Misión del Blog

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martes, 27 de abril de 2010

¿Sientes todavía sed por Dios?

En el capítulo 4 del evangelio de Juan, el Señor dice a la mujer samaritana que había ido al pozo de Jacob a buscar agua: “Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn. 4:13-14).

Noten que Cristo no le promete destruir la sed, sino proveerle un manantial inagotable para saciarla. Si el Señor destruyera nuestra sed, nunca más sentiríamos nuestra necesidad de Él. Y como bien ha dicho alguien, Cristo no quiere santos auto satisfechos.

Lo que Él promete a la mujer samaritana, y a todos nosotros, es que si bebemos del agua que Él ofrece tendremos en nosotros un manantial inagotable donde saciar nuestra sed continuamente.

John Piper dice lo siguiente al respecto: “Un manantial satisface la sed, no removiendo la necesidad que tienes de agua, sino estando allí para proveerte agua cada vez que estés sediento. Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez” (cit. por Donald Whitney; pg. 19).

Pero hay ocasiones en que los creyentes nos sentimos más que sedientos; sentimos que tenemos el alma reseca, agrietada de tanta aridez. Y aunque eso puede ocurrir por diversas razones, es posible que el problema sea que estamos bebiendo demasiado de la fuente equivocada de este mundo, y bebiendo cada vez menos de la fuente que Dios nos ha provisto para calmar nuestra sed.

No todo lo que se bebe calma la sed; algunas cosas más bien la incrementan. Y así le ocurre al creyente cuando se detiene demasiado en las cosas de este mundo, descuidando al mismo tiempo su comunión con Dios. Tarde o temprano sentirá como su alma se torna reseca y agrietada:

“Espantaos, oh cielos, por esto, y temblad, quedad en extremo desolados - declara el SEÑOR. Porque dos males ha hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua” (Jer. 2:12-13).

¿Es ese tu caso? ¿Te has dejado seducir por las cisternas rotas de este mundo que no retienen agua, y has descuidado la fuente de agua viva? No te extrañes, entonces, de que tienes el alma seca. No podría ser de otro modo, porque el que bebiere de esa agua que el mundo ofrece volverá a tener sed.

Pero hay otro tipo de sed a la que Donald Whitney llama: La sed del alma satisfecha. Esto suena paradójico de primera impresión, pero lo cierto es que alma satisfecha en Dios siente una continua sed de Dios, precisamente por el hecho de haber sido satisfecha.

Dice el salmista en el Salmo 34:8: “Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en Él”. Aquel que ha gustado y experimentado la bondad de Dios en su vida, siempre querrá más.

Esa fue la experiencia del apóstol Pablo, como vemos en el capítulo 3 de Filipenses:

“Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en El, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe, y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como Él en su muerte” (Fil. 3:7-10).

“Ya le conozco – dice él, tengo 30 años caminando a Su lado, pero no me siento totalmente satisfecho; yo quiero más, yo quiero más”. Esa es la sed del alma satisfecha.

¿Cómo está tu sed por Dios en este momento? Ese es un buen indicativo para conocer el estado espiritual en que se encuentra tu alma.


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