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viernes, 9 de octubre de 2009

¿Qué hacer cuando el alma no parece estar en condiciones para orar?

El enemigo de nuestras almas hará todo lo posible por impedirnos que oremos. En ocasiones nos dirá que nuestro cuerpo no está en condiciones para dedicarnos a la oración, como vimos en la entrada anterior; pero otras veces nos dirá que esperemos a tener una mejor condición espiritual.

“Si al menos estuvieras en este momento en una condición espiritual distinta, entonces hubieras podido dedicarte a cumplir con tu deber de orar en una forma más apropiada. Pero, ¿cómo vas a ir delante del trono de Dios con un corazón tan frío como el que tienes? ¿Acaso no sería mejor esperar a que tu vida espiritual esté en mejores condiciones para entonces orar apropiadamente?”

He aquí algunos de los argumentos que podemos usar para contrarrestar esos pensamientos y maquinaciones.

1. ¿Ha sido alguna vez el descuido de un deber el método apropiado para prepararnos a cumplir con tal deber en el futuro?

En otras palabras, la pereza no se cura durmiendo. Si tienes una pierna con calambres por causa de su inactividad, ésta sólo podrá librarse de esa condición moviéndola. Si descuidas tu vida de oración porque tu alma no se encuentra en este momento preparada para orar, luego vas a encontrar que será más difícil para ti dedicarte a ese deber. Mientras más rápido te dispongas a romper con ese círculo pecaminoso, menos dificultoso será.

No te dejes engañar por Satanás esperando tiempos mejores para dedicarte a orar, porque esos tiempos no llegarán sin oración. Dejar de orar es lo que te mantendrá encadenado en la triste condición en que te encuentras.

2. Examina cuidadosamente a qué se debe la indisposición en que se encuentra tu corazón en este momento y que está obstaculizando tu vida de oración.

¿Es acaso un pecado o varios pecados que no han sido debidamente confesados y mortificados? El pecado no liga con la oración. Cuando el creyente está consciente de que no está siendo diáfano en su vida con respecto a Dios, se levanta en él un sentimiento de vergüenza que le impide orar.

¿Qué debemos hacer en ese caso? ¿Dejar de orar? No, todo lo contrario; ése es el momento en que debemos ir delante del trono de Dios en confesión de nuestra falta. Clamar por una nueva medida de arrepentimiento y fe, y clamar por misericordia.

Si en la noche recuerdas que pecaste en el día, no dejes por eso de orar; dedícate más bien con ahínco a buscar el rostro de Dios en oración. Como dice Gurnall: “Seguramente será mejor clamar a Dios por perdón, y por más de Su gracia, que arriesgarte a hacer lo mismo o algo peor mañana”.

El Señor nos dice en Su Palabra: “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mt. 26:41). La oración privada es un elemento de suprema importancia en nuestra lucha en pos de la santidad, por tanto, el pecado siempre se las arreglará para alejarnos lo más posible de ese deber.

Pero recuerda que el pecado no podrá lograr esto sin tu consentimiento. No permitas que tu propia corrupción te aleje del trono de Dios, porque si dejas de orar por causa de tu pecado, terminarás cayendo en un pozo cada vez más profundo de maldad.

Alguien puede decir: “Pero es que mi problema es mayor aún; el problema mío es que siento que Dios se ha alejado de mí. Si tan sólo experimentara otra vez esa cercanía que alguna vez tuve con Él, no sería tan difícil para mí dedicarme a la oración”.

3. Creyente, si ese es tu problema, permíteme hacerte una pregunta, ¿si sientes que Dios se ha alejado de ti, en qué otro lugar esperas encontrarlo que no sea en el camino de la obediencia y de la oración?

Ciertamente hay momentos en que Dios oculta su rostro de nosotros, ¿sabes con qué propósito? Para que le busquemos más intensamente en la cámara secreta de oración (comp. Os. 5:15 - 6:1).

Si estás experimentando esa soledad de Dios, el método más seguro de encontrarte con Él no es huyendo de Su presencia, sino acudiendo al trono de la gracia. Abraham tuvo que subir al monte Moriah para encontrar el carnero que Dios había provisto.

Si no sube al monte tampoco encuentra la provisión. Así que no debemos esperar la provisión para entonces subir; debemos subir primero así desprovistos como estamos. “El día que clamé, me respondiste; me fortaleciste con vigor en mi alma” (Sal. 138:3).


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

2 comentarios:

Anthony dijo...

Psator, Dios lo bendiga mucho a ustedes y las personas que los rodean. Muchas gracias por estos articulos hacerca de la oracion que han edificado mi vida bastante, que Dios todopoderoso le siga dando mucha sabiduria y que siempre le provea de Su misericordia y de Su gracia.

Ginés Solano dijo...

Gracia y paz.Hermano Sugel,escuché a Leonard Ravenhill decir en una predicación que orar en si mismo no tiene porque conducirle a una vida santa,pero que apartarse para Dios y vivir una vida santa traerá consigo la oración.¿Qué piensa usted al respecto?