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sábado, 9 de enero de 2010

3. Historia de los Bautistas: El ala revolucionaria y fanatizada

Satanás es el enemigo de la iglesia de Cristo, y como tal, siempre está tramando detener su avance. Unas veces lo hace a través de la persecución, pero otras veces levanta movimientos extremistas que, haciéndose pasar por movimientos cristianos, echan por tierra la reputación de los verdaderos creyentes. Los anabaptistas enfrentaron ambos retos desde sus inicios.

En la entrada anterior sobre los precursores de los bautistas (tanto en Suiza como en Moravia), vimos algo de lo primero. En la entrada de hoy veremos algo de lo segundo, comenzando en Moravia, donde los anabaptistas comenzaron a enfrentar grandes problemas casi desde el principio.

Por un lado, el grupo sufrió una división cuando algunos se fueron detrás de un tal Juan Hut, quien insistía en el uso de la espada contra los impíos para establecer el reino de Dios. Éste predijo que la segunda venida de Cristo habría de ocurrir el domingo de Pentecostés de 1528, a la vez que trató de reunir a los 144,000 elegidos a quienes selló bautizándolos y poniéndoles en sus frentes la señal de la cruz. Otros se alinearon con Jacob Wiedemann, un predicador anabaptista que promovía una especie de comunismo cristiano.

Por otro lado, por orden del archiduque Fernando de Austria, Hubmaier y su esposa fueron apresados y llevados a Viena donde fueron condenados a la muerte; Hubmaier fue quemado vivo el 10 de marzo de 1528, y su esposa fue ahogada en el Danubio tres días después.

Sin un liderazgo fuerte que los guiara, eventualmente los anabaptistas de Nikolsburgo dejaron de existir. Pero la influencia de Baltasar Hubmaier se habría de sentir por muchos años más debido a sus obras escritas. “En 1619 se las consideraba todavía tan peligrosas que fueron incluidas en el índice de libros prohibidos... que promovió la Inquisición española” (W. R. Estep; Revolucionarios del Siglo XVI; pg. 71). En un documento del siglo 17, su nombre aparece en una lista de grandes "herejes", sólo precedido por los nombres de Lutero, Zwinglio y Calvino.

Luego de la muerte de Juan Hut, el movimiento volvió a dividirse otra vez; sin embargo, su mensaje apocalíptico continuó siendo proclamado por otros supuestos profetas, entre los cuales se encontraba Melchior Hofman.

Aunque Hofman comenzó siendo un predicador laico luterano, más tarde rechazó la enseñanza de Lutero con respecto a la comunión y vino a ser seguidor de Zwinglio, para abrasar luego la doctrina anabaptista en la ciudad de Estrasburgo.

Convencido de que él era “el Elías que habría de preparar el camino para el retorno de Cristo”, comenzó a proclamar que el día del Señor se estaba acercando y que en la ciudad de Estrasburgo se habría de establecer la Nueva Jerusalén. También instó a sus seguidores a abandonar el pacifismo que había caracterizado a los anabaptistas. Finalmente Hofman fue encarcelado en Estrasburgo en 1533 hasta su muerte 10 años más tarde.

Pero uno de sus discípulos, un panadero holandés llamado Juan Matthys, tomó el mando, declarándose a sí mismo como profeta del movimiento: así como Hofman era “el Elías que había de venir” antes del retorno del Señor, él era Enoc, el otro testigo de Ap. 11. Matthys procedió entonces a nombrar a 12 apóstoles, entre los cuales estaba Juan de Leyden, y además trasladó la Nueva Jerusalén a Munster, ciudad importante en la región de Westfalia.

Mucha gente se aglomeró en torno a ellos; expulsaron al obispo de la ciudad y trataron de instaurar una teocracia que, según ellos, se ajustaría en todo a la Biblia, incluyendo la práctica de la poligamia. A la muerte de Matthys, Juan de Leyden tomó el mando; y así como Hofman se comparó con Elías y Matthys con Enoc, Leyden decía ser el rey David.

Pero el obispo expulsado de Munster no se quedó de brazos cruzados; pronto reunió un ejército, compuesto por luteranos y católicos, y sitió la “Nueva Jerusalén”. La situación dentro de la ciudad se fue volviendo cada vez más desesperada, hasta que, finalmente, sus mismos habitantes abrieron las puertas para que entrara el obispo con su ejército. Lo que sucedió a continuación fue un terrible baño de sangre que habría de ser recordado por mucho tiempo, contribuyendo aún más a la mala fama que ya tenía el movimiento anabaptista.

Como dice el historiador Latourette: “El efecto del episodio fue confirmar el desprestigio que acompañaba el nombre de anabaptista. Circularon rumores de los extremos a donde había llegado el fanatismo anabaptista durante los meses de la tensión en la comunidad, de la destrucción de propiedades, de poligamia y de la supresión despiadada de la oposición. Y, cómo es común en tales rumores, los hechos se agrandaban a medida que se contaban y se volvían a contar, alejándose más y más de los hechos reales”.

Lamentablemente, nunca han faltado en la Historia estos grupos fanatizados que traen gran descrédito a la iglesia de Cristo. La buena noticia es que, a pesar de tales locuras de supuestos cristianos, Cristo continuará edificando a Su iglesia y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.