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martes, 22 de diciembre de 2009

Segunda escena: La turbación de Herodes


Cuando los magos llegaron a la ciudad de Jerusalén, fue tal la conmoción que se generó que la noticia llegó a oído de Herodes; éste se espanta y manda a llamar a los principales sacerdotes en Israel y a los escribas para que le den más detalles de las profecías que hablaban del Cristo, para luego convocar a los magos a una reunión privada.

Ahora, para comprender la turbación de este hombre y de toda la ciudad, es necesario que conozcamos algunos datos históricos. Herodes no era judío, sino idumeo y, por lo tanto, no estaba supuesto a ocupar el trono de Israel; en otras palabras, era un usurpador.

Cuando los romanos capturaron a Judea en el año 63 a. de C., en los días de Pompeyo, el padre de Herodes, llamado Antípater, que era un hombre muy astuto y que en ese tiempo era gobernador de Edom, aprovecha la situación para buscar el favor de los romanos.

En ese tiempo los judíos estaban atravesando por una situación interna muy difícil como nación y no podían ponerse de acuerdo entre sí; así que los romanos nombraron a Antípater procurador de Judea, y él a su vez nombró a su hijo Herodes como tetrarca de Galilea. Eso ocurrió en el año 47 a. de C.

Unos años más tarde el emperador Augusto extiende el territorio de Herodes hasta incluir toda Palestina, y es así como este hombre llega a ser rey de los judíos sin ser judío. Y, como debemos suponer, por esta misma razón tuvo que enfrentar un montón de dificultades para mantenerse en el puesto.

Tal vez para suavizar un poco la situación, Herodes se casó con una judía llamada Mariamna quien era descendiente de la última familia que había gobernado a Israel antes de que los romanos se hicieran cargo de la situación.

Pero nunca dejó de tenerle terror a todo lo que sonara a conspiración, un problema que se fue agudizando con los años; mientras más viejo, Herodes se hacía más paranoico y más cruel.

Como la familia de su esposa había gobernado anteriormente a Israel, parece que muchos judíos albergaban la esperanza de que volvieran a reinar de nuevo, pero Herodes se encargó de ir matándolos uno por uno.

Primero mató al hermano de su esposa, luego a uno de sus tíos, luego a su abuelo, después la mató a ella y un año después a su madre; y por si eso fuera poco, finalmente mató a los tres hijos que había tenido con Mariamna, porque ellos también llevaban esa sangre.

Era tal la crueldad de este hombre que unos días antes de morir mandó a encarcelar a un grupo de los más distinguidos ciudadanos de Jerusalén, dejando órdenes expresas de que todos ellos fuesen ejecutados cuando él muriera, para asegurarse así de que al menos en Jerusalén se llorara el día de su muerte.

Ahora, imagínense lo que pudo haber pensado Herodes cuando escuchó la noticia de que un grupo de la casta de los magos había llegado del oriente preguntando dónde estaba el rey de los judíos que había nacido.

Herodes se perturbó grandemente, y toda la ciudad se perturbó también, porque sabían lo peligroso que era este hombre cuando se sentía amenazado. Es muy probable que la perturbación del pueblo no fuera por la visita de los magos, sino por temor a la reacción de Herodes.

Por experiencia sabían que esa agitación del rey podía significar sangre, como de hecho ocurrió. Herodes mandó a matar a todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores, para asegurarse de que no se gestara ninguna conspiración en contra suya alrededor de ese niño.

Pero volviendo al curso de nuestra historia, Herodes convocó a los principales sacerdotes y a los escribas para saber más de este asunto y ellos confirmaron que el Mesías habría de nacer en Belén. Miqueas lo había profetizado unos 700 años antes.

De paso, Cristo no hubiese podido cumplir esa profecía adrede, ni muchas otras que se cumplieron a lo largo de Su vida. Nadie puede decidir ni la familia ni el lugar de su nacimiento. Cristo nació en el lugar preciso, en el tiempo preciso y en la familia precisa.

En este relato llama poderosamente la atención la reacción de los sacerdotes y los escribas; ellos escuchan lo que dicen los magos, conocen la profecía bíblica, pero aun así se muestran indiferentes.

Los magos, que tenían menos información, se movieron cientos de kilómetros para conocer a Jesús y adorarle; pero estos líderes de Israel que lo tenían ahí mismo, a la vuelta de la esquina, no hicieron absolutamente nada para verificar el hecho. Fueron totalmente indiferentes. Ni se airaron como Herodes, ni le adoraron como los magos; simplemente volvieron a sus asuntos como si nada hubiera pasado.

Pero volvamos otra vez al relato. Herodes llamó a los magos en secreto, muy probablemente para no despertar mayores sospechas y comentarios entre el pueblo, y finge interés religioso (vers. 7-8). Ya Herodes sabía dónde habría de nacer el niño, ahora quiere información para poder calcular su edad.

Pero no pregunta directamente lo que quiere saber: “¿Qué edad Uds. creen que el niño tiene ahora?” No. “¿Cuándo fue que apareció esa estrella?” Fue en base a esta información que Herodes calculó que el niño tenía para ese tiempo unos dos años de edad (vers. 16).

Así que es incorrecto ubicar a los magos en el pesebre, cuando Jesús era apenas un recién nacido. Cuando los magos llegaron a Belén, Jesús tenía unos 2 años de edad y ya vivía en una casa con sus padres (vers. 11). Pero esto pertenece a la tercera escena de nuestra historia.

La obra que acompaña esta entrada es
"La matanza de los inocentes", de Rubens.

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