Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

jueves, 3 de diciembre de 2009

Evangelizando apropiadamente

Una de las advertencias más serias que salieron de boca del Señor Jesucristo es la que encontramos en Mateo 7:21-23: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.

Muchos morirán engañados creyendo que son creyentes, descubriendo el engaño cuando sea demasiado tarde. Por eso debemos oponernos con todas nuestras fuerzas a métodos evangelísticos que puedan contribuir de alguna manera al auto engaño de esos muchos que piensan que son creyentes porque un día respondieron a la invitación de un predicador de levantar su mano y pasar al frente de la iglesia luego de un sermón.

Como hemos visto en las tres entradas anteriores, venir a Cristo no tiene nada que ver con una acción física, sino más bien con un reconocimiento pleno de la realidad de nuestro pecado, así como del hecho de que Cristo es el único que puede salvarnos. Pero venir a Cristo requiere también que nos apropiemos de Él para que supla nuestra necesidad de salvación.

De nada sirve saber que estoy necesitado, y que existe Alguien que puede llenar mi necesidad, si no acudo a apropiarme de adecuadamente de lo que ese Alguien ofrece.

La invitación de Cristo a los pecadores es que vengan a Él para que se apropien de Él: “El que tiene sed, venga a mí y beba” (Jn. 7:37). “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna” (Jn. 6:54). No basta con estar cerca; debemos apropiarnos de Él, como nos apropiamos del líquido que bebemos y de la comida que comemos, de lo contrario no tendremos parte ni suerte en el reino de los cielos.

Ahora bien, ¿cómo nos apropiamos de Cristo? Ya sabemos que tenemos una necesidad que sólo Cristo puede suplir; ahora debemos apropiarnos adecuadamente de Él. La pregunta es ¿cómo? ¿Cómo podemos apropiarnos de Cristo? Alguien ha dicho muy atinadamente que debemos hacerlo en una forma activa, inteligente y exclusiva.

Veamos estos tres elementos por separado. En primer lugar, debemos apropiarnos de Cristo en una forma activa. Comp. Jn. 4:13-14; 6:35, 47, 51. Tres palabras o frases encontramos en esos textos que se intercambian continuamente: “Comer y beberse a Cristo”, “venir a Cristo” y “creer en Cristo”.

Es indudable que estos conceptos apuntan hacia el mismo significado. Venir a Cristo es lo mismo que comerse a Cristo, y comerse a Cristo es lo mismo que creer en Cristo (comp. Jn. 7:37-38).

Lo que ocurre al apropiarnos de Cristo por la fe es similar a lo que ocurre en el reino físico cuando nos apropiamos de la comida y la bebida. Hablar acerca de la comida no alimenta, ni tampoco escribir acerca de ella, o frotársela en el cuerpo. El alimento sólo beneficia al que se lo come. Y el comer involucra una acción consciente, activa y deliberada. Yo debo tomar los alimentos, llevarlos a la boca, triturarlos y tragarlos. Eso es comer, y ese precisamente es el símil que usa nuestro Señor Jesucristo para ilustrarnos cómo podemos apropiarnos de Él por medio de la fe.

Así como la comida y la bebida deben ser recibidas en nuestros cuerpos, y tener una unión natural con nosotros para que pueda aprovecharnos, así también Cristo debe ser recibido en nuestras almas, y entrar en una íntima unión espiritual con nosotros, por medio de la fe.

No basta con admirar a Cristo, o disertar acerca de Él. Debemos apropiarnos de Cristo por medio de la fe. Noten el énfasis que hace el Señor en todo el discurso del pan de vida en el acto de creer (6:28-29, 35-36, 40, 47).

La fe es la acción consciente, activa y deliberada de descansar en Cristo, de confiar plenamente en Él. Alguien puede decir: “Ah, pero yo he oído que es Dios quien que da la fe”. Y ciertamente eso es lo que enseña la Biblia (Fil. 1:29; Hch. 18:27). Es Dios quien da la fe, pero somos nosotros los que creemos.

Es lo mismo que ocurre con el arrepentimiento. Es Dios quien da el arrepentimiento (Hch. 11:18; 2Tim. 2:24-25), pero es el hombre el que se arrepiente.

“Pero ¿cómo yo sé si Dios me ha dado la fe para creer, o la gracia del arrepentimiento para arrepentirme?”. En ningún lugar de la Biblia se nos pide que esperemos alguna señal que nos indique que Dios nos ha dado la gracia de la fe o del arrepentimiento para creer y arrepentirnos.

La Biblia nos manda más bien que lo hagamos. Pablo dice en Hch. 17:30 predicando a los Atenienses que “Dios… ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan”. Este es un mandato universal de Dios.

¿Tú entiendes que has pecado contra Dios? ¿Entiendes que has transgredido Su Ley? ¿Que no tendrás excusa alguna en el día del juicio? Entonces ven a Cristo, aprópiate de Él en una forma activa y deliberada, descansando completamente en Él para salvación.

No se trata de sentarte a esperar que algo maravilloso te ocurra de repente. Eres tu quien debes venir a Cristo; eres tú el que debes apropiarse de Él por la fe; eres tu quien debes exponerse a los medios que Dios usa para dispensar la gracia que nos capacita para creer. La Biblia dice que la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios.

Como dice Juan Benton: “Otras personas pueden orar por usted, pero nadie puede hacer que usted sea cristiano. Llegar a ser cristiano… es un asunto entre usted y Jesucristo…, no tiene nada que ver con otra persona. ¿Lamenta usted su pecado? ¿Quiere acabar con el dominio del pecado en su vida? ¿Quiere ser salvo del juicio venidero? (Si es así, escucha lo que dice la Palabra de Dios al respecto): ‘Buscad a Jehová mientras pueda ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino… y vuélvase a Jehová…’. Eres tú quien debes buscar, quien debes llamar, quien debes dejar y volverte”.

Me temo que muchos llegarán al infierno habiendo percibido durante sus vidas su necesidad espiritual y conociendo perfectamente la oferta del evangelio. Sabían que eran pecadores, y que en Cristo hay salvación para todo aquel que cree, pero no hicieron nada al respecto.

Se sentaron a esperar que algo maravilloso ocurriera, y murieron esperando. Algunos, como el rico de la parábola, elevarán una oración demasiado tarde, cuando ya no hay nada que hacer para apropiarse de Cristo. Como dice Pablo en 2Cor. 6:2: “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de la salvación”.

Es a eso que me refiero al decir que debemos apropiarnos de Cristo de una forma activa y deliberada. En una posterior diré algo más acerca de cómo nos apropiamos de Cristo en una forma inteligente y exclusiva.


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