El relativismo ha venido a ser, sin duda, uno de los credos más populares de nuestra generación, a tal punto que si alguien proclama la existencia de verdades o valores absolutos, corre el riesgo de ser tildado de arrogante, intolerante o tener una mente estrecha.
Pero esta doctrina no es nueva. Ya en el siglo V antes de Cristo el escepticismo radical de Gorgias sentó las bases del relativismo al afirmar que “toda declaración es falsa.”
Su proceso de argumentación era algo similar a ésto: “Yo creo ver las cosas como son, pero lo que sucede en realidad es que tengo una percepción de ellas a través de los sentidos. Como nuestras sensaciones son engañosas, no son confiables; y si no podemos confiar en aquello que es la fuente del conocimiento humano, entonces no podemos conocer qué son y cómo son las cosas realmente. Y aún en el supuesto de que nuestros sentidos nos proporcionaran algún tipo de conocimiento, ¿cómo podríamos comunicarlo a otros si cada cual posee sus propias percepciones de la realidad? Consecuentemente, la verdad objetiva no existe.”
El problema de estas afirmaciones es que se contradicen a sí mismas. Si la verdad objetiva no existe y toda declaración es falsa, esta declaración también lo es. Ese es el tipo de contradicción que yace en la base fundamental del relativismo.
Cuando el relativista dice que “todo es relativo”, está afirmando dogmáticamente que no podemos ser dogmáticos acerca de nada. Esto equivale a negar en forma absoluta que existan absolutos. En palabras más sencillas, el relativista afirma creer que la única verdad es que no hay verdad, o que es erróneo decir que algo es erróneo.
Lamentablemente los discípulos de Gorgias parecen ser más numerosos hoy que en sus días. Y las consecuencias están a la vista. Tal parece que no tenemos derecho a trazar ninguna línea divisoria que separe el bien del mal, la verdad de la mentira, lo justo de lo injusto.
El relativismo destruye toda posibilidad de alcanzar verdadero conocimiento, comunicarnos con los demás o construir un sistema de valores universales. Lejos de ser una reliquia académica, la filosofía de Gorgias es una fuerza destructiva que continúa minando, quizás como nunca antes, el cimiento sobre el cual descansa el raciocinio humano.
Sin el marco conceptual objetivo de la verdad de Dios revelada en Su Palabra, el hombre se dirige inexorablemente hacia el océano del absurdo.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
Mostrando entradas con la etiqueta Relativismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relativismo. Mostrar todas las entradas
jueves, 15 de julio de 2010
lunes, 12 de abril de 2010
El homenaje del hipócrita
Alguien dijo una vez que la hipocresía es un homenaje que el vicio le rinde a la virtud. Todo el mundo quiere aparentar que es honesto, íntegro y veraz, porque reconocemos en silencio que existe lo bueno y lo malo; de la misma manera que reconocemos también que lo primero es digno de alabanza, mientras lo segundo debe ser condenado.
Por más relativismo que profese el hombre occidental, todos presuponemos la existencia de un patrón ético y moral al que debemos conformarnos. Queremos aparentar que somos virtuosos porque sabemos que la deshonestidad, la falta de integridad y la mentira son vicios detestables.
Por eso nos molesta sobremanera cuando un político corrupto promueve su imagen de hombre serio para ganarse el favor popular. ¿Se imaginan cómo sería la presente campaña electoral si muchos de los candidatos tomaran por error una pócima que los obligue a ser veraces?
“Quiero que voten por mí, para poder satisfacer mis ansias de poder, de riqueza y de gloria. No tengo la menor intención de trabajar por el bien de mi país, y prometo darle curso únicamente a los proyectos que beneficien mi bolsillo y mi partido”.
Pero no todos los políticos son corruptos, ni todos los corruptos son políticos. El homenaje que la hipocresía le rinde a la virtud se encuentra por todos lados:
En el periodista que vende su pluma, pero se jacta de su independencia y objetividad.
En el empresario que se presenta ante la sociedad como un hombre decente y respetable, pero engaña al fisco, o es infiel a su esposa, o todas las anteriores.
En el ciudadano común y corriente que critica al político, al empresario y al periodista corruptos, pero se roba la energía eléctrica, o compra las pruebas nacionales para que su hijo pase de curso.
La lista puede llegar a ser interminable.
Pero el día llegará cuando todos los hombres (grandes y pequeños, famosos y desconocidos) compareceremos ante el Juez de toda la tierra, que no puede ser sobornado ni confundido con trucos legales.
Dice la Biblia que “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13).
Ningún pecador saldrá absuelto en ese tribunal, excepto el que hoy se acoge a la misericordia de Dios en Cristo, quien murió en la cruz del calvario, “el justo por los injustos”, para pagar nuestra deuda con la justicia de Dios.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
Por más relativismo que profese el hombre occidental, todos presuponemos la existencia de un patrón ético y moral al que debemos conformarnos. Queremos aparentar que somos virtuosos porque sabemos que la deshonestidad, la falta de integridad y la mentira son vicios detestables.
Por eso nos molesta sobremanera cuando un político corrupto promueve su imagen de hombre serio para ganarse el favor popular. ¿Se imaginan cómo sería la presente campaña electoral si muchos de los candidatos tomaran por error una pócima que los obligue a ser veraces?
“Quiero que voten por mí, para poder satisfacer mis ansias de poder, de riqueza y de gloria. No tengo la menor intención de trabajar por el bien de mi país, y prometo darle curso únicamente a los proyectos que beneficien mi bolsillo y mi partido”.
Pero no todos los políticos son corruptos, ni todos los corruptos son políticos. El homenaje que la hipocresía le rinde a la virtud se encuentra por todos lados:
En el periodista que vende su pluma, pero se jacta de su independencia y objetividad.
En el empresario que se presenta ante la sociedad como un hombre decente y respetable, pero engaña al fisco, o es infiel a su esposa, o todas las anteriores.
En el ciudadano común y corriente que critica al político, al empresario y al periodista corruptos, pero se roba la energía eléctrica, o compra las pruebas nacionales para que su hijo pase de curso.
La lista puede llegar a ser interminable.
Pero el día llegará cuando todos los hombres (grandes y pequeños, famosos y desconocidos) compareceremos ante el Juez de toda la tierra, que no puede ser sobornado ni confundido con trucos legales.
Dice la Biblia que “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13).
Ningún pecador saldrá absuelto en ese tribunal, excepto el que hoy se acoge a la misericordia de Dios en Cristo, quien murió en la cruz del calvario, “el justo por los injustos”, para pagar nuestra deuda con la justicia de Dios.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
Etiquetas:
Hipocresía,
Justicia de Dios,
Relativismo
martes, 8 de diciembre de 2009
El relativismo ético

El relativismo ético asume que dos posiciones morales conflictivas pueden ser verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido, ya que pueden existir en dos o más individuos, o en dos o más sociedades o culturas.
Al igual que el subjetivismo, el relativismo ético también tiene que enfrentar algunas implicaciones contradictorias:
Si aceptamos el relativismo ético tenemos que llegar a la conclusión de que ningún código moral es mejor que otro.
Lo que Hitler hizo con los judíos en Alemania no podría ser criticado como una acción moralmente incorrecta, ni como una acción moralmente inferior a la de aquellos hombres y mujeres que arriesgan sus vidas para salvar la vida de otros en operaciones humanitarias.
Si aceptamos el relativismo ético, tendríamos que llegar a la conclusión de que no existe el progreso moral, ya sea en un individuo o en un conglomerado social.
Como dice Ronald Nash: “El progreso moral genuino no puede existir en un universo donde no haya un Ser trascendente y un estándar moral objetivo por medio del cual podamos juzgar el progreso”.
Si aceptamos el relativismo ético, el esfuerzo moral queda desprovisto de significado.
Todo esfuerzo presupone un parámetro objetivo de “mejor” o “peor”, de avance o retroceso; pero esas palabras quedan vacías de significado en un mundo donde la moral es relativa.
Si aceptamos el relativismo ético, ningún ser humano es mejor que otro.
Esto se deriva del punto anterior. En un mundo relativo ninguna cosa es “mejor” que otra; las cosas simplemente “son”.
Si aceptamos el relativismo ético, entonces estamos equivocados al creer que una reforma moral es posible.
En un mundo gobernado por el relativismo no tiene sentido hablar de reforma, porque toda reforma presupone un movimiento hacia lo mejor.
Si aceptamos el relativismo ético, entonces todas nuestras decisiones son igualmente buenas.
En un mundo donde la moral es relativa, el político corrupto y el trabajador honesto que se rompe el lomo cada semana para proveer a su familia, ambos habrán tomado una decisión correcta.
Si aceptamos el relativismo ético, no sabríamos dónde poner los límites en las relaciones interculturales.
J. P. Moreland lo ilustra con el siguiente ejemplo: Imagínense que en cierto lugar el adulterio es considerado como una virtud como un escape para la represión sexual. Pero a 10 kilómetros hay otra comunidad conservadora que considera el adulterio como un pecado.
Supongamos que el señor “A” se encuentra con la sra. “B” en un motel que se encuentra exactamente en el medio de las dos ciudades. En ese caso, ¿cuál de las dos sociedades es normativa para juzgar el caso?
Al igual que en el subjetivismo ético, el relativismo nos deja empantanados en una callejón sin salida.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
lunes, 14 de septiembre de 2009
El relativismo: una filosofía absurda y destructiva
El relativismo ha venido a ser, sin duda alguna, uno de los credos más populares de nuestra generación, a tal punto que si alguien proclama la existencia de verdades o valores absolutos, corre el riesgo de ser tildado de arrogante, intolerante o tener una mente estrecha.
Pero esta doctrina no es nueva. Ya en el siglo V antes de Cristo, el escepticismo radical de Gorgias sentó las bases del relativismo al afirmar que “toda declaración es falsa.”
Su proceso de argumentación era algo similar a esto: “Yo creo ver las cosas como son, pero lo que sucede en realidad es que tengo una percepción de ellas a través de los sentidos. Como nuestras sensaciones son engañosas, no son confiables; y si no podemos confiar en aquello que es la fuente del conocimiento humano, entonces no podemos conocer qué son y cómo son las cosas realmente. Y aún en el supuesto de que nuestros sentidos nos proporcionaran algún tipo de conocimiento, ¿cómo podríamos comunicarlo a otros si cada cual posee sus propias percepciones de la realidad? Consecuentemente, la verdad objetiva no existe.”
El problema de este tipo de razonamiento es que se contradice a sí mismo. Si la verdad objetiva no existe, y toda declaración es falsa, esta declaración también lo es. Ese es el tipo de contradicción que subyace en la base fundamental del relativismo.
Cuando el relativista dice que “todo es relativo”, está afirmando dogmáticamente que no podemos ser dogmáticos acerca de nada. Esto equivale a negar en forma absoluta que existan absolutos. En palabras más sencillas, el relativista afirma creer que la única verdad es que no hay verdad, o que es erróneo decir que algo es erróneo.
Lamentablemente los discípulos de Gorgias parecen ser más numerosos hoy que en sus días. Y las consecuencias están a la vista. Tal parece que no tenemos derecho a trazar ninguna línea divisoria que separe el bien del mal, la verdad de la mentira, lo justo de lo injusto.
El relativismo destruye toda posibilidad de alcanzar verdadero conocimiento, comunicarnos con los demás o construir un sistema de valores universales. Lejos de ser una reliquia académica, la filosofía de Gorgias es una fuerza destructiva que continúa minando, quizás como nunca antes, el cimiento sobre el cual descansa el raciocinio humano.
Sin el marco conceptual objetivo de la verdad de Dios revelada en Su Palabra, el hombre se dirige inexorablemente hacia el océano del absurdo.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
Pero esta doctrina no es nueva. Ya en el siglo V antes de Cristo, el escepticismo radical de Gorgias sentó las bases del relativismo al afirmar que “toda declaración es falsa.”
Su proceso de argumentación era algo similar a esto: “Yo creo ver las cosas como son, pero lo que sucede en realidad es que tengo una percepción de ellas a través de los sentidos. Como nuestras sensaciones son engañosas, no son confiables; y si no podemos confiar en aquello que es la fuente del conocimiento humano, entonces no podemos conocer qué son y cómo son las cosas realmente. Y aún en el supuesto de que nuestros sentidos nos proporcionaran algún tipo de conocimiento, ¿cómo podríamos comunicarlo a otros si cada cual posee sus propias percepciones de la realidad? Consecuentemente, la verdad objetiva no existe.”
El problema de este tipo de razonamiento es que se contradice a sí mismo. Si la verdad objetiva no existe, y toda declaración es falsa, esta declaración también lo es. Ese es el tipo de contradicción que subyace en la base fundamental del relativismo.
Cuando el relativista dice que “todo es relativo”, está afirmando dogmáticamente que no podemos ser dogmáticos acerca de nada. Esto equivale a negar en forma absoluta que existan absolutos. En palabras más sencillas, el relativista afirma creer que la única verdad es que no hay verdad, o que es erróneo decir que algo es erróneo.
Lamentablemente los discípulos de Gorgias parecen ser más numerosos hoy que en sus días. Y las consecuencias están a la vista. Tal parece que no tenemos derecho a trazar ninguna línea divisoria que separe el bien del mal, la verdad de la mentira, lo justo de lo injusto.
El relativismo destruye toda posibilidad de alcanzar verdadero conocimiento, comunicarnos con los demás o construir un sistema de valores universales. Lejos de ser una reliquia académica, la filosofía de Gorgias es una fuerza destructiva que continúa minando, quizás como nunca antes, el cimiento sobre el cual descansa el raciocinio humano.
Sin el marco conceptual objetivo de la verdad de Dios revelada en Su Palabra, el hombre se dirige inexorablemente hacia el océano del absurdo.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
Etiquetas:
Escepticismo,
Gorgias,
Relativismo
sábado, 20 de junio de 2009
¿Quiénes son nuestros héroes?

Por Sugel Michelén
El carácter de una época queda evidenciado, hasta cierto punto, por el carácter de sus héroes. El tipo de hombre que es exaltado en una generación evidencia las características que esa generación exalta. Por lo que cabe preguntarse: ¿Quiénes son los hombres admirados en esta era postmoderna? ¿A quiénes se admira y se exalta en estos días?
No hay que ser muy observador para darse cuenta que los individuos más admirados son aquellos que rompen los esquemas establecidos, los que no se aferran a valor alguno, los que se jactan de su rebeldía y se definen a sí mismos como personas sin tabúes. Esos son, generalmente hablando, los héroes de esta generación.
Y no es extraño que así sea. En una sociedad que ha abrazado el relativismo como dogma y el pragmatismo como estilo de vida, no debe sorprendernos que se exalte al hombre que eche por tierra toda distinción entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto. Como no es extraño que se menosprecie y se escarnezca a aquellos que tienen el coraje de levantar su voz a favor de la verdad y la moral absolutas. Definitivamente la virtud y la integridad no están de moda ni las distinciones morales tampoco.
Tal parece que nada debe ser prohibido excepto prohibir. Atreverse a categorizar alguna acción como pecado, por más perversa que esa acción pueda ser, es arriesgarse a ser acusado de intransigencia e intolerancia en el mejor de los casos y de fariseismo hipócrita en el peor. Eso es muy evidente en el cine y en las series más populares de televisión: el virtuoso es estereotipado como un mojigato tonto y arcaico. Y lo que es aún más increible: en muchas ocasiones se le coloca en el papel de victimario persiguiendo y vilipendiando a los que no quieren aferrarse a las reglas de juego establecidas. Consecuentemente el público es llevado a favorecer al malhechor y a regocijarse cuando triunfa sobre el bueno.
Lo que resulta paradójico es que esa misma sociedad que canoniza al que se sale con la suya, al astuto, al rebelde, es la misma sociedad que luego se horroriza cuando sufre las consecuencias de vivir en un mundo sin parámetros de bien y de mal. La defensa de la verdad y de la moral absolutas no tiene nada que ver con tabúes y mojigatería, sino con el hecho de que existe un Dios soberano que se ha revelado al hombre y ha establecido las reglas de juego; cuando esas reglas son pisoteadas y los trasgresores son convertidos en héroes no nos queda otro camino que la anarquía y el desenfreno.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia. Leer más...
Etiquetas:
anarquía,
Postmodernidad,
Pragmatismo,
Relativismo
martes, 16 de junio de 2009
¡Prohibido prohibir!

Por Sugel Michelén
En 1948 Shirley Jackson publicó en el New Yorker un breve relato titulado “The Lottery” (El sorteo). En algún lugar rural de América la población se reunió para un ritual que, según pensaban, promovía la prosperidad al fin de la cosecha. La trama, que Jackson elaboró con gran realismo y suspenso, giraba en torno a un sorteo. No es si no hasta el desenlace de la historia que el lector se da cuenta de que lo que se sorteaba era la víctima de un sacrificio humano.
Finalmente, Tessie Huttchinson “esposa, madre y vecina”, escoge el terrible trozo de papel que la señalaba como la persona a ser sacrificada. “¡Venga, venid todos!” – dijo el viejo Warner, y todos se acercan para llevar a cabo el sangriento ritual. – “No es justo, no está bien” – grita la víctima; pero todos siguen adelante, aún los más pequeños. La frase con la cual Jackson concluye la historia es como un golpe sordo en alma: “Y entonces cayeron sobre ella.”
Cuando este relato se publicó por primera vez, se desató una tormenta de cartas airadas protestando. La idea de un ritual semejante era escandalosa y repugnante. Desde entonces esta historia ha sido analizada y comentada en innumerables clases de educación secundaria y siempre había provocado una fuerte reacción moral en contra… hasta la década de los 90.
Una profesora de literatura creativa del sur de California, cuyos estudiantes oscilan entre los dieciocho y ochenta años, cuenta que una noche se topó con una clase que no mostró ninguna reacción moral luego de leer el cuento. “Un final fantástico” – comentó una mujer. “Es buenísimo, grandioso” – dijo otra. “Lo hicieron y ya está, como era su costumbre” – dijo otro más en defensa de la historia.
Cuando Haugaard expresó su postura moral de forma enérgica, una enfermera de unos cincuenta años dijo: “Yo doy un curso para el personal de nuestro hospital acerca de la interpretación multicultural y se enseña que si algo forma parte de la cultura de una persona, no debemos juzgar, y si a ellos les funciona…”
Ahí está el punto. Las distinciones morales han sido borradas y sustituidas por el criterio de cada individuo o comunidad. Parece que lo único malo es decir que algo está mal. Como bien ha dicho Os Guinness: “En un mundo así, la consecuencia es sencilla. Cuando no se puede emitir un juicio crítico acerca de nada excepto de la crítica en sí… las barreras entre lo impensable, lo aceptable y lo que se puede hacer se derrumban por completo”. Es hora de que levantemos nuestra voz a favor de los valores absolutos revelados por Dios en Su Palabra, de lo contrario no nos sorprendamos cuando seamos nosotros los escogidos en el sorteo de la barbarie.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
En 1948 Shirley Jackson publicó en el New Yorker un breve relato titulado “The Lottery” (El sorteo). En algún lugar rural de América la población se reunió para un ritual que, según pensaban, promovía la prosperidad al fin de la cosecha. La trama, que Jackson elaboró con gran realismo y suspenso, giraba en torno a un sorteo. No es si no hasta el desenlace de la historia que el lector se da cuenta de que lo que se sorteaba era la víctima de un sacrificio humano.
Finalmente, Tessie Huttchinson “esposa, madre y vecina”, escoge el terrible trozo de papel que la señalaba como la persona a ser sacrificada. “¡Venga, venid todos!” – dijo el viejo Warner, y todos se acercan para llevar a cabo el sangriento ritual. – “No es justo, no está bien” – grita la víctima; pero todos siguen adelante, aún los más pequeños. La frase con la cual Jackson concluye la historia es como un golpe sordo en alma: “Y entonces cayeron sobre ella.”
Cuando este relato se publicó por primera vez, se desató una tormenta de cartas airadas protestando. La idea de un ritual semejante era escandalosa y repugnante. Desde entonces esta historia ha sido analizada y comentada en innumerables clases de educación secundaria y siempre había provocado una fuerte reacción moral en contra… hasta la década de los 90.
Una profesora de literatura creativa del sur de California, cuyos estudiantes oscilan entre los dieciocho y ochenta años, cuenta que una noche se topó con una clase que no mostró ninguna reacción moral luego de leer el cuento. “Un final fantástico” – comentó una mujer. “Es buenísimo, grandioso” – dijo otra. “Lo hicieron y ya está, como era su costumbre” – dijo otro más en defensa de la historia.
Cuando Haugaard expresó su postura moral de forma enérgica, una enfermera de unos cincuenta años dijo: “Yo doy un curso para el personal de nuestro hospital acerca de la interpretación multicultural y se enseña que si algo forma parte de la cultura de una persona, no debemos juzgar, y si a ellos les funciona…”
Ahí está el punto. Las distinciones morales han sido borradas y sustituidas por el criterio de cada individuo o comunidad. Parece que lo único malo es decir que algo está mal. Como bien ha dicho Os Guinness: “En un mundo así, la consecuencia es sencilla. Cuando no se puede emitir un juicio crítico acerca de nada excepto de la crítica en sí… las barreras entre lo impensable, lo aceptable y lo que se puede hacer se derrumban por completo”. Es hora de que levantemos nuestra voz a favor de los valores absolutos revelados por Dios en Su Palabra, de lo contrario no nos sorprendamos cuando seamos nosotros los escogidos en el sorteo de la barbarie.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Etiquetas:
moraL,
Pragmatismo,
Relativismo
lunes, 8 de junio de 2009
Todo es… ¿relativo?

Por Sugel Michelén
El 29 de mayo de 1919 ocurrió un hecho sensacional que habría de cambiar radicalmente nuestra percepción del universo. Las fotografías de un eclipse solar confirmaron la veracidad de una teoría propuesta en 1905 por un judío alemán llamado Albert Einstein: La Teoría de la Relatividad. Hasta ese momento era generalmente aceptada la cosmología newtoniana que afirmaba que la luz viaja en línea recta y que el tiempo y la distancia son absolutos. Pero Einstein demostró que el tiempo y la distancia son relativos y que la luz viaja en línea curva.
Es imposible cuantificar el impacto que esto produjo en todos los órdenes. Si no existen absolutos en el terreno de la física (que creíamos era tan objetivo) ¿por qué tiene que haberlos en el terreno de la moral, por ejemplo? Como bien señala el historiador Paul Johnson: “Era como si el globo rotatorio hubiese sido arrancado de su eje y arrojado a la deriva en un universo que ya no respetaba las normas usuales de medición. A principios de la década de 1920, comenzó a difundirse por primera vez en un ámbito popular la idea de que ya no existían absolutos: de tiempo y espacio, de bien y mal… y sobre todo de valor. En un error quizás inevitable, vino a confundirse la relatividad con el relativismo”.
Aunque Einstein no era un judío practicante, creía en la existencia de normas morales absolutas. Sin embargo, su teoría mal aplicada, conjuntamente con otras influencias que se hicieron sentir con mucha fuerza después de la segunda guerra mundial, hicieron del relativismo la postura filosófica dominante del siglo XX (y no parece que será distinto en el XXI). “Todo es relativo”. He ahí el argumento que pone fin a toda discusión, el credo de una nueva religión que no puede ser cuestionada, a riesgo de ser condenados al ostracismo y al etiquetamiento mordaz de ser cerrados de mente.
En el relativismo, el concepto de “verdad” queda vacío de significado, y la ética deja de ser prescriptiva (“debes hacerlo” / “no debes hacerlo”) para venir a ser puramente emocional y subjetiva (“siento que es correcto” / “me disgusta hacerlo”). Los sentimientos y la voluntad reinan soberanos. Cada cual supone que puede crear su propio código de conducta y de valores, basándose principalmente en sus sentimientos y preferencias.
Esto no sólo plantea un formidable problema moral, sino también filosófico. El relativismo es, en realidad, una teoría absurda y auto contradictoria, ya que niega dogmáticamente todo dogma. Del relativista se puede decir lo que alguien dice del escéptico: proclama “que es verdad que no hay verdad, que nosotros podemos conocer que no podemos conocer, que podemos estar seguros de que no podemos estar seguros, que puedes ser totalmente dogmático acerca del hecho de que no puedes ser dogmático, que existe un absoluto: que no hay absolutos”. El relativismo es insostenible como filosofía y opuesto a la realidad. Existe un eje rotatorio que da coherencia y sentido a todas las cosas creadas: la verdad revelada del Dios que las creó.
Es imposible cuantificar el impacto que esto produjo en todos los órdenes. Si no existen absolutos en el terreno de la física (que creíamos era tan objetivo) ¿por qué tiene que haberlos en el terreno de la moral, por ejemplo? Como bien señala el historiador Paul Johnson: “Era como si el globo rotatorio hubiese sido arrancado de su eje y arrojado a la deriva en un universo que ya no respetaba las normas usuales de medición. A principios de la década de 1920, comenzó a difundirse por primera vez en un ámbito popular la idea de que ya no existían absolutos: de tiempo y espacio, de bien y mal… y sobre todo de valor. En un error quizás inevitable, vino a confundirse la relatividad con el relativismo”.
Aunque Einstein no era un judío practicante, creía en la existencia de normas morales absolutas. Sin embargo, su teoría mal aplicada, conjuntamente con otras influencias que se hicieron sentir con mucha fuerza después de la segunda guerra mundial, hicieron del relativismo la postura filosófica dominante del siglo XX (y no parece que será distinto en el XXI). “Todo es relativo”. He ahí el argumento que pone fin a toda discusión, el credo de una nueva religión que no puede ser cuestionada, a riesgo de ser condenados al ostracismo y al etiquetamiento mordaz de ser cerrados de mente.
En el relativismo, el concepto de “verdad” queda vacío de significado, y la ética deja de ser prescriptiva (“debes hacerlo” / “no debes hacerlo”) para venir a ser puramente emocional y subjetiva (“siento que es correcto” / “me disgusta hacerlo”). Los sentimientos y la voluntad reinan soberanos. Cada cual supone que puede crear su propio código de conducta y de valores, basándose principalmente en sus sentimientos y preferencias.
Esto no sólo plantea un formidable problema moral, sino también filosófico. El relativismo es, en realidad, una teoría absurda y auto contradictoria, ya que niega dogmáticamente todo dogma. Del relativista se puede decir lo que alguien dice del escéptico: proclama “que es verdad que no hay verdad, que nosotros podemos conocer que no podemos conocer, que podemos estar seguros de que no podemos estar seguros, que puedes ser totalmente dogmático acerca del hecho de que no puedes ser dogmático, que existe un absoluto: que no hay absolutos”. El relativismo es insostenible como filosofía y opuesto a la realidad. Existe un eje rotatorio que da coherencia y sentido a todas las cosas creadas: la verdad revelada del Dios que las creó.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
lunes, 1 de junio de 2009
A la deriva en el océano del relativismo
Por Sugel Michelén
Muchos tienen la convicción de que la sociedad moderna se encuentra atravesando en estos momentos por una profunda crisis de valores y de significado. Algunas situaciones alarmantes parecen indicar que el mundo se ha deteriorado a pasos agigantados en los últimos años; pero ¿es realmente así? ¿En verdad podemos decir que nuestro mundo está atravesando por un período de crisis moral? El problema con esta pregunta es que presupone un parámetro de normalidad, la existencia de valores absolutos y de un estándar objetivo de comportamiento que rija a todos los seres humanos por igual. Si en la selva africana una familia de leones ataca un jabalí y lo despedaza, la noticia no saldrá en los periódicos al día siguiente; pero cuando un adolescente toma un arma de fuego y descarga su furia disparando contra sus profesores y compañeros de escuela, eso sí que espanta y asusta, porque no se espera que los seres humanos se comporten así.
Pero, ¿cómo determinamos el comportamiento que debemos esperar de los seres humanos? ¿Basados en cuál autoridad distinguimos lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso, lo normal de lo que no lo es? Necesitamos una base de autoridad legítima que establezca los valores que han de regir a todos por igual, de lo contrario no tendremos ningún parámetro para pasar juicio sobre las acciones de los hombres.
Ese es el gran problema al que se enfrenta la sociedad occidental hoy día: ha rechazado a Dios y Su revelación infalible y ahora se encuentra como un barco a la deriva en el océano del relativismo y la subjetividad. Lo que es bueno para uno puede que no lo sea para otro y viceversa. El concepto de verdad absoluta se ha vuelto obsoleto y con la muerte de la verdad ha muerto también la virtud. El hombre moderno contempla espantado el deterioro que hay a su alrededor, pero no percibe que ése es el fruto que se cosecha inevitablemente cuando se desecha a Dios y Su Palabra. Si no existe un Dios personal y sobrenatural que creó y sostiene todas las cosas con un propósito, un Dios que se ha revelado al hombre en un libro infalible que podemos comprender racionalmente – la Biblia – no tenemos hacia dónde mirar para encontrar respuestas verdaderas a las preguntas más importantes del hombre, ni una base ética objetiva para distinguir lo bueno de lo malo. Cuando los cimientos son destruidos es sólo cuestión de tiempo para que se imponga en la sociedad humana la ley de la selva: la supervivencia de los más fuertes.
Muchos tienen la convicción de que la sociedad moderna se encuentra atravesando en estos momentos por una profunda crisis de valores y de significado. Algunas situaciones alarmantes parecen indicar que el mundo se ha deteriorado a pasos agigantados en los últimos años; pero ¿es realmente así? ¿En verdad podemos decir que nuestro mundo está atravesando por un período de crisis moral? El problema con esta pregunta es que presupone un parámetro de normalidad, la existencia de valores absolutos y de un estándar objetivo de comportamiento que rija a todos los seres humanos por igual. Si en la selva africana una familia de leones ataca un jabalí y lo despedaza, la noticia no saldrá en los periódicos al día siguiente; pero cuando un adolescente toma un arma de fuego y descarga su furia disparando contra sus profesores y compañeros de escuela, eso sí que espanta y asusta, porque no se espera que los seres humanos se comporten así.Pero, ¿cómo determinamos el comportamiento que debemos esperar de los seres humanos? ¿Basados en cuál autoridad distinguimos lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso, lo normal de lo que no lo es? Necesitamos una base de autoridad legítima que establezca los valores que han de regir a todos por igual, de lo contrario no tendremos ningún parámetro para pasar juicio sobre las acciones de los hombres.
Ese es el gran problema al que se enfrenta la sociedad occidental hoy día: ha rechazado a Dios y Su revelación infalible y ahora se encuentra como un barco a la deriva en el océano del relativismo y la subjetividad. Lo que es bueno para uno puede que no lo sea para otro y viceversa. El concepto de verdad absoluta se ha vuelto obsoleto y con la muerte de la verdad ha muerto también la virtud. El hombre moderno contempla espantado el deterioro que hay a su alrededor, pero no percibe que ése es el fruto que se cosecha inevitablemente cuando se desecha a Dios y Su Palabra. Si no existe un Dios personal y sobrenatural que creó y sostiene todas las cosas con un propósito, un Dios que se ha revelado al hombre en un libro infalible que podemos comprender racionalmente – la Biblia – no tenemos hacia dónde mirar para encontrar respuestas verdaderas a las preguntas más importantes del hombre, ni una base ética objetiva para distinguir lo bueno de lo malo. Cuando los cimientos son destruidos es sólo cuestión de tiempo para que se imponga en la sociedad humana la ley de la selva: la supervivencia de los más fuertes.
© Por Sugel Michelén. Todopensamientocautivo.blogspot.com. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
Etiquetas:
crisis,
Relativismo,
subjetividad
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

