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viernes, 19 de marzo de 2010

La lucha del creyente con la mundanalidad y el legalismo

En Rom. 12:1-2 encontramos otra advertencia bíblica contra la mundanalidad. Pablo ruega a los creyentes de Roma que se presenten a sí mismos como un sacrificio vivo a Dios, a la luz de lo que Cristo hizo por ellos; y ¿cómo podemos hacer eso? No conformándonos a este mundo y dejándonos transformar (el verbo es presente, pasivo, imperativo) por medio de la renovación del entendimiento.

Ahora bien, cuando Pablo dice a los creyentes que no se amolden a este mundo, obviamente él está presuponiendo que el mundo posee un esquema que lo caracteriza, una forma de vida que es propia del mundo; pero está asumiendo también que el creyente se encuentra en peligro de amoldarse en un momento dado a ese esquema.

Y ¿cómo es ese molde para que podamos identificarlo y huir de él? Nuestro texto tiene la respuesta.

Pablo no usó en este versículo la palabra que generalmente se traduce “mundo” en el NT, sino otra palabra que podemos traducir como “siglo o edad”; a la vez que le puso un “apellido” para que no hubiese dudas: “No os conforméis a este siglo”. “Este siglo” incluye todo aquello que se encuentra de este lado de lo que comúnmente llamamos eternidad (comp. Gal. 1:4).

De manera que la característica esencial de ese molde o esquema es la temporalidad. Los hombres mundanos son aquellos que han hecho de esta vida presente su porción. Cuando toman una decisión lo hacen considerando primariamente la forma en que afectará sus vidas aquí y ahora.

Un ejemplo típico de las Escrituras es el caso de Esaú “que por una sola comida vendió su primogenitura” (He. 12:16). A la hora de tomar una decisión trascendental, Esaú consultó con su estómago, y estuvo dispuesto a desechar su condición de primogénito, la cual conllevaba muchas bendiciones espirituales, con tal de satisfacer el hambre física que sentía en ese momento.

El hombre que a la hora de tomar una decisión lo hace en base a sus deseos, o en base a los beneficios temporales que obtendrá, y no buscando primeramente el reino de Dios y su justicia, es un mundano (comp. Fil. 3:19).

En el conocido texto de 1 Juan 2:15-17, el apóstol declara categóricamente que no es posible que un verdadero creyente ame el mundo de ese modo. Dios ha abierto nuestros ojos para que percibamos realidades más sublimes y que nos permiten asignar a las cosas de este mundo su verdadero valor.

Cuando uno se acerca en avión a la ciudad de New York, los edificios y los carros parecen de juguete. Pero a medida que nos vamos acercando a la ciudad, la vemos cada vez más grande e imponente.

La Biblia nos dice que los creyentes no son del mundo; es como si Dios les hubiese dado una nueva visión de las cosas, de modo que ahora pueden contemplar al mundo desde arriba; y mientras más alto vuelen, más pequeño e insignificante lo verán.

Pero el pecado todavía mora en nosotros, y trata de engañarnos para que no veamos al mundo como es en realidad (una fuente inagotable de deseos que nos alejan de Dios y nos desvían de la verdadera felicidad), sino como un lugar codiciable y lleno de encantos.

Y si un creyente se descuida, aunque no amará al mundo con el mismo apego y deleite con que lo ama el inconverso, la mundanalidad entrará en su corazón; y en la misma medida en que la mundanalidad penetre en el corazón, en esa misma medida se precipitará su decadencia espiritual y su apartamiento de Dios.

El creyente no ama al mundo con el amor predominante del que nos habla 1Jn. 2:15ss, porque allí se nos dice tajantemente que el que ama el mundo de ese modo, carece por completo del amor del Padre.

Pero todo creyente tiene que luchar continuamente con esa tendencia del corazón a poner su confianza en este mundo, y a hacer de las cosas de este mundo el objeto primario de su deleite. Y en la misma medida en que esa tendencia nos arrastra, en esa misma medida decaemos espiritualmente.

Mantenernos en guardia para que eso no suceda, y aún negarnos cosas que son lícitas porque vemos claramente el peligro de que nos arrastren a la mundanalidad, eso no tiene nada que ver con legalismo. El legalismo consiste, más bien, en procurar el perdón y el favor de Dios a través de nuestra obediencia.

Pero decirle que “No” a los deseos que batallan contra nuestra alma para alejarnos del terreno de la obediencia, eso no es legalismo, sino correr en pos de la santidad.

Algunos creyentes tienden a sobre enfatizar el tema de la libertad cristiana cuando se habla de la santidad y la auto-negación; de inmediato se ponen en guardia para que ningún predicador atente contra su libertad.

Y ciertamente debemos defender la libertad con que Cristo nos hizo libre, porque esa libertad fue comprada con el precio de Su sangre. Pero si vamos a hablar de la libertad cristiana, nuestro énfasis no debe ser puesto en la primera palabra, sino en la segunda. Es libertad CRISTIANA.

El asunto no radica en cuánto podemos acercarnos al mundo sin comprometer nuestro cristianismo; más bien debemos preguntarnos, cuánto debemos alejarnos del mundo, para no comprometer nuestra libertad. Porque Cristo nos hizo libres precisamente para que no seamos manejados por el mundo.

Ahora bien, los creyentes vivimos en este mundo, y no es la voluntad de Dios sacarnos de él después de la conversión. A pesar del antagonismo que existe entre el mundo y el creyente, y de los peligros constantes que encontramos en este mundo, Dios ha decidido dejarnos aquí para que podamos beneficiar al mundo (comp. Jn. 17:14-15).

La pregunta es: ¿cómo podemos vivir en este mundo, hacer uso de este mundo, y aún así guardarnos de la mundanalidad? Eso espero verlo en otras entradas, si el Señor lo permite.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

1 comentario:

Oswald dijo...

Gracias por la reflexión. Como creyentes debe haber siempre una consciencia de lucha contra el mundo, en el sentido correcto de la palabra. Pero se requiere primero consciencia del Señorío de Cristo en nuestras vidas. Sin lo primero, nunca existirá lo segundo, y lo vemos en la iglesia actual.

Espero la siguiente parte.

Bendiciones!