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jueves, 8 de octubre de 2009

“Este no es el momento apropiado para orar; seguramente encontrarás luego un tiempo más oportuno”

Por petición de alguien, he estado posteando algunas entradas con respecto al tema de la oración, y más particularmente, los obstáculos que tenemos que vencer para dedicarnos a orar regularmente (por justicia debo decir que el libro del puritano William Gurnall The Christian in Complete Armour me ha sido de mucha ayuda al tratar con estos temas).

Uno de esos obstáculos es el pensamiento de que debemos esperar un momento más oportuno para dedicarnos a la oración: “¿Por qué no esperas mejor una ocasión más propicia para orar? Seguramente luego encontrarás una oportunidad más apropiada para dedicarte a este deber”.

Si nos dejamos llevar de estos pensamientos nos pasará como a Félix, que despidió a Pablo diciendo que lo llamaría luego, en una ocasión más propicia, y ahora lamenta en el infierno la oportunidad que desechó de escuchar el evangelio.

Nunca olvides que cuando Satanás y tu carne piden tiempo prestado es para robárselo; nunca lo devuelven. Satanás es como los mendigos astutos. Los mendigos astutos saben que si piden una cantidad exorbitante de dinero nadie se lo va a dar; por tanto, ellos prefieren pedir una cantidad razonable para atrapar a las personas caritativas.

Satanás no te va a pedir mucho tiempo; él no te dirá que podrás orar dentro de un año. Astutamente tratará de convencerte de que esperes “un poco más”; bien pronto llegará ese momento oportuno de orar. Si nos llevamos de sus engaños el momento nunca llegará.

¿Cuáles son los argumentos que aduce el maligno para llevarnos a desistir de orar? Uno de ellos es que nuestro cuerpo no está en condiciones para que nos dediquemos a orar en ese momento particular. “¿Acaso no dice la Escritura que Dios se deleita más en misericordias que en sacrificios? ¿Por qué te empeñas en orar en un momento que no es apropiado para tu cuerpo?”.

Ciertamente la Escritura enseña que nuestro cuerpo fue comprado por Cristo en el momento de la redención, y por lo tanto, es pecaminoso que seamos crueles con ellos (1Cor. 6:19-20). Debemos ser despiadados en nuestra lucha contra el pecado, pero debemos ser responsables en cuidar el cuerpo que el Señor nos dio.

Sin embargo, también debemos preguntarnos si nuestra indisposición es tan grande que nos impida ir delante del trono de Dios en oración. Supongamos que no te estás sintiendo muy bien físicamente, ¿es tan grande ese malestar cómo para impedirte que ores?

Gurnall dice lo siguiente al respecto: “¿Estas tan bien como para ir de tiendas, pero no tanto como para ir a la cámara secreta de oración? ¿Puedes salir al mercado, pero no puedes orar en la casa? ¿Tu malestar no es tan grande como para impedirte que negocies con el mundo, pero sí lo suficiente como para impedir que trates con el cielo?”

Pero supongamos que estás tan mal que ni siquiera has podido ir a tu trabajo; aún así debes preguntarte: ¿es tan grande mi malestar que me impida por completo visitar el trono de la gracia? ¿No es posible que Dios te haya indispuesto físicamente para que te apartes por un momento de tus ocupaciones y te acerques más a Él?

Es posible que estés tan enfermo que eso no te permita estar mucho tiempo en oración, y debes saber que Dios es comprensivo. Él no está esperando que en medio de tu enfermedad ores como si estuvieras sano.

Pero aun en esos momentos puedes llevar tu mente al trono de Dios y enviar tus oraciones como dardos al cielo. En ese sentido debemos saber distinguir entre lo que es el no poder orar como queremos y el no querer orar. Una cosa es que no podamos orar como quisiéramos, y otra cosa es que no queramos orar.

Si no podemos orar como queremos, debemos recordar que Dios conoce cuál es nuestra condición; pero si la realidad es que no deseamos orar porque nuestra carne se está oponiendo a este deber, no nos amparemos en nuestra enfermedad para dejar de orar.

Pero tal vez el problema no es que estás enfermo; el problema es que estás cansado, tan cansado que si te dispones a orar te quedarás dormido. ¿Qué debe hacer el creyente en ese caso?

Lo primero que el creyente debe hacer es preguntarse, “¿por qué estoy cansado?”. Porque es posible que tu cansancio sea ilegítimo. ¿Cuándo el cansancio es ilegítimo? Cuando es producto de pecado o de un mal manejo del tiempo. Por ejemplo, si tienes problema con la pereza, y pasas mucha parte del día sin estar ocupado en algo productivo, encontrará que tu cuerpo estará sumido en un sopor que te obstaculizará realizar cualquier actividad que requiera de un esfuerzo de tu parte.

Recuerda lo que dice Pr. 21:25: “El deseo del perezoso lo mata, porque sus manos no quieren trabajar”. La oración requiere de esfuerzo; pero el individuo que pasa una buena parte del día sin hacer nada encontrará mucha indisposición en su carne a esforzarse. Hay una especie de cansancio en el perezoso que le impide esforzarse por alcanzar aquello que desea. Pero ese cansancio es ilegítimo porque no es producto del trabajo, sino de la pereza.

Por otro lado, el cansancio es ilegítimo cuando es producto de un mal manejo de tu tiempo. Si te estás sobrecargando de trabajo innecesariamente, o si estás empleando tu tiempo libre en actividades que te están impidiendo descansar como debes, tu cansancio es ilegítimo. Dios planificó el día de 24 horas, y la semana de 7 días, para que en ese período de tiempo nos ocupemos en cumplir con todas nuestras responsabilidades.

Por otro lado, si acostumbras usar tu tiempo libre en la noche para hablar dos horas por teléfono, o para sentarte dos o tres horas frente al televisor, entonces no te excuses en tu cansancio para dejar de orar; lo que debes hacer es planificar mejor tu tiempo. Hay tiempo para todo, dice Ecl. 3:1.

¿Cuándo podemos hablar de un cansancio legítimo? Cuando es el producto de situaciones providenciales. Tal vez tu trabajo no es un obstáculo para sacar un tiempo diario para estar a solas con el Señor, pero un día se presentó algo inusual. O supongamos que llovió y tu casa se inundó, y tuviste que estar hasta tarde sacando agua y secando el piso; o que se enfermó uno de tus hijos y no pudiste dormir bien.

Esas son situaciones providenciales que generarán cansancio. En tal caso debemos aplicar el mismo principio que aplicamos en caso de enfermedad. Dios conoce nuestra condición; Él es un Padre compasivo. Él no espera que todos los días oremos con la misma intensidad. Como decíamos antes, hay días que sólo podemos enviar nuestras oraciones como dardos al cielo, y retirarnos tranquilamente a descansar.

Cuando Elías estaba cansado después de haber huido durante todo un día por causa de Jezabel, Dios entendía que el profeta estaba cansado física y emocionalmente. ¿Saben lo qué hizo Dios? Lo puso a comer y a dormir. Algo similar hizo Cristo con Sus discípulos en un momento dado (comp. Mr. 6:30-31).

Nuestro Dios no es como Faraón, que pedía a los israelitas que hiciesen la misma cantidad de ladrillos sin proporcionarles la paja. Dios conoce nuestra condición. No siempre estaremos en la misma disposición, pero siempre debemos estar dispuestos a luchar contra todos estos obstáculos que intentan alejarnos de la cámara secreta de oración.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.