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martes, 1 de junio de 2010

El gran cisma (1378 – 1417)

(Clase de Escuela Dominical, Historia de la Reforma, del domingo 30 de Mayo, 2da parte).

El último Papa que reinó en Aviñón fue Gregorio XI quien, el 17 de enero de 1377, regresó a Roma en medio de una gran algarabía. Pero las dificultades que encontró allí fueron tales que aún llegó a considerar la posibilidad de regresar a Aviñón (plan que no llegó a concretarse debido a su muerte).

Tras la muerte de Gregorio los romanos temían que el nuevo Papa quisiera regresar a Aviñón o que sirviera a los intereses de Francia, ya que la mayoría de los cardenales eran franceses. Una vez más los cardenales estaban divididos, incluyendo los cardenales franceses entre sí. Finalmente decidieron elegir a Bartolomé Prignano, arzobispo de Bari, quien tomó el título de Urbano VI.

Debido a su origen humilde y a sus costumbres austeras, Urbano se dedicó a erradicar el absentismo que había caracterizado a la Iglesia durante la cautividad babilónica, así como criticó fuertemente el lujo en que vivían los cardenales.

Como era de esperarse, pronto ganó muchos enemigos que comenzaron a acusarlo de locura. A todo esto, las reacciones del Papa parecían confirmar que realmente estaba loco; y para empeorar aún más la situación se dedicó a colocar a sus parientes en posiciones de poder, tanto eclesiásticas como laicas.

Esto trajo como consecuencia el abandono de muchos de sus cardenales, los cuales declararon que la elección de Urbano no era válida por cuanto el cónclave no tenía libertad de acción cuando éste fue elegido.

Este grupo de cardenales declaró acerca de Urbano: “Debido al peligro y las amenazas del pueblo fue entronizado y coronado, y se llamó Papa y apostólico. Pero según los santos padres y la ley eclesiástica debería ser llamado apóstata, anatema, anticristo y burlador y destructor de la fe”.

En este cónclave rebelde se eligió a Roberto de Ginebra quién tomó el nombre de Clemente VII y quien, luego de un intento fallido de adueñarse de Roma, llevó su sede de nuevo a Aviñón.

De este modo se generó un fenómeno sin precedentes en la historia del catolicismo. Por primera vez la iglesia de occidente tenía dos papas elegidos por el mismo colegio de cardenales: Urbano VI, repudiado por los cardenales que lo eligieron, por lo que tuvo que crear su propio colegio de cardenales; y Clemente VII que, al ser apoyado por el antiguo colegio de cardenales, representaba la continuidad con el pasado.

Los países europeos debían escoger entre uno y otro, pero la elección no era fácil. Por un lado, Urbano VI había sido elegido legítimamente, pero cada vez daba muestras más claras de locura (o al menos, de estar embriagado con el poder); y por el otro lado estaba Clemente, representante del papado en Aviñón, cuya devoción y piedad ni siquiera sus partidarios defendían.

Tras la muerte Urbano, sus cardenales eligieron a Bonifacio IX, cuyo régimen se caracterizó por la simonía (la venta de cargos eclesiásticos), un mal que el cisma estimulaba, ya que ambos contrincantes necesitaban fondos para su causa.

Así estaban las cosas, cuando los teólogos de la prestigiosa Universidad de París presentaron al rey tres opciones para volver a unificar la cristiandad:

1. La renuncia de ambos pretendientes y la elección de un nuevo Papa.

2. Negociación sujeta a arbitraje entre ambos bandos.

3. La convocación de un concilio universal.

Siguiendo el consejo de los teólogos de París, a la muerte de Clemente VII el rey pidió a los cardenales de Aviñón que no eligieran a otro Papa; pero éstos tenían el temor de quedar sin una cabeza representativa y debilitar su causa, por lo que rápidamente eligieron al cardenal Pedro de Luna, quien tomó el nombre de Benito XIII.

Luego de la muerte de Inocencio VII, el sucesor de Bonifacio IX, su sucesor Gregorio XII prometió abdicar si Benito hacía lo mismo. Pero este papa mostró tal terquedad que sus cardenales le abandonaron e iniciaron sus gestiones por sí mismos.

Francia, por su parte, también le retiró su apoyo a Benito, de manera que los dos papas quedaron desamparados.

Sólo quedaba una salida: convocar un concilio general que volviera a unificar a la Iglesia. La Reforma Conciliar que muchos ansiaban parecía estar a la puerta. Pero eso lo veremos mañana, si el Señor quiere, en nuestra próxima entrada.

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