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sábado, 25 de julio de 2009

La corona ignominiosa de un Rey: meditación para el día del Señor

Por Sugel Michelén

La Biblia nos enseña que para que Dios pudiese justificar a los creyentes sin pasar por alto Su justicia, Su Hijo debió sufrir a un nivel inimaginable. Ningún otro ser humano en la historia ha padecido más que nuestro Señor Jesucristo, tanto a nivel físico como a nivel emocional y espiritual. Sus sufrimientos fueron únicos porque Él era único.

Y nuestro Dios quiso que nosotros supiéramos eso, que no fuésemos ignorantes de lo que significó para Cristo venir a salvarnos. El Señor quería que nosotros pudiésemos aquilatar cuán grande fue el amor con que nos amó y cuán costosa fue nuestra salvación.

Es por eso que en el relato de los Evangelios se narra con tantos detalles la semana de la pasión, más que cualquier otro aspecto de la vida de Jesús. Y uno de esos detalles es la corona de espinas con la que Jesús fue coronado antes de Su crucifixión. El Espíritu Santo inspiró a Mateo, a Marcos y a Juan para que incluyeran ese detalle en sus narraciones de la pasión.

¿Qué debemos ver en esa corona con que Cristo fue coronado? ¿Qué lecciones espirituales podemos extraer de este siniestro detalle de la crucifixión? Siguiendo a través del bosquejo de Frederick Leahy en una de sus meditaciones sobre la cruz, quiero que nos detengamos a considerar la vergüenza de esta corona y su significado.

La vergüenza de esa corona.

La intención obvia de estos soldados no era únicamente la de torturar al Señor, sino también burlarse de Él. Algunos comentaristas entienden que la burla iba más dirigida a la nación de Israel que a Cristo mismo como persona. Pero si bien puede haber algo de cierto en esto, no podemos pasar por alto que era el Señor quien estaba siendo torturado y escarnecido.

El Rey de la gloria no sólo había asumido una naturaleza humana, lo que en Su caso era de por sí una gran humillación, sino que ahora voluntariamente descendió a un punto más bajo todavía: permitió que Sus criaturas le hicieran objeto de sus burlas.

Los soldados romanos hicieron un carnaval ese día y el personaje central de su desfile no era otro que el Rey de reyes y el Señor de señores, representando la caricatura de un monarca.

James Stalker recrea para nosotros lo que pudo haber sucedido ese día en su famosa obra “Vida de Jesucristo”:

“Los soldados lo llevaron al cuartel vecino, y allí satisficieron sus instintos crueles con los sufrimientos de Jesús. No podemos describir la vergüenza, y el dolor de este repugnante castigo. ¡Qué sería para Él, con su honor y amor a la naturaleza humana, el ser maltratado por aquellos hombres groseros y ver tan de cerca la más extrema crueldad de la naturaleza humana!

“Los soldados se daban gusto en esta obra, y agregaban el insulto a la crueldad. Cuando acabaron de azotarle, le hicieron sentar, pusieron sobre sus hombros un manto de grana en burlesca imitación de la púrpura real y un pedazo de caña en las manos como cetro; y tejiendo algunas ramas espinosas de una zarza cercana y dándole la apariencia grosera de una corona, clavaron las punzantes espinas sobre sus sienes. Entonces, pasando por delante de Él, cada uno por turno hincaba la rodilla, mientras al mismo tiempo escupían su semblante y tomando de su mano la caña, le herían en la cabeza y en el rostro” (pg. 139).

Aquello fue sencillamente una manifestación de la naturaleza humana caída en su odio y desprecio hacia Dios. Pero esta corona de espinas, tan humillante y vergonzosa, tiene un mensaje para todos nosotros; y eso nos lleva a nuestro segundo encabezado...

El significado de esa corona.

Esta corona tiene un mensaje que dar, tanto al mundo perdido como a los creyentes. Al mundo incrédulo esta corona le anuncia que Cristo vino al mundo a salvar a pecadores y eso por necesidad implicaba la cruz con toda su vergüenza y sufrimiento.

Esa corona de espinas fue puesta sobre su cabeza por los soldados romanos con una intensión perversa, pero al igual que la cruz, fue también la voluntad del Padre que el Señor fuese humillado hasta lo más bajo para poder llevar sobre sí nuestra vergüenza por causa de nuestros pecados.

Para que nosotros pudiésemos recibir la corona de vida, Cristo debía llevar la corona de espinas. No podía ser de otro modo. El Salvador de los pecadores debía sustituirnos en todo, aún en nuestra vergüenza y humillación.

Para que los pecadores pudiesen ser salvos Cristo debía tomar sobre Sí toda la maldición que el pecado merecía. Y llama la atención el hecho de que en ese momento Jesús fuese coronado con una corona de espinas, siendo que parte de la maldición que vino sobre la tierra por causa del pecado del hombre es el hecho de que produzca espinos y caldos, dice en Gn. 3:18.

Es por eso que Hendriksen dice en su comentario que en ese momento el Señor estaba llevando incluso la maldición que pesa sobre la naturaleza, de tal modo que ésta pudiese ser libertada también de su esclavitud cuando Jesús regrese en gloria.

Pablo dice en Romanos 8:20-21 que “la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios”.

Por eso podemos hoy predicar el evangelio y ofrecerle al pecador en Cristo el perdón de todos sus pecados, porque el Señor estuvo dispuesto a sufrir lo que sufrió, incluyendo la humillación de la que fue objeto en aquel día.

Pero esa corona tiene un mensaje para los creyentes también. Por un lado nos recuerda que nosotros somos seguidores de Uno que primero fue a la cruz y luego entró en la gloria; Uno que primero fue burlado por el mundo pecador, aunque algún día todos tendrán que postrarse ante Él y reconocer que “Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios el Padre” (Fil. 2:11).

Si somos seguidores de ese Cristo, nosotros tendremos que transitar por ese mismo camino. Primero la cruz, luego la gloria, no puede ser de otro modo (comp. Jn. 15:18-20; 1P. 1:10-13).

Pero por el otro lado, esa corona nos recuerda que, aún cuando el mundo quiso hacer de Cristo una caricatura de Rey, a través de esa misma humillación Él estaba a punto de obtener la más grande de las victorias, triunfando sobre el mal en la cruz del calvario.

Frederick Leahy dice al respecto: “En su aparente debilidad Él es el poderoso Conquistador de Satanás, el pecado y la muerte, Aquel que venció al mundo” (pg. 53). Y nosotros participamos también de Su victoria por medio de la fe.

La iglesia de Cristo también parece débil ante los ataques del mundo; cada uno de nosotros está rodeado de debilidad y de muchas tentaciones. Pero es imposible que un verdadero creyente se pierda al final de la batalla, porque nosotros estamos del lado Aquel que venció.

Pero hay algo más que nosotros debemos ver en esa corona. No sólo su vergüenza y su significado, sino también…

La maravillosa paciencia de Cristo manifestada en esa corona.

Refiriéndose a la reacción de nuestro Señor en medio de aquella terrible humillación Mathew Henry usa la expresión “la paciencia invencible”. El Señor Jesucristo fue terriblemente humillado aquel día, como hemos visto ya.

Pero muchas personas han sufrido humillaciones similares a esta. Lo que hace una enorme diferencia es el hecho de que Cristo es el Dios encarnado, digno de toda honra y honor, y poseedor de todo el poder con que hizo y sostiene el universo.

El Señor pudo haber impedido la acción de los soldados, pero no lo hizo; soportó con paciencia que se burlaran de Él, que lo azotaran cruelmente, que lo coronaran de espinas, que le escupieran el rostro y le dieran bofetadas.

¿Sabes por qué? Porque Él estaba determinado a remplazarnos en todo. La vergüenza que debimos haber sufrido nosotros Él la sufrió para que nosotros no tengamos que ser avergonzados nunca más ante la justicia de Dios. Fue por nosotros que hizo lo que hizo y soportó lo que soportó, para que tú y yo fuésemos reconciliados con el Padre, para poder otorgarnos Su justicia, el perdón de nuestros pecados y el don de la vida eterna.

Alabémosle hoy con todo el corazón y escuchemos sumisamente Su Palabra; Él merece ser exaltado en Sus iglesias por todos aquellos a quienes rescató pagando tan alto precio. Que Dios nos conceda ofrecerle hoy la adoración que Él merece.


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domingo, 14 de junio de 2009

Gloriándonos en la cruz de Cristo

Por Sugel Michelén

Si hay algo que define la vida de un hombre es aquello en lo que ese hombre se gloría, aquello que exalta por encima de todas las demás cosas. Todo hombre se gloría en algo, en alguna habilidad en particular, en alguna posesión, en su ascendencia familiar, en las personas que conoce, en el conocimiento que posee, en los logros que ha alcanzado; algunos se glorían incluso en su maldad.

A la luz de esa realidad debemos preguntarnos, ¿en qué debe gloriarse el cristiano? El apóstol Pablo responde esa pregunta en Gálatas 6:14: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”.

Independientemente del trasfondo racial, familiar, socio económico, cultural, todos los cristianos deben gloriarse en esto mismo en lo que Pablo se gloría, porque ese gloriarse constituye la esencia misma de nuestra fe como cristianos. Lo que quiero decir es que si alguna persona profesa ser creyente, pero al mismo tiempo coloca su gloriarse en cualquier otra cosa, debe revisar seriamente la realidad de su profesión de fe.

Hay tres cosas en esta declaración de Pablo en el vers. 14 a las que deseo llamar vuestra atención: un contraste, un motivo y una consecuencia.


Veamos, en primer lugar, el contraste.

EL CONTRASTE:

La frase que RV traduce como “lejos esté de mí” es una forma enfática de negación que lleva consigo la idea de algo inconcebible. Por ejemplo, en Rom. 3:3 Pablo se pregunta si la incredulidad de los judíos habrá hecho nula la fidelidad de Dios, a lo que él mismo responde en el vers. 4: “De ninguna manera; antes bien sea Dios veraz y todo hombre mentiroso”. La mera posibilidad de que Dios pueda ser infiel a sus promesas es algo que Pablo rechaza con todas las fuerzas de su corazón, algo totalmente absurdo para él.

Pues con la misma fortaleza Pablo rechaza la posibilidad de gloriarse en cualquier otra cosa fuera de la cruz de Cristo. “Lejos esté de mi tal cosa, de ninguna manera sería yo capaz de hacer algo así”. Podríamos expresar este pensamiento en forma positiva de este modo: “Hay una sola cosa en el mundo en la que yo me glorío, una sola cosa que es motivo de gozo y descanso para mí: la cruz de Cristo y nada más”.

Ahora, es sumamente importante que veamos esta declaración de Pablo en su contexto para que podamos comprender más ampliamente la fuerza de estas palabras. Los creyentes de Galacia estaban siendo presionados por los judaizantes que promovían la práctica de ciertos ritos judaicos como un aditamento a la obra redentora de Cristo. “Está bien que confíen en Cristo, decían ellos, pero eso no es suficiente; ahora tienen que circuncidarse, guardar ciertas fiestas, practicar ciertos ritos; de lo contrario no podrán participar de las bendiciones del pacto que Dios hizo con el pueblo de Israel”. Estas personas no se gloriaban en Cristo únicamente, sino también en todos sus ritos y ceremonias.

Pero Pablo les hace ver que tal cosa era una total distorsión del mensaje evangélico. No tenemos que añadirle nada más a la obra redentora de Cristo. Lo que Él hizo en la cruz del calvario fue suficiente para la plena salvación de Su pueblo elegido, de manera que aparte de Cristo y Su obra redentora no necesitamos nada más. De ahí las palabras de Pablo en Gal. 6:14: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”.

“Que se gloríen ellos en el esfuerzo que hacen en llevar a cabo sus rituales religiosos, o en su conexión racial. Pero no permita Dios que yo me gloríe en ninguna otra cosa fuera de la cruz”.

EL MOTIVO:

¿Cuál era el motivo de gloria de Pablo? O si desean ponerlo de otra manera: ¿En qué se jactaba Pablo? Nuestro texto responde: en la cruz de Cristo y nada más. Martin Lloyd-Jones le llama a este texto la prueba de fuego del cristianismo. ¿Quieres saber si una persona realmente es cristiana? Pregúntale qué piensa acerca de la cruz, porque el verdadero cristiano se gloría en ella, mientras que el resto de los hombres tropieza en ella. De hecho, los creyentes se glorían en la cruz por la misma razón que los no creyentes la aborrecen.

Y no estoy hablando de la cruz como símbolo. Mucha gente se siente sobrecogida ante la visión de una cruz, pero eso no significa necesariamente que hayan entendido sus implicaciones; como tampoco significa que de entender sus implicaciones la aceptarían con buen agrado.

¿Saben por qué el hombre natural, el hombre no regenerado, aborrece el mensaje de la cruz? Porque la cruz echa por tierra el orgullo humano. La esencia del mensaje que emana de la cruz es que el hombre es un ser que se encuentra en tal condición de miseria espiritual que no puede salvarse a sí mismo. La salvación del hombre no se encuentra en sus ideas, ni en sus programas políticos o educativos, ni tampoco en sus buenas obras. La salvación del hombre depende enteramente de lo que ocurrió hace cerca de 2,000 años en aquella cruz.

Y el verdadero cristiano es aquel que ha entendido ese mensaje y lo ha abrazado de todo corazón por la fe. Es por eso que Lloyd-Jones nos dice que este texto es la prueba de fuego del verdadero cristianismo.

Dondequiera que encontremos a una persona que esté descansando en cualquier otra cosa para salvarse que no sea en la obra que Cristo llevó a cabo al morir por nosotros en esa cruz, podemos estar completamente seguros que estamos delante de una persona que no ha entendido aún el verdadero mensaje del evangelio. En otras palabras, el que no se gloría en la cruz no es cristiano. “No permita Dios que yo me gloríe en ninguna otra cosa, dice Pablo”. La cruz era el centro de su vida y ministerio (comp. 1Cor. 1:18; 2:1-2).

Queridos hermanos, si hay algo que el mundo necesita con urgencia es el mensaje de la cruz: Que el Hijo de Dios, por amor a nosotros, tomó una naturaleza humana igual en todo a la nuestra, pero sin pecado, asumió nuestra deuda con la justicia divina y la pagó por completo en esa terrible cruz. Es por eso que el cristiano se gloría en la cruz, porque Dios ha abierto los ojos de su entendimiento para ver el maravilloso mensaje que de ella emana. ¿Qué ven los cristianos en la cruz?

Por un lado, ven el inefable amor de Dios que estuvo dispuesto a hacer tan grande sacrificio por personas que no lo merecían en absoluto. Pocos han expresado este pensamiento con tanta belleza y sensibilidad como Isaac Watts en el himno titulado en castellano: “La Cruz Excelsa al Contemplar:

La cruz excelsa al contemplar,
do mi Señor por mí murió,
Nada se puede comparar
a las riquezas de su amor.

No me permitas, Dios, gloriar,
más que en la muerte del Señor;
lo que más pueda ambicionar,
lo doy gozoso por su amor.

Ved en su rostro, manos, pies,
las marcas vivas del dolor
es imposible comprender,
tal sufrimiento y tanto amor.

El mundo entero no será
dádiva digna de ofrecer;
amor tan grande y sin igual
en cambio exige todo el ser.

Pero por el otro lado, los creyentes vemos en esa cruz la pureza y santidad del carácter de nuestro Dios. Él no podía pasar por alto nuestros pecados, porque es perfectamente santo y perfectamente justo. Alguien debía satisfacer plenamente la justicia divina para que nosotros hoy podamos disfrutar de la comunión con Él y de todas Sus bendiciones. Los creyentes se glorían en la cruz porque ven en ella el amor de Dios, la justicia de Dios, la santidad de Dios.

Pero también los creyentes contemplan en ella Su sabiduría. ¡Qué extraordinario plan de redención el que Dios trazó en Sus decretos eternos! Muriendo en debilidad la muerte de un criminal, Jesucristo estaba obteniendo la más grande de las victorias que alguna vez haya sido alcanzada a través de la historia humana. Es por esto que Pablo dice en 1Cor. 1:25 que lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. En esa supuesta debilidad de Cristo se estaba manifestando en todo su esplendor el poder de Dios para salvar.

Fue contemplando la sabiduría de Dios desplegada en la salvación, que Pablo exclamó en Rom. 11:33: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” Los creyentes se glorían en la cruz porque les habla de perdón y reconciliación, porque en ella ven la razón y el motivo de todas las bendiciones que Dios nos otorga cada día sin merecer ninguna de ellas. Nos gloriamos en esa cruz porque por ella tenemos asegurada “una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para” nosotros (1P. 1:4).

Pero hay algo más que debemos ver en este texto…

LA CONSECUENCIA:

“Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. Pablo entendió que por causa de la muerte de Cristo en la cruz y nuestra asociación con Él por la fe, nuestra relación con el mundo ha cambiado drásticamente. Antes de conocer a Cristo estábamos vivos para el mundo, pero muertos para Dios; ahora estamos vivos para Dios, pero muertos para el mundo.

Tal vez la mejor explicación que podemos dar de este texto es la que el mismo Pablo nos provee en Gal. 2:20: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

Nuestro “yo” pecador fue crucificado juntamente con Cristo en la cruz, de tal manera que ese viejo “yo” que merecía la ira y la condenación ya no existe. Ese viejo “yo” que antes se gloriaba en un montón de cosas, menos en Dios y en Su Hijo, ha muerto; fue clavado con Cristo en la cruz y ahora vive en nosotros el nuevo “yo” de la nueva vida que Dios implantó en nosotros en el nuevo nacimiento. De ese modo, el poder que el mundo ejercía sobre nosotros fue destronado. Sigue siendo nuestro enemigo, porque el pecado mora en nosotros, pero ya no reina sobre nosotros.

Oh que el Señor nos conceda tener un entendimiento cada vez más claro de la enseñanza de Pablo en este texto, para que nosotros al igual que él, no nos gloriemos en ninguna otra cosa, sino en la cruz de Cristo. Que nuestro Señor Jesucristo sea cada vez más precioso a nuestros ojos y que en esta vida no deseemos otra cosa que vivir para Él y tener comunión con Él.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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