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martes, 8 de diciembre de 2009

El relativismo ético



El relativismo ético asume que dos posiciones morales conflictivas pueden ser verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido, ya que pueden existir en dos o más individuos, o en dos o más sociedades o culturas.

Al igual que el subjetivismo, el relativismo ético también tiene que enfrentar algunas implicaciones contradictorias:

Si aceptamos el relativismo ético tenemos que llegar a la conclusión de que ningún código moral es mejor que otro.

Lo que Hitler hizo con los judíos en Alemania no podría ser criticado como una acción moralmente incorrecta, ni como una acción moralmente inferior a la de aquellos hombres y mujeres que arriesgan sus vidas para salvar la vida de otros en operaciones humanitarias.

Si aceptamos el relativismo ético, tendríamos que llegar a la conclusión de que no existe el progreso moral, ya sea en un individuo o en un conglomerado social.

Como dice Ronald Nash: “El progreso moral genuino no puede existir en un universo donde no haya un Ser trascendente y un estándar moral objetivo por medio del cual podamos juzgar el progreso”.

Si aceptamos el relativismo ético, el esfuerzo moral queda desprovisto de significado.

Todo esfuerzo presupone un parámetro objetivo de “mejor” o “peor”, de avance o retroceso; pero esas palabras quedan vacías de significado en un mundo donde la moral es relativa.

Si aceptamos el relativismo ético, ningún ser humano es mejor que otro.

Esto se deriva del punto anterior. En un mundo relativo ninguna cosa es “mejor” que otra; las cosas simplemente “son”.

Si aceptamos el relativismo ético, entonces estamos equivocados al creer que una reforma moral es posible.

En un mundo gobernado por el relativismo no tiene sentido hablar de reforma, porque toda reforma presupone un movimiento hacia lo mejor.

Si aceptamos el relativismo ético, entonces todas nuestras decisiones son igualmente buenas.

En un mundo donde la moral es relativa, el político corrupto y el trabajador honesto que se rompe el lomo cada semana para proveer a su familia, ambos habrán tomado una decisión correcta.

Si aceptamos el relativismo ético, no sabríamos dónde poner los límites en las relaciones interculturales.

J. P. Moreland lo ilustra con el siguiente ejemplo: Imagínense que en cierto lugar el adulterio es considerado como una virtud como un escape para la represión sexual. Pero a 10 kilómetros hay otra comunidad conservadora que considera el adulterio como un pecado.

Supongamos que el señor “A” se encuentra con la sra. “B” en un motel que se encuentra exactamente en el medio de las dos ciudades. En ese caso, ¿cuál de las dos sociedades es normativa para juzgar el caso?

Al igual que en el subjetivismo ético, el relativismo nos deja empantanados en una callejón sin salida.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.