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miércoles, 1 de julio de 2009

No es la fe la que salva, es Cristo por medio de la fe


Por Sugel Michelén

Contrario al pensamiento de muchos, no es la sinceridad o cantidad de la fe lo que importa, sino el objeto en el que descansa la fe. Si una persona ingiere un veneno por error creyendo sinceramente que es jugo de naranja, la sinceridad de su creencia no eliminará el efecto nocivo del veneno.

De igual manera, aquellos que viajen atemorizados en avión tendrán más probabilidades de llegar a su destino que aquellos viajeros ilegales que se arriesgan abandonar su país en una frágil embarcación, por más seguridad que tengan de que llegarán sanos y salvos a la otra orilla. Los primeros tienen poca fe en un objeto confiable, mientras los segundos están depositando mucha fe en uno que no lo es.

Pues lo mismo ocurre en lo tocante a la vida eterna. La Palabra de Dios enseña en Proverbios 16:25 que “hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte”. Este hombre transita confiado por una senda equivocada, creyendo sinceramente que va por buen camino, pero la sinceridad de su creencia no eliminará el hecho de que ese es un camino de muerte.

Y es que la fe no tiene poder en sí misma para salvar. Ella opera más bien llevándonos de la mano a confiar en el único que puede salvar al pecador: nuestro Señor Jesucristo. Todo el que descansó sinceramente en cualquier otro medio de salvación, aparte del Señor Jesucristo, se perderá, porque no es la fe la que salva, sino Cristo por medio de la fe.

La fe que conduce a la salvación es una mano desnuda que se extiende confiadamente para recibir lo que el Señor Jesús ofrece en el evangelio. Él se hizo Hombre siendo Dios, vivió una vida perfecta y luego murió en una cruz para pagar la deuda de todos aquellos a quienes vino a salvar; y ahora, en base a esa obra de redención, ofrece perdón y vida eterna a todo aquel que cree. Su justicia perfecta es puesta en nuestra cuenta por medio de la fe.

En Juan 6:47 dice el Señor: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí tiene vida eterna”. Y en otro lugar añadió: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna” (Juan 10:27-28). Sólo las ovejas de Cristo tienen vida eterna, no las de ningún otro pastor; y esas ovejas se distinguen en que oyen su voz y le siguen; ellas prestan atención a las enseñanzas de Cristo reveladas en Su Palabra, la Biblia. Creer sincera y profundamente en cualquier otro medio de salvación no servirá de nada; es Cristo el que salva, por medio de la fe.

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