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martes, 6 de abril de 2010

En el mundo, pero no del mundo

Uno de los aspectos más complejos que se le presenta al cristiano en su vida práctica es el tipo de relación que debe tener con el mundo. Por un lado, la Biblia nos enseña que los creyentes ya no le pertenecen al mundo, que somos extranjeros y peregrinos en un mundo hostil que presenta una oposición activa contra Dios y contra Su pueblo.

Se trata de un sistema de pensamiento que se opone al carácter y la voluntad de Dios. En ese sistema de pensamiento mundano, no es la gloria de Dios la que debemos procurar por encima de todo, sino nuestra propia gloria y nuestro propio placer. Y las cosas que importan no son aquellas que trascienden esta vida, las cosas que tienen un valor eterno, sino las que nos brindan una satisfacción inmediata y temporal. Es ese sistema de pensamiento y ese estilo de vida el que el creyente debe rechazar.

Pero por el otro lado, la Biblia también nos enseña que todos nosotros, creyentes e incrédulos, vivimos en este mundo y tenemos una tarea que hacer aquí y ahora.

Si bien es cierto que no debemos vivir a la luz de ese sistema de pensamiento que es contrario al carácter y la voluntad de Dios, la Biblia establece claramente que el cristiano debe aprender a vivir en el mundo, no a escapar de él.

Y eso genera una tensión que los creyentes no siempre han sabido manejar en una forma adecuada. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Y cuando esa tensión no es manejada en una forma apropiada, puede producir una decadencia espiritual en el cristiano.

Hablamos de decadencia espiritual cuando un verdadero creyente no se encuentra en un estado saludable, espiritualmente hablando. Es un creyente que ya no disfruta de una cercana comunión con Dios.

Los aspectos que conforman su vida cristiana, y que en el pasado disfrutaba (orar y leer la Biblia en privado, venir a la iglesia, tener comunión con sus hermanos, cantar alabanzas a su Salvador, escuchar Su Palabra predicada, etc.) se han convertido en meros rituales, actividades en las que participa mecánicamente.

Una de las causas que suelen producir ese penoso estado espiritual es la mundanalidad, el descuido en guardarse apropiadamente de esa perspectiva mundana de pensamiento y del estilo de vida que esa perspectiva promueve.

Pero existe otra cara de esa moneda. Así como hay creyentes que decaen espiritualmente por causa de la mundanalidad, así también hay otros que decaen porque no saben cómo interactuar con ese mundo en el que viven.

Como decía hace un momento, ese es un problema que la iglesia ha tenido que enfrentar a través de los siglos, la tensión de estar en el mundo sin pertenecer al mundo.

En los primeros años de la era cristiana, el imperio romano desató una fuerte persecución contra la iglesia; de manera que no era necesario recordar a los cristianos que estaban en terreno enemigo.

Pero a principios del siglo IV uno de esos emperadores romanos, Constantino, dijo haber abrazado la fe cristiana, y no sólo dio por terminada la persecución, sino que también comenzó a favorecer a los cristianos en muchos sentidos.

Repentinamente estos cristianos que habían sido perseguidos por más de dos siglos pasaron a ser personas favorecidas por el imperio. Se construyeron catedrales, los cristianos comenzaron a ocupar puestos públicos importantes, algunos obispos se convirtieron en consejeros cercanos del emperador. Todo parecía sonreírle a la Iglesia.

Pero muchos no estaban contentos con el cambio de estatus, porque percibieron en esa nueva bonanza un peligro potencial para el cristianismo, sobre todo el peligro de que la mundanalidad arropara a muchos que profesaban ser cristianos, pero que ahora no veían el mundo como un enemigo, sino como un aliado.

Lamentablemente, en vez de desarrollar una perspectiva bíblica del tipo de relación que los creyentes deben tener con el mundo, muchos decidieron apartarse literalmente de él.

Así nacieron los monasterios medievales; hombres y mujeres que profesaban la fe cristiana llegaron a la conclusión de que la única forma en que podían vivir un cristianismo auténtico era aislándose de la sociedad.

Y aunque el movimiento monástico nunca encontró eco en el protestantismo, el espíritu del monasticismo todavía sigue vivo en la conciencia de muchos cristianos verdaderos que no saben cómo interactuar con el mundo en una forma apropiada.

En la próxima entrada, si el Señor lo permite, espero ampliar un poco más este tema tan importante compartiendo las notas del sermón expuesto este domingo pasado en nuestra iglesia.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

3 comentarios:

luima dijo...

La predicación del domingo pasado sobre este tema fue de suma edificación y aliento para mi, muchas veces caemos en el error de querer separar las cosas "espirituales" de las "seculares" y tratamos de adivinar cual es la línea que las separan en diferentes áreas de nuestras vidas, obviando lo que las escrituras dicen al respecto que todo lo que hagamos sea para el Señor y no para los hombres. ese todo debe abarcar cada área de nuestras vidas. realmente me sentí amonestado y estimulado con esta exposición de la palabra. estaré pendiente de la próxima entrada sobre este tema, pues es importante recordar periódicamente estas cosas para asi evitar caer en ellas. Muchas gracias por compartirlo en el blog, que Dios le siga bendiciendo.

Sugel Michelén dijo...

Gracias, Luima, tus comentarios siempre son muy estimulantes. Al igual que tu, pienso que este es un tema vital para el creyente, porque muchas veces la espiritualidad se entiende como escapismo.

Su luz!! dijo...

Sinceramente, hallo difícil aún tomar muchas decisiones creo que por este asunto. Mas que por una perspectiva bíblica es por la futilidad de las mismas. Como cambiar de casa, comprar algún elemento cualquiera que sea, el solo contemplarlo se me convierte en una tormenta, pues siento que al si quiera pensarlo albergo en mi corazón codicias y necedades. A veces pienso en la utilidad de tener cosas, pues ya no veo en ellas sentido. Eso provoca grandes conmociones en mis oraciones algo así como un fatalismo. Sinceramente (y solo Dios lo sabe), anhelo serle fiel, y que estas cosas no sean ya mas un dilema en mi vida. Quiero poder hacer lo que el me diga, sin importar lo que sea, sin cuestionarlo, simplemente no se como se toman esas decisiones. En conclusión no importa si me cambio o no, si hago o no, solo quiero no dudar mas entre lo que debo y no debo hacer. Siento grandes nudos en mi entendimiento. El consuelo solo esta en algún día hallar reposo en su promesa de que me formara conforme a su Hijo.
Gracias por el artículo.