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viernes, 19 de febrero de 2010

¿Era Charles G. Finney evangélico?


A Finney se le conoce como “el padre del avivamiento moderno” por la enorme influencia que ha ejercido sobre el evangelicalismo norteamericano hasta nuestros días.

Nació el 20 de Agosto de 1792 en Connecticut y murió el 16 de Agosto de 1876. Hizo profesión de fe el 10 de Octubre de 1821, lo que le llevó a dejar de lado una prometedora carrera de abogado para dedicarse al ministerio. Inició sus estudios teológicos en Junio de 1823 a la sombra de George Gale, graduado en Princeton, y obtuvo su licencia para predicar el 30 de Diciembre de ese mismo año, siendo ordenado como ministro de la iglesia presbiteriana en Julio del siguiente año.

Teológicamente hablando Finney se presenta a sí mismo en sus Memorias como una “figura puente” que trataba de proteger a su audiencia “contra el alto calvinismo, por un lado, y el bajo arminianismo, por el otro”. Sin embargo, algunos lo consideran como el teólogo más pelagiano de la historia.

Al considerar detenidamente las enseñanzas de Finney uno se pregunta si en verdad este hombre puede ser considerado un evangélico. Para responder esta pregunta con exactitud debemos definir primero en qué sentido estamos usando la palabra “evangélico”.

Aunque esta palabra era usada como sinónimo de “Protestante” (y, por lo tanto, como haciendo referencia a la doctrina de la justificación por la fe sola), hoy día la palabra es lo suficientemente amplia como para incluir tanto a los que manifiestan una pasión por el evangelismo personal como a aquellos que proclaman la noción de que las personas necesitan una conversión personal a Cristo para ser salvos (haciendo la salvedad de que esta es una frase también muy amplia que puede incluir desde una verdad bíblica hasta una herejía).

Si estamos usando la palabra en ese sentido más amplio, entonces podemos decir que Finney era evangélico; pero si nos limitamos al primer significado, la respuesta debe ser un rotundo “no”. Veamos brevemente algunas de las nociones teológicas de Finney relacionadas con la obra redentora de Cristo y la salvación de los pecadores.

1. La doctrina de la justificación:

Finney declara que es totalmente absurdo pensar que la justificación sea una transacción forense, es decir, que sea una declaración de inocencia de parte de Dios en base a la justicia perfecta de Cristo imputada al pecador por medio de la fe y en base a Su obra redentora en la cruz del calvario.

“Es… naturalmente imposible, y una contradicción sumamente palpable, afirmar que la justificación de un pecador, o de uno que ha violado la ley, es una justificación forense o judicial… Es ciertamente un sinsentido afirmar, que un pecador puede ser pronunciado justo a los ojos de la ley; que él puede ser justificado por las obras de la ley, o por la ley en algún sentido. La ley lo condena. Pero la justificación judicial o forense consiste en ser pronunciado justo en el juicio de la ley. Esto ciertamente es una imposibilidad con respecto a los pecadores” (Sistematic Theology; pg. 360-361, lecture 25; todas las citas de esta entrada fueron tomadas del libro de R. C. Sproul, Willing to Believe, pero he preferido poner las citas del libro de Finney para aquellos que poseen esta obra y no la de Sproul).

Es necesario señalar aquí que los reformadores no enseñaban que los pecadores son justificados por la ley, sino más bien que la fuente de la justificación forense es el Dador de la ley.

Aunque Finney está de acuerdo en que a través de la justificación el pecador es tratado como si fuera justo, esto no se debe a ninguna justicia imputada, sino simplemente a una declaración de perdón o amnistía de parte de Dios.

“La doctrina de una justicia imputada, o de que la obediencia de Cristo a la ley es contada como nuestra obediencia, está basada en la más falsa y absurda presuposición”, dice Finney (pg. 362, lect. 25), contradiciendo así lo que Pablo enseña en el capítulo 4 de Romanos y en muchos otros pasajes del NT.

Según Finney, Cristo debía obedecer la ley por Sí mismo y no para que Su justicia sea imputada a los pecadores. El argumento de Finney es que, en lo que respecta a Su obediencia, Cristo hizo simplemente lo que debía hacer y, por lo tanto, Su obediencia perfecta sólo podía justificarlo a El mismo.

2. La doctrina de la expiación:

En cuanto a la doctrina de la expiación, Finney enseñaba que Cristo no murió en sustitución de los pecadores, tomando sobre Si el castigo que ellos merecen por sus pecados.

“Estrictamente hablando, la justicia retributiva nunca puede ser satisfecha, en el sentido de que el culpable pueda ser castigado por tanto tiempo y en la extensión que merece; pues esto implicaría ser castigado hasta dejar de ser culpable, o hasta hacerse inocente… Suponer, por tanto, que Cristo sufrió en cantidad todo lo que debía por los elegidos, es suponer que El sufrió un castigo eterno multiplicado por todo el número de los elegidos” (pg. 219; lecture 13).

Finney pierde de vista aquí que la satisfacción rendida por Cristo en la cruz del calvario no mira a la ley como un ente independiente siendo satisfecha en sí misma, sino que mira al Padre, el Dador de la ley, como aquel cuya justicia es satisfecha.

Ahora bien, Finney no niega del todo el elemento de satisfacción en la muerte de Cristo, pero no en el mismo sentido en que lo afirmaban los reformadores. Para Finney la expiación de Cristo tuvo el propósito de a ser un despliegue público de justicia. Al morir en la cruz Cristo sirve de modelo o de ejemplo para que los impíos no piensen que pueden pecar con impunidad.

En otras palabras, cuando Cristo murió en la cruz no estaba padeciendo en sustitución de nadie, sino más bien demostrando cuan seriamente toma Dios su ley y la virtud moral. La muerte de Cristo le muestra a una humanidad culpable que cualquiera puede ser perdonado, siempre que sea adecuadamente afectado por la muerte de Cristo y traído por ella al arrepentimiento.

En cuanto a la relación de la fe con la justificación, Finney señala: “Me temo que ha habido mucho error en la concepción de muchos sobre este asunto. Ellos han hablado de la justificación por la fe como si supusieran que, por un señalamiento arbitrario de Dios, la fe fuera la condición, y la única condición de la justificación... Estas personas… hablan de la justificación por la fe; como si fuera por fe, y no por Cristo a través de la fe, que el pecador penitente es justificado; como si la fe, y no Cristo, fuese nuestra justificación… Pero no debemos nunca olvidar que la fe que es la condición de la justificación, es la fe que obra por el amor” (pg. 366, lect. 25).

Una vez más vemos cómo Finney caricaturiza la doctrina reformada en varios aspectos. Por un lado, ninguno de los reformadores enseñó que la fe fuese un señalamiento arbitrario de parte de Dios. Tampoco enseñaron que la fe en sí misma justifique al pecador; lo que él está atacando aquí sería atacado por los mismos reformadores como antinomianismo. El problema es que, al atacar esa caricatura, rechaza también la doctrina bíblica de que la justicia de Cristo es imputada al creyente por medio de la fe.

3. La relación entre la justificación y la santificación:

Otro aspecto en que Finney se aparta de la enseñanza bíblica es en lo tocante a la relación de la justificación con la santificación. “Algunos teólogos – dice Finney – han hecho de la justificación una condición de la santificación, en vez de hacer la santificación una condición de justificación. Pero esto… es una perspectiva errónea del asunto” (pg. 368-369, lect. 25).

Según Finney, para que los pecados pasados del pecador sean perdonados, y para ser aceptados por Dios en el presente, “la consagración de corazón y vida a Dios y a Su servicio es una condición inalterable”.

Esta declaración es un golpe mortal al evangelio. Como bien señala Sproul: “Si la completa consagración de corazón y vida a Dios es una condición inalterable para el perdón, ¿quién será perdonado? Éstas no son buenas noticias, siendo la peor de todas las noticias posibles”.

4. La doctrina de la depravación moral:

Finney también negó que por causa del pecado de Adán su descendencia poseyera una naturaleza pecaminosa. De ser así, dice él, “entonces el pecado en acción debe ser visto como una calamidad, y no puede ser un crimen. Éste es el efecto necesario de una naturaleza pecaminosa. Esto no puede ser un crimen, ya que la voluntad no puede hacer nada con ella” (pg. 262, lect. 16).

Y otro lugar dice: “La voluntad humana es libre, de manera que los hombres tienen poder o habilidad para hacer todos sus deberes. El gobierno moral de Dios asume e implica por todas partes la libertad de la voluntad humana, y la habilidad natural de los hombres para obedecer a Dios. Cada mandamiento, cada amenaza, cada protesta o denuncia en la Biblia implica y presupone esto” (pg. 307, lect. 20).

Por supuesto, de ser así, si las demandas morales de Dios implican la habilidad moral del hombre para poder cumplirlas, entonces deberíamos presuponer que el hombre tiene la capacidad de llegar a ser perfectos, porque es eso, y nada menos que eso, lo que la ley exige (comp. Gal. 3:10; Sant. 2:10).

5. La doctrina de la regeneración:

Como es lógico suponer, Finney también se aparte de la ortodoxia bíblica en lo que respecta a la regeneración, la cual él distingue de la conversión. “La conversión… no incluye ni implica ninguna agencia Divina, y por lo tanto no implica o expresa lo que se pretende por regeneración” (pg. 269, lect. 17).

Según él, el pecador “es pasivo en la percepción de la verdad presentada por el Espíritu Santo” (pg. 276, lect. 17). Esta percepción, él añade, no es parte de la regeneración, pero es simultánea con la regeneración, ya que induce a ella.

“De manera que el sujeto de la regeneración debe ser un recipiente pasivo o perceptivo de la verdad presentada por el Espíritu Santo, en el momento, y durante el acto de la regeneración” (Ibid.). Pero ese es todo el papel que, según él, le corresponde a Dios.

“Ni Dios, ni ningún otro ser, puede regenerar lo, si él no se vuelve. Si él no cambia su elección, es imposible que sea cambiado” (Ibid.). De manera que para Finney, la regeneración no envuelve cambio en la naturaleza constituyente del pecador, sino que consiste meramente en un cambio de elección, intención, o preferencia obrado por el pecador. Esta depende enteramente de una decisión o elección del pecador.

Es aquí precisamente donde su teología impactó tremendamente el evangelismo actual, introduciendo la doctrina pelagiana de nuevo en muchas iglesias que hoy se llaman evangélicas, aunque siguen a Finney en su perversión del evangelio.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

4 comentarios:

Alicia dijo...

Que bueno es saber y conocer todo esto. Yo solo sabía que este hombre era arminiano, porque un día leí algo sobre el en Internet y me di cuenta que realmente no creia en la salvación por gracia.

Jairo Cortés dijo...

Muy interesante. Finney fué uno de los autores que realmente me impactó poco después de mi conversión. La verdad que todo lo que dices es para tener muy en cuenta.

Estaría muy bien si puedes aportar de dónde salen las citas tomadas de Charles Finney.

Un saludo y gracias por el artículo

Sugel Michelén dijo...

Gracias por la sugerencia. Todas las citas ya fueron añadidas.

santy dijo...

Realmente este hombre negò muchas verdades biblicas incluyendo las doctrinas de la gracia; pero de todas formas gracias a Dios que siempre habrà reformadores en todo elo mundo que estaran allì para tratar de corregir las herejias.