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viernes, 18 de diciembre de 2009

Cuando no entendemos la providencia de Dios

Muchas veces juzgamos las acciones de otros tomando como punto de referencia lo que nosotros hubiésemos hecho de haber estado en su lugar. “Si yo hubiese sido fulano, habría hecho esto o aquello”. Pero, si bien eso podría funcionar en ocasiones a escala horizontal, eso nunca funciona a nivel vertical. Cometen un grave (y peligroso) error los que intentan evaluar las decisiones y métodos de Dios con un parámetro humano; inconscientemente piensan: “Si yo fuera Dios lo hubiese hecho de otro modo”; pero no tenemos ni el conocimiento ni la sabiduría que Dios tiene.

Ese fue el problema que Job afrontó. Él pasó por grandes aflicciones: la pérdida de todos sus bienes; luego la pérdida de todos sus hijos; y, finalmente, la pérdida de su salud. Y, como si todo eso fuera poco, tuvo que enfrentar la incomprensión de su mujer y sus amigos. Pero ninguna de esas cosas fue para Job tan dolorosa como la perplejidad que le causaba la actuación de Dios en todo esto. Cuando leemos el libro de Job no encontramos en ningún lugar una petición a Dios para que le devolviera sus bienes materiales o su salud, ni que le diera más hijos. Lo único que Job pedía una y otra vez era una explicación: “Dios, tu sabes que no soy un impío, tu sabes que he andado en integridad delante de ti, ¿por qué ha venido todo esto a mi vida; por qué tantas aflicciones y tanto dolor?” Esa perplejidad era para Job sumamente dolorosa; nada podía compararse con el sufrimiento interno que le causaba no entender por qué Dios actuaba de ese modo. “Si tan solo pudiera tratar este asunto directamente con Dios, si tan solo me diera una explicación”.

Finalmente vemos en el capítulo 38 que Dios accede a la petición de Job. El Dios todopoderoso rompe Su silencio, pero en vez de responder sus preguntas más bien multiplica sus interrogantes: “Ahora ciñe como varón tus lomos; Yo te preguntaré, y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel?” Y así continúa Dios, formulando pregunta tras pregunta, todas totalmente fuera del alcance de la comprensión de este hombre que tanto insistió en que se le diera una explicación. Dios quería que Job viera su limitación.

Esta es una lección que todo creyente debe aprender si desea llegar a ser un cristiano maduro y estable. Muchas veces nuestras actitudes ante las dificultades de la vida revelan que, consciente o inconscientemente, estamos haciendo exigencias similares a las de Job: “Dios tiene que explicarme lo que Él está haciendo porque esto no tiene ningún sentido para mí”. Pero tales exigencias presuponen dos premisas que son completamente falsas. La primera es que tenemos el derecho de demandarle a Dios una explicación. La segunda es que si Dios accediera a nuestro reclamo entenderíamos cabalmente lo que Él está haciendo. Pero lo cierto es que Dios no está obligado a darnos una explicación de Sus actos; como dice Eliú a Job en su discurso: “él no da cuenta de ninguna de Sus razones” (Job 33:13); y aún si accediera a darnos una explicación, no podríamos entender plenamente Su modo de obrar. Debemos aceptar humildemente que la mente de Dios está fuera del alcance de nuestro entendimiento. Dios llevó a Job a entender que él era una criatura limitada, a la vez que le llevó a meditar en aquellas cosas que él sí conocía: Él ha hecho un universo maravilloso que revela tanto Su bondad como Su sabiduría; de manera que podemos confiar en Él, aún en medio de aquellas circunstancias que no podemos entender.

Mi amado hermano, no es necesario que Dios levante por completo el telón de la providencia para que podamos confiar en Él. Ese mismo Dios que creó el universo, y que gobierna todas las cosas con Su poder, es el mismo en cuya mano está tu vida. No necesitamos que Él nos explique Sus planes con todo detalle para que podamos descansar confiados – y no olvides que si accediera a explicarlos, tampoco lo entenderíamos. Lo que Él ha revelado de Sí mismo a través de Su creación y de Su Palabra es suficiente.

Tratemos de visualizar por un momento las repercusiones que tienen las acciones de cada ser humano y cada cosa que ocurre en el mundo, como si se trataran de hondas que se forman en el agua de un estanque a la caída de una piedra. Son innumerables las repercusiones que cada acción humana puede tener en otros. Nosotros mismos no somos conscientes de la forma en la que nuestra vida puede afectar a un montón de personas en un momento dado.

Ahora imaginemos que en vez de una piedra son diez las que han caído en el estanque, y tratemos de visualizar cómo las hondas de todas chocan entre sí, interactuando unas con otras. Pero ahora supongamos que no son diez, sino cien, o mil, o un millón, o seis billones; entonces tendremos una idea aproximada de la enorme complejidad de la providencia divina que gobierna todas las cosas y seres para Su gloria y para el bien de Su pueblo. Todo esto sin eliminar en absoluto la responsabilidad humana.

El hombre no es un autómata; es un ser creado a la imagen de Dios con intelecto, voluntad, auto determinación y emociones. Cuando toma una decisión lo hace conforme a lo que desea, es su decisión, él es responsable. Sin embargo, Dios sigue siendo Soberano y Su plan perfecto será llevado a su cumplimiento.

“¿Quién entendió la mente del Señor?” Pregunta Pablo en el versículo 34 de Romanos 11. La respuesta, por supuesto, es: Nadie. Nadie entendió ni entenderá jamás la mente del Señor, no a plenitud. Sus juicios son insondables y Sus caminos son inescrutables. Como dice el profeta Isaías en el capítulo 40 versículo 28: “su entendimiento no hay quien lo alcance”.


Extracto del libro “Palabras al Cansado”.

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