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miércoles, 8 de julio de 2009

Fanatismo religioso: una etiqueta odiosa


Por Sugel Michelén

En un mundo relativista como el nuestro todo aquel que afirme saber algunas cosas como ciertas corre el riesgo de ser tildado de fanático. Como los cristianos profesamos creer en la existencia de verdades absolutas y afirmamos que tales verdades pueden ser conocidas con certeza (aunque no exhaustivamente), el riesgo de ser etiquetados como fanáticos religiosos es muy alto.

Ahora bien, esta es, sin duda, una de las etiquetas más odiosas dentro del amplio espectro del fanatismo. Nadie se ofendería si se le señalara como fanático de algún deporte o incluso de algún artista; pero el fanatismo religioso posee otra connotación, porque implica una certidumbre ciega y sin base en asuntos tan relevantes como nuestras ideas de Dios, el propósito ulterior de la existencia humana o el significado de la vida. El fanático religioso vive y se mueve en “su realidad” y no admite correcciones de ningún tipo cuando otros quieren hacerle ver su error.

Los cristianos, en cambio, son descritos en las Sagradas Escrituras como hombres y mujeres que aman la verdad, escudriñan la verdad y proclaman la verdad. Un cristiano, en última instancia, es alguien que ha abrazado por fe la encarnación misma de la verdad: nuestro Señor y Salvador Jesucristo (Juan 14:6).

Consecuentemente, nadie debería ser menos propenso al fanatismo que un verdadero cristiano, porque si bien es cierto que el creyente acepta las Escrituras como la verdad de Dios revelada y cree que esa verdad puede ser objetivamente conocida, debemos reconocer también nuestras limitaciones. En otras palabras, el cristiano sabe que sabe, pero debe estar siempre dispuesto a saber más y mejor sobre la base de la verdad de Dios revelada.

El cristiano cree en absolutos sin ser absolutista; por eso está mejor equipado que el escéptico para combatir el fanatismo, porque cuenta con una base objetiva sobre la cual evaluar todas las ideas y opiniones, manteniendo al mismo tiempo una disposición a aprender.

Negar que muchos grupos que se identifican a sí mismos como cristianos manifiestan un peligroso fanatismo sería querer tapar el sol con un dedo; pero suponer que tales grupos representan al verdadero cristianismo y atacarlos como si fueran tales es cometer un error de enormes proporciones.

Puede que muchos, emulando a don Quijote, se enfrasquen en una lucha contra molinos de viento pensando que son gigantes, para gloriarse luego de haber echado por tierra el cristianismo; cuando lo cierto es que est
án dirigiendo sus ataques a una mera caricatura de la fe cristiana. La historia está plagada de tales desatinos.

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