Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

lunes 9 de noviembre de 2009

La doctrina de la Iglesia Católica Romana sobre la Revelación Divina


En un siglo tan pluralista como el que vivimos, muchos pretenden minimizar las diferencias entre el catolicismo romano y las iglesias protestantes para mostrar que, después de todo, no somos tan diferentes como pudiera parecer a simple vista.

Pero lo cierto es que las diferencias entre ambas confesiones son insalvables, comenzando con la más básica de todas: el concepto que el catolicismo romano tiene de la revelación divina.

Los teólogos católicos comparan la revelación con una fuente de la que fluyen dos corrientes a través de las cuales Cristo nos transmite Su Palabra: el Nuevo Testamento y la tradición.

James G. McCarthy, en su libro El Evangelio Según Roma, nos explica: “La Iglesia Católica enseña que a fin de que el cúmulo de la verdad revelada por Cristo ‘se conservara por siempre íntegro y fuera transmitido a todas las edades’, el Señor mandó a los apóstoles que transmitieran la revelación a otros. Esto se llevó a cabo de dos maneras”.

“Primero, los apóstoles transmitieron la fe en forma no escrita, oralmente, es decir, ‘con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones’... La segunda forma fue por escrito: ‘los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo.’ Estos escritos llegaron a ser las Sagradas Escrituras del Nuevo Testamento” (El Evangelio Según Roma; pg. 234)

Este dogma se declaró primero en el Concilio de Trento (15145-1563), y luego fue ratificado en los concilios Vaticano I (1869-1870) y Vaticano II (1962-1965). En este último se declaró que “la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en un mismo caudal y tienden a un mismo fin” (cit. por McCarthy; op. cit.; pg. 235).

Así que, cuando la Iglesia Católica habla de la Palabra de Dios, se refiere a una “sola cosa” formada por las Escrituras y la Tradición: “La Tradición y la Escritura constituyen, pues, un solo depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia.”

Es importante que comprendamos estas distinciones para no dar lugar a malos entendidos. “Cuando un teólogo católico se refiere a la Palabra de Dios escrita, está hablando de las Escrituras. Si habla de la Palabra de Dios no escrita, está hablando de la Tradición. Pero si se refiere a la Palabra de Dios, probablemente está hablando de las Escrituras y la Tradición juntas. En otras palabras, según la Iglesia Católica Romana, la Biblia solamente no es la Palabra de Dios completa” (Ibíd.; pg. 235).

Que no estamos comprendiendo mal a los teólogos católicos es evidente en estas dos citas adicionales del Concilio Vaticano II; por un lado nos dicen que la Iglesia “... no saca exclusivamente de las Escrituras la certeza de todo lo revelado” (Ibíd.).

Y con respecto a las Sagradas Escrituras dicen que la Iglesia “siempre la ha considerado y considera, juntamente con la Tradición, como la regla suprema de su fe” (Ibíd.).

Como bien señala, José Grau: “Un mero cambio de palabras no puede resolver una cuestión tan importante... Aunque se diga que existe una sola Fuente de Revelación, si se sigue afirmando que la misma nos es comunicada a nosotros a través de una doble vertiente: Escritura y Tradición, queda en pie, sustancialmente, el mismo error de querer equiparar la Tradición apostólica inspirada (contenida en el Nuevo Testamento) con la tradición eclesiástica no inspirada... Cambiar los vocablos de Trento y del Vaticano I sin alterar la sustancia de lo que los mismos querían expresar, no hace más bíblica la tendencia teológica del nuevo Romanismo. El problema que tiene planteado Roma es insoluble. Se opuso a la verdadera reforma de la Iglesia en el siglo XVI cerrando los oídos a la Palabra de Dios y, no sólo dividió a la Cristiandad occidental con su rechazo, sino que en Trento formuló sus ‘propias’ doctrinas que canonizaron, de hecho, todas las desviaciones medievales. Mas, ahora, cuatro siglos después, y luego de haber estudiado un poco más atentamente la Sagrada Escritura, los teólogos romanistas se dan cuenta de que, aún deseándolo, no pueden afirmar que la Reforma fue un movimiento surgido a espaldas de la Biblia, sino todo lo contrario. ¿Qué hacer? ¿Rectificar Trento? Imposible, ¿cómo confesar que se equivocó hace cuatro siglos una iglesia que, según se formuló en el Vaticano I, se cree infalible? Todo intento de seria reforma dogmática se enfrentará siempre con estos dos muros: Trento y Vaticano I. No queda otra salida más que el juego de palabras” (op. cit.; pg. 852).


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John MacArthur sobre la inhabilidad espiritual absoluta del hombre

En este extracto, el Dr. John MacArthur expone una de las doctrinas fundamentales de la fe cristiana: la total inhabilidad espiritual del hombre para salvarse. Precisamente por ser una verdad fundamental del cristianismo, es también una de las doctrinas más atacadas, aún por personas que claman conocer y amar a Dios.



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viernes 6 de noviembre de 2009

J. Budziszewski, ex – ateo y ex – agnóstico, sobre la deshonestidad intelectual de ambas posturas


J. Budziszewski, recibió su Ph.D en la universidad de Yale, y es profesor de leyes y filosofía en la Universidad de Texas. En un momento de su vida Budziszewski rechazó la fe de su juventud y llegó a ser ateo. He aquí algunos extractos de su testimonio, a los que añado algunos comentarios míos aquí y allá (lo que no está entre comillas):

“Unos años después de desertar de la fe cristiana de mi juventud, fui ateo. Así que conozco el asunto desde adentro. Claro está, el conocimiento desde dentro no es siempre superior al conocimiento desde fuera... Un drogadicto no entiende mejor su adicción que su doctor, porque él está atrapado en ella. Tampoco recomendamos el suicidio para un mejor entendimiento de la muerte auto inducida... El entendimiento propio del ateo tiene una limitante muy similar al auto entendimiento del adicto o de la persona que trata de suicidarse.”

Así como el adicto está auto engañado, el ateo también lo está; y así como el suicida que tiene “éxito” en su empresa corta toda posibilidad de ser convencido de no hacerlo, así también el ateo corta las avenidas del entendimiento.

Ahora, ¿qué quiere decir Budziszewski cuando afirma que el ateo está auto engañado? Él sigue diciendo:

“El auto engaño significa hacerse el tonto. Significa pretender que no sabemos lo que en realidad sí sabemos; jugar a que desconocemos lo que en realidad conocemos. Lo que estoy insinuando es que los seres humanos jugamos con Dios. Nos mentimos, y una de las cosas acerca de las cuales nos mentimos es sobre nuestro conocimiento de la realidad [de Dios]. El salmo 14 inicia con la siguiente observación, la cual es a menudo malentendida: ‘Dice el necio en su corazón: No hay Dios.’ El salmista no llama necio al hombre por pensar que no hay Dios, sino más bien por decirse a sí mismo que no hay Dios, aunque en lo profundo de su mente él sabe que no es así.”

Y aquí el autor cita el texto de Rom. 1 que hemos estado considerando, para entonces añadir:

“En este momento no estoy preocupado por explorar el reclamo general de Pablo [en este pasaje de Romanos] de que aquellos que niegan al Creador son malvados, sino con su reclamo más particular de que son intelectualmente deshonestos. Nota que él no critica a los incrédulos porque no conocen acerca de Dios, cuando debieran conocerle. Él más bien los critica porque sí saben acerca de Dios, pero pretenden delante de sí mismos que no lo conocen. De acuerdo a esta postura, de ningún modo somos ignorantes de la realidad de Dios. Mas bien, la ‘suprimimos;’ para traducirlo de un modo diferente, la ‘mantenemos bajo superficie.’ Tratamos con toda nuestra fuerza de no conocer esta realidad, aunque no podemos evitar conocerla; la conocemos con una parte de nuestras mentes, mientras que con la otra decimos, ‘No conozco tal cosa.’ Desde la perspectiva bíblica, entonces, la razón por la que es tan difícil argumentar con un ateo, es porque él sabe que hay un Dios, pero se dice a sí mismo que no lo hay.”

Y así sigue este autor relatando su peregrinaje de vuelta a la fe que abandonó. Cuando no pudo seguir negando la existencia de Dios, entonces se hizo agnóstico; pero por su entrenamiento en filosofía pronto se dio cuenta de que tal posición era insostenible también. Hasta que finalmente fue vencido. Pero el punto que quiero destacar aquí es lo que él dice acerca de la sicología del ateo. El ateo no es más que una persona auto-engañada.

Por eso decía en una entrada anterior, que un incrédulo no vendrá a la fe y al arrepentimiento por medio de argumentos intelectuales únicamente, porque su problema no es intelectual. No es por falta de argumentos que él no cree, sino porque él no quiere creer.

Pero a través de una defensa ordenada y poderosa de nuestra fe puede que el incrédulo sea convencido de su pecado de incredulidad, venga a Cristo en arrepentimiento y fe, y se reconcilie con el Dios al que tan vilmente ha ofendido.


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jueves 5 de noviembre de 2009

El juicio de Dios sobre el mundo incrédulo: LA EVIDENCIA


Luego de presentar su acusación contra el mundo incrédulo, Pablo presenta la evidencia: “porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios” (Rom. 1:19-22).

El argumento de Pablo es que hay un conocimiento de Sí mismo que Dios ha puesto al alcance de todos los hombres, tanto fuera como dentro de cada ser humano. Juan Calvino dice al respecto: “Sin discusión alguna afirmamos que los hombres tienen un cierto sentimiento de la divinidad en sí mismos; y esto, por un instinto natural” (Institución; Libro I; cap. III.1).


No importa qué tan primitiva sea una sociedad, en ella encontraremos que los hombres llevan consigo ese sentido de lo divino. Decía Cicerón que “no hay pueblo tan bárbaro, [ni] gente tan brutal y salvaje, que no tenga arraigada en sí la convicción de que hay Dios” (cit. por Calvino; Ibíd.). Y Cicerón mismo era un pagano.

Ese conocimiento puede estar distorsionado por causa del pecado, pero está allí. Como dijo alguien una vez: “El hombre es un religioso incurable”. Si no adora al verdadero Dios, buscará otra cosa que adorar. La idolatría no es más que ese afán del hombre de llenar el vacío que queda cuando se resiste a adorar al Dios verdadero.

Pero esa idolatría, como bien señala Calvino, “da suficiente testimonio” de ese conocimiento innato que Dios ha colocado en todo hombre. Ese es un sentimiento que viene esculpido en el alma por naturaleza y que no puede ser destruido. Nadie nace siendo ateo o agnóstico. El ateo viene a ser ateo rechazando ese sentimiento de la divinidad que trajo de fábrica.

Pero ese conocimiento de Dios no es interno únicamente: “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (vers. 20).

El mundo está hecho de tal manera que hace visible al Dios que lo hizo, aunque Él en esencia es invisible para el ojo humano. El poder y la deidad de Dios se hacen claramente visibles, siendo entendidas, o percibidas por la mente humana, por medio de las cosas hechas.

Como un artista que desea ser conocido, Dios ha puesto Su firma en todo el universo que creó y le dio al hombre la capacidad de entender esa evidencia. Esa es la verdad que el hombre ha detenido con injusticia. Eso no quiere decir que la creación nos revela todo lo que necesitamos conocer acerca de Dios, pero sí lo suficiente como para saber que Él existe, que Él es poderoso y que posee las propiedades que normalmente asociaríamos con la Deidad.

Y no olvidemos que cuando Pablo dijo eso todavía no se había inventado el microscopio o el telescopio y muchos secretos del universo permanecían ocultos para el hombre; pero aún así Pablo dice que el conocimiento que se tenía en esa época era suficiente como para llegar a la conclusión de que este universo no pudo hacerse sólo, ni ser el resultado de un afortunado accidente.

Supongamos que dejo encendida mi computadora en casa y cierro la puerta con llave, dejando dentro únicamente a un gato. Cuando llego a casa unas horas más tarde, me encuentro en la pantalla una nota que dice: “Prepárate para morir esta noche; hoy te llegó tu hora”. ¿Qué sería lo primero que pasaría por mi cabeza? Que alguien entró en casa y dejó esa nota allí con un propósito.

Puede ser un chiste de mal gusto o puede ser una amenaza escalofriante, pero la posibilidad de que el gato haya caminado por el teclado y haya escrito un mensaje así por accidente es prácticamente nula.

En ese caso la causa no es suficiente para explicar el efecto; necesariamente tengo que seguir investigando. Ahora, nota algo interesante. El hombre está hecho de tal manera que es incapaz de encontrarse con algo así y no reaccionar y tratar de buscar una explicación. Y no sólo en un caso como este en que su vida puede estar en peligro. El hombre razona, piensa lógicamente, se hace preguntas. Por eso es que las novelas y películas de detectives son tan populares. Hay una curiosidad natural en el hombre que lo mueve a atar cabos y sopesar la evidencia para saber finalmente qué fue lo que pasó.

Y no ha habido nunca película o novela que haya presentado un caso tan fascinante como la existencia del universo y nuestra vida en él. Si hay algo que ningún hombre puede evadir es el hecho de que existe y de que alrededor de él hay un universo maravilloso repleto de cosas sin número que demandan una explicación.

Y por más vuelta que busquemos, sólo tenemos dos opciones posibles para explicar esa realidad: O el mundo fue hecho con propósito por un Ser racional e inteligente (esa es la posición teísta), o es el resultado de fuerzas ciegas e impersonales que produjeron por accidente todo cuanto existe (esa es la posición del naturalista).

Un origen personal e inteligente o una fuerza ciega e impersonal, no existe otra opción. O el mundo fue creado con un propósito por un Ser inteligente y todopoderoso o surgió por sí sólo cuando la materia comenzó a evolucionar y a producir por accidente todo cuanto existe.

Y lo que Pablo dice en el capítulo 1 de Romanos es que el universo revela por todas sus partes las manos de un Creador personal inteligente que hizo todas las cosas con un propósito. Eso es tan claro, dice Pablo, que el hombre que no se postra ante Dios y le adora queda sin excusa; literalmente, sin apología para defender su caso cuando tenga que presentarse ante Él para dar cuenta de sí en el día del juicio.

Y a medida que la ciencia ha ido avanzando ha ido descubriendo cosas cada vez más sorprendentes que apoyan la posición de que el universo fue creado con propósito por un Ser personal inteligente:

El ajuste fino del universo para que pueda funcionar y para que la vida pueda ser posible en este planeta, incluyendo la vida humana; todas las muestras de diseño que vemos en la creación y que presuponen lógicamente un diseñador; la enorme cantidad de información contenida en la materia viva. Siempre que se habla de información, se presupone algún ser inteligente que origina y transmite la información.

En una novela de Carl Sagan que luego fue llevada a la pantalla de cine, titulada “Contacto”, un grupo de astrónomos detectan la existencia de vida extraterrestre inteligente. Estudiando millones de señales de radio procedentes del espacio descubren que algo está emitiendo la secuencia de los números primos comprendidos entre el 2 y el 101.

Un número primo es aquel que sólo se puede dividir por sí mismo y la unidad: el 2, el 3, el 5, el 7, el 11, el 13, el 17 y así sucesivamente. Y eso es precisamente lo que escuchan estos astrónomos a través de pulsos y pausas. Por ejemplo, el número 2 eran dos pulsos y pausa; luego 3 pulsos y pausa; luego 5 y pausa; y así con los demás hasta llegar a una secuencia 1126 pulsos y pausas comprendiendo todos los números primos del 2 al 101.

La probabilidad de que esas señales secuenciales se hayan producido en el espacio por pura casualidad, son prácticamente nulas. Eso es lo que lleva a estos astrónomos de la novela de Sagan a la conclusión de que debía ser algún tipo de comunicación de parte de seres inteligentes de otros planetas.

El problema con el que se enfrentan los naturalistas es que, al estudiar la materia viva, la ciencia ha podido constatar que está llena de información. Por ejemplo, el ADN del núcleo de la célula contiene toda la información necesaria para construir las proteínas, que es lo que hace que un organismo sea funcional. “Cada uno de los 10 billones de células del cuerpo humano contiene una base de datos mayor que la Enciclopedia Británica” (Lennox; pg. 75).

Como si se tratara de un alfabeto donde las letras tienen que estar en una secuencia específica para formar palabras y las palabras a su vez en una secuencia específica para formar oraciones que transmitan información, así también la secuencia de bases de la cadena ADN contiene un mensaje preciso, “escrito en un alfabeto formado por las 4 letras A, C, G, T. Un gen es una larga cadena de estas letras que codifica la información correspondiente a una proteína, y un genoma es el conjunto completo de genes de un individuo” (Ibíd.).

Por ejemplo, “el ADN de la bacteria Escherichia coli tiene unos 4 millones de letras y ocuparía mil páginas de un libro; el genoma humano tiene más de 3 mil millones de letras y ocuparía toda una biblioteca” (Ibíd.). Por eso Bill Gates comparó el ADN como un programa informático, “pero mucho más avanzado que cualquier software que hayamos podido crear hasta ahora”, dice él (cit. por Lennox; pg. 78).

La pregunta es: ¿Por qué ante tanta evidencia muchos hombres de ciencia descartan la idea de un Ser inteligente que creó todas las cosas con un propósito? ¿Por qué empecinarse en decir que todo fue el producto de un accidente casual, aún cuando eso está en contra de todo sentido común?

Pablo responde en el vers. 21: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido”.
He ahí el problema. El hombre no quiere humillarse ante Dios y darle el honor debido, no quiere reconocer el hecho de que no es dueño de su existencia y que debe someterse a la voluntad de un Ser superior. Un evolucionista dijo claramente: “Me niego a creer en Dios, entonces ¿qué otra alternativa me queda aparte de la evolución?” (cit. por MarActhur; La Batalla por el Comienzo; pg. 113).

No es que la evidencia científica le llevó a dejar de creer en Dios y a favorecer la evolución, es que de antemano le repugna la idea de que exista Dios y entonces no tiene otra alternativa que hacerse evolucionista. Esa es precisamente la acusación de Pablo en Romanos 1:18: “Detienen con injusticia la verdad”.

En una serie para la PBS titulada “Evolución”, el naturalista Daniel Dennett informa a la audiencia que uno de los grandes logros de Darwin fue el de reducir el diseño del universo a “una materia en movimiento sin propósito ni significado.”

Aparte de que esa es una declaración filosófica que los naturalistas aceptan por fe, porque no puede ser probada científicamente, lo interesante es que ellos no pueden funcionar en el mundo en una forma coherente con esa filosofía. Permítanme explicar a qué me refiero.

Si todo el universo se reduce a materia en movimiento sin propósito ni significado, eso quiere decir que el hombre no es más que una máquina y nada más, como una computadora o un carro, solo que mucho más compleja. Para que el hombre fuese una persona, tendría que haber sido creado por un Ser personal, porque entonces el efecto sería mayor que la causa.

Como el naturalista niega esa posibilidad no puede hacer otra cosa que declarar que somos una máquina; el problema es que esa máquina tiene una conciencia de sí misma como si fuera una persona y no simplemente una cosa; y para colmo de males para el naturalista, esa máquina piensa, razona, recuerda cosas, se imagina cosas. ¿Cómo explican esto los naturalistas?

Una de las explicaciones es que todo eso que tú crees que piensas y razonas no es más que una ilusión causada por tus neuronas cerebrales. Ese es uno de los postulados de Francis Crick, que obtuvo el premio Nóbel de fisiología y medicina por ser uno de los descubridores de la estructura del ADN.

Según él todos nuestros gozos y nuestras penas, nuestras memorias y ambiciones, nuestro sentido de identidad personal y nuestro libre albedrío “en verdad no son más que el comportamiento de un vasto ensamblaje de células y sus moléculas asociadas” (cit. por J. Byl; The Divine Challenge; pg. 102).

En otras palabras: “Tú crees que piensas, porque crees que eres una persona y no una máquina, pero eso no es más que un impulso neurológico de tu mecanismo material”. El problema es que eso destruye las mismas posiciones naturalistas.

C. S. Lewis dio en el clavo cuando dijo que si todas nuestras creencias son ilusiones causadas por los genes, eso se aplica también a la creencia misma de que todas nuestras creencias son ilusiones causadas por los genes (Byl; pg. 106). Como alguien ha dicho: Los naturalistas han cortado la rama en la que están sentados.

El problema es que n ingún naturalista puede ser consistente con una creencia como esta. Cuando un naturalista se enferma y el médico le receta un antibiótico que debe tomar cada 8 horas, ¿acaso no confía en su memoria cuando ve en su reloj que han pasado las 8 horas desde la última vez que se tomó el medicamento? ¿O piensa que se trata tal vez de una ilusión causada por sus neuronas?

Para poder vivir en este mundo tal como este mundo ha sido hecho, todos los seres humanos, creyentes y no creyentes, teístas, naturalistas, ateos y agnósticos, tienen que tomar prestado algunas de las presuposiciones fundamentales del cristianismo bíblico, incluyendo la realidad de que este es un mundo que funciona lógicamente y donde las cosas fueron creadas con un propósito; un mundo que podemos conocer y comprender porque fuimos creados por un Dios personal que nos hizo a Su imagen y semejanza con la capacidad de razonar y pensar.

Dios ha hecho las cosas de tal manera que no podemos escapar a Su diseño de ninguna manera. Él es la pieza clave que da sentido y propósito a todo cuanto existe. Es por eso que cuando Dios es puesto a un lado el corazón humano queda entenebrecido: perdió la clave (vers. 21-22).

He ahí la explicación de todas estas teorías absurdas. Negar a Dios en un mundo creado por Él obligatoriamente lleva al hombre a plantear alternativas con las que nadie puede vivir coherentemente y que entorpecen el razonamiento humano.

Sólo así podemos entender cómo es posible que personas inteligentes caigan en contradicciones tan evidentes. Un científico ateo nos dice que él no puede creer nada que no sea probado científicamente; pero eso no es verdad. Todo hombre, incluyendo el científico, parte de presuposiciones que él acepta por fe, incluyendo esa misma declaración la cual no puede ser probada científicamente.

Cuando un agnóstico dice que nadie puede saber con certeza si Dios existe o no, está negando la posibilidad de obtener un conocimiento esencial. Pero al mismo tiempo está presuponiendo poseer un conocimiento increíblemente vasto que le permite llegar a semejante conclusión.

¿Qué dirías de un hombre a quien le ponen delante un problema matemático de gran complejidad y luego de examinarlo te dice que ese problema no tiene solución? ¿Pensarías que está negando la posibilidad del conocimiento matemático o que él cree que su conocimiento es tan vasto en esa rama que se siente capaz de declararlo insoluble?

¿Para qué escribe un libro o hace investigaciones un individuo que cree que sus pensamientos y creencias son una ilusión creada por sus genes? “Profesando ser sabios, se hicieron necios”.


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miércoles 4 de noviembre de 2009

El juicio de Dios contra el mundo incrédulo: LA ACUSACIÓN


La carta de Pablo a los Romanos es una presentación del evangelio que toma como punto de partida la necesidad que el hombre tiene de la salvación que el evangelio anuncia. El evangelio es la buena noticia de que Dios ha provisto salvación a los hombres a través de la Persona y la obra de Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Pero para que ese mensaje tenga sentido y sea relevante, lo primero que debemos conocer es el peligro del cual el hombre necesita ser salvado.

Hablarle de salvación a un individuo que cree no tener ningún problema ni correr ningún peligro, es como querer vender a muy buen precio un tratamiento de quimioterapia, 100% efectivo, a una persona que no sabe que tiene cáncer.

Y eso es precisamente lo que Pablo nos explica en los primeros 3 capítulos de Romanos: ¿Cuál es el problema humano que ameritó un plan de salvación tan costoso como el que Dios diseñó a través de la encarnación y muerte de la Segunda Persona de la Trinidad, nuestro Señor Jesucristo?

Pablo responde en Rom. 1:18: La ira de Dios:

“Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén” (Rom. 1:18-25).

Necesitamos ser salvados porque tenemos serios problemas con la justicia de Dios. Si bien es cierto que nuestro Dios es bueno y que para siempre es Su misericordia, la Biblia también revela que Él es perfectamente santo y perfectamente justo, y que por causa de Su justicia Él no puede ser indiferente al pecado del hombre.

Sobre todo tomando en consideración que el hombre no peca en ignorancia, sino con conocimiento (vers. 18). Esa palabra “detener” da la idea de contrarrestar una fuerza que nos impulsa hacia el otro lado.

Hay una verdad que Dios ha dado a conocer al hombre, pero a la que el hombre le pone resistencia, se resisten al conocimiento que Dios les imparte. Y ¿qué conocimiento es ese? No se trata de la verdad que ha sido revelada a través de Cristo y de Su Palabra, sino más bien la revelación general de Dios que está disponible para todos los hombres por igual, como veremos en un momento.

Lo que Pablo está diciendo aquí es que Dios ha revelado lo suficiente de Sí mismo, como para dejar sin excusa, aún a aquellos que no tienen en sus manos Su Palabra. Por supuesto, si tales personas son culpables, ¡cuánto más culpable no serán aquellos que sí poseen ese conocimiento!

Por eso es que Pablo dirá más adelante que tanto lo judíos (que conocían las Escrituras) como los gentiles (que en sentido general no la conocían), todos están bajo pecado, todos son igualmente responsables, porque no es por falta de información que son incrédulos, ni porque esa información sea deficiente o poco convincente. No.

Es por eso que un razonamiento intelectual por sí solo nunca podrá traer a un incrédulo a la salvación. No importa qué tan buena pueda ser una argumentación, ni cuán lógicos y racionales podamos ser en nuestra presentación del evangelio, eso por sí sólo no resuelve el problema, porque no es un problema intelectual.

Pedro nos dice en 1P. 2:8 que los incrédulos tropiezan en la palabra siendo desobedientes – y la palabra que usa allí es un verbo compuesto que significa: “No permitirse a uno mismo ser persuadido”. No es por falta de argumentos que son incrédulos, es por la deshonestidad con la que manejan la evidencia; en otras palabras, ellos no creen porque no quieren creer.

¿Quiere decir esto que argumentar con un incrédulo es completamente inútil? No, no es eso lo que quiero decir. Como hemos visto ya, Pedro nos manda a estar siempre preparados para presentar defensa, con mansedumbre y reverencia, ante todo el que demande razón de la esperanza que hay en nosotros.

Lo que quiero resaltar es que el problema no es intelectual sino moral y espiritual y, por lo tanto, no se resuelve meramente con argumentos intelectuales. El problema del incrédulo es mucho más profundo. Él aborrece a Dios y aborrece Su ley, y no desea sopesar los argumentos con honestidad. Él necesita la gracia de Dios obrando en Su corazón.

Sin embargo, la gracia de Dios no actúa anulando el razonamiento humano, sino más bien restaurándolo; y uno de los medios que Dios usa para hacer eso es una presentación del evangelio que pueda derribar la fortaleza seudo intelectual en la que el pecador se esconde de Dios, convencerle de pecado y llevarle a buscar en Cristo el perdón y la reconciliación con Dios.

Dios en Su gracia puede usar argumentos y evidencias presentados con el poder del Espíritu Santo, para traer convicción de pecado (“estoy siendo deshonesto delante de Dios y sosteniendo una posición absurda”), y puede que eso lo mueva a venir a Cristo en arrepentimiento y fe.

He ahí, entonces, la acusación que Pablo formula contra el mundo incrédulo: en su impiedad e injusticia los hombres han detenido con injusticia la verdad. En nuestra próxima entrada veremos las evidencias.


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martes 3 de noviembre de 2009

En defensa de nuestra fe

En su primera carta, el apóstol Pedro nos presenta el reto de estar siempre preparados para presentar una apología de nuestra fe, ante todo aquel que nos demande una explicación racional de la esperanza que hay en nosotros (1P. 3:15). El apóstol Pedro presupone que si un cristiano vive en una forma coherente con la fe que profesa, el mundo incrédulo a su alrededor hará preguntas. Y cuando esas preguntas se levanten, debemos saber qué responder y cómo.

Pero para poder hacer eso en una forma efectiva, no sólo es necesario que conozcamos el mensaje que estamos tratando de comunicar, sino también la idiosincrasia de la persona a quienes tratamos de comunicar ese mensaje, sobre todo cuando tenemos que lidiar con una persona que es abiertamente antagónica al evangelio.

Y eso es precisamente lo que quisiera considerar en una breve serie de artículos. Y mi propósito con esta serie es doble. Por un lado intento equipar a los creyentes para comunicar más eficazmente el mensaje del evangelio, aún cuando tengan que enfrentar el reto de comunicarse con aquellos que se oponen abiertamente al evangelio de Cristo.

Pero por el otro lado, deseo también que los incrédulos sean capaces de hacer un diagnóstico certero de la condición real en que se encuentran delante de Dios y sean movidos a buscar el remedio que sus almas necesitan.

Me adelanto a decir, que no es mi propósito en absoluto ofender a nadie con mis argumentos o con mi forma de presentación. Pero al mismo tiempo estoy consciente de que si algún incrédulo lee uno de estos artículos es muy posible que se sienta molesto u ofendido.

No es agradable para un médico comunicarle al paciente que padece de una enfermedad mortal, sobre todo cuando el paciente quiere convencerse a sí mismo de que no hay nada malo en él. Y ese es precisamente el problema que ha de enfrentar el cristiano, en la generalidad de los casos, cuando desea compartir el evangelio con una persona que profesa abiertamente ser un incrédulo. El incrédulo no se ve a sí mismo como una persona que tenga algún problema, todo lo contrario; su incredulidad es para él un síntoma de salud, no de enfermedad.

¿Cómo se ve a sí misma una persona que confiesa ser incrédula? Porque hay muchos incrédulos que no profesan serlo. Lamentablemente mucha gente cree que cree, cuando en realidad no cree. Pero ¿qué de las personas que abiertamente se identifican como ateos o agnósticos? El ateo es aquel que dice estar convencido de que Dios no existe; el agnóstico es el que dice que nadie puede llegar a saber con certeza si Dios existe o no. Pero tanto en un caso como en el otro lo que tenemos es incredulidad.

La pregunta es, ¿cómo se ven ellos a sí mismos? Bueno, en la generalidad de los casos los incrédulos se ven a sí mismos como personas inteligentes. Ellos creen que no creen porque son lo suficientemente racionales como para no creer.

Y ciertamente, hay ocasiones en que es de sabios ser incrédulo. Una de las características del hombre simple, según Pr. 14:15, es que todo lo cree, “mas el avisado, dice Salomón – el hombre sabio y entendido – mira bien sus pasos”. Nosotros no podemos creer todo lo que nos dicen, porque en el mundo abundan los engañadores y mentirosos.

Sin embargo, en muchas ocasiones la incredulidad no es otra cosa que un prejuicio que lleva a ciertas personas a ir en contra de toda evidencia, simplemente porque no les agrada la verdad que esas evidencias revelan. En tal caso, la incredulidad deja de ser inteligente para convertirse en una necedad.

Pero los incrédulos no sólo se ven a sí mismos como personas racionales e inteligentes, sino también como personas valientes y arrojadas. Muchos incrédulos presuponen que la razón por la que los creyentes creen en Dios es porque no se atreven a enfrentar la vida desprovistos del cuidado de un Ser superior.

Ellos, en cambio, tienen el coraje de encarar la vida dependiendo de sí mismos, sin tener que ampararse en una ilusión supersticiosa que no puede ser probada con argumentos racionales. He ahí lo que el incrédulo piensa de sí mismo.

Pero ¿cuál es el diagnóstico que la Biblia da de los incrédulos? Sea que se trate de una incredulidad abierta o encubierta. ¿Es la incredulidad un síntoma de salud intelectual y de coraje, o se trata más bien de un problema moral que afecta seriamente el intelecto, la personalidad humana y nuestro destino eterno?

Eso es lo que quiero que veamos en mi próxima entrada, a la luz de uno de los pasajes del NT que presenta más claramente un análisis clínico del hombre caído (Rom. 1:18-25).


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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lunes 2 de noviembre de 2009

¿Nos falta algo más, aparte de Cristo y Su Palabra?


Al leer la carta de Pablo a los Colosenses, vemos que uno de los propósitos primordiales de la epístola era el de advertir a estos hermanos de ciertas enseñanzas heréticas que estaban amenazando la congregación.

Uno de los puntos principales de la enseñanza de estos falsos maestros era la insuficiencia de Cristo para salvar y para ayudarnos a enfrentar los embates de la carne y el pecado. “Es bueno y útil tener a Cristo, decían ellos, pero no suficiente”. De ahí las palabras de advertencia en 2:1-7. Si los hermanos de Colosas eran llevados a creer que Cristo era un Salvador incompleto, comenzarían a buscar otras cosas y se extraviarían del camino:


“Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que nunca han visto mi rostro; para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Y esto lo digo para que nadie os engañe con palabras persuasivas. Porque aunque estoy ausente en cuerpo, no obstante en espíritu estoy con vosotros, gozándome y mirando vuestro buen orden y la firmeza de vuestra fe en Cristo. Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias” (Col. 2:1-7).

Ese buen orden y firmeza que estos hermanos habían manifestando hasta este momento era el producto directo de su confianza en Cristo y su andar en Él. Si se apartaban de allí por buscar lo que supuestamente Cristo no tenía, cometerían un gravísimo error de repercusiones devastadoras.

De ahí su tono de urgencia en el vers. 8: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo”.

La palabra “filosofía” significa literalmente “amor a la sabiduría”, pero en el tiempo del apóstol Pablo era usada para señalar cualquier teoría que intentara explicar el mundo, el significado de la vida humana y cómo ésta debe ser vivida.

“¡Cuidado - dice Pablo - con todo tipo de enseñanza que intente explicar todas estas cosas sin tomar en cuenta a Cristo y Su revelación! Mirad que nadie os engañe de ese modo. Todas esas enseñanzas que parecen ser tan sofisticadas y maravillosas, no son más que huecas sutilezas”.

Y esta palabra significa “vacía, desprovista de verdad, fútil, infructuosa”. Promete mucho, pero no da nada, porque están fundamentadas, dice Pablo, en “las tradiciones de los hombres”.

Son especulaciones que pasan de una generación a la otra, pero que no son más que el resultado de una mente caída y entenebrecida por el pecado. Aunque suenan profundas y sofisticadas, no son más que “rudimentos del mundo”, cosas elementales para niños inmaduros.

Si aceptaban esas enseñanzas no se estaban haciendo más sabios, sino más infantiles. Abandonar la revelación bíblica por las filosofías de los hombres es como volver al kindergarten después de haber estudiado en la universidad.

Esta sabiduría del mundo no es según Cristo, dice Pablo, y si no es según Cristo tiene que ser falsa y errónea, porque “en Él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento”.

No hay nada que el creyente necesite para vivir una vida plena y bienaventurada, una vida que agrade y glorifique a Dios, que tenga que buscarlo fuera de Cristo y fuera de Su Palabra, absolutamente nada. Eso es lo que Pablo está advirtiéndonos aquí. En Él estamos completos. Todo lo demás es vana filosofía y huecas sutilezas de los hombres.

Algunas personas ven la Biblia como un libro arcaico que cuenta historias extrañas de cosas que ocurrieron hace tantos años. Pero eso es precisamente lo maravilloso de la Biblia, que fue escrita con el propósito de que todos los hombres de todas las épocas la entendieran.

¿Qué hubiese sucedido si Dios hubiese escrito un libro lleno de lenguaje científico y técnico? Que no hubiese sido entendido por la mayoría de los hombres de la mayoría de las épocas.

Imagínense qué hubiese pasado si en el relato de David y Goliat el escritor bíblico hubiese dicho que el gigante recibió el impacto de un objeto contundente que le produjo una equimosis en el cerebro y un trauma de tal magnitud que le rompió algunos vasos, con la extravasación consecuente de sangre en el cerebro.

Por muchos siglos los hombres hubiesen estado preguntándose qué fue lo que le sucedió a Goliat. Pero ese es uno de los aspectos grandioso de las Escrituras: que el Dios de toda sabiduría reveló en ella Su mente para que todos pudiesen entender.

Oh, mis hermanos, que el Señor nos ayude a mantenernos aferrados a Su Palabra y no apartarnos de ello a derecha ni a izquierda. “El cielo y la tierra pasarán, dijo el Señor, pero mis palabras nunca pasarán”. Nunca perderán su vigencia y pertinencia. Lo que Él dijo hace 2,000 años, ó 3,500 años, sigue siendo tan sabio y verdadero como lo era en el momento en que lo dijo.


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