de 1912. Empujó a su esposa hacia un barco y la puso sobre él… Alguien le instó a que entrara también. Él se negó: los barcos eran muy pocos, y debían ser para las mujeres y los niños primero. Dio un paso atrás y se ahogó. El filántropo Benjamin Guggenheim estuvo presente. Él viajaba con su amante, pero cuando se dio cuenta de que era poco probable que sobreviviera, le dijo a uno de sus siervos, “Dile a mi esposa que Benjamin Guggenheim conocía su deber”, y él se quedó atrás y se ahogó. No hay un sólo reporte de que algunos ricos desplazaran mujeres y niños en su loca carrera por sobrevivir.

Cuando la película fue comentada en el
New York Times, el crítico preguntó por qué el productor y director de la película había distorsionado la historia de manera tan flagrante en cuanto a esto. La escena que se describe es inverosímil desde el principio. ¿Marineros británicos sacando pistolas? La mayoría de los agentes de policía británicos no portaban armas; y los marineros británicos ciertamente no la usaban. Entonces ¿por qué esta distorsión deliberada de la historia? El crítico responde a su propia pregunta: si el productor y director hubiese dicho la verdad, dijo, nadie le habría creído.

Pocas veces he leído una evaluación más condenatoria de la evolución de la cultura occidental, especialmente en la cultura anglosajona, en el siglo pasado. Hace cien años aún existía en nuestra cultura suficiente residuo de la virtud cristiana del auto-sacrificio por el bien de los demás, del imperativo moral que busca el bien de otros a costa de uno mismo; los cristianos y no cristianos pensaban que era noble… escoger la muerte por el bien de los demás. Apenas un siglo más tarde ese curso de acción se considera tan increíble que la historia tuvo que ser distorsionada (páginas 30-31).

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martes, 23 de marzo de 2010

Hans Küng llama al Papa al arrepentimiento


La BBC informó recientemente, en relación con las recientes revelaciones de más abusos sexuales en la Iglesia Católica Romana, "Es como un tsunami". Elke Huemmeler dijo: "Alrededor de 120 casos han salido a la luz hasta ahora en Munich, cerca de 100 de ellos en un internado dirigido por los monjes."

Hans Küng, por largo tiempo crítico católico romano de su propia iglesia (cuyo derecho a enseñar teología de la Iglesia rescindió), ha publicado un reto para el Papa. En él dice: "En Alemania, el 86 por ciento de los católicos romanos culpa al liderazgo de la iglesia de no tener voluntad suficiente para enfrentar el problema".

Luego pregunta y responde estas cuatro cuestiones:

1 ª Pregunta: ¿Por qué el Papa sigue afirmando que lo que él llama "santo" celibato es un "regalo precioso", ignorando así la enseñanza bíblica que permite explícitamente, e incluso fomenta, el matrimonio para todos los oficiales en la Iglesia?

2 ª Pregunta: ¿Es acaso cierto, como
insiste el arzobispo Zollitsch, que "todos los expertos" coinciden en que el abuso de menores por parte de clérigos y la regla del celibato no tienen nada que ver uno con el otro?

3 º Pregunta: ¿En lugar de limitarse a pedir perdón a las víctimas de abusos, no deberían los obispos, por fin admitir su propia parte de culpa?

Pregunta 4: ¿No es hora de que el Papa Benedicto XVI reconozca su propia responsabilidad, en lugar de quejarse de una campaña contra su persona? Ninguna otra persona en la Iglesia ha tenido que lidiar con tantos casos de abuso sobre su escritorio.

Y concluye citando a Monseñor Tebartz van Eist de Limburgo, "La conversión y el arrepentimiento comienza cuando la culpa se admite abiertamente, cuando el arrepentimiento se expresa en los hechos y se manifiesta como tal, cuando se toma la responsabilidad, y cuando la oportunidad para un nuevo comienzo es aprovechada".

HT: Carl Trueman


Tomado Desiring God. Leer más...

lunes, 22 de marzo de 2010

Cristianismo y sexualidad


Con los recientes, y muy lamentables, escándalos de sacerdotes acusados de pedofilia, no sólo ha vuelto a ponerse sobre el tapete el tema del celibato y el tipo de castigo que debe imponerse a todos los pederastas (sin importar su investidura religiosa), sino que también ha dado ocasión para que algunos se regodeen en denunciar la supuesta represión sexual del cristianismo.

Pero esa es una acusación gratuita y absolutamente falsa que sólo puede aplicarse a un cristianismo desfigurado influenciado por la filosofía neoplatónica y no por la enseñanza bíblica. Dios creó el sexo para el deleite de aquellos que están unidos por el vínculo del matrimonio, y no únicamente para la preservación de la raza.

Un libro completo de la Biblia, el Cantar de los Cantares, está dedicado a exaltar el amor entre un hombre y una mujer, incluyendo el pleno disfrute de la sexualidad.

Y a través de todas sus páginas, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, encontramos un sinnúmero de textos que exhortan a los esposos a cultivar la relación matrimonial en todos sus aspectos.

En Deuteronomio 24:5 se le ordena al pueblo de Israel no enviar a ningún recién casado a la guerra por un año completo “para alegrar a la mujer que tomó”.

Y en Proverbios 5:18 en adelante se exhorta al hombre casado: “Sea bendito tu manantial, y regocíjate con la mujer de tu juventud… que sus senos te satisfagan en todo tiempo, su amor te embriague para siempre”. No creo que podamos catalogar estos, y otros textos, como mojigatería religiosa.

Y lo mismo vemos en el Nuevo Testamento. Pablo dice en 1Corintios 7:3-5 que los esposos no deben descuidar el deber conyugal ni negarse el uno al otro.

Más aún, en su primera carta a Timoteo, usa palabras bien fuertes de condenación para aquellos que prohíben el matrimonio y promueven una vida ascética: “Pero el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe, prestando atención a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios, mediante la hipocresía de mentirosos que tienen cauterizada la conciencia; prohibiendo casarse y mandando abstenerse de alimentos que Dios ha creado para que con acción de gracias participen de ellos los que creen y que han conocido la verdad. Porque todo lo creado por Dios es bueno y nada se debe rechazar si se recibe con acción de gracias” (1Timoteo 4:1-4).

Ciertamente la Biblia condena todo tipo de perversión sexual, incluyendo la pederastia (Hebreos 13:4), pero exalta el amor conyugal, en todas sus facetas, como un precioso don dado por Dios al hombre. Decir que el cristianismo promueve la represión sexual es una crasa ignorancia fruto de confundir algunas religiones que claman ser cristianas con el cristianismo en sí.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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sábado, 20 de marzo de 2010

¡Ten cuidado de cómo escuchas!


“Me deja atónito el pensar en la cantidad de cristianos que miran aquellos programas de televisión banales, vacios, tontos, triviales, sugestivos y poco modestos que miran la mayoría de los no creyentes. Luego se preguntan por qué sus vidas espirituales son débiles y su experiencia en la adoración poco intensa y profunda. Si realmente quiere escuchar la Palabra de Dios de la manera en que El quiere que se escuche: en verdad, gozo y poder, apague el televisor el sábado por la noche y lea algo verdadero, grande, hermoso, puro, honorable, excelente y digno de alabanza (vea Filipenses 4:8). Entonces observe como su corazón comienza a sentir hambre por la Palabra de Dios” (J. Piper).

John Piper (De su sermón: "Take Care How You Listen! Part 2”)

Fuente: http://blog.pasionpordios.org/2010_03_01_archive.html
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viernes, 19 de marzo de 2010

La lucha del creyente con la mundanalidad y el legalismo

En Rom. 12:1-2 encontramos otra advertencia bíblica contra la mundanalidad. Pablo ruega a los creyentes de Roma que se presenten a sí mismos como un sacrificio vivo a Dios, a la luz de lo que Cristo hizo por ellos; y ¿cómo podemos hacer eso? No conformándonos a este mundo y dejándonos transformar (el verbo es presente, pasivo, imperativo) por medio de la renovación del entendimiento.

Ahora bien, cuando Pablo dice a los creyentes que no se amolden a este mundo, obviamente él está presuponiendo que el mundo posee un esquema que lo caracteriza, una forma de vida que es propia del mundo; pero está asumiendo también que el creyente se encuentra en peligro de amoldarse en un momento dado a ese esquema.

Y ¿cómo es ese molde para que podamos identificarlo y huir de él? Nuestro texto tiene la respuesta.

Pablo no usó en este versículo la palabra que generalmente se traduce “mundo” en el NT, sino otra palabra que podemos traducir como “siglo o edad”; a la vez que le puso un “apellido” para que no hubiese dudas: “No os conforméis a este siglo”. “Este siglo” incluye todo aquello que se encuentra de este lado de lo que comúnmente llamamos eternidad (comp. Gal. 1:4).

De manera que la característica esencial de ese molde o esquema es la temporalidad. Los hombres mundanos son aquellos que han hecho de esta vida presente su porción. Cuando toman una decisión lo hacen considerando primariamente la forma en que afectará sus vidas aquí y ahora.

Un ejemplo típico de las Escrituras es el caso de Esaú “que por una sola comida vendió su primogenitura” (He. 12:16). A la hora de tomar una decisión trascendental, Esaú consultó con su estómago, y estuvo dispuesto a desechar su condición de primogénito, la cual conllevaba muchas bendiciones espirituales, con tal de satisfacer el hambre física que sentía en ese momento.

El hombre que a la hora de tomar una decisión lo hace en base a sus deseos, o en base a los beneficios temporales que obtendrá, y no buscando primeramente el reino de Dios y su justicia, es un mundano (comp. Fil. 3:19).

En el conocido texto de 1 Juan 2:15-17, el apóstol declara categóricamente que no es posible que un verdadero creyente ame el mundo de ese modo. Dios ha abierto nuestros ojos para que percibamos realidades más sublimes y que nos permiten asignar a las cosas de este mundo su verdadero valor.

Cuando uno se acerca en avión a la ciudad de New York, los edificios y los carros parecen de juguete. Pero a medida que nos vamos acercando a la ciudad, la vemos cada vez más grande e imponente.

La Biblia nos dice que los creyentes no son del mundo; es como si Dios les hubiese dado una nueva visión de las cosas, de modo que ahora pueden contemplar al mundo desde arriba; y mientras más alto vuelen, más pequeño e insignificante lo verán.

Pero el pecado todavía mora en nosotros, y trata de engañarnos para que no veamos al mundo como es en realidad (una fuente inagotable de deseos que nos alejan de Dios y nos desvían de la verdadera felicidad), sino como un lugar codiciable y lleno de encantos.

Y si un creyente se descuida, aunque no amará al mundo con el mismo apego y deleite con que lo ama el inconverso, la mundanalidad entrará en su corazón; y en la misma medida en que la mundanalidad penetre en el corazón, en esa misma medida se precipitará su decadencia espiritual y su apartamiento de Dios.

El creyente no ama al mundo con el amor predominante del que nos habla 1Jn. 2:15ss, porque allí se nos dice tajantemente que el que ama el mundo de ese modo, carece por completo del amor del Padre.

Pero todo creyente tiene que luchar continuamente con esa tendencia del corazón a poner su confianza en este mundo, y a hacer de las cosas de este mundo el objeto primario de su deleite. Y en la misma medida en que esa tendencia nos arrastra, en esa misma medida decaemos espiritualmente.

Mantenernos en guardia para que eso no suceda, y aún negarnos cosas que son lícitas porque vemos claramente el peligro de que nos arrastren a la mundanalidad, eso no tiene nada que ver con legalismo. El legalismo consiste, más bien, en procurar el perdón y el favor de Dios a través de nuestra obediencia.

Pero decirle que “No” a los deseos que batallan contra nuestra alma para alejarnos del terreno de la obediencia, eso no es legalismo, sino correr en pos de la santidad.

Algunos creyentes tienden a sobre enfatizar el tema de la libertad cristiana cuando se habla de la santidad y la auto-negación; de inmediato se ponen en guardia para que ningún predicador atente contra su libertad.

Y ciertamente debemos defender la libertad con que Cristo nos hizo libre, porque esa libertad fue comprada con el precio de Su sangre. Pero si vamos a hablar de la libertad cristiana, nuestro énfasis no debe ser puesto en la primera palabra, sino en la segunda. Es libertad CRISTIANA.

El asunto no radica en cuánto podemos acercarnos al mundo sin comprometer nuestro cristianismo; más bien debemos preguntarnos, cuánto debemos alejarnos del mundo, para no comprometer nuestra libertad. Porque Cristo nos hizo libres precisamente para que no seamos manejados por el mundo.

Ahora bien, los creyentes vivimos en este mundo, y no es la voluntad de Dios sacarnos de él después de la conversión. A pesar del antagonismo que existe entre el mundo y el creyente, y de los peligros constantes que encontramos en este mundo, Dios ha decidido dejarnos aquí para que podamos beneficiar al mundo (comp. Jn. 17:14-15).

La pregunta es: ¿cómo podemos vivir en este mundo, hacer uso de este mundo, y aún así guardarnos de la mundanalidad? Eso espero verlo en otras entradas, si el Señor lo permite.


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jueves, 18 de marzo de 2010

Algunas imágenes más de nuestro viaje a Haití

Tratar de describir nuestra experiencia en Haití es muy difícil. Podemos postear algunas imágenes, pero deben entender que esta es sólo una parte de la realidad. Haití necesita ayuda, mucha ayuda, tanta que es difícil saber por dónde empezar.

El grupo de Iglesias Bautistas Sirviendo Haití (IBSH) inicia ahora otra etapa. Al principio fue una etapa de emergencia, pero ahora comenzaremos a llevar equipos de demolición, los cuales serán suministrados a pastores que supervisarán las labores de recogidas de escombros. Por favor continúen orando por nosotros. Necesitamos
mucha sabiduría.





Estas son algunas de las imágenes que pueden verse en las calles de Puerto Príncipe. Todavía hay cadáveres debajo de los escombros.


En este refugio viven unas 5 mil personas sin instalaciones sanitarias.

Algunos refugios cuentan con estas instalaciones. Creo que habían unas quince para las necesidades de miles.

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martes, 16 de marzo de 2010

Imágenes de la Conferencia de IBSH en Haití

Estas son algunas de las fotos del evento que celebramos en Haití el 12 y 13 de Marzo. Como dijimos en un reporte anterior, la reacción de nuestros hermanos haitianos a la Palabra predicada simplemente sobrepasó nuestras expectativas.



Parte de los asistentes. Al día siguiente se añadieron más.



Otra vista de los asistentes.



A mí me tocó abrir la Conferencia dando una perspectiva bíblica del terremoto en Haití. Al día siguiente prediqué sobre lo ocurrido en el monte de la Transfiguración y cómo el Señor enseñó a Sus discípulos que primero viene la cruz y luego la gloria; así fue para Cristo y así será también para Sus seguidores.



Luego el pastor Saladín dio tres conferencias sobre la necesidad que ahora tienen los miembros de las iglesias de recibir consejería, pero no desde la perspectiva de la psicología secular y humanista, sino desde una perspectiva bíblica. Sus exposiciones fueron muy impactantes.



El pastor Francisco Guzmán cerró la Conferencia con un poderoso sermón basado en el libro de Nehemías y su labor de reconstrucción después de un desastre. Sus palabras fueron recibidas con un entusiasmo inusual de parte de los asistentes.



El pastor Eduardo Saladín en el tiempo de preguntas y respuestas. Las preguntas de nuestros hermanos fueron muy relevantes y nos dieron una idea clara del impacto que la Palabra había efectuado en sus corazones. Debo añadir aquí que la traducción de nuestro hermano Jean Pierre Kawas fue extraordinaria.



Más preguntas. Al lado mío está el hermano Joel Jean Luis, miembro de nuestra Iglesia en Santo Domingo, quién está coordinando las actividades en Haití.



Algunos de los hermanos compartiendo durante el almuerzo. Leer más...

lunes, 15 de marzo de 2010

¡Cuidado con la mundanalidad!

La palabra “mundanalidad” suele poner a la gente a la defensiva. Este no es un tema que generalmente se escucha con agrado, a pesar de la enorme importancia de este asunto para todo creyente que desee disfrutar de una vida espiritual vigorosa y fuerte.

Así que, por favor, no levantes tus defensas antes de leer lo que sigue a continuación; no asumas de antemano que al hablar contra la mundanalidad estaremos abogando a favor del legalismo, porque el legalismo y la verdadera piedad están tan lejos uno del otro como el cielo del infierno.

Si eres cristiano propón, más bien, en tu corazón examinar cuidadosamente lo que la Escritura enseña acerca de este tema, recordando que la Biblia no es otra cosa que un regalo de nuestro Padre celestial que nos amó con tan grande amor que envió a Su propio Hijo a morir por nosotros en la cruz del Calvario.

Y una de las cosas que ese Dios amante nos advierte una y otra vez en Su Palabra es que nos cuidemos del mundo, que no bajemos la guardia en ningún momento porque estamos en medio de un conflicto de enormes proporciones y consecuencias (comp. Jn. 17:14-16; Sant. 4:4; 1Jn. 2:15-17).

Estos textos nos enseñan claramente que el amor al mundo y el amor a Dios son totalmente incompatibles; que no se pueden amar a los dos al mismo tiempo. La enemistad entre Dios y el mundo es irreconciliable, y a nosotros no se nos ha dado la encomienda de lograr un tratado de paz, si no de alinearnos con nuestro Capitán en esta guerra.

Ahora bien, cuando hablamos del mundo en este contexto debemos tener el cuidado de definir con precisión de qué estamos hablando, porque hay un sentido en que el cristiano debe amar al mundo.

El creyente está llamado a amar la creación de Dios y a las personas que pueblan este mundo, independientemente de que sean cristianos o no. Cristo vino al mundo por amor al mundo (Jn. 3:16). Dios amó al mundo y nosotros debemos amarlo también en ese mismo sentido.

Pero cuando la Biblia nos advierte contra el amor al mundo, se refiere a un sistema o modo de vida que se opone al carácter de Dios y a los planes de Dios. Alguien lo define como “el sistema organizado de civilización que es activamente hostil a Dios y que se encuentra alienado (separado) de Dios”.

No podemos pensar en el mundo únicamente en términos de “entretenimientos cuestionables” o de ciertos patrones de conducta que se sitúan al borde de lo inmoral o pecaminoso. El mundo es algo mucho más amplio.

Tal vez entenderemos mejor este concepto si nos preguntamos: ¿Cuándo se introdujo en el mundo ese sistema al que llamamos “mundanalidad”? Desde el mismo momento en que nuestros primeros padres cedieron a la tentación de Satanás en el huerto del Edén, cuando el diablo les dijo: “Seréis como Dios” (Gn. 3:5). En vez de someterse al único Dios vivo y verdadero, el diablo les propuso que se convirtieran ellos mismos en su propio dios.

“Seréis como Dios”. ¿Y eso qué implica? Que en vez de buscar la gloria de Dios, ahora buscarían su propia gloria; en vez de procurar el agrado de Dios, ahora habrían de seguir la inclinación de sus propios deseos y pasiones, aún en contra de la voluntad de Dios. “Lo que importa es mi opinión, mis deseos, mi placer, mi propia gloria”. Ese es el espíritu de la mundanalidad.

Vayamos a uno de los textos clave del NT sobre este tema: 1Jn 2:15-17. Juan especifica en el texto que no debemos amar el mundo (el sistema en sentido general), “ni las cosas que están en el mundo”; ahora ¿cuáles son esas cosas? Noten cómo Juan las define en el vers. 16:“los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida”.

“Deseos… deseos… y vanagloria”. ¿Ven cómo Juan apunta claramente al corazón? Todos nosotros hacemos uso cada día de cosas que están en el mundo; y muchas de esas cosas son neutrales en sí mismas.

Pero pueden atrapar de tal manera nuestros deseos que nos lleven a hacer un uso pecaminoso de ellas, en contra de la voluntad revelada de Dios, o a colocarlas en el lugar que sólo a Dios corresponde.

El hombre mundano es aquel que busca su felicidad primariamente a través del uso de las cosas del mundo, independientemente de la voluntad de Dios (comp. Sal. 17:13-14). Mientras puedan saciarse a sí mismos, y saciar a sus hijos, estos hombres se sienten satisfechos. Ellos no están detrás de aquellas cosas que trascienden esta vida presente; su porción se limita a las cosas de este mundo y nada más.

Eso es lo que ellos aman, y lo aman con tal pasión que Dios no tiene lugar en sus vidas, excepto cuando creen que lo necesitan para obtener más cosas de este mundo. Ese es el espíritu de la mundanalidad.

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sábado, 13 de marzo de 2010

Concluyó la conferencia, pero no dejen de orar

Hoy al medio día concluyó la Conferencia. El Señor bendijo la exposición de la Palabra en una forma extraordinaria, y así fue recibida por los pastores que asistieron (y cuyo número aumentó en el día de hoy).

Este viaje ha sobre pasado en mucho nuestras expectativas. Ahora necesitamos mucha sabiduría, tanto para el futuro cercano como el lejano para saber cómno proceder.

Lamento que por alguna razón no he podido postear algunas fotos de la Conferencia; ya veré si puedo hacerlo cuando llegue a Santo Domingo. Mañana los pastores vamos a repartirnos para predicar en diferentes iglesias. Así que, por favor, continúen orando por nosotros. Necesitamos en gran manera la gracia de nuestro Dios para ministrar a tantos corazones afligidos.

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viernes, 12 de marzo de 2010

Buen día de Conferencia!!

Hoy comenzamos nuestra Conferencia y el inicio no pudo ser mejor. Los pastores que asistieron estaban muy atentos a la Palabra predicada y manifestaron mucho aprecio por los temas tratados.

El pastor Maxime Pierre Pierre dirigió el devocional, basado en el texto de Mateo 28:19-20, enfatizando la promesa del Señor de estar con nosotros todos los días, "hasta el fin del mundo"; sus palabras fueron muy atinadas y consoladoras.

Luego pasamos a la primera exposición del día: Una Perspectiva Bíblica del Terremoto en Haití. Fue muy sobrio para mí exponer este tema delante de tantos hombres que sufrieron en carne propia el embate de esta tragedia.

Luego el pastor Eduardo Saladín expuso tres conferencias sobre la importancia de la consejería bíblica y los recursos que los pastores tenemos a la mano para ministrar al pueblo de Dios en medio de cualquier situación: La asistencia del Espíritu Santo y las Escrituras. Fueron tres exposiciones muy poderosas, presentadas con mucha convicción, pasión y compasión.

Debo añadir aquí que la traducción de Jean Pierre Kawas fue simplemente fabulosa; nuestro hermano tradujo las exposiciones al creole con la misma pasión y el mismo ritmo que nosotros. No se percibió como una interrupción sino como una ayuda.

Al final tuvimos un tiempo de preguntas y respuestas, donde pudimos percatarnos del impacto que las exposiciones bíblicas hicieron en nuestros hermanos. Las preguntas fueron muy relevantes, y las manifestaciones de aprecio muy alentadoras.

Mañana se reanuda la Conferencia hasta el medio día. El pastor Francisco Guzmán y yo tenemos la responsabilidad de exponer la Palabra, por lo que suplicamos que continúen orando por nosotros para que el Señor use estas exposiciones como lo hizo en el día de hoy.

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Otra causa de decadencia es el descuido en nutrir y desarrollar las gracias espirituales del alma

Si dejamos de nutrir y desarrollar constante, diaria y diligentemente las gracias espirituales del alma, el proceso de declinación espiritual se activa de inmediato.

Tan pronto dejamos de nutrir y fortalecer la fe, la esperanza, el amor, la humildad, la mansedumbre, etc., nuestra piedad decae y comenzamos a alejarnos de Dios.

¿Qué puede tener Dios y Su Iglesia de codiciable para una persona que no está desarrollando esas cosas en su vida? ¿Acaso no comenzará a sentir hastío y apatía en el cumplimiento de sus deberes religiosos?

Son esas gracias que Dios nos ha conferido las que han de guardar nuestras almas en santidad y cerca de Él. En la medida en que esas gracias crecen y se desarrollan, en esa misma medida desearemos cada vez más santidad y más cercanía con Aquel que es la imagen misma de ellas: nuestro Señor Jesucristo.

Pensemos por un momento en la esperanza. Pablo describe a los inconversos como personas que viven sin esperanza y sin Dios en el mundo. Eso quiere decir que los creyentes no viven así; ellos no sólo tienen a Dios, sino que poseen una esperanza, una esperanza que no será avergonzada y que produce un efecto purificador en nuestros corazones (1Jn. 3:2-3; 2P. 3:10-14).

La esperanza que tenemos en los cielos nuevos y la nueva tierra, por un lado desarraigan nuestras almas del apego por este mundo, y por el otro lado contribuye a vivir aquí y ahora el estilo de vida que caracterizará la vida venidera. La esperanza alimenta la piedad.

Pero, ¿qué sucede, en cambio, con el creyente que ha dejado de fortalecer y desarrollar su esperanza? Que sus ojos no pueden ver más allá de las realidades de esta vida presente, por lo que su corazón se llena de ansiedad por las cosas de este mundo, y su ansiedad despega su alma de Dios (como aquel que trabaja y trabaja tratando de obtener prosperidad material a costa de su fidelidad a Dios).

Y allí estará ese creyente, sentado en un banco de la Iglesia, leyendo la Escritura, muy religioso por fuera; pero por dentro estará carcomido y debilitado en gran manera. Y, ¿cómo podemos fortalecer las gracias espirituales?

En primer lugar, a través de la oración continua (Ef. 3:14-16; 6:18).

Un creyente fortalecido en su hombre interior es exactamente lo opuesto a un creyente en decadencia. Y Pablo intercedía por estos hermanos para que ellos obtuvieran esa fortaleza. La Escritura nos enseña que Dios es para nosotros una fuente inagotable de poder y vigor espiritual.

Por tanto, es a Él que debemos acudir constantemente en oración procurando obtener esa fuerza y vigor que sólo proviene de Él. Pablo estaba preocupado por la vida de piedad de estos hermanos; por eso intercedía ante Dios por ellos, y ¿qué otra cosa podía pedir que no fuera fortaleza en su hombre interior?

Lo mismo podemos verlo en la preocupación de Epafras por los Colosenses: “Os saluda Epafras, el cual es uno de vosotros, siervo de Cristo, siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones, para que estéis firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere” (Col. 4:12).

¿Estás orando por estas mismas cosas en lo que a ti respecta y a tus hermanos en la fe? Nuestras peticiones revelan cuáles son las principales preocupaciones de nuestro corazón. ¿Manifiestan tus oraciones un genuino deseo de fortalecer las gracias que Cristo ha implantado en ti? ¿Manifiestan tus oraciones que tu principal preocupación es el reino de Dios y Su justicia?

¿Estamos rogando encarecidamente, siguiendo el ejemplo de los hombres de Dios cuyas oraciones aparecen registradas en las Escrituras, porque el que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccione? ¿O porque nuestro amor abunde aún más y más? ¿O porque seamos llenos de frutos de justicia que son por medio de Cristo, para gloria y alabanza de Dios?

Recuerda lo que dice Santiago en su carta: “no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Sant. 4:2-3).

¿Deseas realmente fortalecer y desarrollar las gracias que Dios ha implantado en ti? Sólo Dios mismo puede darte lo necesario para que tal cosa pueda ser posible. Acude a Él en oración, pidiendo que tu hombre interior sea fortalecido:

“Mas el Dios de toda gracia, que os llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca” (1P. 5:10). Nota bien, hermano: nuestro Dios es el Dios de toda gracia; sólo Él puede concederlas, fortalecerlas y establecerlas.

Pero cuando acudas a Él en oración pidiendo por esas cosas, recuerda también que Él es soberano en los métodos que usa para lograr este fin. Por ello Pedro nos dice: “después que hayáis padecido un poco de tiempo...”.

En segundo lugar, a través del ejercicio constante de tales gracias (2P. 1:3-10).

¿Saben lo que le sucede a un levantador de pesas que de repente deja de hacerlo? Ese cuerpo firme y robusto comienza a debilitarse, y los músculos a ponerse flácidos.

Dios ha implantado esas virtudes en ti, pero eres tú quien debes poner toda diligencia en activarlas, en ejercitarlas. Cuando pones tu vista en las cosas de arriba, no en las de la tierra, estas fortaleciendo tu fe; cuando alimentas tu mente con las promesas de Dios y buscas en ellas tu consuelo en medio de la aflicción, estas alimentando tu esperanza.

Cuando decides preocuparte por los hermanos de la Iglesia, y les sirves sacrificialmente, estas alimentando tu amor fraternal; cuando decides responder como Cristo cuando has sido ofendido y vejado, estas alimentando tu humildad y mansedumbre; y así podríamos seguir con una gracia tras otra.

Alguien ha dicho muy acertadamente que “uno de los misterios de la redención es que todos los deberes son gracias”, a lo que podemos añadir: “y todas las gracias son deberes”. Por ejemplo, Dios dice en Su Palabra que todo hombre debe arrepentirse, así que el arrepentimiento es un deber; pero también se nos revela en la Escritura que es una gracia (comp. 2Tim. 2:25).

Y así con todo lo demás. El creer es una gracia que Dios concede, pero somos nosotros los que tenemos el deber de creer; Dios ha derramado en nosotros Su amor, pero somos nosotros los que amamos. Y en la medida en que ejercitamos esas gracias, siendo responsables en ponerlas a funcionar, éstas se desarrollan y fortalecen.

Así que las gracias son fortalecidas a través de la oración continua, a través del ejercicio continuo, pero sobre todo, y por encima de todo lo demás...

En tercer lugar, esas gracias son alimentadas y fortalecidas por Cristo mismo:

Las gracias que Cristo ha implantado en nosotros son alimentadas y fortalecidos por Él mismo. Estamos vivos espiritualmente porque Cristo nos comunicó Su propia vida.
En el momento en que somos salvados el Espíritu de Cristo viene a morar en nosotros, comunicándonos de ese modo la vida espiritual de Cristo y Sus características. Varios textos enseñan esto con toda claridad en la Escritura: Gal. 2:20; Col. 3:4; 1Jn. 5:12.

Esas características son precisamente las gracias de las que hemos estado hablando aquí, y que Pablo describe en Gal. 5:22-23 como el fruto del Espíritu. Como decíamos hace unas semanas atrás, la diferencia entre Cristo y nosotros, es que en la Persona de Cristo esas gracias son perfectas; en nosotros, éstas deben ser perfeccionadas y desarrolladas.

¿Cómo? Supliéndose constantemente de la fuente de la que se derivan: Cristo mismo. Juan nos dice en su evangelio que la Ley nos fue dada por medio de Moisés, “pero (que) la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Jn. 1:17). Él es la fuente por la cual fluyen todas las gracias de Dios a nuestras vidas.

Pero, ¿cómo podemos, en una forma práctica, alimentarnos de Cristo? De la misma manera como llegamos a ser partícipes de Él: por medio de la fe. ¿Qué quiso decir el Señor cuando habló de que Él era el Pan de Vida, y que sólo comiéndole a Él podíamos tener vida eterna? El Señor estaba hablando aquí de depositar toda nuestra fe en Él.

Pero eso no es algo que ocurre únicamente en el momento de la conversión. Pablo dice en 2Cor. 5 que es por fe que andamos, no por vista. Y el autor de la carta a los Hebreos nos dice que debemos correr la carrera con los ojos puestos en Jesús, el autor y el consumador de nuestra fe.

En el momento en que fuimos salvados el Espíritu de Cristo vino a morar en nosotros, comunicándonos de ese modo la vida de Cristo y Sus características. Esa vida y esas características son ahora desarrolladas y fortalecidas en la misma medida en que nos alimentamos de Cristo por la fe.

Y cuando miramos a Cristo constantemente con los ojos de la fe, y contemplamos Su majestad para adorarle, Su santidad y bondad para imitarle, contemplamos Su redención para agradecerla, entonces las gracias que Él impartió en nosotros se fortalecen y desarrollan (comp. 2Cor. 3:18).


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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jueves, 11 de marzo de 2010

Llegamos a Haití sin inconvenientes!!

Gracias al Señor llegamos a Haití sin inconvenientes, aunque estamos bastante cansados por el viaje. Mañana comienza la conferencia de pastores y estamos muy entusiasmados por este privilegio que nuestro buen Dios nos ha concedido de ministrar a otros compañeros de milicia en medio de esta situación. Unos 280 pastores han confirmado su asistencia.

Por favor, oren por nosotros, pues sentimos el peso de la enorme responsabilidad que tenemos por delante. Que Dios nos conceda la gracia de predicar con poder Su poder a la vez que somos ministrados por nuestros queridos hermanos haitianos.

Ya estaremos reportando en la medida de nuestra posibilidad aquí y enviando algunas fotos. Gracias anticipadas por vuestras oraciones.


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¿Por qué muchos creyentes decaen en su vida espiritual?


Un buen médico no sólo debe conocer la patología o conjunto de síntomas que revelan una enfermedad en particular, sino también las causas que la producen. Si el paciente tiene el colesterol alto, no basta con medicarlo; seguramente tendrá que variar sus hábitos alimenticios, de lo contrario va a recaer después que pase el efecto del medicamento.

Pues lo mismo ocurre en el mundo espiritual. No basta con saber cuáles son los síntomas que pueden estar revelando el inicio de un proceso de decadencia espiritual, sino que debemos conocer también las causas que lo provocan.

La Biblia nos manda a examinarnos a nosotros mismos, no sólo para estar seguros de que en verdad somos creyentes (comp. 2Cor. 13:5), sino también para conocer el estado en que se encuentra nuestra alma delante de Dios.

Según 1Cor. 11:28, eso es algo que deberíamos hacer, al menos cada vez que participamos de la Cena del Señor (y no pienso que ese sea el único momento en que debiéramos hacer un chequeo médico espiritual).

Si bien debemos evitar el extremo de ser introspectivos y estar poniendo nuestro corazón bajo una lupa en todo momento (eso sería algo así como una especie de hipocondría espiritual), también debemos evitar el descuido que lleva a muchos a apartarse del Señor sin darse cuenta.

Esa es la advertencia que nos da el autor de la carta a los Hebreos, al inicio del capítulo 2: “Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos”.

El hecho de que la salvación sea segura, no quiere decir que debamos ser ligeros y descuidados espiritualmente. Más bien se trata de una posesión tan valiosa, que debemos ocuparnos en todo lo concerniente a nuestra vida cristiana “con temor y temblor” (Fil. 2:12).

Y una de las cosas que debemos hacer, en dependencia del Espíritu de Dios, es eliminar las causas que pueden llevarnos a caer en un proceso de declinación espiritual. ¿Cuáles son los pasos que conducen hacia un estado de decadencia? El primero es el descuido en vigilar y guardar el corazón: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Pr. 4:23.

Todos sabemos que el corazón es una parte vital de nuestro cuerpo y de nuestra vida física. Cuando el corazón deja de latir el hombre muere. Así que podemos decir que cuidar el corazón es cuidar la vida misma.

Pues lo mismo podemos decir de la vida espiritual. Cuando la Escritura habla del corazón en sentido metafórico como ocurre en Pr. 4:23, no se está refiriendo a ese órgano que tenemos en el cuerpo físico, sino más bien a esa noble facultad del alma, donde reside nuestro entendimiento, nuestra voluntad, nuestros afectos.

Del corazón mana la vida, dice Pr. 4:23. Es de allí que surgen nuestras acciones, donde se aloja nuestro entendimiento y donde residen nuestros afectos. Por eso se nos manda en la Escritura a poner toda diligencia en guardar el corazón; debemos poner en esto un empeño mayor que el que ponemos en cuidar cualquier otra cosa.

Es allí donde residen todos los principios, tanto del pecado como de la santidad: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas” (Mt. 12:35).

Así que en el caso del hombre no regenerado, el corazón es una fuente inagotable de maldad. En otra ocasión el Señor advirtió que es del corazón que salen “los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mt. 15:19).

En el caso del creyente, la obra de santificación restaura y purifica el corazón, de tal manera que ese sentido de auto dependencia que teníamos es removido por la fe; el amor a nosotros mismo es removido por el amor a Dios; nuestra rebeldía y obstinación por obediencia, y nuestro egocentrismo por auto negación.

El problema es que aún quedan en nosotros residuos de corrupción que deben ser debidamente mortificados, ya que de lo contrario nos llevarán otra vez al pecado. Y yo sé que la palabra “mortificación” ha caído en desuso, no sólo en lenguaje de la gente común, sino también entre los creyentes. Pero este es un concepto bíblico (comp. Rom. 8:13; Col. 3:5).

Pero para poder hacer eso debemos vigilar de cerca nuestros corazones. Noten las palabras que usa el proverbista: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón”. O como dice la versión de las Américas: “Con toda diligencia guarda tu corazón”.

Comentando acerca de este texto dice Lawson: “Un huerto descuidado no estará tan lleno de cizaña como un alma descuidada lo estará de pensamientos vanos y pasiones exorbitantes que Dios aborrece y que son peligrosas para nuestra felicidad, para nuestra paz, para nuestra firmeza y estabilidad, a fin de que no nos desviemos del Señor”.

Cuando un creyente descuida el sagrado deber de cuidar diligentemente su corazón, éste será como un huerto descuidado en el cual comienzan a crecer las malas hierbas; esas malas hierbas no sólo afean el jardín, sino que consumen la fuerza y el vigor de las plantas que han sido sembradas allí.

Dios ha implantado sus gracias en nuestros corazones: la fe, el amor, la esperanza, la mansedumbre, la humildad, etc. Pero a medida que dejemos nuestros corazones al descuido esas gracias comenzarán a debilitarse, y en esa misma medida se irá debilitando nuestra comunión con Dios. Pero, ¿cómo podemos guardar nuestro corazón?

En primer lugar, sometiendo cada imaginación, pensamiento, sentimiento y deseo al análisis, al juicio y a la guía de las Sagradas Escrituras.

El creyente no debe actuar irreflexivamente; si de acuerdo a la voluntad revelada de Dios, esa imaginación, pensamiento, sentimiento o deseo es contrario al carácter santo y justo de Dios, debe ser inmediatamente rechazado.

Ver Pr. 4:20-22 y 3:5-8. El apóstol Pablo nos enseña algo similar en 2Cor. 10:3-5. Es de nuestro propio corazón que se levantan todos estos argumentos y presunciones contra el conocimiento de Dios, contra su carácter santo, contra su ley.

¿Qué debemos hacer? ¿Contentarnos con el hecho de que no son más que pensamientos? ¿De qué no estamos cometiendo el acto pecaminoso que revolotea en nuestra imaginación? Debemos llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.

No es casual que Pablo use aquí la expresión “llevar cautivo”; este es un lenguaje de guerra, de violencia. Y es que no es cosa fácil llevar nuestros pensamientos a la obediencia a Cristo; se trata de una tarea ardua, tediosa a veces, pero necesaria si de veras queremos guardar el corazón.

Del corazón no sólo fluyen “los malos pensamientos”, sino también “los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos”, etc. Los actos pecaminosos comienzan con pensamientos pecaminosos.

En segundo lugar, para cuidar el corazón debemos impedir que la corrupción que reside en él salga a flote o sea alimentada con más corrupción (Pr. 4:24-27).

En otras palabras, para guardar el corazón tenemos que guardar también la boca, los ojos y los pies. Un hombre que esté de veras ocupado en guardar su corazón tendrá cuidado con lo que habla, con lo que mira y con los lugares a donde va.

“Hice pacto con mis ojos; ¿Cómo, pues, había yo de mirar a una virgen?” (Job 31:1).

Nosotros vivimos en un campo minado por causa del pecado; muchas veces el mal no se ve a simple vista. Satanás es un estratega de muchos años de experiencia; de ahí la advertencia de Pedro (comp. 1P. 1:13-17).

En tercer lugar, para cuidar el corazón debemos orar fervientemente a Dios por purificación y perfección.

“¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que son ocultos” (Sal. 19:12). “Enséñame, oh Jehová, tu camino... afirma (unifica) mi corazón para que tema tu nombre” (Sal. 86:11).


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miércoles, 10 de marzo de 2010

La verdadera felicidad y cómo obtenerla


En el preámbulo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, redactada en 1776, sus autores comienzan con estas palabras: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; [y] que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Esa es una verdad evidente, dice este famoso documento, algo que no necesita pruebas ni argumentación: que la búsqueda de la felicidad es un derecho inalienable con el que Dios dotó a todos los hombres, lo mismo que el derecho a la vida y a la libertad.

Ahora bien, independientemente de las discusiones que pueda provocar esta declaración, lo cierto es que todo hombre anhela ser feliz. Todas las decisiones que nosotros hacemos y todas las cosas que decidimos no hacer, están motivadas por el anhelo de ser felices. Aún el hombre que decide suicidarse, lo hace porque cree que será mejor para él estar muerto que vivo. Todo hombre desea ser feliz.

El problema es que el concepto que mucha gente tiene hoy sobre lo que es la felicidad no es el mismo que los autores de la Declaración de Independencia tenían en mente en 1776. Este es un concepto que ha sufrido cambios significativos en la sociedad occidental, sobre todo en los últimos 100 años.

Por ejemplo, un Diccionario reciente define la felicidad “como una sensación de satisfacción placentera”. La felicidad se identifica aquí con una sensación de placer. De donde podemos deducir que mientras más placer sienta un hombre más feliz será.

Creo que fue Howard Hughes que dijo: “La buena vida es cara… la otra no es vida”. ¿Cuál es la idea que subyace detrás de esa frase? Que la vida que realmente vale la pena ser vivida es la de aquellos que tienen suficiente capacidad económica para poder hace lo que les venga en ganas. Si la felicidad se define primordialmente en términos de “sensación de placer”, mientras más placeres te puedas dar, más feliz serás.

En un libro que estuve ojeando recientemente, uno de sus autores cuenta que cuando su hija estaba en 8vo grado, formaba parte del equipo de fútbol de la escuela; y en un partido donde estaban siendo vapuleados por el equipo contrario, el entrenador les dijo estas palabras de “aliento” en el receso del juego: “Chicas, no se preocupen por la puntuación. La razón por la que nosotros jugamos fútbol es para divertirnos; así que tratemos de hacer un alboroto en esta segunda mitad del partido y regresemos a casa felices cualquiera que sea el resultado final.”

El autor entonces comenta: “La razón por la que mi esposa y yo queríamos que nuestra hija jugara fútbol era que aprendiera a perder y a ganar, a cooperar con otros, a hacer sacrificio por una meta de largo alcance, lo cual requiere poner a un lado por el momento la gratificación instantánea” (J. P. Moreland; The Lost Virtue of Happiness; pg. 16).

¿Ven la diferencia de concepto? La meta del entrenador era divertir a las chicas; la meta de esos padres era desarrollar un carácter. Ese entrenador es un buen ejemplo del cambio de mentalidad del que hemos estado hablando.

La cultura consumista en la que nos ha tocado vivir, apela constantemente a la satisfacción del momento, incluso a expensas de lo que podríamos considerar una vida de virtud.

Palabras como “disciplina”, “sacrificio”, “perseverancia”, “trabajo duro” no son agradables para el oído de muchos en esta generación.

Como alguien ha dicho: “Si la felicidad consiste en tener un sentimiento interno de diversión o satisfacción placentera, y si esa es nuestra meta principal (en la vida), ¿hacia dónde enfocaremos nuestra atención todo el día? Nosotros seremos el foco de atención, y el resultado será una cultura de individuos absortos en sí mismos que no son capaces de vivir por algo que esté más allá de ellos mismos” (Ibíd.; pg. 17).

Todo gira en torno al “yo” y a la satisfacción personal. Y eso produce un estilo de vida narcisista e individualista, que afecta profundamente las relaciones humanas, porque nadie quiere compromisos o ataduras; cada cual está tratando de usar a los otros a conveniencia.

Eso no solo afecta nuestras relaciones; nos afecta a nosotros también; produce un vacío de significado y de propósito en el hombre, porque fuimos creados para algo más trascendental, de más largo alcance que nuestro pequeño mundo personal.

Mientras más centrada en sí misma se torna una persona, más se aísla de la realidad y más se llena de temores y ansiedades. Pero lamentablemente, ese pensamiento ha calado tanto en nuestra cultura, que aún personas que profesan ser cristianas, evalúan las iglesias, no en base a las características que la Biblia presenta de un ministerio sano, sino en la medida en que esas iglesias llenan su agenda personal, lo que ellos entienden como sus necesidades.
Hasta el currículo de las escuelas y de las universidades ha sido impactado con esta mentalidad. La educación moderna se mide primariamente en términos del éxito profesional y económico.

Por eso muchas universidades han eliminado todas aquellas materias que históricamente formaban parte del currículo, y cuyo propósito era ayudar a las personas a desarrollar una vida moral e intelectual dirigida hacia el bien común. Pero el pensamiento que prima hoy es que si esas cosas no nos ayudan a conseguir un trabajo más lucrativo, ¿para qué perder el tiempo en ellas?

Una vez más, la formación del carácter no es la meta; la meta es una vida exitosa en términos económicos, para poder satisfacer nuestros deseos en mayor medida.

Como decía un anuncio publicitario hace unos años: “Tu trabajas y te ganas el derecho a descansar y gozar de la buena vida”. Ese es el centro de la cuestión.

Pero ese no es el concepto de felicidad que nosotros encontramos en la Biblia. La Biblia también habla del gozo y de la felicidad, pero solo como algo que se obtiene buscando otra cosa. De ahí la paradoja que Cristo plantea a Sus discípulos cuando dice en Mt. 16:24: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”.

¿En qué contexto pronunció Cristo estas palabras? Si leen los versículos anteriores, verán que el Señor acaba de anunciar a los apóstoles que le era necesario ir a Jerusalén y allí padecer mucho de los líderes religiosos, y luego ser muerto en mano de ellos.

Entonces Pedro toma aparte a Jesús y le dice: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca”. Y Cristo lo reprende diciéndole: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en la de los hombres” (Mt. 16:21-23).

En otras palabras: “Yo tengo una agenda divina que cumplir, y esa agenda está por encima de mi seguridad o de mi comodidad”. Es en ese contexto que Cristo habló de perder la vida con el fin de ganarla. Se trata de perderla en un sentido para ganarla en otro muy superior.

Nosotros fuimos creados para la gloria de Dios y para gozar de Él por siempre; eso quiere decir que fuimos creados para encontrar nuestro deleite y satisfacción personal en algo que trasciende nuestra existencia.

Eso no significa que el creyente deba buscar el sufrimiento por el sufrimiento; o que no debemos disfrutar de las cosas “disfrutables” de esta vida (comp. 1Tim. 6:17).

Pero sí significa que la meta principal del hombre no es disfrutar del mayor número de experiencias placenteras que podamos, sino de cumplir en la mayor medida posible el papel que nos toca en la agenda de Dios, mientras continuamos desarrollando nuestro carácter para ser cada vez más como Él es.

En palabras de Cristo, en Mt. 6:33, debemos buscar “primeramente el reino de Dios y su justicia” y todas las demás cosas serán añadidas.

Y una vez más, tenemos que preguntarnos, ¿en qué contexto Cristo dijo eso? Cundo enseñaba a los Suyos a lidiar con el afán y la ansiedad por las cosas “necesarias” de este mundo (comp. Mt. 6:25ss).

El Señor está advirtiendo a Sus discípulos que no comentan el error de poner como prioridad lo que es de importancia secundaria. O como dice C. S. Lewis: “No podrás obtener cosas secundarias poniéndolas de primero; solo podrás obtener esas cosas secundarias poniendo primero lo primero” (Ibíd; pg. 15).

Y lo primero no somos nosotros y nuestra agenda. Tampoco es el placer y el entretenimiento. Lo primero es el reino de Dios y la obra que Él está haciendo en nosotros como ciudadanos de ese reino.

¡Que Dios nos ayude a tener un orden correcto de prioridades en nuestras vidas, para la gloria de Su nombre y el bien de nuestras almas!


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martes, 9 de marzo de 2010

Conferencia de Iglesias Bautistas Sirviendo a Haití


Como comunicamos en nuestro reporte anterior, somos un grupo de iglesias bautistas de la República Dominicana que hemos decidido unir esfuerzos junto con la Fundación Esperanza Internacional para brindar apoyo espiritual y material a la República de Haití, a raíz del terremoto del pasado 12 de enero.

En este contexto queremos informarles que esta misma semana, durante los días 12 y 13 de marzo en Puerto Príncipe, realizaremos una conferencia para pastores, que ayude a los siervos de Dios a consolar y alentar a las ovejas que están bajo su cuidado. Por la misericordia del Señor, ya hay 280 pastores que han confirmado su asistencia.

Los temas que serán tratados serán los siguientes:

. Una perspectiva cristiana de las catástrofes naturales (pastor Sugel Michelén).
. Consejería bíblica en tiempos de crisis (pastor Eduardo Saladín).
. La doctrina de la esperanza (pastor Francisco Guzmán).

Nuestro anhelo es ministrar con mucha sensibilidad al alma de los participantes, con la expectativa de que el Espíritu de Dios obre en cada uno según su necesidad. Deseamos además establecer nuevos nexos de cooperación con pastores de Puerto Príncipe, para continuar apoyando el avance del Evangelio en esa ciudad.

Queremos rogarles que oren por esta conferencia, para que Dios nos conceda el cumplimiento de sus objetivos, y que Él sea glorificado en los frutos cosechados en los años por venir. Por favor supliquen por la unción divina tanto para los predicadores como para el traductor. Y por último les suplicamos que intercedan por la protección de los hermanos que estarán viajando a Haití para hacer posible este evento.

En el amor de Cristo,

. Iglesia Bautista del Nuevo Pacto
. Iglesia Bíblica de la Trinidad
. Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo
. Iglesia Fundamento Bíblico


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lunes, 8 de marzo de 2010

William L. Craig responde a Dawkins y su libro “La Ilusión de Dios”



Usado con permiso.
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viernes, 5 de marzo de 2010

La predicación y el poder del Espíritu Santo

Debo decir de entrada que este es uno de los elementos más misteriosos de la predicación. No siempre percibimos al predicar el mismo grado de asistencia por parte del Espíritu de Dios.

En ocasiones experimentamos una libertad inusual mientras predicamos: las ideas brotan de nuestras mentes a borbotones, estamos realmente atrapados por el mensaje que proclamamos, y sobre todo nos inunda un deseo genuino y ferviente de que Dios sea glorificado, que nuestro Señor Jesucristo sea exaltado, y las almas de nuestros hermanos edificadas.

Algunos le llaman a esto unción, otros la presencia especial del Espíritu de Dios, libertad en el Espíritu. Pero llámele como le llame, el punto es que todo predicador quisiera tenerlo cada vez que predica; pero no siempre es así, o al menos, no siempre tenemos la misma conciencia de esa capacitación divina.

¡Y cuánto necesitamos de esa gracia si queremos predicar eficazmente! Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo para ministrar eficazmente la Palabra de Dios.

Eso lo vemos claramente en el ministerio de nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo (comp. Is. 61:1-2; Lc. 3:21-22; 4:14-15, 18, 21-22), así como en el de los apóstoles. El Señor estableció desde el inicio de sus ministerios la necesidad de la asistencia del Espíritu de Dios para la labor que se les había encomendado (comp. Lc. 24:49; Hch. 1:8).

Independientemente de cómo interpretemos esta venida del Espíritu Santo y sus resultados permanentes, hay algo obvio en el texto y es que la labor de llevar el evangelio desde Jerusalén hasta los confines de la tierra requería la capacitación del Espíritu de Dios (comp. Hch. 4:8, 31).

Fue la obra del Espíritu en ellos que les permitió predicar la Palabra con valor y con un poder especial de convicción (comp. 2Cor. 2:1-5; 1Ts. 1:4-5).

Pablo predicó el mensaje, dijo las palabras apropiadas, pero mientras lo hacía estaba consciente de la obra del Espíritu Santo a través de su predicación.

Veamos primeramente cuál es la clase de ayuda que necesitamos del Espíritu para predicar. Debo reconocer para que lo que voy a presentar a continuación he recibido una profunda influencia de un sermón de Spurgeon titulado: El Espíritu Santo en conexión con nuestro ministerio, así como un sermón de Albert Martin sobre la agencia y operaciones inmediatas del Espíritu Santo sobre el predicador en el acto de la predicación que escuché hace unos años en una conferencia pastoral.

A. Cuál es la clase de ayuda que necesitamos del Espíritu para predicar:

Primeramente, necesitamos la ayuda del Espíritu Santo como Espíritu de conocimiento que guía a la verdad. En Jn. 16:13 el Señor Jesucristo se refiere al Espíritu Santo como “el Espíritu de verdad” que guía a la verdad. El Espíritu Santo no solo es aquel que inspiró las Sagradas Escrituras, sino también aquel que ilumina el entendimiento de los creyentes para que entiendan las Escrituras.

Cuando hablamos de iluminación nos referimos a la obra del Espíritu Santo que abre nuestros ojos espirituales para que podamos comprender el significado de la Palabra de Dios (comp. Sal. 119:18, 33-34). En Lc. 24:45 encontramos un buen ejemplo de esta obra iluminadora.

Es de suprema importancia que distingamos entre el concepto de iluminación y los conceptos de revelación e inspiración porque no son iguales. Revelación: es el acto mediante el cual Dios da a conocer lo que no podría saberse de otra manera. Inspiración: es el vehículo mediante el cual llegó al hombre la revelación especial de Dios.

Dios no revela nada nuevo al predicador, ni lo inspira, en el sentido en que hemos explicado estos conceptos, pero sí lo ayuda en su proceso de estudio para desentrañar el significado de las Escrituras y comprender sus implicaciones. Ahora, noten que he dicho que lo ayuda en su estudio.

Como bien ha dicho alguien: “La iluminación no elimina la necesidad de estudiar diligentemente la Biblia” (2Tim. 2:7, 15). “El intérprete bíblico no puede esperar que le caiga un relámpago encima. Debe estudiar, leer y luchar para colocarse en posición de recibir la iluminación del Espíritu. No basta abrir la boca y esperar que Dios la llene el domingo a las once de la mañana” (cit. por MacArthur; Predicación Expositiva; pg. 129).

Y Martin Lloyd-Jones dice: “La preparación cuidadosa, y la unción del Espíritu Santo, no deben ser tomadas nunca como alternativas sino más bien como complementarias… Estas dos cosas deben ir juntas” (Preaching and Preachers; pg. 304).

Pero no solo necesitamos la ayuda del Espíritu Santo como Espíritu de conocimiento que guía a la verdad, sino también como Espíritu de sabiduría que nos enseña cómo hacer un buen uso de la verdad. Una vez hemos desentrañado el significado del texto, todavía tenemos mucho trabajo por delante.

Debemos decidir cómo vamos a presentarlo a la congregación, cómo vamos a estructurar el sermón, cuál será el énfasis, cómo podemos dar el balance apropiado a las verdades que serán impartidas.

Pero una vez hemos concluido con el estudio del texto y tenemos el sermón debidamente preparado y estructurado, ahora necesitamos la ayuda del Espíritu Santo para tener libertad en la entrega del mismo.

He aquí algunas manifestaciones de esa operación del Espíritu de Dios en el momento en que estamos predicando, y me voy a limitar a citarlas y a dar algunos breves comentarios al respecto:

En primer lugar, un elevado y perceptible sentido de las realidades espirituales con las cuales traficamos mientras predicamos:

“Has estado sentado en tu escritorio con una actitud de oración… Luego estás delante del pueblo de Dios y mientras predicas aquellas verdades que te atraparon el corazón en tu estudio comienzan a dominarte. El gozo, el consuelo, el dolor, todo aquello que sentiste en el estudio lo empiezas a experimentar de manera incrementada”.

En segundo lugar, la bendita experiencia de una libertad sin cadenas y una elevada facultad de expresión (Hch. 4:29; Ef. 6:18-20).

En tercer lugar, un corazón ensanchado cubierto con medidas incrementadas de amor no fingido que procura el bien de aquellos que te escuchan (comp. 1Cor. 13:1). “Piensas en tu gente mientras te preparas. Piensas en ilustraciones y aplicaciones. Pero cuando estás frente a ellos y revives eso que sentiste en el estudio, entonces hablarás a sus almas con este amor del que hablamos” (comp. 2Cor. 6:11).

Y en cuarto lugar, un elevado sentido de la absoluta autoridad de las Escrituras.

Estas son algunas manifestaciones de la operación del Espíritu de Dios ayudando al predicador en el acto mismo de la predicación. ¿Podríamos ministrar eficazmente a las almas si carecemos de algunas de estas cosas? Por supuesto que no.

Y ninguna de ellas crece naturalmente en el terreno de nuestro corazón. El Espíritu de Dios debe obrar en nosotros estas cosas o de lo contrario nos lanzaremos a la arena del púlpito en nuestras propias fuerzas y nuestra ministración no hará ningún bien a nadie.

Pero aún hay algo más, y es que dependemos enteramente del Espíritu de Dios para que nuestra predicación obre eficazmente en aquellos que la escuchan.

Hasta ahora hemos hablado de la obra del Espíritu en nosotros para que podamos predicar eficazmente, pero ahora el Espíritu de Dios debe aplicar esa palabra que nuestros oyentes han recibido y aplicarlas con poder en sus corazones conforme a la necesidad de cada uno.

El Señor Jesucristo se define a Sí mismo en Ap. 2:1 como aquel “que anda en medio de los siete candeleros de oro”. Él ha prometido manifestar Su presencia donde estén dos o tres congregados en Su nombre. Y a través de Su Espíritu va aplicando la Palabra en los corazones de cada uno mientras Sus siervos predican.

Habiendo considerado cuál es la clase de ayuda que necesitamos del Espíritu para predicar, veamos ahora en segundo lugar…

B. Qué cosas pueden impedir que recibamos Su ayuda:

Pero antes de considerar este tema debo recordar que el Espíritu Santo es una persona divina, y por lo tanto, que Él es soberano al repartir Sus dones y manifestar Su poder en nosotros. Hablando del tema de los dones, el apóstol Pablo nos dice en 1Cor. 12:11: “Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere”.

Debemos tener cuidado de no amarrar al Espíritu de Dios a ciertas reglas particulares: “Si haces esto y esto y esto el Espíritu hará esto”. No. Él es soberano, y en ese sentido no es predecible.

No obstante, eso no quiere decir que el Espíritu de Dios sea caprichoso. Aunque hay un misterio envuelto en Su obra, podemos identificar algunos patrones que suelen estar presentes cuando Su agencia inmediata es refrenada o disminuida.

En primer lugar, cuando el predicador mismo no considera la ayuda del Espíritu como indispensable.

Una de las cosas que más llama mi atención en la vida del apóstol Pablo es su manifiesta dependencia en Dios. Constantemente pedía a las iglesias que oraran por él para que Dios bendijera su ministerio.

Pablo no confiaba en su experiencia o conocimiento. Su confianza descansaba enteramente en la ayuda de Dios. Pero algunos predicadores pueden caer en la trampa de sentirse seguros por el tiempo que tienen ministrando la Palabra de Dios, y esa confianza carnal puede ser la causa de que el Espíritu de Dios haya disminuido Su presencia en el ministerio de ese hombre.

Dios quiere que dependamos de Él, por la sencilla razón de que Él conoce cuán inútiles somos sin Él. Por eso nos deja solos cuando intentamos hacer las cosas en nuestras propias fuerzas, para que veamos en la práctica que separados de Él nada podemos hacer. El Señor resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.

En segundo lugar, Su agencia inmediata es refrenada o disminuida cuando es contristado por el predicador (comp. Ef. 4:30).

Recuerden que el Espíritu Santo es una persona divina, y las personas reaccionan ante ciertas situaciones. Una esposa contristada es una esposa restringida. Cuando son entristecidas por nuestra rudeza o desconsideración, o porque estamos tan envueltos en mil cosas que nos hemos olvidado de ellas, nuestras esposas se retraen.

Pues el Espíritu Santo es una persona y se entristece por causa de nosotros; y cuando eso ocurre se retrae. En el contexto de Ef. 4:30 vemos que eso suele ocurrir en el contexto de patrones conductuales pecaminosos que no han sido debidamente tratados (comp. vers. 25-32).

Otra cosa más que contrista al Espíritu de Dios es nuestra pereza en el desempeño de nuestra labor ministerial. “Si Él es el Espíritu de verdad, de seguro se contrista cuando somos perezosos y descuidados en nuestro manejo de la verdad; cuando venimos delante de la gente sin habernos preparado para decir con confianza: ‘Esto es lo que Dios dice y esto es lo quiere decir’. Luego de una exégesis de mala clase y una construcción descuidada del sermón, ¿vas a pedir al Espíritu que te de Su asistencia especial y bendiga el fruto de tu mal trabajo? Él se contrista cuando lo que llevamos al púlpito no es el fruto de un arduo trabajo y esfuerzo”.

Espero que estas ideas sean de ayuda, sobre todo a aquellos que tienen la sagrada tarea de predicar públicamente la Palabra de Dios para la salvación de los pecadores y la alimentación espiritual de los creyentes.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Cita de Spurgeon sobre la obra del Espíritu Santo en la predicación

“Él puede hacerte sentir tu tema hasta que te emociones, o te deprimas por él hasta ser aplastado hasta la tierra, o que te eleve hasta que seas llevado sobre las alas de águila, haciéndote sentir, además de tu tema, tu objetivo, hasta que añores la conversión de los hombres y la edificación de los cristianos con algo más noble de lo que habían conocido hasta entonces. Al mismo tiempo, otro sentimiento es contigo, un intenso deseo de que Dios sea glorificado a través de la verdad que estás impartiendo. Estas consciente de una profunda simpatía hacia las personas a quienes estás hablando que te hace llorar por algunos de ellos porque conocen tan poco, y por otros porque han conocido mucho y lo han rechazado. Miras a algunas caras y tu corazón dice en silencio: ‘El rocío esta cayéndose allí’; y volviéndote a otros percibes con tristeza que son como la montaña sin rocío de Gilboa. Todo esto estará pasando durante el discurso. No podemos decir cuántos pensamientos atraviesan la mente durante un momento. Yo conté una vez ocho grupos de pensamientos pasando por mi mente al mismo tiempo, o al menos en el espacio de un mismo segundo. Estaba predicando el evangelio con todas mis fuerzas, pero no pude dejar de compadecerme de una señora que evidentemente estaba a punto de desmayarse, y también buscar al hermano que abre las ventanas para que nos diera un poco más de aire. Estaba pensando en la ilustración que omití en el primer encabezado… preguntándome si la persona A sintió mi reprimenda, y orando porque la persona B pueda ser confortada por la consoladora observación, y al mismo tiempo dándole gracias a Dios por mi disfrute de la verdad que estaba proclamando. Algunos interpretes consideran al querubín con sus cuatro caras como emblemas de los ministros, y les aseguro que no veo diferencia en esta forma cuádruple, porque el sagrado Espíritu puede multiplicar nuestros estados mentales, y hacernos muchas veces los hombres que somos por naturaleza. No me atrevo a decir cuánto él puede hacer de nosotros y cuan grandiosamente nos eleva, ciertamente, el puede hacer mucho mas abundantemente de lo que pedimos o aun pensamos”.

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jueves, 4 de marzo de 2010

La Ilustración del Siglo XVIII


Para entender el pensamiento del hombre moderno es de suprema importancia considerar el período histórico conocido como El Siglo de las Luces o La Ilustración.

Aunque podemos hablar con toda propiedad de la Ilustración en Inglaterra y Alemania, su centro debe ser ubicado en la Francia del siglo XVIII. Este es un período de la historia en que la confianza del hombre renacentista en la razón humana alcanza su cenit.

Podríamos resumir el espíritu de la Ilustración en cinco palabras claves: razón, naturaleza, felicidad, progreso y libertad. Fue una reafirmación de la autonomía del hombre que piensa haber alcanzado la mayoría de edad y ya no necesita estar bajo la tutela de nadie para construir un mundo progresista, libre y feliz.

Como diría Kant: “La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad… La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro… ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración.”

Entre sus personajes claves se encuentran los llamados Enciclopedistas: Diderot, d’Alembert, Voltaire, Rousseau y Montesquieu, entre otros. La “Enciclopedia”, fue una obra publicada de 1750 a 1780; y aunque a primera vista parece ser un diccionario, era en realidad un instrumento de difusión de las ideas de la Ilustración, deslizando aquí y allá pensamientos críticos contra las creencias tradicionales tanto en el terreno de la política como de la religión, la historia y las normas sociales.

Los elementos humanistas del Renacimiento que contrastaban agudamente con las ideas de la Reforma vienen a ser en la Ilustración una antítesis total.

La Ilustración desecha por completo los postulados de la fe cristiana a la vez que exalta la bondad innata del hombre y su capacidad racional; la ciencia es considerada como el instrumento por excelencia para alcanzar conocimiento, pero un conocimiento desprovisto de valor y significado; y las ideas de progreso se adueñan casi por completo del escenario intelectual.

Los resultados de este entronizamiento de la razón autónoma están a la vista; en vez de traer el progreso y la felicidad prometidas, esta utopía devino en el caos de la postmodernidad.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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¿Cómo debe predicar el siervo de Dios?


Desde hace algunos días he estado posteando una serie de entradas sobre la predicación. Hemos visto que el predicador debe hablar con autoridad, convicción y denuedo, pero debe hacerlo también con pasión. O si quieren ponerlo de otro modo, involucrando sus afectos.

El predicador debe alcanzar al intelecto de sus oyentes de modo que entiendan la verdad que está siendo expuesta, y para que eso sea posible el mensaje debe ser presentado en una forma lógica y ordenada, con ideas coherentes y comprensibles (la epístola a los Romanos es eminentemente lógica).

Pero la predicación es mucho más que lógica. La predicación no es otra cosa que la entrega apasionada de un mensaje divino. Si entrego el mensaje sin pasión, sin fuego, nuestros oyentes tienen toda la razón del mundo para preguntarse si lo que estamos diciendo es verdad y si nosotros somos sinceros.

Por eso es que los puritanos se referían a la predicación como luz y calor. Ambos elementos son necesarios si vamos a hacerle bien a las almas. Debemos dar luz al entendimiento, y por medio del entendimiento calentar el corazón.

Martin Lloyd-Jones define predicación como “¡Lógica en llamas! ¡Razón elocuente! … Es teología en fuego. Y una teología que no tiene fuego… es teología defectuosa; o cuando menos el entendimiento del hombre sobre ella es defectuosa. La predicación es teología que procede a través de un hombre que está encendido. Un verdadero entendimiento y experiencia de la verdad debe dirigirnos a esto”.

Creo que Martin Lloyd-Jones dio en el clavo aquí: entendimiento y experiencia de la verdad, eso es lo que produce pasión en el corazón de un hombre, lo que le permite predicar apasionadamente. Es por eso que un buen predicador no se produce por enseñársele algunas técnicas de predicación.

Esto no es un asunto de técnica, por más importantes que sean algunos elementos de la mecánica de la predicación. Como tampoco es un asunto de personalidad. La personalidad de cada uno influye en la manera como manifestamos nuestra pasión, pero esto va más allá de la personalidad del predicador.

Creo que el apóstol Juan toca este punto incidentalmente en su primera carta cuando escribe en 1:3: “Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos”, entendimiento y experiencia de la verdad.

Si lo que estás predicando no te domina ni está produciendo un efecto en tu propia vida cristiana, ¿cómo podrás predicarlo con pasión? Todos tenemos una lucha para obedecer a Dios, ¿pero estás luchando? ¿Estás tomando en serio Su Palabra? Porque si no es así tu predicación carecerá de una pasión genuina y si no hay pasión no hay predicación.

Una vez más, escuchen lo que dice Lloyd-Jones al respecto: “Otra vez digo que un hombre que puede hablar de estas cosas sin apasionarse no tiene derecho, sin importar quién sea, a usar el púlpito y no se le debería permitir usarlo”.

Y en otro lugar dijo: “Un ‘predicador que aburre’ es una contradicción de términos, si es aburrido no es predicador. Puede pararse en un púlpito y hablar, pero ciertamente no es un predicador”.

Queridos hermanos, ¿cómo podemos comunicar con indiferencia el mensaje del amor de Dios a los hombres? ¿Cómo podemos contarles con indiferencia la historia de la encarnación o hablarles de la cruz? ¿Cómo podemos advertirles con indiferencia que escapen del fuego del infierno?

Y esto me lleva de la mano al próximo asunto. El predicador debe hablar con autoridad, convicción, denuedo y pasión, pero debe hacerlo también con urgencia. Eso se desprende de lo que hemos dicho hasta ahora. Por la naturaleza de la comisión que se nos ha dado y del mensaje que debemos proclamar, no podemos predicarlo sin un sentido de urgencia.

¿En qué tono podemos pensar que Pedro pronunció las palabras que Lucas recoge en Hch. 2:40: “Sed salvos de esta perversa generación”? ¡Qué mensaje tan sobrio! “Esta generación es perversa, y por causa de su perversidad será destruida. ¡Escapen cuando todavía hay tiempo de escapar!”

Nuestros oyentes se encaminan con paso seguro al día del juicio, donde escucharán uno de dos veredictos: castigo eterno y vida eterna. Y esa realidad debe movernos a predicar con urgencia, con el deseo de persuadir a los hombres que escapen de la ira venidera.

Dice Pablo en 2Cor. 5:10-11: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo. Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres”.

La predicación no es un fin en sí misma. No tiene como meta que la gente opine que fue un hermoso discurso, o incluso una buena exposición bíblica. Estamos tratando de persuadir a los hombres, y no sabemos por cuánto tiempo más tendremos la oportunidad de hacerlo.

Era el puritano R. Baxter que decía que siempre trataba de predicar como si fuera el último sermón, “como un hombre moribundo a hombres moribundos”. Y en otro lugar escribió:

“Habla a tu gente como a personas que algún día van a despertar, sea aquí o en el infierno. No hables con frialdad o descuido sobre un asunto tan importante como el cielo o el infierno … Los hombres no echarán fuera sus placeres más queridos por la somnolienta petición de uno que no parece querer decir lo que dice o alguien que le tiene sin cuidado si su petición es concedida o no lo es” (The Reformed Pastor; pg. 148-149).

¿Crees que existe una diferencia entre el hombre que es llamado a dar una charla sobre el suicidio, y trae sus estadísticas, y explica en términos médicos las diferentes formas en que la gente se quita la vida, y la de aquel otro que está tratando de disuadir a un individuo que ya tiene la pistola en la cabeza y está a punto de disparar?

Tenemos un mensaje urgente que comunicar, el más urgente de todos, y no sabemos cuánto tiempo más tendremos disponible para comunicarlo y nuestros oyentes para oírlo. Prediquemos como hombres moribundos a hombres moribundos.

El predicador debe hablar con autoridad, convicción, denuedo, pasión, urgencia; y finalmente, debe hacerlo con compasión. No podemos presentar a Cristo delante de los hombres si carecemos de compasión, porque nuestro Señor Jesucristo es un Salvador compasivo.

Dice en Mt. 9:36 que “al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”. El Señor Jesucristo no era un profesional del ministerio. Cuando ministraba a los hombres lo hacía con un genuino deseo de hacerles bien.

Sus entrañas se conmovían al ver estas ovejas desamparadas y dispersas, y es en Su nombre que nosotros ministramos Su Palabra. El apóstol Pablo describe a los ministros del evangelio como “embajadores en nombre de Cristo” que ruegan “como si Dios rogase por medio de nosotros” (2Cor. 5:20).

Un predicador sin compasión sería una pésima representación del Señor que le envió a predicar. Debemos predicar con autoridad y convicción y denuedo, pero eso no puede ser en detrimento de una predicación compasiva.

La razón por la que estamos en el ministerio no es para ganar un sueldo, ni para atraer multitudes, ni agradar a la audiencia, o satisfacer una necesidad intelectual.

Estamos en el ministerio como representantes de Cristo para hacerles bien en Su nombre a las almas a las que ministramos. ¡Qué tremenda responsabilidad! Es obvio que no podemos llevar a cabo el ministerio que se nos ha encargado, en nuestras propias fuerzas. Aun cuando estamos en nuestra mejor condición espiritual somos todavía somos demasiado débiles e inadecuados. Por eso decimos como Pablo: “Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?” (2Cor. 2:16).

Que amparados en Su gracia los ministros fieles continúen adelante, predicando la Palabra y haciendo bien a las almas. En nuestras propias fuerzas somos menos que nada, “pero todo lo podemos en aquel que nos fortalece”.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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