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martes, 28 de julio de 2009

El cuerpo, el alma y las llamadas “enfermedades mentales”


Por Sugel Michelén

En una serie de artículos que publiqué hace unos días vimos cómo en las últimas décadas muchos cristianos se han volcado hacia la psicología para tratar con sus problemas, y que este fenómeno se debe, en parte, al hecho de que algunos presuponen que existen enfermedades de la mente que deben ser tratadas por un experto en salud mental.

Pero ¿cómo se enferma la mente? ¿Se puede hablar de una mente enferma en el mismo sentido en que nosotros hablamos de un hígado enfermo, o de un corazón enfermo? Antes de responder estas preguntas es necesario que profundicemos un poco más en lo que la Biblia enseña sobre nuestra naturaleza y constitución como seres humanos.

La Biblia no sólo enseña que Dios creó al hombre a Su imagen y semejanza, sino también que el hombre posee dos partes fundamentales que componen su ser: el cuerpo y el alma, una parte material y otra espiritual (comp. Gn. 2:7; Dn. 7:15; Mt. 10:28; 1Cor. 6:19-20).

En cuanto a la parte inmaterial o espiritual, en la Biblia encontramos un conjunto de palabras que, aunque poseen distintos énfasis, pueden intercambiarse entre sí: “espíritu”, “corazón”, “alma”, “mente”, “conciencia”, “hombre interior” (comp. 1P. 3:3-4). Todos estos términos señalan la parte inmaterial del ser humano, el asiento de nuestra personalidad.

El puritano J. Owen refiriéndose al uso bíblico de la palabra “corazón”, dice lo siguiente: “El corazón posee un uso variado en la Escritura; algunas veces para referirse a la mente y el entendimiento, otras veces para la voluntad, otras para los afectos, otras para la conciencia, otras para el alma en su totalidad. Generalmente, esta denota toda el alma del hombre con todas sus facultades” (cit. por E. Welch; Blame it on the Brain; pg. 36).

Son estos elementos los que componen la personalidad humana; la mente, el entendimiento, la voluntad, los afectos, son facultades del alma. De manera que la mente y el cerebro no son la misma cosa. Por eso, no es moralmente malo que una persona no tenga mucha capacidad intelectual o mala memoria; pero sí es moralmente malo que una persona tenga el entendimiento entenebrecido y se deleite en pensamientos que son contrarios a la ley de Dios (comp. Ef. 4:18).

Y ¿qué del cuerpo? El cuerpo es nuestra parte material y física, lo que Pablo llama en 2Cor. 4:16 “el hombre exterior”: el cerebro, los músculos, los huesos, los nervios, la piel, los órganos vitales. Es por medio del cuerpo que tenemos acceso al mundo físico y a través del cual actuamos.

Ahora, es importante señalar que el cuerpo es el mediador de nuestras acciones morales, no el iniciador. Como alguien ha dicho, “en un sentido, (el cuerpo) es el equipo del corazón; él hace lo que el corazón le dice que haga (y estoy usando la palabra corazón aquí para señalar nuestro hombre interior)” (Welch; pg. 40 – el paréntesis es mío).

En mi mente yo decido servir, pero es con el cuerpo que sirvo. En mi mente, yo decido realizar un acto pecaminoso, pero es con el cuerpo que peco. Pero tanto en un caso como en el otro, soy yo, como persona total, la que sirvo y la que peco. Hay una relación orgánica y una interacción misteriosa entre el alma y el cuerpo que nosotros no podemos desentrañar del todo.

Uno de los pasajes bíblicos más impresionantes donde podemos ver esa interacción entre el alma y el cuerpo es el momento cuando Cristo ora en el huerto de Getsemaní, la noche antes de la crucifixión.

En Mt. 26:38 el Señor comenta a algunos de Sus discípulos que su alma estaba triste, hasta la muerte. El Señor estaba experimentando aquí una angustia extrema ante la perspectiva de la cruz, el abandono del Padre, la ira de Dios que habría de caer sobre Él por causa de los pecados de aquellos a quienes vino a salvar. Y dice en Lc. 22:44 que “estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra”.

Probablemente la angustia extrema por la que estaba atravesando el Salvador en ese momento provocó una dilatación de los vasos capilares subcutáneos, de tal manera que estos reventaron. Cuando esto ocurre en las proximidades de las glándulas sudoríparas se puede dar un fenómeno conocido como “hematidrosis” donde la sangre y el sudor se mezclan y salen juntos.

El alma del Señor estaba triste, pero esa tristeza se manifestó corporalmente, a través de su cuerpo físico. Hay una interacción misteriosa entre el alma y el cuerpo. Por eso la tensión puede provocar úlceras; y un temor extremo puede paralizarnos e incluso dejarnos sin voz.

De la misma manera un fuerte sentido de culpabilidad puede enfermarnos y causar en nosotros diversos trastornos físicos. Tal vez es a eso que se refiere David en el Sal. 38:3-5 (comp. Pr. 3:7-8; 1Tim. 6:10).

De manera que el hombre es un ser creado a la imagen de Dios, compuesto de alma y cuerpo, una parte espiritual y una parte material, unidas orgánicamente la una con la otra e interactuando misteriosamente la una con la otra.

Partiendo de esa definición es que decimos dogmáticamente que la mente no se puede enfermar en el mismo sentido en que hablamos de las enfermedades del cuerpo, porque la mente es una facultad del alma, de naturaleza espiritual, no material.

El problema es que muchos psicólogos no aceptan esta definición del hombre que la Biblia nos provee, sino que parten más bien de una premisa materialista. El materialismo enseña que el alma no existe, y que el hombre es pura materia, una compleja máquina química, y nada más. Desde esa perspectiva, las llamadas enfermedades mentales se deben a un mal funcionamiento de la maquinaria.

Pero si aceptamos la definición que la Biblia da del hombre, no podemos adoptar mansamente esta perspectiva. Más bien debemos decir con Isaías: “¡A la ley y al testimonio! Si no dicen conforme a esta palabra, es porque no les ha amanecido” (Is. 8:20). Y junto con Pablo: “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Rom. 3:4).

En una entrega futura espero poder explicar más ampliamente el complejo tema de las llamadas “enfermedades mentales”.

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