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miércoles, 22 de julio de 2009

El caso de Zelaya: Una Perspectiva Bíblica 1 de 2


Por Sugel Michelén

El caso del presidente de Honduras Manuel Zelaya, arrestado y enviado al exilio el pasado 28 de Junio, ha puesto en una situación difícil a toda la nación hondureña en general y a los creyentes en particular. ¿Deben los cristianos apoyar al presidente depuesto, elegido por el voto popular a finales del 2005, o al presidente de facto Roberto Micheletti? ¿Cuáles principios bíblicos pueden servirnos de guía en el presente caso?

Aunque la Biblia no es un tratado de filosofía política, aún así en ella encontramos el marco de referencia que necesitamos como cristianos para abordar cualquier tema que sea relevante para nuestra vida aquí y ahora, incluyendo la actual situación que se vive en Honduras. He aquí dos principios que debemos tomar en cuenta.

El primero es que Dios es la fuente y fundamento de toda autoridad humana legítima.

La Biblia enseña claramente que nuestro Dios posee autoridad absoluta sobre todos los seres y cosas, y que Él es el fundamento que sustenta todas las esferas legítimas de autoridad que hay en el mundo. Todos los gobernantes de las naciones están bajo Su autoridad y derivan de Él la autoridad que poseen, aunque ellos no lo reconozcan así.

Esa es la enseñanza de Pablo en el capítulo 13 de su carta a los Romanos: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridades sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste” (Romanos 13:1-2).

Es basado en esa realidad que el Señor Jesucristo dice a Pilato, en Juan 19:11: “Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba”. A pesar de que Pilato era un pagano, en última instancia, su autoridad no se derivaba del César, sino de Dios mismo.

De esto podemos inferir que los gobernantes de las naciones no poseen un poder absoluto, porque su autoridad es delegada, supeditada a la autoridad de Dios.

Uno de los reyes más poderosos de la antigüedad fue Nabucodonosor, el gran rey de Babilonia; pero cuando este rey comenzó a ser dominado por su soberbia, Daniel tuvo que recordarle que el Dios del cielo le había dado “reino, poder, fuerza y majestad” (Daniel 2:37).

También podemos inferir de esta enseñanza que los gobernantes de la tierra son responsables ante Dios en el ejercicio de su autoridad. Pablo se refiere a los magistrados en Romanos 13:4 como “servidores de Dios”. Y en el versículo 6 se señala a los cobradores de impuestos como “ministros de Dios”. Algún día todos ellos tendrán que responder ante Él por la mayordomía que se les confió.

Lo segundo que debemos tomar en cuenta es que Dios ha provisto los gobiernos humanos en Su gracia común para el buen funcionamiento de los pueblos.

Cuando hablamos de gracia común nos referimos a los favores que Él en Su bondad derrama sobre este mundo caído para beneficio de todos los hombres, independientemente de si son creyentes o no. Esa gracia común opera en el hombre no regenerado de dos maneras: restringiendo el pecado en ellos y capacitándolos para hacer obras que son externamente buenas y beneficiosas.

Santiago nos dice en su carta que “toda buena dádiva y todo don perfecto” proceden de Dios (Santiago 1:17). Y en Isaías 54:16 dice el Señor: “He aquí que yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra”. He ahí la gracia común en operación. No alcanza a los hombres para salvación (eso es lo que hace la gracia especial de Dios), pero sí los alcanza para hacerles mucho bien temporal.

Y los gobiernos humanos son una provisión de esa gracia común de Dios como un medio indispensable para el buen funcionamiento de la sociedad humana, al llevar a cabo, idealmente, cuatro funciones básicas.

En primer lugar, el estado debe proteger a los ciudadanos contra todo aquello que impida o perjudique sus legítimos intereses. “Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, dice Pablo en Romanos 13:3, sino al malo”. Y luego señala que no es en vano que lleva la espada (vers. 4 – poder para castigar físicamente al malhechor, y aún condenarlo a la pena capital si fuere necesario).

A raíz de la caída el hombre se convirtió en un ser egoísta que hará todo lo posible por hacer prevalecer su voluntad y procurar sus intereses personales, aún a costa del bienestar ajeno si es necesario; a menos que sea frenado por un poder legítimo, y eso es lo que las autoridades civiles están llamadas a hacer (compare Génesis 9:6; Jueces 21:25; Salmos 72:12-14; Daniel 4:27).

Por eso es tan importante que la justicia sea administrada con equidad y que se mantenga la división de poderes en el estado, porque el poder corrompe y son hombres caídos los que están en esos puestos. Si los poderes funcionan de manera independiente, y todos los que ostentan cargos públicos saben que son plausibles de recibir el peso de la ley si abusan de su posición, hay más garantía para asegurar justicia para todos y el buen orden social.

En segundo lugar, el estado debe proveer de libertad a los gobernados para realizar las funciones que les son propias en el ámbito de sus propias esferas. Como hemos dicho ya, la autoridad del estado no debe ser absoluta. Existen otras esferas básicas de autoridad creadas por Dios para el buen funcionamiento de la raza humana, como es el caso del hogar y la Iglesia.

Cada una de esas esferas tiene sus propias responsabilidades y sus autoridades correspondientes, y cada una de ellas tiene una forma distinta de ejercer su autoridad. Cuando estos límites son traspasados el resultado siempre es desastroso, sobre todo para los intereses del reino de Dios.

En tercer lugar, el estado debe promover el bienestar material de sus ciudadanos. Eso no significa que el estado está llamado a alimentar y vestir al pueblo (excepto en caso de una emergencia nacional).

El paternalismo estatal es una maldición, no una bendición; Dios ha provisto otros mecanismos para que los hombres procuren su sustento. Peo el estado está llamado a promover las condiciones necesarias para que los individuos puedan conseguir su sustento y el de los suyos en una forma honrada y digna.

Si todo el mundo pagara sus impuestos, si las reglas de juego fueran las mismas para todos, probablemente el beneficio de la actividad comercial alcanzaría a un mayor número de personas, fortaleciendo así la economía individual y colectiva. Pero en un país donde impera la corrupción se está castigando al justo y premiando al tramposo.

Y en cuarto lugar, el estado debe garantizar los intereses espirituales de los gobernados. Y aquí incluimos: la libertad de expresión y la libertad de culto; en pocas palabras: libertad de conciencia, por cuanto Dios es su único dueño legítimo.

He ahí, en sentido general, el papel que corresponde al estado y sus poderes en la gracia común de Dios. Con esto en mente, ahora podemos tratar de analizar la situación específica que se vive en Honduras en este momento.

Continuará…

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