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sábado, 2 de enero de 2010

Tres cosas que no cambiarán en el 2010

Nos encontramos al inicio de un nuevo año. 12 meses completos sin usar. Este es un reto que algunos enfrentan con un optimismo sin fundamentos, pensando que, de alguna manera, el cambio de año traerá consigo un cambio de circunstancia (de peor a mejor, por supuesto). Otros, en cambio, abordan este reto con una actitud tremendista (“¿quién sabe cuántos problemas y dificultades tendremos que sortear en este nuevo año?”).

Permítanme compartir con Uds. tres cosas que no cambiarán durante el 2010 (ni en ninguna otra fecha futura, hasta la venida de nuestro Señor). Lamentablemente debo comenzar con una nota negativa:

El hombre seguirá siendo un pecador egoísta

Que nadie se engañe pensando que en los próximos meses y años verá cambios sustanciales en la conducta egoísta y pecaminosa del hombre, porque la Escritura nos enseña, y la experiencia lo confirma, que los hombres malos “irán de mal en peor, engañando y siendo engañados” (2Tim. 3:13).

En ese mismo capítulo de la segunda carta a Timoteo, Pablo nos brinda un cuadro bastante sombrío de los postreros tiempos: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita” (2Tim. 3:1-5).

Cuando Pablo habla aquí de los postreros días, no se refiere a los días que precederán inmediatamente al fin del mundo. Noten que Pablo advierte a Timoteo que debía evitar a las personas que él describe en el texto. El apóstol está hablando de individuos con los que Timoteo se iba a topar en el desempeño de su ministerio, hombres que estaban vivos en ese momento.

Así que esa frase no alude a los días previos a la segunda venida de Cristo y el fin del mundo, sino mas bien a esta era en la que vivimos ahora, la cual fue iniciada con la primera venida de Cristo, y que concluirá en Su segunda venida. En estos últimos 2000 años hemos estado viviendo en esos postreros días de los que Pablo habla aquí (comp. Hch. 2:14-17; 1Jn. 2:18).

Ahora bien, esas características que Pablo menciona en el texto se irán acentuando con el paso de los años, alcanzando su punto más alto en los días que precederán a la venida del Señor. Como bien señala Hendriksen en su comentario, en este período de tiempo “el final será peor que el principio. Serán tiempos de impiedad creciente”.

La idea que Pablo expresa en el vers. 1 cuando dice que vendrán tiempos peligrosos es la de una tormenta eléctrica que se va haciendo cada vez peor, cada vez más intensa, hasta que llega un punto en que las descargas vienen con todas sus fuerzas.

“Vendrán tiempos peligrosos”, penosos, difíciles de soportar. Tiempos de agonía, de calamidad. Y ¿qué es lo que hará particularmente penoso estos períodos de tiempo? ¿Es que acaso habrá grandes hambrunas, o terribles desastres naturales? Muchas de esas cosas han sucedido, y muy probablemente seguirán sucediendo, pero no es a esas cosas que Pablo se refiere.

Pablo está hablando aquí del carácter de los hombres; es eso y no otra cosa lo que hace que estos tiempos sean peligrosos. “Porque habrá hombres”, ése es el énfasis; son los hombres los que hacen que estos tiempos sean particularmente difíciles.

Y ¿cómo son esos hombres? Pablo dice, en primer lugar que son “amadores de sí mismos”, hombres que son como los erizos que se enrollan sobre sí, dejando hacia el interior la lana suave y tibia, y presentando las espinas agudas hacia fuera.

Estos hombres solo piensan en una cosa: en sí mismos, en lo que les agrada, en lo que los deleita y divierte, en su comodidad y placer. Y, por supuesto, como son amadores de sí mismos también son “avaros”, amantes del dinero dice el texto, “vanagloriosos, soberbios, blasfemos” (con su lenguaje y actitudes se burlan de Dios y también de los hombres, sobre todo de aquellos que profesan piedad).

Son hombres carentes de un espíritu sumiso para respetar la autoridad, son “desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural”.

Son también “implacables, calumniadores, intemperantes (es decir, ‘sin inhibiciones, absolutamente carentes de dominio propio, desprovistos del poder de poner atajo a sus propios estímulos o impulsos’, dice Hendriksen), crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos (se apresuran a correr hacia el mal), infatuados (están tan seguros de su propia opinión que no aceptan que nadie los corrija ni los contradiga), amadores de los deleites más que de Dios”.

Y lo más terrible es que algunas de estas personas las encontraremos dentro de las iglesias profesando ser cristianas. Dice Pablo que algunos tendrán “apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella”.

Es esto, y no otra cosa, lo que debemos esperar ver en el mundo en los próximos años; así será, y cada vez peor, hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. Que nadie cometa el error de pensar que en los años venideros el hombre será más civilizado, más justo, más honesto, más altruista. Eso no es lo que la Escritura enseña, ni la experiencia tampoco.

Si tu esperanza descansa en lo que los hombres puedan lograr en el futuro, debes saber de antemano que tu esperanza será frustrada. Toda la historia pasada de la humanidad debería ser suficiente para que aprendamos esta importante lección de la vida: el hombre no es confiable.

He aquí, entonces, la primera verdad bíblica en la que debemos meditar al inaugurar un nuevo año: el hombre seguirá siendo un pecador egoísta.

Si el Señor lo permite, próximamente veremos las otras dos.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.