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jueves, 29 de octubre de 2009

El hablar del cristiano debe impartir gracia en vez de ser una desgracia

En Efesios 4:25 al 32, el apóstol Pablo nos muestra claramente que la santidad no se limita a darle muerte a ciertos vicios, sino que incluye necesariamente el cultivo de las virtudes contrarias. Uno de esos vicios es el de hablar palabras corrompidas, el cual debe ser sustituido por la virtud de hablar palabras que imparten gracia.

“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Ef. 4:29). Pablo menciona tres cosas positivas que deben caracterizar el hablar de un cristiano.

En primer lugar, nuestras palabras deben ser edificantes, palabras que construyen, que alientan, que imparten instrucción, que consuelan. “Los labios del justo apacientan a muchos”, dice en Pr. 10:21.

Y en Pr. 12:18 se contrasta en ese sentido la lengua del malo con la lengua del sabio: “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina”.

¡Qué contraste! Algunas personas golpean a los demás con sus palabras. Y lo más triste del caso es que no solo no parecen darse cuenta del mal que hacen, sino que piensan que están haciendo un bien. Ellos creen que Dios los ha comisionado para enderezar todo lo que está torcido, pero por lo general dejan detrás de sí una estela de desaliento.

Leí acerca de un hombre que durante la Guerra de los Bóers fue juzgado y condenado a un año de prisión en una corte marcial por ser un desalentador. Este individuo se dio a la tarea de desalentar a las tropas, y estaba haciendo tanto daño que el consejo decidió juzgarlo.

La lengua de los sabios, en cambio, en vez de golpear, sanan al herido. Aún cuando tienen que amonestar a otros, en vez de aplastar brindan al caído una mano de ayuda para levantarse otra vez.

Sus palabras construyen, animan a los demás a seguir corriendo la carrera con paciencia. Andan al acecho de aquellas cosas que son dignas de alabanza y así poder estimular a aquellos que están haciendo un esfuerzo por servir al Señor o por vivir en santidad.

En segundo lugar, nuestras palabras deben ser dichas en el momento apropiado: “…sino sólo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento” (LBLA). No todas las cosas que son ciertas y buenas necesitan ser dichas; y las que deben ser dichas, debemos decirlas en el momento oportuno.

Dice en Pro. 25:11 como “manzanas de oro en engastes de plata es la palabra dicha a su tiempo” (LBLA). Y en Pr. 15:3 dice que la “palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!”

Un comentarista dice al respecto que nuestras palabras deben ser “oportunamente edificante: según lo requieran la ocasión y las necesidades actuales de los oyentes: unas veces será palabra de censura, otras de consuelo. Aun las palabras buenas en sí deben ser presentadas oportunamente, para que no resulten por nuestra falta dañinas en lugar de útiles”.

Y por último, Pablo dice que las palabras del cristiano deben impartirle gracia al que lo escucha. ¡Ese es el centro de la cuestión! Nuestras palabras deben ser un medio de gracia y deben ser dichas con gracia:

“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno” (Col. 4:6).

Fuimos salvados por la gracia de Dios, y esa gracia por la que fuimos salvados debe bañar nuestros labios. Un labio bañado de gracia será un labio humilde, perdonador, esperanzador, agradecido.

Nota como lo dice Pablo en Efesios 5:4; hablando de aquellos temas que ni siquiera deben nombrarse entre cristianos, dice: “ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias”. Hay un juego de palabra en el original que no se capta en español. La palabra “truhanerías” es eutrapelía, y acciones de gracias es eucaristía. No es la eutrapelía la que debe caracterizar al creyente, dice Pablo, sino más bien la eucaristía.

En vez de ser agudos para traer aquí y allá chistes de doble sentido o para tornar la conversación en algo sucio, vulgar o grosero, más bien deberíamos centrar nuestra atención en todos los dones que Dios nos otorga cada día y que no merecemos, y traducir esa reflexión en acciones de gracias que llenen de gozo y alegría nuestras almas y fortalezcan la fe de aquellos que nos escuchan.

“De la abundancia del corazón habla la boca”. Esta directriz que Pablo nos está dando en Ef. 4:29 no puede llevarse a cabo de forma mecánica. Imparten gracia con sus labios los que tienen el corazón lleno de gracia. Esos son los que contribuyen a que la iglesia llegue a ser una verdadera comunidad de gracia y verdad.

¿De qué estás llenando tu corazón?

¿Es el evangelio de la gracia un pensamiento frecuente de meditación?

¿Cuán a menudo recuerdas lo que Cristo hizo por ti, que cuando merecías ser condenado por Él decidió venir a salvarte muriendo en tu lugar en la cruz del calvario?

¿Cuánto te domina ese evangelio en tu trato con los hermanos de la iglesia?

¿Es tu boca un medio de gracia (de aliento, de instrucción, de consuelo, de perdón, de esperanza) o es más bien una desgracia para aquellos que te rodean?

Santiago nos dice que la lengua no puede ser domada por hombre alguno (comp. Sant. 3:7-8). Pero obviamente se refiere al hombre en su propia capacidad. La Biblia dice que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece (Fil. 4:13).

Pídele a Él que refrene tu lengua; pídele que te de dominio propio; pídele que te ayude a pensar antes de hablar. Pero sobre todas las cosas, pídele que te llene el corazón de Su gracia, para que esa gracia fluya a través de tus labios y muchos puedan recibir el beneficio.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

2 comentarios:

Ginés Solano dijo...

Bendición hermano Sugel.Una vez más,amonestado por la palabra.Le agradezco este tema,porque en mi interior sé que el lenguaje sarcástico y de doble sentido,irónico,refieriendonos a otros aunque estén muy errados,sé que a Dios no le agrada.Pero confieso que con frecuencia caigo en eso,Dios me advirtió hace unos meses sobre esto,pero casi sin darme cuenta,me dejo llevar y pero se dentro de mi que es de la carne y una pérdida de tiempo.Como usted dice hermano,cuando estamos llenos de Dios hablaremos cosas de edificación,si no es así,los que están a nuestro alrededor se sentirán totalmente vacíos cada vez que hablemos.Me identifico y me confronta,me insta a no escribir más a la ligera y no hablar más de la cuenta.Pero a veces es un difícil equilibrio,créame,su iglesia está en la sana doctrina,pero hay miles que como yo tienen que lidiar domingo a domingo con los mayores disparates que se pueda imaginar.Esto es muy desalentador,porque además,esto lo he hablado varias veces con el pastor y otros consiervos mios,pero no escuchan,incluso Dios ha dado palabra para algunos y sueños y siguen su camino sin reaccionar.¿Cual debe ser nuestra posición ante estas afrentas contra el evangelio?.¿No debe ser una posición firme?¿Qué hacer o más bien,como convivir con todo esto sin hacer daño con nuestras palabras?

fi dijo...

Gracias pastor Sugel, A través de estos mensajes uno se siente amonestado y con un gran peso en el corazón. Un buen consejo para darle de lado a estos problemas es traer a la memoria algo que pude leer y habla de que la gracia es la fuerza más poderosa y más transformadora de la vida que hay en el mundo.
No me cansaré de dar gracias a Dios por estas meditaciones que usted trae diariamente a través de internet.

Danny.