Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura
Mostrando entradas con la etiqueta Oración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Oración. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de octubre de 2009

Cuando al orar pedimos cosas grandes y nosotros nos sentimos muy pequeños

Muchas veces, cuando el creyente ora viene a su mente la duda sobre el derecho que tiene de ir delante del trono de Dios y hacer peticiones tan pretenciosas. “¿Qué derecho tienes de pedir cosas tan grandes? Esas son bendiciones que el Señor tiene reservada para ciertos favoritos, para creyentes que son más fieles que tú. Tal vez si fuera (tal o cual hermano) que estuviera pidiendo eso, pero ¿tú?”.

Cuando tus pensamientos te atormenten de ese modo, y te estén impidiendo acercarte libremente al trono de la gracia, considera los siguientes contraargumentos.

Compara la grandeza de Dios con la grandeza de tu petición:

Uno de los deberes que tienen los hijos de Dios es el de engrandecer a Dios: “Engrandeced a nuestro Dios” (Deut. 32:3). Eso no quiere decir que nosotros debemos hacer a Dios más grande de lo que es, porque tal cosa es imposible; pero lo que se nos pide aquí es que reconozcamos su grandeza, que la proclamemos y que actuemos conforme a ella.

Cuando el cachorro de león se pasea confiado al lado de sus padres, él está proclamando con su actitud que anda bien acompañado. De igual modo, el creyente debe proclamar con su actitud que su Dios es grande, eterno, todopoderoso. Y en ningún otro lugar reconocemos esto con más intensidad que en nuestra cámara secreta de oración. Allí nadie nos ve, pero nuestra confianza está proclamando la grandeza de Dios.

Y si ese es nuestro Dios, ¿qué podemos pedirle que sea demasiado grande para Él? Hay cosas que no nos atreveríamos a pedirle a una persona común y corriente, pero que sí podríamos pedirla a un presidente. Así también hay cosas que no podríamos pedirla a un presidente, pero que sí podemos pedirla a Dios (comp. 2R. 6:26-27).

¿Qué nos ilustra esto? Que mientras más grande es la petición que hacemos, más grande es a nuestros ojos la persona a quien nos dirigimos. Y ¿qué nos dice la Escritura acerca de nuestro Dios? Que “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef. 3:20).

¿Es tu petición que Dios perdone tus pecados? Nunca pienses que estos son demasiado grandes como para ser perdonados, porque dice la Escritura que nuestro Dios se deleita en misericordia, y que Él es amplio en perdonar.

¿O es tu petición que te libre de un pecado que te está martirizando y esclavizando? El Dios al cual estás orando es capaz de abrir cualquier prisión de maldad en la cual puedas estar encerrado.

Los egipcios tenían una cruel tiranía sobre los israelitas, y dice en Ex. 14:24: “Aconteció a la vigilia de la mañana, que Jehová miró el campamento de los egipcios... y trastornó el campamento”. Una sola mirada suya es capaz de desbaratar todo un ejército, y de terminar la más cruel de las tiranías.

¿O estás pidiendo tal vez que Dios te libre de una gran aflicción? ¿Estás en este momento sumido en tinieblas y no ves ni un rayo de luz por ningún lado? Recuerda entonces que Dios hizo todo lo que se ve de lo que no se veía.

Siendo Él un espíritu puro, tiene tanto poder como para crear la materia usando únicamente Su Palabra. No debe ser difícil para Él organizar esa materia cuando de repente nos parezca que todo a nuestro lado es caótico y desordenado.

Hermano, la misericordia de Dios no es menor que su poder; ni su poder es menor que su misericordia. Él ha decretado que Su poder infinito esté disponible para obrar en nuestras vidas de modo que todas las cosas sean para nuestro bien. Él mismo Señor dijo a Abraham en una ocasión: “¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” (Gn. 18:14).

Así que si en un momento dado piensas que tu petición es muy grande, lo primero que debes hacer es comparar tu petición con la grandeza de Dios. Eso te dará más confianza para acercarte al trono de la gracia y derramar tus preocupaciones en la presencia de Aquel que cuida de nosotros con un amor infinito e inmutable.

Defiéndete contraponiendo las promesas de Dios a tus temores:

Para que la oración del creyente sea efectiva debe estar basada en las promesas que Dios nos ha dejado en Su Palabra, ya que Dios no hará aquello que Él no ha prometido hacer. Por ejemplo, supongamos que un individuo decide dejar de comer para siempre, y subsistir únicamente por medio de la oración. ¿Puede Dios preservar la vida de ese individuo, aún este deje de comer? Sí, Dios tiene poder para hacerlo. Pero, ¿sabe qué es lo que muy probablemente le sucederá a este hombre? Que se morirá de hambre, porque Dios ha prometido sostener nuestra vida física a través de los alimentos.

Así que el creyente ora basado en las promesas que Dios nos ha revelado en las Escrituras, y Él nos ha prometido que todas las cosas obrarán para nuestro bien; ha prometido suplirnos la gracia que necesitamos para que nuestro peregrinaje sea firme y seguro.

Cuando tus pensamientos te hagan dudar por lo grande de la petición, contraataca interponiendo las promesas de Dios. Es cierto que la misericordia que estás pidiendo es inmensamente grande, comparada con lo que realmente mereces. Pero el Rey soberano del universo te ha dado permiso para pedir esas cosas; y, más aún, te ha prometido responder tu petición conforme a Su sabiduría y Su bondad. “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces (Jer. 33:3).

Recuerda que Cristo pagó por las misericordias que necesitas:

Creyente, no es en tu propio nombre que estás acudiendo al trono de Dios, porque si fuera así no encontrarías nada, sino en el nombre de Cristo, y el Padre no le niega nada a Su Hijo: “De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará (Jn. 16:23).

Noten que el asunto aquí no es únicamente que el creyente debe pedir al Padre la bendición requerida en el nombre de Cristo, sino que es también en ese Nombre que el Padre lo hará. Cristo es el canal a través del Cual fluyen todas las bendiciones de Dios. Todas las bondades de las cuales Dios nos hace partícipes Cristo las compró para nosotros en la cruz.

Cristo compró para ti regeneración, fe, arrepentimiento, perdón de pecados, comunión con Dios, etc. Orar en el nombre de Cristo no significa mencionar Su nombre al final de la oración. Es ir delante del Padre basado en lo que Cristo adquirió para ti.

Supongamos que Juan Pérez es administrador de una empresa, y que como tal, Juan puede firmar cheques de la cuenta que esta empresa tiene en un banco equis. Si Juan Pérez acude a ese banco como administrador, y con un cheque de la empresa, él puede sacar de ese banco todos los fondos que desee.

Pero si acude al banco en su propio nombre, y emite un cheque personal, el banco no sacará el dinero de la empresa para dárselo, sino que examinarán la cuenta personal de Juan Pérez para ver si tiene los fondos necesarios.

Cuando el creyente acude al trono de la gracia, no lo está haciendo por sí mismo, ni en sus propios méritos; él está acudiendo en el nombre de Cristo, basado en los méritos de Él. Podemos ir delante de Dios porque Cristo, Su Hijo, compró esas misericordias para nosotros. Esa es la enseñanza de He. 4:14-16.

Así que la próxima vez que vayas a orar, y tus pensamientos te arrastren al terreno de la duda, diciéndote: “Pero, ¿quién te has creído tú que eres?” Es el momento de responder: “Yo sé que no soy nadie, y que no tengo derecho a pedir nada por mí mismo delante del trono de Dios; pero yo estoy orando en el nombre de Cristo. Es en Sus méritos que confío, no en los propios”.

He aquí algunos de los remedios que podemos usar como creyentes para defendernos de las estratagemas de Satanás. Sólo deseo recordarles para concluir que en el reino de Cristo hay una ley por la que se rigen todas las cosas: “Conforme a vuestra fe os será hecho”.

Quiera el Señor aumentar nuestra fe y, por consiguiente, aumentar nuestra vida de oración, al escuchar estos argumentos que nos estimulan a traer continuamente nuestra causa delante del trono de la gracia, y a echar nuestras ansiedades sobre Él sabiendo que Él tiene cuidado de nosotros.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...

sábado, 10 de octubre de 2009

Cuando las muchas ocupaciones nos dificultan orar

Suponiendo que ni tu cuerpo ni tu alma se encuentren indispuestos para orar, o que esos argumentos no te hayan convencido para que desistas de hacerlo, entonces te vendrá en ocasiones el pensamiento de que, por tus diversas ocupaciones, deberías buscar otro momento en el que tengas más libertad para acercarte al Señor en oración.

“Si al menos estuvieras desocupado, y no tuvieras tantas cosas que atender, entonces hubieras podido dedicarte a orar con tranquilidad. Pero, ¿cómo vas a llegar delante de Dios en medio de tanta agitación? ¿No sería mejor esperar por un momento más apropiado?”.

Cuando nuestros pensamientos se interpongan de ese modo para alejarnos de la oración, existen ciertas consideraciones que todo creyente debe hacerse con honestidad y objetividad:

1. Considera si acaso no te estarás sobrecargando con los negocios y afanes de este mundo.

Dios nos ha dado talentos y capacidades, de modo que podamos dedicarnos a nuestros trabajos y ocupaciones con responsabilidad. Por lo tanto, el Señor no se opondrá a que le dediquemos a estos asuntos el tiempo que requieren. Lo que no podemos hacer de ningún modo es darle al mundo aquello que le pertenece a Dios (comp. Mt. 22:21).

Si en nuestro horario habitual usualmente se nos dificulta o imposibilita sacar un tiempo para estar a solas con nuestro Señor, o para dedicarnos al cuidado de nuestras familias, hay algo que estamos haciendo que no es la voluntad del Señor para nosotros.

¿Qué pensaría un jefe cuyo empleado llega tarde a trabajar, y la excusa que el empleado pone es que estuvo viendo TV hasta tarde la noche anterior? Seguramente la excusa no será aceptada. De igual modo no podemos excusarnos de nuestro tiempo de oración, por el hecho de que estábamos ocupados en cosas en las cuales no teníamos que estar ocupados.

Recuerdo haber leído hace muchos años el siguiente pensamiento: “No hagas hoy lo que puedes hacer mañana”. No podemos pretender hacer más de lo que nuestras capacidades y nuestro tiempo nos permiten. Aún los pastores deben considerar seriamente este asunto del tiempo. Si no planificamos con cuidado llegará un momento en que la obra del Señor nos alejará del Señor.

2. Considera de qué modo puedes planificar tu tiempo para que tus asuntos y negocios no interfieran con tu piedad.

Cuando un hombre sabio tiene dos cosas importantes que hacer en un mismo día planificará de qué modo puede emplear su tiempo disponible para poder hacer ambas cosas.

Todo creyente necesita sabiduría para planificar cómo ha de conjugar sus devociones personales, con los negocios del mundo; el tiempo que ha de pasar a solas en comunión con Dios, y el que ha de emplear en las cosas propias de su vocación.

Muchas veces los creyentes caen en la trampa de creer que, sin planificarlo, encontrarán un momento apropiado en el día para dedicarse a sus devociones. Lo que usualmente ocurre es que llega la noche y esa persona no ha podido parar ni por un instante. Durante todo el día su tiempo estará ocupado en una serie interminable de cosas que requerirán su atención.

El tiempo para las devociones privadas no se debe tratar de encontrar, se debe hacer, apartar de antemano luego de una consideración objetiva y cuidadosa.

3. Procura tener nociones correctas acerca de la importancia de la oración.

Algunas veces los creyentes son llevados por su impaciencia y su corrupción interna a considerar la oración como una pérdida de tiempo. Tenemos tantas cosas “importantes” que realizar, que dedicarnos a la oración sería permanecer pasivos en medio de una serie de asuntos que requieren nuestra participación activa.

Pero ¿podríamos considerar como tiempo perdido las horas que se tome un trabajador para afilar sus instrumentos? Él no está perdiendo el tiempo; más bien se está preparando para ser más efectivo.

La oración no es un obstáculo para que el cristiano se dedique a sus negocios, o a sus recreaciones lícitas. Más bien contribuyen a que sus asuntos sean ejecutados más exitosamente, y para que sus recreaciones sean santificadas. ¿Qué puede ser más recomendable que comenzar un negocio o una recreación en la presencia de Dios? (comp. Pr. 3:5-6).

4. Considera que mientras más dificultades tengamos que vencer, y más obstáculos que conquistar para tener comunión con Dios, más agradable será a los ojos de Dios.

Ningún amigo es más apreciado que aquel que vino a visitarnos en medio de muchas ocupaciones. Por el contrario, ¿qué molestas son las visitas de los vagos, y cuán poco apreciadas? Cuando alguien nos dice: “No tenía nada que hacer, y por eso vine a visitarte”, esa visita usualmente no es muy apreciada.

5. Considera objetiva e imparcialmente la importancia o necesidad de ese asunto que te está apartando de tu tiempo de oración.

No podemos negar que ciertamente hay asuntos que requieren que nosotros pospongamos nuestro tiempo de devoción hasta que encontremos un tiempo más apropiado. Si la casa del vecino se está quemando, un creyente no puede decir: “Ahora no puedo ir a ayudar porque voy a leer la Biblia y orar”.

Y eso no sólo ocurre en casos tan extraordinarios. Hay situaciones que pueden llevar a un creyente a posponer su tiempo de oración. Pero tal cosa sólo debe hacerse luego de haber considerado objetiva e imparcialmente la importancia o necesidad de ese asunto. Y para que tal consideración pueda ser objetiva, el creyente debe hacerse las siguientes preguntas:

(a) ¿Es ese asunto legítimo en sí mismo?

(b) ¿Es importante?

(c) ¿Necesariamente debe ser hecho ahora?

(d) ¿Fuimos sorprendidos por el asunto? ¿Es algo que no pudimos planificar?

Hay situaciones providenciales que requieren de nuestra atención, y en tales casos no pecamos cuando posponemos nuestro tiempo de oración. Pero aún en tales ocasiones el creyente puede enviar sus oraciones como dardos al cielo, como hicieron Moisés y Nehemías en situaciones difíciles (comp. Ex. 14:10-15; Neh. 2:1-5).


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...

viernes, 9 de octubre de 2009

¿Qué hacer cuando el alma no parece estar en condiciones para orar?

El enemigo de nuestras almas hará todo lo posible por impedirnos que oremos. En ocasiones nos dirá que nuestro cuerpo no está en condiciones para dedicarnos a la oración, como vimos en la entrada anterior; pero otras veces nos dirá que esperemos a tener una mejor condición espiritual.

“Si al menos estuvieras en este momento en una condición espiritual distinta, entonces hubieras podido dedicarte a cumplir con tu deber de orar en una forma más apropiada. Pero, ¿cómo vas a ir delante del trono de Dios con un corazón tan frío como el que tienes? ¿Acaso no sería mejor esperar a que tu vida espiritual esté en mejores condiciones para entonces orar apropiadamente?”

He aquí algunos de los argumentos que podemos usar para contrarrestar esos pensamientos y maquinaciones.

1. ¿Ha sido alguna vez el descuido de un deber el método apropiado para prepararnos a cumplir con tal deber en el futuro?

En otras palabras, la pereza no se cura durmiendo. Si tienes una pierna con calambres por causa de su inactividad, ésta sólo podrá librarse de esa condición moviéndola. Si descuidas tu vida de oración porque tu alma no se encuentra en este momento preparada para orar, luego vas a encontrar que será más difícil para ti dedicarte a ese deber. Mientras más rápido te dispongas a romper con ese círculo pecaminoso, menos dificultoso será.

No te dejes engañar por Satanás esperando tiempos mejores para dedicarte a orar, porque esos tiempos no llegarán sin oración. Dejar de orar es lo que te mantendrá encadenado en la triste condición en que te encuentras.

2. Examina cuidadosamente a qué se debe la indisposición en que se encuentra tu corazón en este momento y que está obstaculizando tu vida de oración.

¿Es acaso un pecado o varios pecados que no han sido debidamente confesados y mortificados? El pecado no liga con la oración. Cuando el creyente está consciente de que no está siendo diáfano en su vida con respecto a Dios, se levanta en él un sentimiento de vergüenza que le impide orar.

¿Qué debemos hacer en ese caso? ¿Dejar de orar? No, todo lo contrario; ése es el momento en que debemos ir delante del trono de Dios en confesión de nuestra falta. Clamar por una nueva medida de arrepentimiento y fe, y clamar por misericordia.

Si en la noche recuerdas que pecaste en el día, no dejes por eso de orar; dedícate más bien con ahínco a buscar el rostro de Dios en oración. Como dice Gurnall: “Seguramente será mejor clamar a Dios por perdón, y por más de Su gracia, que arriesgarte a hacer lo mismo o algo peor mañana”.

El Señor nos dice en Su Palabra: “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mt. 26:41). La oración privada es un elemento de suprema importancia en nuestra lucha en pos de la santidad, por tanto, el pecado siempre se las arreglará para alejarnos lo más posible de ese deber.

Pero recuerda que el pecado no podrá lograr esto sin tu consentimiento. No permitas que tu propia corrupción te aleje del trono de Dios, porque si dejas de orar por causa de tu pecado, terminarás cayendo en un pozo cada vez más profundo de maldad.

Alguien puede decir: “Pero es que mi problema es mayor aún; el problema mío es que siento que Dios se ha alejado de mí. Si tan sólo experimentara otra vez esa cercanía que alguna vez tuve con Él, no sería tan difícil para mí dedicarme a la oración”.

3. Creyente, si ese es tu problema, permíteme hacerte una pregunta, ¿si sientes que Dios se ha alejado de ti, en qué otro lugar esperas encontrarlo que no sea en el camino de la obediencia y de la oración?

Ciertamente hay momentos en que Dios oculta su rostro de nosotros, ¿sabes con qué propósito? Para que le busquemos más intensamente en la cámara secreta de oración (comp. Os. 5:15 - 6:1).

Si estás experimentando esa soledad de Dios, el método más seguro de encontrarte con Él no es huyendo de Su presencia, sino acudiendo al trono de la gracia. Abraham tuvo que subir al monte Moriah para encontrar el carnero que Dios había provisto.

Si no sube al monte tampoco encuentra la provisión. Así que no debemos esperar la provisión para entonces subir; debemos subir primero así desprovistos como estamos. “El día que clamé, me respondiste; me fortaleciste con vigor en mi alma” (Sal. 138:3).


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...

jueves, 8 de octubre de 2009

“Este no es el momento apropiado para orar; seguramente encontrarás luego un tiempo más oportuno”

Por petición de alguien, he estado posteando algunas entradas con respecto al tema de la oración, y más particularmente, los obstáculos que tenemos que vencer para dedicarnos a orar regularmente (por justicia debo decir que el libro del puritano William Gurnall The Christian in Complete Armour me ha sido de mucha ayuda al tratar con estos temas).

Uno de esos obstáculos es el pensamiento de que debemos esperar un momento más oportuno para dedicarnos a la oración: “¿Por qué no esperas mejor una ocasión más propicia para orar? Seguramente luego encontrarás una oportunidad más apropiada para dedicarte a este deber”.

Si nos dejamos llevar de estos pensamientos nos pasará como a Félix, que despidió a Pablo diciendo que lo llamaría luego, en una ocasión más propicia, y ahora lamenta en el infierno la oportunidad que desechó de escuchar el evangelio.

Nunca olvides que cuando Satanás y tu carne piden tiempo prestado es para robárselo; nunca lo devuelven. Satanás es como los mendigos astutos. Los mendigos astutos saben que si piden una cantidad exorbitante de dinero nadie se lo va a dar; por tanto, ellos prefieren pedir una cantidad razonable para atrapar a las personas caritativas.

Satanás no te va a pedir mucho tiempo; él no te dirá que podrás orar dentro de un año. Astutamente tratará de convencerte de que esperes “un poco más”; bien pronto llegará ese momento oportuno de orar. Si nos llevamos de sus engaños el momento nunca llegará.

¿Cuáles son los argumentos que aduce el maligno para llevarnos a desistir de orar? Uno de ellos es que nuestro cuerpo no está en condiciones para que nos dediquemos a orar en ese momento particular. “¿Acaso no dice la Escritura que Dios se deleita más en misericordias que en sacrificios? ¿Por qué te empeñas en orar en un momento que no es apropiado para tu cuerpo?”.

Ciertamente la Escritura enseña que nuestro cuerpo fue comprado por Cristo en el momento de la redención, y por lo tanto, es pecaminoso que seamos crueles con ellos (1Cor. 6:19-20). Debemos ser despiadados en nuestra lucha contra el pecado, pero debemos ser responsables en cuidar el cuerpo que el Señor nos dio.

Sin embargo, también debemos preguntarnos si nuestra indisposición es tan grande que nos impida ir delante del trono de Dios en oración. Supongamos que no te estás sintiendo muy bien físicamente, ¿es tan grande ese malestar cómo para impedirte que ores?

Gurnall dice lo siguiente al respecto: “¿Estas tan bien como para ir de tiendas, pero no tanto como para ir a la cámara secreta de oración? ¿Puedes salir al mercado, pero no puedes orar en la casa? ¿Tu malestar no es tan grande como para impedirte que negocies con el mundo, pero sí lo suficiente como para impedir que trates con el cielo?”

Pero supongamos que estás tan mal que ni siquiera has podido ir a tu trabajo; aún así debes preguntarte: ¿es tan grande mi malestar que me impida por completo visitar el trono de la gracia? ¿No es posible que Dios te haya indispuesto físicamente para que te apartes por un momento de tus ocupaciones y te acerques más a Él?

Es posible que estés tan enfermo que eso no te permita estar mucho tiempo en oración, y debes saber que Dios es comprensivo. Él no está esperando que en medio de tu enfermedad ores como si estuvieras sano.

Pero aun en esos momentos puedes llevar tu mente al trono de Dios y enviar tus oraciones como dardos al cielo. En ese sentido debemos saber distinguir entre lo que es el no poder orar como queremos y el no querer orar. Una cosa es que no podamos orar como quisiéramos, y otra cosa es que no queramos orar.

Si no podemos orar como queremos, debemos recordar que Dios conoce cuál es nuestra condición; pero si la realidad es que no deseamos orar porque nuestra carne se está oponiendo a este deber, no nos amparemos en nuestra enfermedad para dejar de orar.

Pero tal vez el problema no es que estás enfermo; el problema es que estás cansado, tan cansado que si te dispones a orar te quedarás dormido. ¿Qué debe hacer el creyente en ese caso?

Lo primero que el creyente debe hacer es preguntarse, “¿por qué estoy cansado?”. Porque es posible que tu cansancio sea ilegítimo. ¿Cuándo el cansancio es ilegítimo? Cuando es producto de pecado o de un mal manejo del tiempo. Por ejemplo, si tienes problema con la pereza, y pasas mucha parte del día sin estar ocupado en algo productivo, encontrará que tu cuerpo estará sumido en un sopor que te obstaculizará realizar cualquier actividad que requiera de un esfuerzo de tu parte.

Recuerda lo que dice Pr. 21:25: “El deseo del perezoso lo mata, porque sus manos no quieren trabajar”. La oración requiere de esfuerzo; pero el individuo que pasa una buena parte del día sin hacer nada encontrará mucha indisposición en su carne a esforzarse. Hay una especie de cansancio en el perezoso que le impide esforzarse por alcanzar aquello que desea. Pero ese cansancio es ilegítimo porque no es producto del trabajo, sino de la pereza.

Por otro lado, el cansancio es ilegítimo cuando es producto de un mal manejo de tu tiempo. Si te estás sobrecargando de trabajo innecesariamente, o si estás empleando tu tiempo libre en actividades que te están impidiendo descansar como debes, tu cansancio es ilegítimo. Dios planificó el día de 24 horas, y la semana de 7 días, para que en ese período de tiempo nos ocupemos en cumplir con todas nuestras responsabilidades.

Por otro lado, si acostumbras usar tu tiempo libre en la noche para hablar dos horas por teléfono, o para sentarte dos o tres horas frente al televisor, entonces no te excuses en tu cansancio para dejar de orar; lo que debes hacer es planificar mejor tu tiempo. Hay tiempo para todo, dice Ecl. 3:1.

¿Cuándo podemos hablar de un cansancio legítimo? Cuando es el producto de situaciones providenciales. Tal vez tu trabajo no es un obstáculo para sacar un tiempo diario para estar a solas con el Señor, pero un día se presentó algo inusual. O supongamos que llovió y tu casa se inundó, y tuviste que estar hasta tarde sacando agua y secando el piso; o que se enfermó uno de tus hijos y no pudiste dormir bien.

Esas son situaciones providenciales que generarán cansancio. En tal caso debemos aplicar el mismo principio que aplicamos en caso de enfermedad. Dios conoce nuestra condición; Él es un Padre compasivo. Él no espera que todos los días oremos con la misma intensidad. Como decíamos antes, hay días que sólo podemos enviar nuestras oraciones como dardos al cielo, y retirarnos tranquilamente a descansar.

Cuando Elías estaba cansado después de haber huido durante todo un día por causa de Jezabel, Dios entendía que el profeta estaba cansado física y emocionalmente. ¿Saben lo qué hizo Dios? Lo puso a comer y a dormir. Algo similar hizo Cristo con Sus discípulos en un momento dado (comp. Mr. 6:30-31).

Nuestro Dios no es como Faraón, que pedía a los israelitas que hiciesen la misma cantidad de ladrillos sin proporcionarles la paja. Dios conoce nuestra condición. No siempre estaremos en la misma disposición, pero siempre debemos estar dispuestos a luchar contra todos estos obstáculos que intentan alejarnos de la cámara secreta de oración.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...

miércoles, 7 de octubre de 2009

Cuando al orar no se tiene facilidad de expresión

Algunos creyentes se sienten perturbados con su vida de oración, porque al orar no perciben en sí mismos la facilidad de expresión que otros poseen. Aquellos tienen un lenguaje fluido, y tienen cierta facilidad para terminar sus peticiones con expresiones emotivas y pertinentes. Pero este hermano no posee esa capacidad, y a duras penas puede expresar las peticiones de su corazón.

A menudo Satanás se aprovecha de tal cosa para abatirnos y de ese modo debilitar nuestra resolución de dedicarnos a orar. Tal vez él esté susurrando en tu interior: “Si al menos tuvieras el don que posee el hermano tal o cual para orar, entonces podrías dedicarte con más esmero a la oración; pero en tu caso particular deberías dejarle eso a los que pueden hacerlo mejor que tu”.

¿Qué debemos hacer cuando somos atacados de ese modo? Al igual que en el caso anterior, al menos ya sabemos lo que no debemos hacer: no debemos dejar de orar. Recuerda que Satanás está tratando de obstaculizar tu vida de oración; por tanto, una cosa que no debes hacer es dejarte arrastrar por sus insinuaciones. Orar es una necesidad para todo hijo de Dios, y también es un deber; si algo nos obstaculiza para impedirnos que cumplamos con nuestro deber de orar, no debemos atacar al deber, sino al obstáculo.

Pero, ¿cómo podemos defendernos de este ataque? ¿Cómo podemos vencer este obstáculo?

Recuerda que Dios no mira como mira el hombre:

Cuando Dios desechó a Saúl y encomendó a Samuel que buscase otro rey, el Señor le reveló que ese rey sería tomado de los hijos de Isaí. Samuel se dirigió a la casa de Isaí y pidió a Isaí que llamase a sus hijos.

Dios no le había revelado aún cuál de ellos sería, porque quería enseñar a Samuel una gran lección; y no sólo a Samuel, sino a nosotros también. Primero llegó Eliab, y desde que Samuel lo vio supuso que ése era el hombre a quien Dios había señalado: “De cierto delante de Jehová está su ungido” (1Sam. 16:6).

En su lógica humana Samuel pensó que este individuo reunía todas las cualidades necesarias para ser rey. Y esto ya de entrada nos muestra un grave error que Samuel estaba cometiendo, y que nosotros también cometemos a menudo: ¿En base a qué había llegado Samuel a semejante conclusión?

Únicamente en base a lo que veían sus ojos. Samuel no conocía el interior de este individuo, nunca antes lo había visto; él no sabía cuáles eran los hábitos de vida de este hombre, ni cómo reaccionaba ante las crisis de la vida.

¿Cuál fue el veredicto de Dios en este caso? “Y Jehová respondió a Samuel: no mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1Sam. 16:7).

Este ejemplo es muy ilustrativo en cuanto al tema que estamos tratando. El Señor no está escuchando la hermosura del lenguaje de los que oran; Él está observando la sinceridad del corazón. La falta de frases hermosas en la oración lo único que muestran es que no posees facilidad de expresión (o al menos, la facilidad de expresión que otros poseen); pero si vas a tener un defecto es mejor que sea en tu lenguaje y no en tu corazón.

¿Qué es mejor, tener un cuerpo sano en una ropa llana y sencilla, o tener un cuerpo enfermo envuelto en los más finos y caros vestidos? Como bien señala Gurnall: “¿Acaso no prefieres ser sincero con una pobre capacidad de expresión, que tener un corazón podrido con una excelente don de oratoria?”.

Recuerda que Dios no acepta nuestras oraciones por la forma en que nos expresemos, sino por la obra de Cristo:

Santiago dice que “la oración del justo puede mucho” (Sant. 5:16). La oración de este hombre es eficaz porque procede de un alma que ha sido justificada delante de Dios. “Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos... Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias” (Sal. 34:15, 17).

El Señor oye a los justos. Pero ¿cómo puede un hombre pecador llegar a ser considerado “justo” delante de Dios? A través de la obra redentora de Cristo. Es por medio de Cristo que nuestras oraciones llegan delante del trono de Dios; y todo creyente, el que habla bien como el que no posee facilidad de expresión, cuenta con ese recurso en su vida de oración (comp. 1P. 2:4-5).

Si no fuera por el ministerio intercesor de Cristo, nada de lo que hacemos para Dios sería aceptable en Su presencia. Pero cuando vayas a orar, deja que esta verdad te sirva de estímulo: tú tienes un Sacerdote que está intercediendo por ti todo el tiempo. Por medio de Él tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo cuantas veces queramos y cuantas veces lo necesitemos (He. 10:19-22).

Esto no quiere decir que no existan ciertos vicios en las oraciones de algunos con los cuales debemos luchar; o que no debemos esforzarnos por aprender a usar argumentos bíblicos en nuestras oraciones, o por integrar en nuestras conversaciones con Dios el lenguaje que Dios mismo usa en las Escrituras.

Cuando vamos delante del trono de Dios en oración debemos hacerlo con la conciencia de la solemnidad del deber que será realizado. Nuestras palabras no deben salir atropelladamente de nuestros labios. Debemos orar ordenadamente y con un propósito definido. Pero siempre encontraremos algunos que nos exceden en sus oraciones. Por más que nos esforcemos en mejorar nuestra expresión, nuestra capacidad tiene un límite.

Pero no olvides que es por medio de Cristo que nuestras oraciones son escuchadas. Es por causa de Él que el cetro de la misericordia está extendido para nosotros en todo tiempo.

Y cuando un santo se dispone a orar la sangre de Cristo purifica sus oración de imperfecciones; lo que Dios escucha no es la hermosura de las expresiones usadas, sino la sinceridad de ese corazón que ha sido purificado por la sangre de Cristo, el sentido de necesidad de esa alma que ora, su asombro al meditar en la grandeza de Dios, su gratitud al considerar los dones inmerecidos que recibimos diariamente de Su mano; eso es lo que Dios escucha y lo que Dios observa cuando oramos.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...

martes, 6 de octubre de 2009

¿Qué hacer cuando Satanás nos acusa diciéndonos que si oramos en la condición espiritual en que estamos somos unos hipócritas?

Hay momentos cuando el creyente se dispone a orar, y entonces Satanás se alía con las corrupciones de su corazón, y comienza a acusarle diciéndole que, dada la condición espiritual en que se encuentra, sería un acto de gran hipocresía si se acerca a Dios en oración.

Tal vez traiga a tu memoria algún pecado recientemente cometido que te haya perturbado, y ahora te perturba aún más trayendo a tu alma el temor de añadirle al pecado que has cometido una dosis de hipocresía. “¿Cómo serás capaz de venir delante de Dios después de haber hecho lo que hiciste? ¿Acaso crees que Dios no te ha visto? ¿Cómo piensas tú que Dios recibirá tu oración?”

Satanás suele minimizar el pecado antes de cometido, para convencernos y seducirnos; pero una vez cedemos a sus demandas, entonces magnifica el hecho para convencernos de que para nosotros no puede haber perdón.

Puede ser también que nos encontremos en un momento dado indispuestos para orar; no sentimos el deseo de hacerlo y sentimos el temor de que si nos acercamos ante el trono de la gracia, movidos únicamente por la necesidad y el sentido del deber, estaremos actuando con hipocresía por estar haciendo algo a lo que nuestros deseos se oponen. Cuando experimentes esa lucha y ese temor, he aquí algunos remedios que debes emplear para defenderte:

Estás temeroso de ser un hipócrita si oras; pero recuerda que aquel que no ora está demostrando con ello que es un inconverso:

La oración es una marca distintiva de todo creyente. Todo verdadero creyente ora, porque eso es parte integral de su nueva naturaleza (Hch. 9:11). Los creyentes tienen lucha con su vida de oración, y por momentos pueden pasar por períodos de decaimiento en el ejercicio de ese deber espiritual.

Pero todo creyente genuino acudirá a Dios en oración; si es creyente orará, tarde o temprano, no sólo porque su sentido de necesidad lo moverá a ello, sino también porque sabe que Dios lo ha mandado.

Dios desea que oremos, y nos ha ordenado que oremos. La oración es un deber impuesto sobre los hijos de Dios, y por lo tanto debemos ocuparnos en este deber cuando lo deseemos y cuando no lo deseemos. No debemos confundir la obediencia con la hipocresía.

Cuando cumplo un deber, no porque lo deseo, sino porque sé que Dios lo ha mandado, y porque el vigor de mi vida espiritual depende de ello, eso no es hipocresía, sino obediencia.

Si en esos momentos Satanás te acusa de que serás un hipócrita si lo haces, recuerda que es más sabio ocuparte en un deber conocido, que cometer el pecado de no intentarlo siquiera por temor a fallar en medio del cumplimiento de ese deber. Esa es la actitud paralizante que asume el perezoso, y finalmente no hace nada: “El león está fuera; seré muerto en la calle” (Pr. 22:13).

Gurnall pregunta al respecto: “¿Vas a quedarte atrapado en un pecado conocido (es decir, en la falta de oración) porque tienes el temor de encontrarte con un león cuando salgas por el camino de la obediencia para cumplir un deber que es indispensable?” (Vol. 2; pg. 305).

El perezoso sabe que debe salir a trabajar, pero por miedo a encontrarse con un león decide quedarse en su casa sin hacer nada. El perezoso espiritual tiene temor de caer en hipocresía, y en vez de orar y luchar contra ese león, decide mejor dejar a un lado la oración.

El hecho de que tengas temor de ser un hipócrita, es un buen argumento para probar tu sinceridad:

Nadie está exento de caer en el pecado de la hipocresía, pero está más seguro el que tiene temor de caer en él. Si sientes temor de ser un hipócrita, créeme que Satanás le tiene más miedo a tu sinceridad que a tu hipocresía. Cuando Satanás ve a un hipócrita disponiéndose a orar hipócritamente, en vez de obstaculizar su oración, más bien lo estimula a hacerlo, y después que el hipócrita ora, Satanás lo felicita por haberlo hecho.

Esto es lo mismo que sucede con aquellos cristianos sinceros que por una mala instrucción se atormentan a sí mismos creyendo que han cometido la blasfemia contra el Espíritu Santo. Pero el mismo hecho de que esto los atormenta es una prueba de que no han cometido ese pecado. El hombre que posee un corazón endurecido no se preocupa por la dureza de su corazón.
Da gracias a Dios que ha puesto en ti ese temor a la hipocresía, pero no permitas que ese temor te paralice. Dios lo ha puesto allí para que no nos conformemos con la ejecución de nuestros deberes, sino para que vigilemos nuestras motivaciones. Pero nunca fue la intención del Espíritu de Dios infundir el temor de ser hipócritas con el propósito de paralizarnos.

Si ese temor se está convirtiendo en un obstáculo para tu vida de oración, ataca tu temor, no tu vida de oración:

¿Qué hizo Moisés cuando vio a un egipcio golpeando a un israelita? Que mató al egipcio y libró al israelita. Tú debes hacer lo mismo. Destruye el pecado, de modo que puedas rescatar tu alma de ser negligente en el cumplimiento de tu deber.

Debes hacer la resolución de combatir todo pecado o insinuación que vaya en contra de tu vida de oración. Cuando Darío emitió el famoso decreto que impedía la oración, Daniel combatió contra el decreto orando. De igual modo, cuando Satanás intenta alejarnos de la cámara secreta de la oración, es el momento cuando con más ahínco debemos dedicarnos a orar.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

Leer más...

lunes, 5 de octubre de 2009

¿Por qué se nos hace tan difícil mantener el hábito de orar?

Orar es a la vida cristiana como el respirar a la vida física. Así como nadie puede vivir sin respirar, así tampoco un creyente puede vivir sin orar. Un hombre sin oración es un hombre sin Dios. En el Sal. 14 el salmista describe a los impíos como aquellos que no invocan a Dios. Así como un niño respira desde el momento en que nace, así también el cristiano ora.

No obstante, no debemos pensar por esto que el orar sea una tarea sencilla. Cuando un creyente se dispone a orar una tremenda lucha comienza a librarse de inmediato en su interior, y continuará librándose hasta que termine de orar. ¿Por qué es esto así? Porque el pecado aún mora en nosotros, y continuamente nos empuja lejos de Dios.

Todo deber que nos acerque a Dios encontrará resistencia en nuestro interior. En Rom. 7:21 Pablo dice: “Así que queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí”. “Precisamente cuando me dispongo a hacer el bien, el pecado que mora en mi interior se manifiesta activamente tratando de impedirlo”.

Y como ningún otro deber nos acerca más a Dios que la oración, ninguno encontrará más resistencia que éste. El pecado es tan terrible que nos persigue hasta las puertas mismas del cielo, como nos advierte el Señor en Mateo 6:5-6:

“Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”.

Detengámonos a observar este texto con cuidado. No existe una actividad más noble, ni más piadosa que orar. Dice Martyn Lloyd-Jones que “nunca es mayor el hombre que cuando se halla en comunión y contacto con Dios”. No obstante, aún en el ejercicio de ese deber tan noble y piadoso, el creyente puede ser atrapado por la corrupción y el pecado que habita en él y orar como un hipócrita.

Muchas veces pensamos en el pecado en términos de hechos vergonzosos y desagradables. Vemos a un hombre tendido en el pavimento, completamente borracho, y pensamos que ese es un cuadro vívido de los efectos del pecado en el hombre. Pero si queremos tener una idea más exacta de lo que es el pecado debemos mirar hacia otro lugar. Debemos mirar a un creyente sincero, de rodillas delante de Dios, tratando de presentarse ante el trono de la gracia, y aún en ese lugar experimentando el asedio de su propio “yo”, el asedio de su propia corrupción.

Esa es una imagen más vívida y más terrible de los efectos del pecado en el hombre. Ese hombre ha venido a adorar a Dios, y si se descuida el pecado lo moverá a adorarse a sí mismo. Así de monstruoso es el pecado.

El Señor Jesucristo nos está advirtiendo en este pasaje que al venir delante de la presencia de Dios debemos cuidarnos de la hipocresía. Cuidarnos de centrar la atención en nosotros mismos en vez de centrarla en Aquel a quien oramos. Ese es el peligro que Cristo denuncia aquí.

El pecado nos perseguirá hasta las puertas mismas del cielo. Así que no te sorprendas por las luchas que experimentas en tu vida de oración. No sólo durante el ejercicio de ese deber piadoso, sino también en el momento en que te dispones hacerlo.

¡Cuán difícil es mantener una vida disciplinada de oración! Satanás y el pecado no sólo tratarán de estorbarnos mientras oramos, sino que intentarán, por todos los medios posibles, obstaculizarnos para que no oremos.

Y es precisamente acerca de estos obstáculos que pienso postear una serie de artículos a lo largo de esta semana, haciendo un amplio uso de la obra del puritano William Gurnall The Christian in Complete Armour (“El Cristiano y su Completa Armadura”). El cristiano no debe ignorar las maquinaciones del maligno, y por lo tanto debe conocer las estratagemas que usa para alejarlo del trono de la gracia y los remedios que debemos aplicar para impedirlo.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...

sábado, 3 de octubre de 2009

Si Dios es soberano ¿para qué orar?

Una de las actividades más comunes de la vida cristiana es la oración. Los verdaderos cristianos oran. De ese modo se comunican con Su Padre celestial, le dan gracias por Sus bendiciones, piden por el avance del reino, por la Iglesia, por dificultades propias y ajenas. La oración es a la vida cristiana lo que la respiración a la vida física.

Sin embargo, cuando examinamos con cuidado el tema de la oración en la Escritura, pronto nos daremos cuenta del enorme misterio que encierra esta actividad tan común y natural para los hijos de Dios. La enseñanza bíblica sobre la oración es en verdad sorprendente y, en apariencia, muy paradójica.

Por un lado la Biblia contiene un sinnúmero de textos que no solo nos estimulan a orar, sino que nos demandan que oremos. Los cristianos deben orar, y, de hecho, oran. Pero por el otro lado, la Escritura también nos enseña que nuestro Dios es omnisciente y soberano. Él no solo conoce todas las cosas de antemano, sino que soberanamente ha decretado que ocurran. Ni siquiera un pajarito cae a tierra sin la voluntad de Dios, dice en Mt. 10:29. ¿Qué sentido tiene, entonces, que oremos? ¿Hace alguna diferencia el que yo ore a Dios o no?

Algunos pretenden solucionar este problema diciendo que la oración no hace en verdad ninguna diferencia, excepto en nosotros mismos, que el cambio se produce realmente en la persona que ora. Al orar por una cosa concentro mis pensamientos en ella, y de ese modo mi actitud cambia y cosas ocurren.

Por ejemplo, oro a Dios porque me vaya bien en el trabajo; eso produce un cambio en mi actitud, refuerza mi determinación al respecto, me vuelvo más responsable y esforzado, y eso hace que trabaje mejor. Es de ese modo, dicen ellos, que funciona la oración, como una especie de muleta psicológica.

Pero eso no es lo que la Biblia enseña acerca de la oración. Cosas ocurren cuando el creyente ora, cosas relacionadas con circunstancias que son externas a él. Ciertamente nuestro Dios es soberano, pero eso no elimina la responsabilidad que tiene el creyente de orar, ni hace de la oración una especie de placebo espiritual, algo que no funciona en realidad, pero que produce un efecto sicológico en nosotros. No. La doctrina bíblica, bien comprendida, no nos mueve a menospreciar la oración, sino más bien a orar más intensamente.

Uno de los ejemplos más claros de esta realidad es el que encontramos en el capítulo 1 de la carta de Pablo a los Efesios. En el vers. 4 Pablo nos habla de la elección soberana de Dios, en el vers. 5 de la predestinación, y en el vers. 11 declara que Dios hace todas las cosas “según el designio de Su voluntad”.

La enseñanza de Pablo con respecto a la soberanía de Dios es clara y contundente en este pasaje. Sin embargo, eso no afectó negativamente su vida de oración, como vemos en la siguiente sección de la carta: “Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones” (vers. 15-16).

Noten la paradoja: “Por esta causa… yo oro”. Por todas las bendiciones que Él ha descrito en los vers. 3 al 14, y de la que todos los creyentes en Cristo han participado por la gracia soberana de Dios, por eso era que Pablo oraba por ellos. “Las cosas grandiosas que Dios ha hecho ya por vosotros me estimula a seguir pidiendo más”, es lo que Pablo está diciendo aquí.

Pablo no razonaba diciendo: “Ya que Dios los escogió soberanamente para derramar un sinnúmero de bendiciones sobre vosotros, ¿qué caso tiene, entonces que yo ore? Él los bendecirá con o sin mis oraciones, porque así fue decretado desde antes de la fundación del mundo”.

Él dice más bien: “Dios los escogió para bendecirles, y amparado en esa realidad, yo oro por vosotros”. La doctrina bíblica de la soberanía de Dios nunca debe ser un incentivo para dejar de orar, sino más bien para hacerlo. Después de todo, ¿qué caso tiene orarle a un Dios que no gobierna todas las cosas? ¿Cómo podría ese Dios responder a nuestro clamor si existen muchas circunstancias que están fuera de Su control o las que Él ha decidido no controlar?

Los creyentes oran a Dios porque confían en que Él es “poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef. 3:20). Más aun, porque saben que ese Dios está atento al clamor de Su pueblo, y en un sentido real responde a Su clamor.

Dice el salmista en el Sal. 34:17: “Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias”. Nuestro Dios es trascendente y personal. Cuando los justos claman, Él escucha y responde. “Busqué a Jehová y Él me oyó, y me libró de todos mis temores” (Sal. 34:4).

Porque nuestro Dios escucha la oración y responde, cosas que desde nuestra perspectiva habrían de suceder de un modo, Dios las torna para que ocurran de otro. Un ejemplo notorio de esto lo encontramos en Ex. 32. Los hijos de Israel habían pecado gravemente contra Dios haciéndose un becerro de oro para adorarle en vista de que Moisés tarda en bajar del monte Sinaí. Ante ese terrible acto de idolatría Dios le anuncia a Moisés que va a destruir al pueblo:

“Dijo más Jehová a Moisés: Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz. Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande” (vers. 9-10).

Pero Moisés no piensa “dejar a Dios”, no está dispuesto a quedarse de brazos cruzados, y a pesar de todo intercede por el pueblo, apelando a un argumento poderoso: el pacto que Dios había hecho con Abraham, Isaac y Jacob:

“Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte? ¿Por qué han de hablar los egipcios, diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la tierra? Vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu pueblo. Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel tus siervos, a los cuales has jurado por ti mismo, y les has dicho: Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado, y la tomarán por heredad para siempre” (vers. 11-13).

Moisés no pensó: “Dios no puede destruir a este pueblo, porque Él hizo un pacto prometiendo su preservación; así que puedo quedarme tranquilo, porque eso seguro no va a suceder”. ¡No! El pacto de Dios no conduce a Moisés al “quietismo”, sino más bien a la oración. Él descansa en la promesa de Dios para interceder por el pueblo, y al hacerlo Dios responde Su oración: “Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo” (vers. 14).

“Dios escucha las oraciones de Su pueblo. Por eso considera como un grave pecado cuando nadie intercede en medio del peligro: Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé. Por tanto, derramé sobre ellos mi ira; con el ardor de mi ira los consumí; hice volver el camino de ellos sobre su propia cabeza, dice Jehová el Señor” (Ez. 22:30-31). Nadie intercedió, y por eso el castigo no sería retenido.

Dios espera que Su pueblo ore, que Sus hijos intercedan delante de Él. Esas intercesiones forman parte de Su plan soberano: son el medio diseñado por Dios mismo para que las cosas pasen. Es por eso que Santiago dice en su carta: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Sant. 4:2).

“Pedid y se os dará – dice el Señor – porque todo aquel que pide recibe” (Mt. 7:7-8). Algo de razón tenía el poeta que definió la oración como...

cuerda que liga las divinas manos,
música de admirable punto y letra,
que al mismo Dios el corazón penetra.

Cuando el creyente ora, su clamor penetra en el corazón mismo de Dios, porque Él ha decretado obrar en el contexto de las oraciones de Su pueblo. Como bien señala D. Carson: “La auténtica y maravillosa verdad es que los seres humanos como Moisés, usted y yo, podemos participar en los propósitos de Dios a través de los medios que Él dispone”.

Y más adelante añade: “Este Dios se nos presenta como personal, de forma que podemos orar a Él, discutir con Él, presentarle razones, interceder ante Él. Pero también es soberano, el tipo de Dios que obra en nosotros – ¡y en nuestras oraciones! – ‘así el querer como el hacer, por Su buena voluntad’ (Fil. 2:13). Su carácter soberano no rebaja su carácter personal; el hecho de que sea una persona no disminuye su soberanía. Nunca es nada menos que soberano y personal”.

Nuestro Dios es soberano, pero también es personal; Él en Su soberanía ha decretado que cosas pasen cuando Su pueblo ora. Cuando Su pueblo no ora, esas cosas no pasan, y entonces debemos concluir que, por una razón solo conocida por Dios, era parte del decreto que no ocurrieran.

Para ponerlo más sencillo aún: cuando Dios decreta que algo ocurra, Él también decreta las causas que deben suceder para que eso ocurra. Todo lo que pasa en el mundo tiene una causa, y tanto el hecho como la causa forman parte del decreto de Dios.

John Piper lo explica de este modo: “Si Dios predestinó que yo muriera por una herida de bala, entonces yo no moriré si la bala no es disparada. Si Dios predestinó que yo fuera sanado por una cirugía, entonces, si no hay cirugía, no seré sanado”.

Es como en el caso del sol, dice Piper. Ya que Dios predestinó que el sol brillara, también predestinó que fuera una bola de fuego inextinguible. Si se extinguiera el fuego ya no habría brillo porque Dios decretó que el brillo del sol emanara del fuego.

“Pues así pienso yo acerca de las respuestas a las oraciones. Ellas son el brillo y la oración es el fuego. Dios ha establecido el universo de tal manera que en gran medida este se mueve por la oración, de la misma manera que ha establecido la brillantez para que en gran medida ocurra por medio del fuego”.

Oremos, entonces; no nos detengamos de interceder ante el trono, que el Dios de gloria cumplirá Su promesa, sin importar los aspectos del misterio que nosotros no podemos comprender por el momento. “Pedid y recibiréis, dice el Señor en Jn. 16:24, para que vuestro gozo sea cumplido”.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...

viernes, 21 de agosto de 2009

Cita de Spurgeon sobre la bondad de la oración breve

"Yo creo que la excelencia de la oración consiste, a menudo, en su brevedad. Habrán notado la extrema brevedad de la mayoría de las oraciones que fueron preservadas en la Biblia.

"Una de las oraciones más largas es la oración de nuestro Salvador, registrada por Juan, que habría tomado, yo supongo, alrededor de unos cinco minutos; y está la oración de Salomón con motivo de la dedicación del templo, que podría haber tomado unos seis minutos. Casi todas las demás oraciones registradas en la Biblia son muy breves; y, probablemente, en nuestros servicios públicos de oración, oramos mucho más extensamente que todas esas oraciones sumadas juntas".

C. H. Spurgeon, sermón no.3186, La oración más breve de Pedro: "¡Señor, sálvame!" Usado con permiso del blog Charles Haddon Spurgeon.
Leer más...