Misión del Blog

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viernes, 10 de julio de 2009

Un tributo a la gracia de Dios en el 500 aniversario de Juan Calvino


Por Sugel Michelén

Conocí al Señor Jesucristo en verano de 1977, cuando estaba a punto de cumplir 18 años. En ese tiempo no tenía interés alguno en la religión, sino un profundo desprecio por lo que consideraba una fe sin base. Pero en Su bendita providencia el Señor usó a mi mejor amigo en ese entonces para que aceptara la invitación de asistir a un estudio bíblico en una Iglesia Bautista un sábado en la noche.

Para mí sorpresa, allí encontré a un grupo de jóvenes que leían la Biblia y profesaban ser cristianos ¡sin ser tarados mentales! ¡Fue todo un descubrimiento para mí que existieran personas así! Al despedirme de ellos les dije que tenía la intención de continuar asistiendo a sus reuniones, pero para no dar lugar a “falsas expectativas” añadí: “Pero que conste: ¡Yo nunca me voy a convertir!”

Sin embargo, al llegar a casa esa noche, y sin tener mucha consciencia de lo que hacía, me postré en mi cama y oré a Dios diciendo algo como esto: “Dios yo no estoy seguro de que tu existes; tal vez estoy aquí como un tonto hablando con nadie. Pero si realmente me estás escuchando, yo te quiero conocer”. A partir de ese momento se produjo en mí un deseo intenso por leer la Biblia, y en pocos días ya estaba convencido de que era la Palabra de Dios, y de que Jesús era quien Él decía ser: el Dios encarnado que vino a morir por pecadores. Así conocí al Señor hace aproximadamente 32 años.

A pesar de las tendencias arminianas a nuestro alrededor, era más que obvio para mí que si me había arrepentido de mis pecados y había depositado mi fe en Cristo había sido enteramente por una obra de la gracia de Dios, habiendo sido escogido para ser partícipe de esa gran salvación “desde antes de la fundación del mundo” (Efesios 1:4).

Fue un poco después que tuve conocimiento de que los que creen en las doctrinas de la total depravación del hombre y de la elección incondicional, entre otras, eran conocidos como calvinistas. También aprendí andando el tiempo que Calvino era persona non grata en muchos círculos evangélicos, y que en muchos de ellos no se tiene un claro entendimiento de las doctrinas comprendidas en el sistema teológico conocido como calvinismo.

En este día se cumplen 500 años del nacimiento de Juan Calvino, un pecador que fue salvado por la gracia de Dios y quien, capacitado por esa misma gracia, prestó un servicio invaluable a todas las generaciones de cristianos que vinieron después de él.

Pero lejos sea de nosotros exaltar y alabar en este día el nombre de Calvino. Si alguien hubiese abominado tal cosa con todo su corazón, hubiese sido seguramente el autor de la Institución de la Religión Cristiana (obra monumental que, por sí sola, es suficiente para colocar a Calvino en un renglón aparte como uno de los más grandes sistematizadores de las doctrinas cristianas y como el padre de la exégesis moderna, y en cuyas páginas no pierde oportunidad para subrayar la pecaminosidad y bajeza humana, en contraposición a la grandeza y majestad de Dios).

No, no sea a Calvino la gloria; él también llevó consigo un tesoro en vaso de barro, “para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” (2Corintios 4:7). Pero clamamos que el Señor continúe levantando a otros como él, que guíen a Su pueblo “con ciencia e inteligencia” hacia las sendas antiguas, a ese mensaje del evangelio plasmado en las Escrituras, que atribuye a Dios toda la gloria por la salvación de los pecadores. Rogamos y suplicamos porque en más púlpitos vuelva a resonar ese bendito mensaje que nos enseña que la fe es un don de Dios, del cual nadie tiene de qué gloriarse, y que aún las obras que hacemos posteriores a la salvación fueron preparadas por Él de antemano “para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

Mejor manera no hay de recordar el 500 aniversario del nacimiento de Juan Calvino, que alabando y exaltando la bendita gracia de Dios que en su vida fue tan evidente. En el día final, no sólo Calvino, sino todos aquellos que fielmente sirvieron a su Señor, echarán las coronas a Sus pies y proclamarán con alegría que “el Cordero es toda la gloria de la tierra de Emanuel”.

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