Nuestro hermano Eduardo Flores ha posteado en Sujetos a la Roca este importante artículo del pastor Mark Dever sobre la importancia vital de que un creyente se haga miembro de una iglesia local. En una época donde muchos claman “amar a Cristo pero no a Su iglesia” este es un tema de extrema relevancia.
Hay muchas otras buenas preguntas que podríamos plantear que señalarían la necesidad de una Iglesia, pero permíteme que te de cinco buenas razones para unirse a una Iglesia que predica el evangelio, y modela la vida cristiana.
1. Seguridad para nosotros
No deberías unirte a una iglesia para salvarte, sino para que la iglesia te ayude a asegurar tu salvación. ¿Recuerdas las palabras de Jesús en el evangelio de Juan?
“El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él… Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor… Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando… Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís” (Juan, 14:21; 15:10, 14; 13:17).
Al unirnos a una iglesia nos ponemos en posición de solicitar a nuestros hermanos que nos hagan responsables de vivir de acuerdo con lo que decimos. Les pedimos que nos animen en ocasiones recordándonos las formas en que han visto la obra de Dios en nuestras vidas, y que en otros momentos nos avisen de que podemos estar apartándonos de su obediencia. La membresía en una iglesia local es el testimonio público de la congregación de que tu vida da muestras de regeneración.
La membresía en una iglesia local no salva, pero es un reflejo de la salvación. Y si no hay reflejo ¿cómo vamos a conocer la salvación proclamada?
Al membresía de la iglesia nos damos las manos con los demás para conocer a los demás y que los demás nos conozcan y para ayudarnos y animarnos los unos a los otros cuando necesitemos que nos recuerden la obra de Dios en nuestras vidas, o que nos hagan ver las importantes diferencias entre nuestras palabras y nuestros actos.
2. Evangelizando el mundo
También deberías unirte a una iglesia por la causa de evangelizar el mundo. Juntos podremos difundir mejor el evangelio en casa y en el extranjero. Podemos hacerlo mediante la palabra, cuando compartimos la buena nueva con los demás, y cuando ayudamos a los demás a que lo hagan. Una iglesia local es, por naturaleza, una organización misionera.
Ayudamos a esto con nuestras acciones mientras trabajamos para mostrar el amor de Dios atendiendo las necesidades físicas de los huérfanos, los enfermos, los niños y los desfavorecidos. A través de nuestra propia comunidad de iglesias ayudamos a difundir el evangelio por el mundo y proporcionamos millones de dólares y cientos de voluntarios para ayudar a los que tienen necesidades físicas inmediatas, como las víctimas de los desastres, necesidades educativas e incontables ministerios adicionales. Incluso siendo imperfectos como somos, si el espíritu de Dios actúa genuinamente en nosotros Él usará nuestras vidas y palabras para ayudar a demostrar a los demás la verdad de Su evangelio. Esta es una función especial que no tendremos en el cielo. Este es el privilegio especial de la Iglesia ahora— ser parte del plan de Dios para llevar el evangelio al mundo.
3. Desenmascarando evangelios falsos
Dios quiere que estemos juntos de esta forma para desenmascarar los evangelios falsos. Es a través de nuestra unión como cristianos cuando mostramos al mundo lo que es realmente el cristianismo. En nuestras iglesias desacreditamos los mensajes y las imágenes que pretenden ser cristianos y bíblicos, pero que no lo son. ¿No podría ser que algunos que no son miembros de una iglesia evangélica no lo son porque realmente no creen en el mismo evangelio? Parte de la misión de la iglesia es reconocer y defender el verdadero evangelio y prevenir perversiones de el. Debemos darnos cuenta de que parte de nuestra misión evangelizadora puede que no sea sólo presentar el evangelio de Jesucristo de una forma positiva, sino también desmantelar los testimonios equivocados, confusos y distorsionados que se han planteado en iglesias cristianas, pero que realmente confunden el evangelio más que confirmarlo.
4. Edificación de la Iglesia
Una cuarta razón para unirse a la iglesia es la edificación o construcción de la iglesia. Unirse a una iglesia ayudará a contrarrestar nuestro individualismo erróneo y nos ayudará a darnos cuenta de la naturaleza corporativa del cristianismo. Al estudiar el Nuevo Testamento se encuentra que nuestras vidas cristianas deben incluir el cuidado y la preocupación el uno por el otro. Eso es parte de lo que significa ser cristiano. Y aunque lo hacemos de forma imperfecta, deberíamos comprometernos a hacerlo. Intentamos animar incluso pequeños pasos en el camino de la justicia, el amor, la abnegación y la imagen de Cristo.
En nuestra clase de membresía de la iglesia a menudo cuento la historia de un amigo que trabajaba para un ministerio cristiano en un campus a la vez que asistía a una iglesia de la que yo era miembro. Siempre entraba rápidamente después de los himnos, se sentaba durante el sermón y luego se iba. Un día le pregunté que por qué no se quedaba durante todo el servicio. “Bueno”, dijo, “no saco nada de provecho del resto de el.” “¿Has pensado alguna vez en unirte a la iglesia?” yo respondí. Él pensó que aquella era simplemente una pregunta absurda. Él dijo: “¿Por qué debería unirme a la iglesia? Si me uno a ellos, creo que sólo me retrasarían espiritualmente.” Cuando dijo esto me pregunté qué entendería que significa ser cristiano. Contesté “¿Has pensado alguna vez que tal vez Dios quiere que trabajes codo a codo con estas personas? Es verdad, puede que te retrasen, pero puede que tú les ayudes a ir más deprisa. ¡Tal vez esto es parte del plan de Dios mientras vivamos juntos como cristianos!”
5. La Gloria de Dios
Finalmente, un cristiano debería unirse a una iglesia por la gloria de Dios. Pedro escribió a los primeros cristianos, “Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación,”(I Pedro 2:12). Increíble, ¿no? Pero de nuevo puedes decir que Pedro había escuchado las enseñanzas de su Maestro. Recordarás lo que Jesús enseñó en el sermón de la Montaña. “Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos,” (Mateo 5:16). De nuevo, lo sorprendente es la afirmación de que Dios recibirá la gloria de nuestras buenas acciones. Si esto es verdad en nuestras vidas como personas individuales, no debería sorprendernos llegar a la conclusión de que la Palabra de Dios dice que esto es así en nuestra vida en común como cristianos. Dios quiere que la forma en que nos amamos los unos a los otros nos identifique como seguidores de Cristo. Recuerden las conocidas palabras de Jesús en Juan 13:34-35, “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.” Nuestra vida conjunta sirve para marcarnos como suyos, y para proporcionar al Señor alabanzas y gloria.”
Pueden leer el resto del artículo aquí traducido al español.
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jueves, 1 de octubre de 2009
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Algunos principios bíblicos para el manejo de las relaciones intereclesiásticas
Luego de considerar la pregunta de si es totalmente negativo que las iglesias estén divididas en denominaciones y congregaciones independientes (entrada que puedes leer aquí), ahora quiero considerar algunos de los principios que deben regirnos en nuestra relación con otras iglesias hermanas.
Debemos diferenciar doctrinas periféricas de las Escrituras de las doctrinas que son cardinales:
Mucho daño se le ha hecho al testimonio del evangelio por enfatizar desmedidamente algunos detalles de doctrina o de práctica cristiana, que no son vitales para la buena comprensión y proclamación del evangelio.
Por ejemplo, no podemos darle la misma importancia a la doctrina de la Deidad de Cristo, o a la doctrina de la Trinidad, o a la inspiración de las Escrituras, o a la salvación por gracia por medio de la fe en la obra redentora de Cristo, que a la doctrina del milenio de Ap. 20. Aquellas son doctrinas bíblicas cardinales, la del milenio no lo es.
Debemos mostrar amor cristiano hacia todos aquellos de quienes tengamos testimonio de que son verdaderos creyentes en Cristo, independientemente de las diferencias que podamos tener con ellos:
Si una persona profesa ser cristiana, es decir, profesa ser un pecador que merece el infierno, pero que fue salvado por la gracia de Dios al haber confiado únicamente en Cristo para el perdón de sus pecados y el don de la vida eterna; y en su vida muestra las marcas de haber nacido de nuevo, debemos mostrarle amor cristiano, aunque en algunas cosas no estemos de acuerdo.
Eso no quiere decir, necesariamente, que tengamos que trabajar en proyectos comunes (en muchos casos eso no será sabio ni viable); pero sí significa que debemos dispensarle un trato de amor filial por ser un hijo de nuestro Padre celestial (Juan 13:34-35).
Debemos anhelar que el evangelio de Cristo sea proclamado en el mundo, aún cuando aquellos que lo proclaman no pertenezcan a nuestra comunidad de creyentes:
En Mr. 9:38-41 encontramos una historia muy iluminadora al respecto: “Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es”.
Alguien comenta lo siguiente acerca de este incidente:
“Los discípulos se habían encontrado con una persona que también estaba ministrando a los endemoniados. Quizás sería una de las incontables personas que habían sido tocadas por el ministerio de Cristo. Restaurado por la gracia de Dios, estaba dedicando su tiempo a ministrar a los que vivían bajo opresión y tormento. Al verlo, en seguida intervinieron para impedirle que siguiera haciendo ese trabajo. ¿Cuál era el criterio que usaron para censurar el ministerio que realizaba? ¡Que no era parte del grupo selecto de hombres que seguían a Cristo! No demostraron interés por examinar los frutos de su ministerio, ni tampoco en determinar si genuinamente estaba obrando en el poder y la gracia del Espíritu Santo. Descartaron lo que hacía porque no estaba con ellos, y si no estaba con ellos ¡evidentemente no podía ser de Dios lo que estaba haciendo!”
Pablo también nos brinda un ejemplo impresionante en ese sentido. Algunos en Filipo estaban predicando el evangelio “por envidia y contienda; pero otros de buena voluntad. Los unos anuncian a Cristo por contención, no sinceramente, pensando añadir aflicción a mis prisiones; pero los otros por amor, sabiendo que estoy puesto para la defensa del evangelio. ¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún” (Fil. 1:15-18).
No hay indicios en el pasaje de que estos individuos estuviesen predicando un falso evangelio; el punto es que estaban predicando a Cristo por una mala motivación, pensando que con eso molestarían a Pablo. Pero era todo lo contrario: eso le daba más gozo aún porque, independientemente de la motivación, Cristo estaba siendo proclamado.
En la medida de lo posible debemos cooperar con otras iglesias hermanas en proyectos comunes para el avance del reino, conforme al patrón que vemos en las iglesias apostólicas:
Aunque cada iglesia de Cristo es autónoma, tal autonomía no significaba aislamiento. En el NT vemos que las iglesias cooperaban ocasionalmente de diversas maneras:
Para el sostenimiento de obreros del Evangelio (3Jn. 8-10; 2Jn. 5-11).
Para ayudar a creyentes en momentos especiales de necesidad (Rom. 15:26; 2Cor. 8:1-4, 16-24).
Para fortalecer el liderazgo de otra congregación (Hch. 11:22).
Y ¿cuáles son los factores que determinan el grado de cooperación que tendremos con otras iglesias?
1. Factores geográficos (Gal. 1:1-2; Col. 4:16). Aunque el avance en materia de transportación ha hecho más fácil que podamos cooperar con iglesias en otros lugares del planeta, sigue siendo una realidad que la cercanía geográfica facilita el trabajo conjunto con otras iglesias.
2. Factores doctrinales. Una mayor medida de acuerdo doctrinal permitirá una mayor medida de cooperación (compare Am. 3:3).
3. Factores ministeriales. De igual manera, mientras más similitudes haya en cuanto a la visión ministerial de un cuerpo de pastores, en esa misma medida habrá mayor cooperación entre sus iglesias.
4. Factores sociales. Es indudable que la amistad que los pastores de iglesias hermanas desarrollen entre sí contribuirá a la cercanía de sus iglesias respectivas.
Las iglesias deben mostrar respeto mutuo, y evitar en la medida de lo posible todo aquello que pueda debilitar el ministerio de otra:
Por ejemplo, respetar la disciplina eclesiástica aplicada por otra iglesia; rehusar escuchar chismes de otro pastor o cuerpo de pastores; etc.
En conclusión, nosotros somos una gran familia de creyentes, unidos por vínculo indisoluble y glorioso: la morada del Espíritu Santo en nuestros corazones. Y aunque de este lado del cielo, la comunión cristiana no será perfecta, anhelamos la llegada de aquel gran día en que los redimidos del Señor (de toda tribu, pueblo, lengua y nación) adoraremos juntos al Cordero y disfrutaremos de una comunión perfecta por los siglos de los siglos.
Mientras tanto, mostremos en la medida de lo posible la realidad de nuestra unión en Cristo, no menoscabando las doctrinas, sino más bien sobre poniendo el amor a las diferencias. Parafraseando las palabras de J. C. Ryle: Debemos construir paredes doctrinales claras, pero no levantarlas tan alto que no podamos al menos estrechar la mano de los que están del otro lado.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Debemos diferenciar doctrinas periféricas de las Escrituras de las doctrinas que son cardinales:
Mucho daño se le ha hecho al testimonio del evangelio por enfatizar desmedidamente algunos detalles de doctrina o de práctica cristiana, que no son vitales para la buena comprensión y proclamación del evangelio.
Por ejemplo, no podemos darle la misma importancia a la doctrina de la Deidad de Cristo, o a la doctrina de la Trinidad, o a la inspiración de las Escrituras, o a la salvación por gracia por medio de la fe en la obra redentora de Cristo, que a la doctrina del milenio de Ap. 20. Aquellas son doctrinas bíblicas cardinales, la del milenio no lo es.
Debemos mostrar amor cristiano hacia todos aquellos de quienes tengamos testimonio de que son verdaderos creyentes en Cristo, independientemente de las diferencias que podamos tener con ellos:
Si una persona profesa ser cristiana, es decir, profesa ser un pecador que merece el infierno, pero que fue salvado por la gracia de Dios al haber confiado únicamente en Cristo para el perdón de sus pecados y el don de la vida eterna; y en su vida muestra las marcas de haber nacido de nuevo, debemos mostrarle amor cristiano, aunque en algunas cosas no estemos de acuerdo.
Eso no quiere decir, necesariamente, que tengamos que trabajar en proyectos comunes (en muchos casos eso no será sabio ni viable); pero sí significa que debemos dispensarle un trato de amor filial por ser un hijo de nuestro Padre celestial (Juan 13:34-35).
Debemos anhelar que el evangelio de Cristo sea proclamado en el mundo, aún cuando aquellos que lo proclaman no pertenezcan a nuestra comunidad de creyentes:
En Mr. 9:38-41 encontramos una historia muy iluminadora al respecto: “Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es”.
Alguien comenta lo siguiente acerca de este incidente:
“Los discípulos se habían encontrado con una persona que también estaba ministrando a los endemoniados. Quizás sería una de las incontables personas que habían sido tocadas por el ministerio de Cristo. Restaurado por la gracia de Dios, estaba dedicando su tiempo a ministrar a los que vivían bajo opresión y tormento. Al verlo, en seguida intervinieron para impedirle que siguiera haciendo ese trabajo. ¿Cuál era el criterio que usaron para censurar el ministerio que realizaba? ¡Que no era parte del grupo selecto de hombres que seguían a Cristo! No demostraron interés por examinar los frutos de su ministerio, ni tampoco en determinar si genuinamente estaba obrando en el poder y la gracia del Espíritu Santo. Descartaron lo que hacía porque no estaba con ellos, y si no estaba con ellos ¡evidentemente no podía ser de Dios lo que estaba haciendo!”
Pablo también nos brinda un ejemplo impresionante en ese sentido. Algunos en Filipo estaban predicando el evangelio “por envidia y contienda; pero otros de buena voluntad. Los unos anuncian a Cristo por contención, no sinceramente, pensando añadir aflicción a mis prisiones; pero los otros por amor, sabiendo que estoy puesto para la defensa del evangelio. ¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún” (Fil. 1:15-18).
No hay indicios en el pasaje de que estos individuos estuviesen predicando un falso evangelio; el punto es que estaban predicando a Cristo por una mala motivación, pensando que con eso molestarían a Pablo. Pero era todo lo contrario: eso le daba más gozo aún porque, independientemente de la motivación, Cristo estaba siendo proclamado.
En la medida de lo posible debemos cooperar con otras iglesias hermanas en proyectos comunes para el avance del reino, conforme al patrón que vemos en las iglesias apostólicas:
Aunque cada iglesia de Cristo es autónoma, tal autonomía no significaba aislamiento. En el NT vemos que las iglesias cooperaban ocasionalmente de diversas maneras:
Para el sostenimiento de obreros del Evangelio (3Jn. 8-10; 2Jn. 5-11).
Para ayudar a creyentes en momentos especiales de necesidad (Rom. 15:26; 2Cor. 8:1-4, 16-24).
Para fortalecer el liderazgo de otra congregación (Hch. 11:22).
Y ¿cuáles son los factores que determinan el grado de cooperación que tendremos con otras iglesias?
1. Factores geográficos (Gal. 1:1-2; Col. 4:16). Aunque el avance en materia de transportación ha hecho más fácil que podamos cooperar con iglesias en otros lugares del planeta, sigue siendo una realidad que la cercanía geográfica facilita el trabajo conjunto con otras iglesias.
2. Factores doctrinales. Una mayor medida de acuerdo doctrinal permitirá una mayor medida de cooperación (compare Am. 3:3).
3. Factores ministeriales. De igual manera, mientras más similitudes haya en cuanto a la visión ministerial de un cuerpo de pastores, en esa misma medida habrá mayor cooperación entre sus iglesias.
4. Factores sociales. Es indudable que la amistad que los pastores de iglesias hermanas desarrollen entre sí contribuirá a la cercanía de sus iglesias respectivas.
Las iglesias deben mostrar respeto mutuo, y evitar en la medida de lo posible todo aquello que pueda debilitar el ministerio de otra:
Por ejemplo, respetar la disciplina eclesiástica aplicada por otra iglesia; rehusar escuchar chismes de otro pastor o cuerpo de pastores; etc.
En conclusión, nosotros somos una gran familia de creyentes, unidos por vínculo indisoluble y glorioso: la morada del Espíritu Santo en nuestros corazones. Y aunque de este lado del cielo, la comunión cristiana no será perfecta, anhelamos la llegada de aquel gran día en que los redimidos del Señor (de toda tribu, pueblo, lengua y nación) adoraremos juntos al Cordero y disfrutaremos de una comunión perfecta por los siglos de los siglos.
Mientras tanto, mostremos en la medida de lo posible la realidad de nuestra unión en Cristo, no menoscabando las doctrinas, sino más bien sobre poniendo el amor a las diferencias. Parafraseando las palabras de J. C. Ryle: Debemos construir paredes doctrinales claras, pero no levantarlas tan alto que no podamos al menos estrechar la mano de los que están del otro lado.
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lunes, 28 de septiembre de 2009
¿Es totalmente negativo que las iglesias cristianas estén divididas en denominaciones y congregaciones independientes?

Una de las críticas que muchos hacen a las iglesias evangélicas es el hecho de que están divididas en denominaciones o congregaciones independientes. Por lo que muchos opinan que los creyentes debemos hacer un esfuerzo por echar a un lado las doctrinas que nos dividen y enfatizar lo que nos une. Y aún contemplan con agrado la posibilidad de crear una gran organización eclesiástica que agrupe a todos los creyentes en Cristo.
Pero esta “solución” al problema de las divisiones es en realidad mucho peor que la “enfermedad” que intenta curar, y pierde de vista algunos aspectos cruciales de la realidad de la iglesia de Cristo de este lado de la eternidad.
En primer lugar, pasa por alto el hecho de que la unidad del pueblo de Dios es una realidad espiritual que depende enteramente de la obra redentora de Cristo y no de asociaciones humanas (compare 1Cor. 12:12-13; Rom. 8:9). Nosotros no somos llamados a crear la unidad de la iglesia, sino más bien a preservarla y manifestarla en una medida cada vez más creciente (Ef. 4:1-6).
En segundo lugar, esta supuesta solución también pasa por alto la enseñanza bíblica sobre el gobierno y autonomía de cada iglesia local. El NT enseña claramente que cada iglesia local debe tener su propia membrecía y su propio gobierno (Hch. 14:23; Fil. 1:1-2; 1Tim. 3:1-13). Aún en la era apostólica se hablaba de “iglesias” en plural cuando se refiere a las congregaciones locales.
Como bien señala Robert Dabney: “Nosotros leemos [en el NT] acerca de las siete iglesias de Asia, no de la iglesia de Asia; de las iglesias de Galacia, las iglesias de Macedonia, las iglesias de Judea; pero el NT no dice nada acerca de una iglesia nacional visible” (Discussions; Vol., 2; pg. 438).
La Biblia no contempla que todas las iglesias de Cristo se sometan a un gobierno central, como sucede con la Iglesia Católica Romana, sino que cada congregación local de creyentes sea gobernada por su propio cuerpo de pastores y asistidas por su propio cuerpo diaconal, que son los únicos líderes que el NT reconoce (1Tim. 3:1-13; Fil. 1:1-2; He. 13:7, 17).
En tercer lugar, la idea de una gran organización eclesiástica tiende a menoscabar la importancia de la doctrina. Suena bien decir: “Olvidemos lo que nos separa y enfaticemos lo que nos une”. Pero ¿qué sucede cuando las doctrinas que nos separan son esenciales para la correcta comprensión del evangelio? En tal caso debemos marcar una clara línea de separación.
Esa es la enseñanza de Pablo en 2Cor. 6:14ss. Aunque algunos aplican este pasaje a las relación de noviazgo entre creyentes e incrédulos (que es una aplicación apropiada del pasaje), el tema que Pablo está tocando en realidad es el de los falsos maestros. Hay ocasiones en que la separación no es sinónimo de cisma, sino más bien un deber bíblico.
Si hay una enseñanza clara en el NT es que la verdadera unidad cristiana descansa sobre dos pilares: la regeneración y la doctrina. En otras palabras, solo pueden experimentar verdadera unidad cristiana aquellos que han sido regenerados por el poder del Espíritu Santo a través del mensaje del evangelio revelado en las Escrituras (comp. Rom. 6:17-18).
Cualquier otra cosa que sirva de base para construir una especie de sociedad religiosa no es más que una falsificación de la verdadera unidad cristiana. Como dice Martyn Lloyd-Jones, algunos suponen que si nos tratamos amistosamente, y trabajamos juntos en el evangelismo, o tenemos reuniones conjuntas de oración, eventualmente eso puede que produzca un acuerdo doctrinal. Pero eso es comenzar a construir la casa desde el techo.
Noten Pablo cómo plantea este asunto de la unidad cristiana en su carta a los Efesios (comp. Ef. 1:1-5, 13-14; 2:1, 4-6, 19-22); es a creyentes que Pablo exhorta en el capítulo 4 a preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, una unidad que crece y se fortalece en la misma medida en que crece el acuerdo doctrinal, como vemos claramente en 4:11-16. De manera que la doctrina viene primero, la comunión después.
En cuarto lugar, el intento de crear una gran organización eclesiástica que agrupe a todos los creyentes no toma en cuenta algunos factores humanos que habrán de prevalecer en la iglesia de Cristo hasta que nuestro Señor regrese en gloria y que hace inevitable que exista una diversidad de iglesias y denominaciones.
Como dice Robert Dabney, esto se debe en parte a la excusable limitación del entendimiento humano que impide que todos lleguen a un entendimiento perfecto de todas las doctrinas bíblicas; y en parte a los prejuicios pecaminosos del corazón humano. “Prejuicio – dice él – que, aunque no es justificable, seguramente continuará operando mientras la naturaleza del hombre sea parcialmente santificada”.
Es irrealista pensar que de este lado de la eternidad todos y cada uno de los creyentes lleguen a adquirir una comprensión perfecta en todos los detalles doctrinales.
Como dijo en cierta ocasión Blaise Pascal: “Hay suficiente luz para iluminar a los elegidos, y suficiente oscuridad para humillarlos”. No porque la Biblia tenga algún defecto, sino porque nuestro entendimiento será defectuoso de este lado de la eternidad.
¿Cómo resolvemos ese inconveniente? ¿Desestimando las diferencias como algo sin importancia? O lo que es peor todavía, ¿imponiendo sobre otros nuestros propios criterios, independientemente del entendimiento que ellos tengan de las Escrituras?
Creo que Ian Murray dio en el clavo cuando hizo la siguiente observación: “Lo que podríamos llamar diferencias secundarias entre cristianos no son sin consecuencias y pueden ser lo suficientemente importantes como para prevenir la unidad formal de cristianos en la misma denominación. La libertad de consciencia para interpretar las Escrituras es mucho mejor que una unidad externa impuesta sobre todos”.
En otras palabras, es preferible preservar la libertad que cada creyente tiene de vivir su vida cristiana conforme a lo que él entienda de las Escrituras, a que les impongamos un sistema de creencias en aras de la unidad cristiana.
Y luego añadió: “[Pero] al mismo tiempo es esencial reconocer… que no debe ser permitido que esas diferencias de entendimiento entre cristianos [en tales cosas secundarias] trascienda la verdad que nos hace uno en Cristo” (Ibíd; pg. 309).
Desde esa perspectiva, el hecho de que haya diversidad de iglesias y denominaciones cristianas no debe ser visto necesariamente como un problema, sino también como una bendición, porque permite que un grupo de creyentes con convicciones similares puedan conformar una iglesia o una denominación, sin tener que traicionar su propio entendimiento de las Escrituras.
Joshua Harris dice lo siguiente al respecto: “No hay que pensar en las diferencias de las denominaciones como enemigas de la unidad, sino como algo que hace que la verdadera unidad sea todavía más asequible. Coincidimos en estar de acuerdo en las cosas de primera importancia; y convenimos en respetar los desacuerdos sobre las cosas de menos importancia”.
Y entonces cita a Richar Philips que dice: “Las denominaciones nos permiten tener una unidad de organizaciones en las que tenemos pleno acuerdo… y nos permiten tener unidad espiritual con otras denominaciones, porque no estamos obligados a discutir para perfeccionar el acuerdo, sino que podemos aceptar nuestras diferencias de opinión sobre temas secundarios” (J. Harris; Deje de Coquetear con la Iglesia; pg. 38-39).
Es lamentable que muchos se vuelvan tan celosos de sus distintivos que pierdan de vista el amor cristiano. Pero, gracias al Señor, eso no siempre será así. Cuando seamos perfectamente santificados en el cielo, entonces nuestra comunión será perfecta porque no tendremos ningún prejuicio, ni seremos afectados por ninguna mala interpretación de las Escrituras. Pero eso será en el cielo. Pretender vivir esa realidad ahora, es intentar construir “un hermoso castillo en el aire”, como dijo una vez J. C. Ryle (Murray; op. cit.; pg. 310).
La solución no es echar a un lado las doctrinas que nos separan y enfatizar las que nos unen, como si la doctrina fuera algo sin importancia. La solución está en aprender a manejar esas diferencias con madurez y amor cristiano.
En otra entrada veremos algunos principios que deben gobernarnos en nuestras relaciones intereclesiásticas.
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jueves, 28 de mayo de 2009
La Importancia de ser miembro de una iglesia local
Por Sugel Michelén
Una de las características predominantes de la sociedad occidental es el individualismo. El hombre occidental tiende a pensar en sí mismo mayormente como un individuo y no como parte de un conglomerado. Más aun, el hombre contemporáneo parece haber desarrollado una alergia crónica contra todo tipo de compromiso. Repele fuertemente todo aquello que pudiera coartar sus deseos e interferir con sus planes; lamentablemente esta mentalidad no ha dejado de tener un impacto dentro del cristianismo. Muchas personas profesan ser creyentes y pretenden tener una relación personal con Cristo, sin tener al mismo tiempo una relación vital con la iglesia. Pero tal cosa es sencillamente imposible. Estar en Cristo es equivalente en el NT a estar en la Iglesia; amar a Cristo es amar a la Iglesia, preocuparse por ella, involucrarse en ella. Si pasamos por alto esa dimensión corporativa de la obra redentora de Cristo, estamos tergiversando el mensaje de las Escrituras y reinventando el cristianismo.
Pablo dice en Tito 2:14 que Cristo se dio a Sí mismo por nosotros “para redimirnos de toda iniquidad y purificar para Sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”. Comentando este texto, dice Sinclair Ferguson: “Pablo enfatiza aquí, y en muchos otros lugares, que Cristo quiere crear un pueblo, y no meramente salvar a individuos aislados que crean en Él”. Ese interés de Cristo por la unidad de Su pueblo, quedó claramente evidenciado en la oración intercesora que Juan recoge en el capítulo 17 de su evangelio, y que estudiamos en el primer sermón de esta serie. Si nuestras oraciones revelan los anhelos más profundos del alma, entonces no hay duda alguna de que la unidad de los creyentes es un asunto prioritario en la mente y el corazón de Cristo (comp. Jn. 17:11, 20-23).
El señor no pide al Padre que los Suyos vengan a ser uno, porque eso ya es una realidad que vino incluida en el paquete de la redención; pero Él pide que esa unidad pueda ser perfeccionada y manifestada en una medida cada vez mayor. Es por eso que ser parte activa de una iglesia local no es un asunto opcional para el creyente. Como bien señala el pastor Mark Dever: “Si te llamas a ti mismo cristiano pero no eres miembro de una iglesia a la que asistes regularmente, me temo que puedas ir camino al infierno”. ¿Está sugiriendo el pastor Dever que la membresía de la iglesia es lo que nos hace cristianos? ¡Por supuesto que no! Pero él quiere subrayar una verdad que muchos cristianos profesantes parecen estar pasando por alto: la centralidad de la iglesia en el plan redentor de Dios y en la vida práctica del verdadero creyente.
Recientemente un novelista con mucha imaginación, y con un manejo muy cuestionable de la historia, escribió una novela que gira en torno a una supuesta relación matrimonial entre Cristo y María Magdalena: El tristemente célebre Código Da Vinci. Pero lo cierto es que la Biblia sólo reconoce una esposa de Cristo, la que Pablo menciona en su exhortación a los esposos en el capítulo 5 de su carta a los Efesios: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Ef. 5:25).
© Por Sugel Michelén. Todopensamientocautivo.blogspot.com. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia. Leer más...
Una de las características predominantes de la sociedad occidental es el individualismo. El hombre occidental tiende a pensar en sí mismo mayormente como un individuo y no como parte de un conglomerado. Más aun, el hombre contemporáneo parece haber desarrollado una alergia crónica contra todo tipo de compromiso. Repele fuertemente todo aquello que pudiera coartar sus deseos e interferir con sus planes; lamentablemente esta mentalidad no ha dejado de tener un impacto dentro del cristianismo. Muchas personas profesan ser creyentes y pretenden tener una relación personal con Cristo, sin tener al mismo tiempo una relación vital con la iglesia. Pero tal cosa es sencillamente imposible. Estar en Cristo es equivalente en el NT a estar en la Iglesia; amar a Cristo es amar a la Iglesia, preocuparse por ella, involucrarse en ella. Si pasamos por alto esa dimensión corporativa de la obra redentora de Cristo, estamos tergiversando el mensaje de las Escrituras y reinventando el cristianismo.
Pablo dice en Tito 2:14 que Cristo se dio a Sí mismo por nosotros “para redimirnos de toda iniquidad y purificar para Sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”. Comentando este texto, dice Sinclair Ferguson: “Pablo enfatiza aquí, y en muchos otros lugares, que Cristo quiere crear un pueblo, y no meramente salvar a individuos aislados que crean en Él”. Ese interés de Cristo por la unidad de Su pueblo, quedó claramente evidenciado en la oración intercesora que Juan recoge en el capítulo 17 de su evangelio, y que estudiamos en el primer sermón de esta serie. Si nuestras oraciones revelan los anhelos más profundos del alma, entonces no hay duda alguna de que la unidad de los creyentes es un asunto prioritario en la mente y el corazón de Cristo (comp. Jn. 17:11, 20-23).
El señor no pide al Padre que los Suyos vengan a ser uno, porque eso ya es una realidad que vino incluida en el paquete de la redención; pero Él pide que esa unidad pueda ser perfeccionada y manifestada en una medida cada vez mayor. Es por eso que ser parte activa de una iglesia local no es un asunto opcional para el creyente. Como bien señala el pastor Mark Dever: “Si te llamas a ti mismo cristiano pero no eres miembro de una iglesia a la que asistes regularmente, me temo que puedas ir camino al infierno”. ¿Está sugiriendo el pastor Dever que la membresía de la iglesia es lo que nos hace cristianos? ¡Por supuesto que no! Pero él quiere subrayar una verdad que muchos cristianos profesantes parecen estar pasando por alto: la centralidad de la iglesia en el plan redentor de Dios y en la vida práctica del verdadero creyente.
Recientemente un novelista con mucha imaginación, y con un manejo muy cuestionable de la historia, escribió una novela que gira en torno a una supuesta relación matrimonial entre Cristo y María Magdalena: El tristemente célebre Código Da Vinci. Pero lo cierto es que la Biblia sólo reconoce una esposa de Cristo, la que Pablo menciona en su exhortación a los esposos en el capítulo 5 de su carta a los Efesios: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Ef. 5:25).
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