Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

jueves, 4 de marzo de 2010

¿Cómo debe predicar el siervo de Dios?


Desde hace algunos días he estado posteando una serie de entradas sobre la predicación. Hemos visto que el predicador debe hablar con autoridad, convicción y denuedo, pero debe hacerlo también con pasión. O si quieren ponerlo de otro modo, involucrando sus afectos.

El predicador debe alcanzar al intelecto de sus oyentes de modo que entiendan la verdad que está siendo expuesta, y para que eso sea posible el mensaje debe ser presentado en una forma lógica y ordenada, con ideas coherentes y comprensibles (la epístola a los Romanos es eminentemente lógica).

Pero la predicación es mucho más que lógica. La predicación no es otra cosa que la entrega apasionada de un mensaje divino. Si entrego el mensaje sin pasión, sin fuego, nuestros oyentes tienen toda la razón del mundo para preguntarse si lo que estamos diciendo es verdad y si nosotros somos sinceros.

Por eso es que los puritanos se referían a la predicación como luz y calor. Ambos elementos son necesarios si vamos a hacerle bien a las almas. Debemos dar luz al entendimiento, y por medio del entendimiento calentar el corazón.

Martin Lloyd-Jones define predicación como “¡Lógica en llamas! ¡Razón elocuente! … Es teología en fuego. Y una teología que no tiene fuego… es teología defectuosa; o cuando menos el entendimiento del hombre sobre ella es defectuosa. La predicación es teología que procede a través de un hombre que está encendido. Un verdadero entendimiento y experiencia de la verdad debe dirigirnos a esto”.

Creo que Martin Lloyd-Jones dio en el clavo aquí: entendimiento y experiencia de la verdad, eso es lo que produce pasión en el corazón de un hombre, lo que le permite predicar apasionadamente. Es por eso que un buen predicador no se produce por enseñársele algunas técnicas de predicación.

Esto no es un asunto de técnica, por más importantes que sean algunos elementos de la mecánica de la predicación. Como tampoco es un asunto de personalidad. La personalidad de cada uno influye en la manera como manifestamos nuestra pasión, pero esto va más allá de la personalidad del predicador.

Creo que el apóstol Juan toca este punto incidentalmente en su primera carta cuando escribe en 1:3: “Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos”, entendimiento y experiencia de la verdad.

Si lo que estás predicando no te domina ni está produciendo un efecto en tu propia vida cristiana, ¿cómo podrás predicarlo con pasión? Todos tenemos una lucha para obedecer a Dios, ¿pero estás luchando? ¿Estás tomando en serio Su Palabra? Porque si no es así tu predicación carecerá de una pasión genuina y si no hay pasión no hay predicación.

Una vez más, escuchen lo que dice Lloyd-Jones al respecto: “Otra vez digo que un hombre que puede hablar de estas cosas sin apasionarse no tiene derecho, sin importar quién sea, a usar el púlpito y no se le debería permitir usarlo”.

Y en otro lugar dijo: “Un ‘predicador que aburre’ es una contradicción de términos, si es aburrido no es predicador. Puede pararse en un púlpito y hablar, pero ciertamente no es un predicador”.

Queridos hermanos, ¿cómo podemos comunicar con indiferencia el mensaje del amor de Dios a los hombres? ¿Cómo podemos contarles con indiferencia la historia de la encarnación o hablarles de la cruz? ¿Cómo podemos advertirles con indiferencia que escapen del fuego del infierno?

Y esto me lleva de la mano al próximo asunto. El predicador debe hablar con autoridad, convicción, denuedo y pasión, pero debe hacerlo también con urgencia. Eso se desprende de lo que hemos dicho hasta ahora. Por la naturaleza de la comisión que se nos ha dado y del mensaje que debemos proclamar, no podemos predicarlo sin un sentido de urgencia.

¿En qué tono podemos pensar que Pedro pronunció las palabras que Lucas recoge en Hch. 2:40: “Sed salvos de esta perversa generación”? ¡Qué mensaje tan sobrio! “Esta generación es perversa, y por causa de su perversidad será destruida. ¡Escapen cuando todavía hay tiempo de escapar!”

Nuestros oyentes se encaminan con paso seguro al día del juicio, donde escucharán uno de dos veredictos: castigo eterno y vida eterna. Y esa realidad debe movernos a predicar con urgencia, con el deseo de persuadir a los hombres que escapen de la ira venidera.

Dice Pablo en 2Cor. 5:10-11: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo. Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres”.

La predicación no es un fin en sí misma. No tiene como meta que la gente opine que fue un hermoso discurso, o incluso una buena exposición bíblica. Estamos tratando de persuadir a los hombres, y no sabemos por cuánto tiempo más tendremos la oportunidad de hacerlo.

Era el puritano R. Baxter que decía que siempre trataba de predicar como si fuera el último sermón, “como un hombre moribundo a hombres moribundos”. Y en otro lugar escribió:

“Habla a tu gente como a personas que algún día van a despertar, sea aquí o en el infierno. No hables con frialdad o descuido sobre un asunto tan importante como el cielo o el infierno … Los hombres no echarán fuera sus placeres más queridos por la somnolienta petición de uno que no parece querer decir lo que dice o alguien que le tiene sin cuidado si su petición es concedida o no lo es” (The Reformed Pastor; pg. 148-149).

¿Crees que existe una diferencia entre el hombre que es llamado a dar una charla sobre el suicidio, y trae sus estadísticas, y explica en términos médicos las diferentes formas en que la gente se quita la vida, y la de aquel otro que está tratando de disuadir a un individuo que ya tiene la pistola en la cabeza y está a punto de disparar?

Tenemos un mensaje urgente que comunicar, el más urgente de todos, y no sabemos cuánto tiempo más tendremos disponible para comunicarlo y nuestros oyentes para oírlo. Prediquemos como hombres moribundos a hombres moribundos.

El predicador debe hablar con autoridad, convicción, denuedo, pasión, urgencia; y finalmente, debe hacerlo con compasión. No podemos presentar a Cristo delante de los hombres si carecemos de compasión, porque nuestro Señor Jesucristo es un Salvador compasivo.

Dice en Mt. 9:36 que “al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”. El Señor Jesucristo no era un profesional del ministerio. Cuando ministraba a los hombres lo hacía con un genuino deseo de hacerles bien.

Sus entrañas se conmovían al ver estas ovejas desamparadas y dispersas, y es en Su nombre que nosotros ministramos Su Palabra. El apóstol Pablo describe a los ministros del evangelio como “embajadores en nombre de Cristo” que ruegan “como si Dios rogase por medio de nosotros” (2Cor. 5:20).

Un predicador sin compasión sería una pésima representación del Señor que le envió a predicar. Debemos predicar con autoridad y convicción y denuedo, pero eso no puede ser en detrimento de una predicación compasiva.

La razón por la que estamos en el ministerio no es para ganar un sueldo, ni para atraer multitudes, ni agradar a la audiencia, o satisfacer una necesidad intelectual.

Estamos en el ministerio como representantes de Cristo para hacerles bien en Su nombre a las almas a las que ministramos. ¡Qué tremenda responsabilidad! Es obvio que no podemos llevar a cabo el ministerio que se nos ha encargado, en nuestras propias fuerzas. Aun cuando estamos en nuestra mejor condición espiritual somos todavía somos demasiado débiles e inadecuados. Por eso decimos como Pablo: “Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?” (2Cor. 2:16).

Que amparados en Su gracia los ministros fieles continúen adelante, predicando la Palabra y haciendo bien a las almas. En nuestras propias fuerzas somos menos que nada, “pero todo lo podemos en aquel que nos fortalece”.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

2 comentarios:

Abner dijo...

Gracia y Paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo...
Gracias y Gloria a mi Padre por tener hijos como tu... Ruego que te siga humillando y nunca te exaltes a ti mismo... Te amo hno amado...

Sugel Michelén dijo...

Así sea.