Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

lunes, 4 de enero de 2010

Una tercera cosa que no cambiará en el 2010

En dos entradas anteriores decía que al mirar hacia el futuro podemos estar seguros de dos cosas al menos: el hombre seguirá siendo un pecador egoísta y el evangelio seguirá siendo la respuesta para ese hombre pecador. Pero hay una cosa más que debemos tener presentes al encarar el 2010 y es que…

La segunda venida de Cristo seguirá siendo el foco de nuestra esperanza

El NT es muy claro en cuanto al lugar preponderante que debe ocupar la segunda venida de Cristo en la vida del cristiano. Pablo dice en 1Ts. 1:9-10, acerca de los tesalonicenses, que se habían convertido “de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a Su Hijo”.

He ahí lo que se esperaba de ellos ahora que estaban convertidos, y lo que se espera de nosotros por igual: que sirvamos al Dios vivo y verdadero, y vivamos a la espera del retorno de nuestro Señor.

Esa es nuestra esperanza: que el Señor Jesucristo volverá a establecer un reino de justicia que nunca tendrá fin (comp. Tito 2:11-13; 2Tim. 4:8; Fil. 3:20-21, por sólo citar algunos textos).

Esto de ningún modo significa que el cristiano es alguien que se ha desentendido del mundo en que le ha tocado vivir porque solo mira hacia aquel evento escatológico. De ninguna manera. El mismo Señor dijo en Mt. 5:13-16 que nosotros los cristianos somos sal de la tierra y luz del mundo, la única sal y la única luz que el mundo posee.

Si nos desentendemos del mundo en que vivimos, si nos agrupamos en una comuna en la montaña para irnos a esperar el regreso de nuestro Señor, no podremos cumplir con la misión que se nos ha encomendado.

Pero no nos entretenemos con ilusiones vanas pensando que el hombre por sí solo hará de este mundo un paraíso. Ni siquiera creemos que la Iglesia tendrá tanto éxito en su tarea evangelizadora que la mayoría de la gente se convertirá y de ese modo el reino de Dios será consumado. No.

Creemos con toda certeza que algún día habrá justicia plena en el mundo y que el mundo volverá a ser lo que originalmente fue. Pero eso solo ocurrirá cuando nuestro Señor Jesucristo regrese en gloria.

“He aquí que para justicia reinará un rey, y príncipes presidirán en juicio. Y será aquel varón como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa. No se ofuscarán entonces los ojos de los que ven, y los oídos de los oyentes oirán atentos (nadie menospreciará entonces la Palabra de Dios). Y el corazón de los necios entenderá para saber (en otras palabras, todos comprenderán perfectamente, el entendimiento de todos tendrá luz), y la lengua de los tartamudos hablará rápida y claramente. El ruin nunca más será llamado generoso, ni el tramposo será llamado espléndido” (Is. 32:1-5).

¿Acaso no deseamos de todo corazón que algún día el mundo sea así? ¿Acaso no deseamos de todo corazón que algún día cada cual reciba lo que merece, que el malo no se salga con la suya, que los perversos no sean alabados y aclamados? Pues la Escritura dice que ese día vendrá, pero solo cuando sea consumado el reino eterno de ese Rey justo del que habla nuestro texto.

En estos días hay tres palabras que escuchamos una y otra vez en los anuncios publicitarios que toman como excusa las fiestas de Navidad y la llegada del nuevo año: paz, justicia y prosperidad. ¿Saben por qué se habla tanto de esto? Porque eso es lo que el hombre anhela internamente.

En una sola palabra, el hombre anhela ser feliz, y sabe que es imposible lograr esa felicidad sin esos tres ingredientes básicos. Algún día el mundo experimentará una paz, una justicia y una prosperidad sin límites. Pero eso no ocurrirá simplemente porque los hombres queramos que sea así. Este asunto es mucho más complejo. Muchas cosas tienen que cambiar dramáticamente en el mundo para que esto se convierta en realidad.

Y lo que la Biblia enseña es que esos cambios dramáticos solo ocurrirán cuando nuestro Señor Jesucristo regrese en gloria.

Dice el profeta Isaías que entonces “morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Is. 11:6-9).

De manera que los cristianos podemos mirar hacia el futuro con confianza porque algún día nuestros ojos verán lo que Isaías describe aquí. La tierra será llena del conocimiento del Señor, todos los hombres vivirán bajo el influjo de Su gloria, no habrá razón para temer, y no habrá un solo motivo para llorar.

Describiendo aquel día, dice el apóstol Juan en el Apocalipsis: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Ap. 21:4).

El hombre nunca podrá hacer que el mundo llegue a ser así, por eso nuestra confianza no está en el hombre, nuestra confianza está en Aquel que creó los cielos y la tierra, y cuando le plazca puede también hacerlos nuevos.

Y ahora yo te pregunto, ¿dónde está tu confianza? ¿En qué la tienes puesta? Porque si tu esperanza está puesta en cualquier cosa que se logre con esfuerzo humano, te aseguro que serás frustrado.

Pero si deseas compartir la esperanza ciertísima en la que se amparan los cristianos, entonces recuerda lo que decíamos en los dos puntos anteriores: eres pecador, eres un transgresor convicto de la ley moral de Dios, y necesitas urgentemente lo que el evangelio ofrece: ser gratuitamente reconciliado con Dios, totalmente perdonado de todos tus pecados, por medio de la fe en nuestro Señor Jesucristo.

La oferta está puesta hoy delante de ti, espero por tu bien que no la rechaces, que clames en este mismo instante que Dios tenga misericordia de ti, que a partir de hoy el Hijo de Dios, Jesucristo, venga a ser el Objeto de tu confianza. Él murió en una cruz siendo inocentes para que pecadores culpables sean absueltos; pero debes venir a Él en arrepentimiento y fe, confiando únicamente en Su obra redentora para el perdón de todos tus pecados y obtener gratuitamente el don de la vida eterna.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.