Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

viernes, 2 de octubre de 2009

¿Salvos por gracia y bendecidos por obras?


A pesar de que la Biblia enseña claramente que la salvación es un regalo de la gracia de Dios por medio de la fe en Cristo, algunos creyentes parecen creer que el resto de las bendiciones divinas las recibimos por obras. Esto no es algo que se dice explícitamente, sino más bien algo que opera a nivel inconsciente: “Aunque no hay nada que podamos hacer para salvarnos, excepto arrepentirnos y creer, una vez hemos creído debemos orar, leer la Biblia, ir a la iglesia, predicar el evangelio (etc.) para merecer ser bendecidos Dios”.

Pero lo cierto es que si hoy estamos en Cristo ha sido únicamente por la bendita gracia de Dios, la misma gracia por la que continuamos recibiendo todas las otras bendiciones de Dios. Así como no fueron nuestros méritos pasados los que llevaron a Dios a salvarnos, porque no teníamos ninguno, así tampoco son nuestros méritos presentes los que ahora mueven a Dios a preservarnos y a bendecirnos. Todo sigue siendo por gracia.

Debemos echar fuera de nuestras mentes toda idea que nos lleve a pensar que somos merecedores de las bendiciones de Dios (Gal. 3:1-5). Nunca seremos merecedores de nada. Todo lo que obtengamos de Su mano será por gracia y basado en lo que Cristo hizo a nuestro favor en la cruz del calvario.

No debemos pensar que si leemos la Biblia todos los días, y asistimos a todos los cultos de la iglesia, y oramos varias veces al día y por mucho tiempo, eso nos hará merecedores de las bendiciones de Dios. No, hermanos; desechemos ese sistema de méritos de nuestras mentes, porque es contrario a la gracia (comp. Rom. 11:5-6).

Leer la Biblia diariamente, venir a la Iglesia con un corazón dispuesto, orar, y todos los demás ejercicios espirituales que los cristianos deben hacer, no nos ganan méritos delante de Dios. Esos son medios de gracia (muy importantes, por cierto) que Dios ha instituido soberanamente para mantener nuestra salud y fortaleza espiritual.

Vamos a ponerlo de este modo. ¿Qué debe hacer un hombre para alcanzar una buena calidad de vida? Debe mantener una dieta balanceada, un programa regular de ejercicios físicos, descansar apropiadamente, etc., etc.

Dios ha diseñado nuestros cuerpos para que responda a esas cosas; si eres responsable en el cuidado de tu cuerpo, aun así puede ser que te enfermes, y que mueras antes de cumplir los 40 años; pero lo cierto es que esas son las cosas que debemos hacer en nuestra responsabilidad para tener una buena calidad de vida.

Ahora bien, cuando yo hago todo eso, ¿lo hago para merecer la salud? No, no es un asunto de méritos, sino de ser responsable en el cuidado de mi cuerpo, tomando en cuenta la forma como Dios lo creó. Si estoy enfermo y me tomo la medicina que el médico prescribió, no es para merecer ser sanado. Simplemente estoy actuando como un hombre sensato que sigue las prescripciones de su médico.

Pues lo mismo ocurre con el alma. Cuando hacemos un uso responsable de los medios que Dios ha prometido usar para nuestro fortalecimiento espiritual, no lo hacemos para merecer la bendición de Dios, sino porque esos son los medios de gracia que Dios ha establecido para que nuestras almas sean fortalecidas.

Pablo dijo a Timoteo: “Ejercítate para la piedad” (1Tim. 4:7). Cuando leo la Biblia con detenimiento, cuando la escudriño, cuando medito en lo que he leído, cuando dependo de Dios en oración, me estoy ejercitando en la piedad, le estoy dando a mi alma lo que mi alma necesita.

Pero lo cierto es que nunca llenaremos la medida de santidad que Dios espera de nosotros por nuestros esfuerzos personales; fuimos salvos en Cristo y seguimos siendo salvados en Cristo. Es por gracia, sólo por gracia, no por ninguna otra cosa que haya en mí o sea hecha por mí.

Y aun cuando haga uso de los medios de gracia que Dios soberanamente ha establecido para preservar nuestra salud espiritual, lo haré descansando en Él, no en mis propias fuerzas o capacidad:

“Señor voy a leer tu Palabra, dame entendimiento, abre mis ojos, alimenta mi alma”.

“Señor, voy al culto de adoración; oh que pueda yo adorarte sin distracciones, que pueda percibir tu presencia, que tu Palabra predicada obre en mi corazón.”

De manera que la gracia no se opone al esfuerzo humano, sino al mérito humano. Los que descansan en la gracia también se esfuerzan en la gracia, porque la gracia no anula nuestra responsabilidad en el proceso de santificación. “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”, dice Pablo en Fil. 2:12. Hay algo que nosotros debemos hacer si queremos crecer en santidad; pero siempre amparados en la gracia de Dios, no en nuestras fuerzas: “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”, sigue diciendo Pablo en Fil. 2:13.

Sería una insensatez de nuestra parte pedir a Dios en oración que nos mantenga saludables, si no nos ejercitamos, ni cuidamos nuestra alimentación, ni damos descanso a nuestros cuerpos. Una cosa es necesaria para que se produzca la otra. Pues de igual manera es una insensatez pedir en oración que nuestras almas sean fortalecidas, y que nuestra vida espiritual crezca y se desarrolle, si descuidamos al mismo tiempo los medios de gracia que Dios ha provisto para que eso ocurra.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.