Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

viernes, 12 de marzo de 2010

Otra causa de decadencia es el descuido en nutrir y desarrollar las gracias espirituales del alma

Si dejamos de nutrir y desarrollar constante, diaria y diligentemente las gracias espirituales del alma, el proceso de declinación espiritual se activa de inmediato.

Tan pronto dejamos de nutrir y fortalecer la fe, la esperanza, el amor, la humildad, la mansedumbre, etc., nuestra piedad decae y comenzamos a alejarnos de Dios.

¿Qué puede tener Dios y Su Iglesia de codiciable para una persona que no está desarrollando esas cosas en su vida? ¿Acaso no comenzará a sentir hastío y apatía en el cumplimiento de sus deberes religiosos?

Son esas gracias que Dios nos ha conferido las que han de guardar nuestras almas en santidad y cerca de Él. En la medida en que esas gracias crecen y se desarrollan, en esa misma medida desearemos cada vez más santidad y más cercanía con Aquel que es la imagen misma de ellas: nuestro Señor Jesucristo.

Pensemos por un momento en la esperanza. Pablo describe a los inconversos como personas que viven sin esperanza y sin Dios en el mundo. Eso quiere decir que los creyentes no viven así; ellos no sólo tienen a Dios, sino que poseen una esperanza, una esperanza que no será avergonzada y que produce un efecto purificador en nuestros corazones (1Jn. 3:2-3; 2P. 3:10-14).

La esperanza que tenemos en los cielos nuevos y la nueva tierra, por un lado desarraigan nuestras almas del apego por este mundo, y por el otro lado contribuye a vivir aquí y ahora el estilo de vida que caracterizará la vida venidera. La esperanza alimenta la piedad.

Pero, ¿qué sucede, en cambio, con el creyente que ha dejado de fortalecer y desarrollar su esperanza? Que sus ojos no pueden ver más allá de las realidades de esta vida presente, por lo que su corazón se llena de ansiedad por las cosas de este mundo, y su ansiedad despega su alma de Dios (como aquel que trabaja y trabaja tratando de obtener prosperidad material a costa de su fidelidad a Dios).

Y allí estará ese creyente, sentado en un banco de la Iglesia, leyendo la Escritura, muy religioso por fuera; pero por dentro estará carcomido y debilitado en gran manera. Y, ¿cómo podemos fortalecer las gracias espirituales?

En primer lugar, a través de la oración continua (Ef. 3:14-16; 6:18).

Un creyente fortalecido en su hombre interior es exactamente lo opuesto a un creyente en decadencia. Y Pablo intercedía por estos hermanos para que ellos obtuvieran esa fortaleza. La Escritura nos enseña que Dios es para nosotros una fuente inagotable de poder y vigor espiritual.

Por tanto, es a Él que debemos acudir constantemente en oración procurando obtener esa fuerza y vigor que sólo proviene de Él. Pablo estaba preocupado por la vida de piedad de estos hermanos; por eso intercedía ante Dios por ellos, y ¿qué otra cosa podía pedir que no fuera fortaleza en su hombre interior?

Lo mismo podemos verlo en la preocupación de Epafras por los Colosenses: “Os saluda Epafras, el cual es uno de vosotros, siervo de Cristo, siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones, para que estéis firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere” (Col. 4:12).

¿Estás orando por estas mismas cosas en lo que a ti respecta y a tus hermanos en la fe? Nuestras peticiones revelan cuáles son las principales preocupaciones de nuestro corazón. ¿Manifiestan tus oraciones un genuino deseo de fortalecer las gracias que Cristo ha implantado en ti? ¿Manifiestan tus oraciones que tu principal preocupación es el reino de Dios y Su justicia?

¿Estamos rogando encarecidamente, siguiendo el ejemplo de los hombres de Dios cuyas oraciones aparecen registradas en las Escrituras, porque el que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccione? ¿O porque nuestro amor abunde aún más y más? ¿O porque seamos llenos de frutos de justicia que son por medio de Cristo, para gloria y alabanza de Dios?

Recuerda lo que dice Santiago en su carta: “no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Sant. 4:2-3).

¿Deseas realmente fortalecer y desarrollar las gracias que Dios ha implantado en ti? Sólo Dios mismo puede darte lo necesario para que tal cosa pueda ser posible. Acude a Él en oración, pidiendo que tu hombre interior sea fortalecido:

“Mas el Dios de toda gracia, que os llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca” (1P. 5:10). Nota bien, hermano: nuestro Dios es el Dios de toda gracia; sólo Él puede concederlas, fortalecerlas y establecerlas.

Pero cuando acudas a Él en oración pidiendo por esas cosas, recuerda también que Él es soberano en los métodos que usa para lograr este fin. Por ello Pedro nos dice: “después que hayáis padecido un poco de tiempo...”.

En segundo lugar, a través del ejercicio constante de tales gracias (2P. 1:3-10).

¿Saben lo que le sucede a un levantador de pesas que de repente deja de hacerlo? Ese cuerpo firme y robusto comienza a debilitarse, y los músculos a ponerse flácidos.

Dios ha implantado esas virtudes en ti, pero eres tú quien debes poner toda diligencia en activarlas, en ejercitarlas. Cuando pones tu vista en las cosas de arriba, no en las de la tierra, estas fortaleciendo tu fe; cuando alimentas tu mente con las promesas de Dios y buscas en ellas tu consuelo en medio de la aflicción, estas alimentando tu esperanza.

Cuando decides preocuparte por los hermanos de la Iglesia, y les sirves sacrificialmente, estas alimentando tu amor fraternal; cuando decides responder como Cristo cuando has sido ofendido y vejado, estas alimentando tu humildad y mansedumbre; y así podríamos seguir con una gracia tras otra.

Alguien ha dicho muy acertadamente que “uno de los misterios de la redención es que todos los deberes son gracias”, a lo que podemos añadir: “y todas las gracias son deberes”. Por ejemplo, Dios dice en Su Palabra que todo hombre debe arrepentirse, así que el arrepentimiento es un deber; pero también se nos revela en la Escritura que es una gracia (comp. 2Tim. 2:25).

Y así con todo lo demás. El creer es una gracia que Dios concede, pero somos nosotros los que tenemos el deber de creer; Dios ha derramado en nosotros Su amor, pero somos nosotros los que amamos. Y en la medida en que ejercitamos esas gracias, siendo responsables en ponerlas a funcionar, éstas se desarrollan y fortalecen.

Así que las gracias son fortalecidas a través de la oración continua, a través del ejercicio continuo, pero sobre todo, y por encima de todo lo demás...

En tercer lugar, esas gracias son alimentadas y fortalecidas por Cristo mismo:

Las gracias que Cristo ha implantado en nosotros son alimentadas y fortalecidos por Él mismo. Estamos vivos espiritualmente porque Cristo nos comunicó Su propia vida.
En el momento en que somos salvados el Espíritu de Cristo viene a morar en nosotros, comunicándonos de ese modo la vida espiritual de Cristo y Sus características. Varios textos enseñan esto con toda claridad en la Escritura: Gal. 2:20; Col. 3:4; 1Jn. 5:12.

Esas características son precisamente las gracias de las que hemos estado hablando aquí, y que Pablo describe en Gal. 5:22-23 como el fruto del Espíritu. Como decíamos hace unas semanas atrás, la diferencia entre Cristo y nosotros, es que en la Persona de Cristo esas gracias son perfectas; en nosotros, éstas deben ser perfeccionadas y desarrolladas.

¿Cómo? Supliéndose constantemente de la fuente de la que se derivan: Cristo mismo. Juan nos dice en su evangelio que la Ley nos fue dada por medio de Moisés, “pero (que) la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Jn. 1:17). Él es la fuente por la cual fluyen todas las gracias de Dios a nuestras vidas.

Pero, ¿cómo podemos, en una forma práctica, alimentarnos de Cristo? De la misma manera como llegamos a ser partícipes de Él: por medio de la fe. ¿Qué quiso decir el Señor cuando habló de que Él era el Pan de Vida, y que sólo comiéndole a Él podíamos tener vida eterna? El Señor estaba hablando aquí de depositar toda nuestra fe en Él.

Pero eso no es algo que ocurre únicamente en el momento de la conversión. Pablo dice en 2Cor. 5 que es por fe que andamos, no por vista. Y el autor de la carta a los Hebreos nos dice que debemos correr la carrera con los ojos puestos en Jesús, el autor y el consumador de nuestra fe.

En el momento en que fuimos salvados el Espíritu de Cristo vino a morar en nosotros, comunicándonos de ese modo la vida de Cristo y Sus características. Esa vida y esas características son ahora desarrolladas y fortalecidas en la misma medida en que nos alimentamos de Cristo por la fe.

Y cuando miramos a Cristo constantemente con los ojos de la fe, y contemplamos Su majestad para adorarle, Su santidad y bondad para imitarle, contemplamos Su redención para agradecerla, entonces las gracias que Él impartió en nosotros se fortalecen y desarrollan (comp. 2Cor. 3:18).


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