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miércoles, 10 de febrero de 2010

Lutero y Erasmo: El libre albedrío y el albedrío esclavo

Con el Concilio de Trento el catolicismo romano estableció claramente su rechazo al pelagianismo, pero también rechazó al agustinianismo, colocándose de ese modo del lado de los semipelagianos. Los reformadores, en cambio, se colocaron abiertamente del lado de Agustín en la controversia antropológica, como vemos en el caso de Martín Lutero.

Un buen punto de partida para estudiar la antropología de Lutero es el debate que sostuvo con Erasmo de Rotterdam luego que éste publicara en 1524 su famosa obra Diatribe seu collatio de libero arbitrio (“Sobre la Diatriba del Libre Albedrío” – a la cual nos referiremos de ahora en adelante simplemente como “Diatriba”).

Hasta hace momento la relación entre Erasmo y Lutero había sido muy respetuosa y de mutua admiración; ambos intercambiaron una amplia correspondencia epistolar en la que Lutero alaba a Erasmo por su contribución a la cristiandad. De hecho, Lutero Hizo uso del NT griego que Erasmo publicó en 1516 para la traducción del suyo al alemán en 1522 (el NT de Lutero, a su vez, serviría de base para la traducción de Guillermo Tyndale al inglés en 1526).

Pero Erasmo comenzó a ser presionado por ambos bandos para que definiera claramente su posición con respecto a la Reforma. Los católicos le miraban con sospecha por su amistad con Lutero y su silencio respecto a él. Lutero, por su parte, rogaba a Erasmo, y aún le exigía, que dejara el catolicismo y se uniera a la causa reformada. Al mismo tiempo, Erasmo comenzó a inquietarse por el curso cada vez más radical que tomaba la Reforma de Lutero, sobre todo a partir de la publicación de “La Cautividad Babilónica de la Iglesia” en 1520.


Tal parece que todo eso influyó en Erasmo para la publicación de su polémica obra contra Lutero, aún a sabiendas de que marcaba su ruptura definitiva con él. Así lo expresaba en una carta enviada a Enrique VIII el mismo año en que la obra fue publicada: “La suerte está echada. Salió a la luz el tratado acerca del libre albedrío”.

Lutero no respondió de inmediato. No sólo se encontraba ocupado en la redacción de sus obras “Contra los profetas celestiales” y “Anotaciones al Deuteronomio”, sino que también estalló la guerra de los campesinos en 1525, lo que movió a Lutero a publicar tres escritos relacionados con la revuelta, entre enero y julio de 1525. Pero finalmente, a finales de ese mismo año, Lutero publica su respuesta titulada De servo arbitrio (este título puede ser traducido al español como “La Esclavitud de la Voluntad”, pero en las Obras de Martín Lutero aparece con el título “La Voluntad Determinada”, que es el que usaremos aquí).

Lutero comienza su obra señalando el hecho de que la Escritura es clara en todo aquello que es importante para la salvación y que ésta debe ser el árbitro final en el debate concerniente al papel de la voluntad humana en ese proceso.

Dado que Erasmo declara en la Diatriba que la doctrina del libre albedrío no era tan importante como para enfrascarse en una lucha en torno a ella, Lutero le responde: “Pero más intolerable aún es que hagas figurar esta cuestión del libre albedrío entre las cosas que son inútiles e innecesarias… Si tú consideras esta cuestión del libre albedrío como no necesaria para cristianos, entonces retírate, por favor, del escenario de la lucha”.

El punto central la controversia entre Erasmo y Lutero era una vez más la antigua controversia entre el monergismo y el sinergismo. ¿Cuál es el factor decisivo en la salvación del pecador, la voluntad humana o la gracia de Dios? ¿Cuál es el papel que juega la una y la otra? Esta controversia no puede ser calificada de superflua por ninguna persona que esté interesada en su salvación y en la de los otros.

Como dice Lutero: “Si desconozco las obras y el poder de Dios, desconozco a Dios mismo. Y si desconozco a Dios, tampoco puedo rendirle culto ni alabarlo ni darle gracias y servirle, puesto que no sé cuánto debo atribuir a mí mismo y cuánto a Dios”.

Al entrar directamente en el tema del libre albedrío, Lutero parte de la misma definición dada por Erasmo: “Además, por el libre albedrío – escribe Erasmo en su Diatriba – entendemos en este lugar la fuerza de la voluntad humana por la cual el hombre se puede aplicar a aquello que conduce a la salvación eterna, o a apartarse de ello”. Erasmo no niega que la caída haya debilitado los poderes naturales del hombre, pero aun así le atribuye cierta capacidad para conocer a Dios y volverse a Él ayudado, claro está, por la gracia de Dios.

Pero eso contradice lo que Pablo dice en pasajes como 1Cor. 2:9: “Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1Co. 2:9). Estas cosas, dice Pablo, Dios nos las reveló por Su Espíritu; “esto es – explica Lutero –, si el Espíritu no lo hubiese revelado, ningún corazón humano sabría algo de esas cosas ni pensaría en ellas, tan lejos está el libre albedrío de poder aplicarse a ellas o de poder desearlas”. Lutero ilustra este punto citando destacados filósofos de entre los gentiles y mostrando cómo todos ellos veían las doctrinas pertinentes a la resurrección y la vida eterna como pura ridiculez. “Pues en lo oculto de su corazón ningún hombre, a menos que esté lleno del Espíritu Santo, conoce, cree o desea la salvación eterna, aunque en palabras y escritos la mencionen y la ponderen a menudo”.

Otro de los argumentos de Erasmo a favor del libre albedrío son los mandamientos de Dios. Si no poseemos libre albedrío, ¿qué sentido tienen los mandamientos que encontramos en las Escrituras? Aquí Erasmo cita un texto del libro apócrifo Eclesiástico: “Él fue quien al principio hizo al hombre, y le dejó en manos de su propio albedrío. Si tú quieres, guardarás los mandamientos, para permanecer fiel a su beneplácito. Él te ha puesto delante fuego y agua, a donde quieras puedes llevar tu mano” (Eclesiástico 15:14-16).

Erasmo comenta en la Diatriba: “Al decir Eclesiástico ‘si tú quieres guardarás’, indica que hay una voluntad en el hombre para guardar o no guardar; de otro modo, ¿cuál es el sentido de decirle al que no tiene voluntad: ‘si estás dispuesto’? ¿No es ridículo decirle al hombre ciego: ‘si estás dispuesto a ver, encontrarás un tesoro’? ¿O decirle al hombre sordo: ‘si estás dispuesto a escuchar, te cuento una buena historia’? Eso sería burlarse de su miseria”.

Erasmo infiere que si Dios nos manda hacer algo, deberíamos ser capaces de llevarlo a cabo o de lo contrario estaría siendo cruel e injusto. Lutero no cree que el libro de Eclesiástico sea parte del Canon, pero para no desviarse del punto central de la controversia deja el asunto de la canonicidad a un lado y se defiende más bien apelando al uso evangélico de la ley: esta es “una estrategia divina para hacerle a su criatura impotente su misma impotencia”.

Lutero dice al respecto: “si Dios procediere con nosotros como padre con sus hijos, para hacernos ver nuestra impotencia a los que somos ignorantes, o para ponernos al tanto de nuestra enfermedad cual médico concienzudo, o para jugarnos una mala partida a los que como enemigos suyos resistimos arrogantemente a su decisión, y si a tal efecto nos pusiese ante la vista sus leyes (como manera más fácil de alcanzar su propósito) y dijese: ‘Haz, oye, guarda’, o ‘si oyeres, si quisieres, si hicieres’, ¿acaso se podría sacar de ello esta conclusión como conclusión valedera: ‘así que tenemos la capacidad de hacerlo libremente, o Dios se burla de nosotros’? ¿Por qué no llegar antes bien a esta otra conclusión: ‘Así que Dios nos pone a prueba para llevarnos mediante la ley al conocimiento de nuestra impotencia en caso de ser sus amigos, o para jugarnos en verdad y merecidamente una mala partida y burlarse de nosotros en caso de ser arrogantes enemigos’? Tal es, en efecto, el motivo que Dios tuvo al dar su ley, como lo enseña Pablo [Rom. 3:20]. Pues el hombre es por naturaleza ciego, de modo que desconoce sus propias fuerzas o mejor dicho enfermedades. Además, en su arrogancia se imagina saber y poderlo todo. Para curar esta arrogancia e ignorancia, el remedio más eficaz que Dios es confrontar al hombre con su divina ley”.

Erasmo argumenta en la Diatriba que “una tan grande cantidad de exhortaciones que hay en las Escrituras, tantas promesas, amenazas, demandas, reprensiones, súplicas, bendiciones y maldiciones, tantísimos mandamientos forzosamente quedarán invalidados si nadie tiene la capacidad de guardar lo que se mandó”.

A esto Lutero responde que Erasmo confunde una inferencia posible con una necesaria, al mismo tiempo que pierde de vista que su argumento trabaja más en contra suya que contra Lutero. Si todos esos textos prueban lo que Erasmo pretende extraer de ellos, debemos concluir entonces que Pelagio tenía razón: la caída no afectó a la descendencia de Adán; pero esa era una compañía en que la Erasmo no quería estar. Más aun, deberíamos concluir que el hombre es capaz de guardar perfectamente la ley de Dios porque eso es lo que la ley exige del hombre (comp. Gal. 3:10; Santo 2:10).

Otro texto que Erasmo cita en su Diatriba es Juan 1:12: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. “¿Cómo se les da a ellos la potestad de ser hijos de Dios – pregunta Erasmo, si no existe ninguna libertad de nuestra voluntad?”

Lutero responde: “También este pasaje es un golpe de martillo contra el libre albedrío, como lo es casi todo el Evangelio según San Juan, y sin embargo se lo aduce a favor del libre albedrío. Veamos un poco este pasaje. Juan no habla de ninguna obra hecha por el hombre, ni grande ni pequeña, sino precisamente de esa innovación y transformación del hombre viejo que es un hijo del diablo, en el hombre nuevo que es hijo de Dios. Aquí el hombre desempeña un papel estrictamente pasivo, como se dice; él no hace nada, sino que ‘es hecho’ en su totalidad. En efecto, Juan habla del ‘ser hecho’; dice que ‘son hechos hijos de Dios’ por la potestad que Dios nos da, no por la fuerza del libre albedrío que nos es innata”.

Otro de los textos citados por Erasmo en su Diatriba, objetando el uso que hace Lutero de este pasaje a favor de su doctrina, es la declaración del Señor en Juan 15:5: “Separados de mí nada podéis hacer”, la cual, según Erasmo “quiere decir, no lo podéis hacer en forma perfecta”.

A lo que Lutero responde: “Ni yo mismo puedo dejar de admirar la rara habilidad retórica de ese defensor del libre albedrío, que enseña a modificar los testimonios de la Escritura según convenga, mediante interpretaciones apropiadas, de manera que en realidad sirvan de prueba a favor del libre albedrío, es decir, que logren no lo que deben lograr, sino lo que es de nuestro agrado”.

Y más adelante añade: “si no eres capaz de probar que el ‘nada’ en este pasaje no sólo puede tomarse sino que debe tomarse en el sentido de ‘poco’, toda tu diligencia en acumular palabras y ejemplos fue en vano y nada más que un luchar con pajas secas contra las llamas… Si no puedes aportar esta prueba, nos quedamos con el significado natural y gramatical del vocablo y nos reímos de tus tropas y de tus triunfos”.

Lutero pudo probar su postura frente a la de Erasmo no sólo en forma brillante, sino también, y más importante aún, basándose en el claro testimonio de la Escritura sobre la condición en que se encuentra la voluntad humana después de la caída.

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