Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

jueves, 4 de junio de 2009

No os hagáis tesoros en la tierra (parte 2 de 3)

Por Sugel Michelén

¿Qué es, entonces, lo que nuestro Señor Jesucristo prohíbe en Mateo 6:19-21? Dar a las cosas de este mundo un valor que esas cosas no tienen. La palabra “tierra” aquí no señala un lugar físico, el planeta en que vivimos, sino mas bien el tipo de cosas que no debemos atesorar: “No hagan del fin de vuestra existencia en este mundo acumular posesiones terrenales: ya sea dinero, fama, prestigio, influencia, o cualquier otra cosa que no podamos llevarnos con nosotros en el día de la muerte”.

Ir tras cualquiera de esas cosas corrompe el corazón. Ciertamente no es pecaminoso ser rico, pero sí es pecaminoso y necio desear serlo. Escucha el testimonio de las Escrituras al respecto:

No te afanes por hacerte rico; sé prudente, y desiste. ¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas como alas de águila, y volarán al cielo” (Pr. 23:4-5).

Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1Tim. 6:6-10).

Pablo no dice que los que son ricos caen en tentación y lazo, sino los que desean serlo. Este mandamiento nos toca a todos, seamos ricos o no. La avaricia es un mal que no tiene fronteras. Es como los virus; no importa dónde usted viva, no está totalmente a salvo de ellos. Y cuando esa enfermedad alcanza nuestro corazón somos traspasados de muchos dolores y tormentos.

Así que el problema no está en las posesiones en sí, sino más bien en la actitud que asumimos hacia las posesiones, o hacia el deseo de ser famosos, o de ocupar ciertas posiciones de influencia. Cualquiera que sea la forma en que aparezca el mal, lo que importa aquí es el principio. No debemos poner nuestros afectos, nuestra confianza, nuestro deleite primario, en ninguna cosa de este mundo, porque tan pronto hacemos eso estamos convirtiendo tal objeto en un dios (comp. Sal. 62:1-2, 5-6, 8, 10).

Todo este problema de la codicia surge de un sistema de valores equivocados. El codicioso no ha aprendido a apreciar el infinito valor de tener comunión con Dios, y en cambio aprecia las cosas de este mundo más allá de su valor real. Acércate a la cama de un moribundo, que sabe que le quedan horas de vida, y trata de interesarlo en una conversación sobre la bolsa de valores, o sobre lo pertinente que es invertir en esto o en aquello, y muy probablemente te mirará con asombro y con pena.

Cuando uno está al borde de la eternidad se da cuenta que nada de eso importa ya. “Nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar de él”. Es por eso que Asaf decía en uno de sus salmos: “Fuera de ti nada deseo en la tierra”. Y en otro de los Salmos David escribió: “Jehová es la porción de mi herencia… y es hermosa la heredad que me ha tocado”. David era un hombre rico y poderoso, pero su confianza estaba en Dios. Ese es el meollo de este asunto. Se puede ser rico y tener esa perspectiva de la vida, como se puede ser pobre y no tenerla.

El caso de Job es pertinente una vez más. Es muy probable que en todo el medio oriente no hubiese habido nadie más rico que Job en sus días de prosperidad. Y sin embargo, escuchen las palabras de este hombre cuando en medio de su aflicción recuerda los días de abundancia que disfrutó en el pasado:

Si puse en el oro mi esperanza, y dije al oro: Mi confianza eres tú; Si me alegré de que mis riquezas se multiplicasen, y de que mi mano hallase mucho; Si he mirado al sol cuando resplandecía, o a la luna cuando iba hermosa, y mi corazón se engañó en secreto, y mi boca besó mi mano; esto también sería maldad juzgada; porque habría negado al Dios soberano” (Job. 31:24-28).


Job era rico, pero sus riquezas no fueron un impedimento para que tuviese una perspectiva correcta de la vida. Él no tuvo que deshacerse de todo lo que tenía para llegar a pensar así. Esa era su forma de pensar cuando todavía era rico.

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