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miércoles, 27 de enero de 2010

Decadencia espiritual: La naturaleza indestructible de la gracia verdadera

Recientemente iniciamos en nuestra iglesia una serie de sermones sobre la decadencia espiritual y pensé que era una buena idea postear poco a poco algunas de las ideas que hemos estado compartiendo con nuestra congregación, dada la enorme importancia de este tema.

Al hablar de decadencia o declinación espiritual nos referimos a un creyente verdadero cuya vida espiritual no se encuentra vigorosa y saludable.

La Biblia nos advierte claramente que muchas personas tendrán una evaluación incorrecta de sí mismos, creyendo que son creyentes sin serlo en realidad. Pero también nos advierte que un verdadero cristiano puede pasar por tal declinación que apenas podamos distinguir la obra de la gracia de Dios en su vida.

Y es precisamente acerca de ese aspecto de la vida cristiana práctica que queremos hablar en esta serie de estudios. ¿Cuáles son los síntomas de que estamos atravesando por un período de decadencia espiritual? ¿Cuáles son las causas que llevan a un creyente a caer en esa penosa condición? Y sobre todo, ¿cuál es el remedio que debemos aplicar, ya sea para evitar caer o para recuperarnos si lamentablemente ya nos encontramos en ese estado?

Esas son algunas de las interrogantes que vamos considerar en esta serie. Pero antes, es necesario hacer algunas puntualizaciones que nos permitirán poner este tema en perspectiva. Y la primera es la naturaleza indestructible de la gracia salvadora.

Una vez que somos hechos partícipes de la gracia salvadora de Cristo, es imposible que esa gracia pueda ser totalmente destruida en nosotros. Es verdad que un creyente puede atravesar por un período de tal decadencia espiritual que llegue a tener dudas de la realidad de su fe.

Pero una cosa es el apóstata que durante un tiempo proclama ser creyente, vive externamente como un creyente, y finalmente se aparta; y otra muy distinta es el creyente verdadero que por un tiempo decae en su vida espiritual.

Usualmente, cuando un apóstata comienza a apartarse del Señor, este alejamiento no le preocupará mucho, siempre que se mantenga viviendo externamente como un verdadero hijo de Dios.

Pero en el caso de un creyente, esta situación resulta muy penosa, sobre todo porque durante un período de decaimiento espiritual el creyente no experimenta seguridad total de salvación y, por eso mismo, carece del gozo que esa seguridad provee.

Es por eso que Pedro nos exhorta a poner toda diligencia en añadir a nuestra fe, virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; etc. (2P. 1:5-7). En otras palabras, debemos ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor, como dice Pablo en Fil. 2:12.

Y Pedro nos da una buena razón para hacer esto: “procurad hacer firme vuestra vocación y elección” (2P. 1:10). “Esfuércense por tener en vuestros corazones la certeza de que fueron llamados y elegidos por Dios”.

El comentarista Kistemaker dice al respecto: “La elección y el llamamiento son y seguirán siendo actos redentores de Dios…El hombre no se escoge o se llama a sí mismo… La tarea del hombre es la de apropiarse de esta salvación para estar absolutamente seguro del llamado con que Dios lo ha convocado y para poder vivir en el conocimiento de que es un hijo de Dios” (comp. 2Tim. 1:9).

En palabras más sencillas, todo creyente debe esforzarse por experimentar seguridad de salvación. ¿Cómo? Poniendo toda diligencia en añadir a la fe virtud; a la virtud conocimiento; al conocimiento, dominio propio; etc.

Pero una cosa es experimentar dudas en cuanto a la seguridad de salvación, y otra muy distinta es poseer una salvación insegura. Un hijo de Dios puede pasar por momentos de duda, sobre todo si está atravesando por un período de decaimiento espiritual.

Pero la gracia salvadora que Dios ha colocado en él no permitirá que se aparte totalmente, sino que más bien lo moverá de manera efectiva a procurar levantarse de ese penoso estado.

Si tal persona se aparta totalmente del Señor y nunca regresa, es evidente que nunca tuvo en él la gracia salvadora (comp. Mt. 7:21-23; 1Jn. 2:19; noten que en ambos textos se señala el hecho de que esas personas nunca fueron salvas, ni siquiera cuando estaban activamente involucrados en actividades religiosas; Cristo les dice: “Nunca os conocí”). Los que se apartan totalmente nunca estuvieron; los que están, nunca se apartarán totalmente (comp. Jn. 10:27-30; 2Jn. 9).

Nuestra salvación depende de la obra de Cristo a nuestro favor, no de nuestras obras a favor de nosotros mismos (comp. Rom. 8:29-30). Aquellos que enseñan que la salvación se pierde, probablemente no se están dando cuenta que están enseñando salvación por obras y que están poniendo en duda la eficacia de la justicia de Cristo, la cual es imputada (puesta en la cuenta del pecador) por medio de la fe (comp. 2Cor. 5:21).

Ahora bien, aunque la gracia verdadera es indestructible todo creyente verdadero es susceptible de caer en un estado de decaimiento espiritual. Pero eso lo veremos en la próxima entrada.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

1 comentario:

Marta Villarreal dijo...

pastor Sugel, que bueno que usted haya tocado este tema tan necesario hoy en dia que tanto se habla de "la perdida de la salvación" y muchos cristianos andan abrazando esta postura.... Dios le bendiga y le siga usando... estaré pendiente de los siguientes post....¿hay posibilidad de tener los mensajes completos en audio sobre este tema?