Misión del Blog

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miércoles, 9 de septiembre de 2009

Lo que el ADN y el calostro nos enseñan acerca del poder y la sabiduría de Dios




En el presente debate sobre el aborto podemos estar tan empeñados en proteger la vida humana desde la concepción (algo que debe hacerse), que olvidemos alabar al Dios todopoderoso y sabio que obra en el vientre de la mujer encinta, para que el embrión se desarrolle.

El autor del Salmo 139 no tenía ni por asomo el conocimiento que nosotros tenemos hoy del cuerpo humano, pero aún así era evidente para él que este organismo maravilloso que es nuestro cuerpo es un testimonio contundente de la sabiduría y el poder de Dios.

“Tú formaste mis entrañas (es decir, todos mis órganos internos); Tu me hiciste en el vientre de mi madre”. Esto es algo que no pudo ocurrir accidentalmente; solo la mano del Dios todopoderoso podía realizar semejante portento.

Una de las cosas que todo hombre de ciencia debe saber distinguir es entre un evento accidental y un evento planificado; es decir, objetos causados inteligentemente y con propósito de aquellos causados de forma no inteligente. Y hay criterios que se usan para diferenciar una cosa de la otra.

Por ejemplo, la NASA tiene un departamento dedicado a la búsqueda de inteligencia extraterrestre (SETI por sus siglas en inglés). Y ¿cómo realizan esa búsqueda los investigadores de este programa? Monitoreando millones de señales de radio que nos llegan desde el espacio exterior. Hay objetos en el espacio que producen ondas de radio (como los pulsares, por ejemplo).

Y ¿cómo pretenden ellos diferenciar las ondas de radio que puedan ser producidas accidentalmente de aquellas que pudieran provenir de una civilización inteligente? Los investigadores del SETI esperan encontrar algún día una secuencia o patrón de señal lo suficientemente complejo como para determinar que tiene que haber sido producido intencionalmente.

Hasta ahora no han logrado nada. Pero hace unos años se filmó una película de ciencia ficción, titulada “Contacto”, basada en una novela de Carl Sagan, donde un grupo de radioastrónomos se topan con una señal con esas características. Se trataba de una sucesión de mil ciento ochenta y seis pulsos y pausas que representaban los números primos del 2 al 101.

Los números primos son aquellos que sólo pueden dividirse por sí mismos y por la unidad. En el caso de la película, las señales que estaban recibiendo a través de pulsos (1) y pausas (0) llevaban una secuencia perfecta de números primos. Por ejemplo, el 2 se representaba como 110; el 3 como 1110; el 5 como 111110, y así sucesivamente.

Cuando uno de los personajes de la película descubre la señal, inmediatamente declara: “Esto no es ruido, esto tiene estructura”. Hay un patrón allí que no puede explicarse apelando a causas accidentales. Ese es un criterio científico, no supersticioso.

Pero si tomamos ese mismo criterio que los investigadores del SETI aplican a la búsqueda de vida inteligente en el espacio exterior, y lo aplicamos a nuestros propios cuerpos tendríamos que llegar a la conclusión de que fuimos diseñados y creados por un Ser inteligente.

El ADN, por ejemplo, las siglas con que se conoce el famoso ácido desoxirribonucleico; es un ácido nucleico que contiene las instrucciones genéticas que necesitan los seres vivos para desarrollarse y funcionar.

El ADN es como un alfabeto donde las letras se encuentran en una secuencia específica para formar palabras, y las palabras a su vez en una secuencia específica para formar oraciones que transmiten información con un mensaje muy preciso, que luego se traduce en los rasgos de la cara, el color de la piel, el tipo de cabello, y un montón de cosas más.

Un biólogo dice lo siguiente al respecto: “Recientemente se ha comprobado que el ADN posee la misma estructura que un lenguaje… Una sola célula humana contiene cuatro veces más información que los trece tomos de la Enciclopedia Británica.”

Y no debemos olvidar que cada cuerpo humano está compuesto de unos 100 billones de células. Si pudiésemos poner en fila todos los cromosomas de todas las células de un solo cuerpo humano abarcarían unos 60 mil millones de kilómetros, todos ellos comunicando información precisa y compleja.

Y eso solo refiriéndonos al ADN. Pero si tomamos cualquier otra parte del cuerpo humano encontraremos evidencias sin número de que hubo una mente pensante detrás de su diseño y construcción.

El cerebro humano, por ejemplo, es un millón de veces más complejo que el trasbordador espacial de la NASA. Se trata de un órgano compuesto de unas 6 millones de partes funcionales, entre ellas cien mil millones de neuronas que forman una red de contacto con todo el cuerpo. Se calcula que cada neurona posee millones de conexiones.

El médico australiano Michael Denton, quien sin ser cristiano escribió una crítica brillante contra el evolucionismo, titulada “Evolución: Una Teoría en Crisis”, dice que si solamente un centésimo de las conexiones del cerebro se pudiese organizar “representaría un sistema con un mayor número de conexiones específicas que la red de comunicaciones del mundo en su totalidad.”

Dios dejó Su huella en la creación. Hace unos meses estuve leyendo algunas cosas acerca del calostro por algo que una de mis hijas me comentó; el calostro es la primera leche que el bebé recién nacido obtiene de la madre cuando es amamantado.

Este “oro líquido” como algunos le llaman, comienza a formarse a partir del 5to ó 6to mes de embarazo, y cuando el niño nace ya está listo para ser consumido. Posee más de 60 componentes, 30 de los cuales son exclusivos de la leche humana.

En un estudio que leí sobre el tema, hubo un párrafo que me llamó la atención: Dice que el calostro “ha sido diseñado y perfeccionado por la naturaleza para bebés humanos. Muchos de estos componentes están presentes en pequeñísimas cantidades y la complejidad de su interrelación es sorprendente: se vinculan unos con otros para trabajar unidos y ayudar al bebé a responder adecuadamente a microbios, virus y hongos.”

Otro detalle interesante que leí acerca de esta sustancia es que “tiene el mismo sabor que el líquido amniótico y proporciona al recién nacido, que ya está acostumbrado a probarlo en el período fetal, un sentimiento de seguridad, pues percibe que existe una continuidad entre lo que probaba en (el vientre de su madre) y la nueva vida que le aguarda.”

Parecería que Aquel que diseñó al bebé también le provee por medio de su madre lo que él necesita para el inicio de su vida.

Sin embargo, a pesar de toda esa complejidad y todos esos mecanismos perfectamente adaptados para lograr un fin, muchos prefieren seguir pensando que nuestra existencia no es más que un accidente afortunado, antes que postrarse ante Dios y decir como el salmista: “Tu formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre”.

Uno de los ateos más furibundos de nuestra generación es Richard Dawkins, y él comienza unos de sus libros más conocidos, El Relojero Ciego, diciendo que “la biología es el estudio de cosas complicadas que dan la apariencia de haber sido diseñadas para un propósito.” Parece que fueron diseñadas, pero eso es solo una ilusión.

Y Francis Crick, galardonado con el premio Nóbel y codescubridor de la estructura del ADN, dice: “Los biólogos deben tener en mente constantemente que lo que ellos ven no fue diseñado, sino más bien evolucionado.” Y ¿Por qué tienen que recordarse eso a sí mismo constantemente? Porque todo apunta hacia una causa intencional, inteligente, no accidental.

En Romanos 1:18 Pablo dice que esa es una de las razones por la que la ira de Dios se revela desde el cielo contra el hombre: A pesar de las evidencias, el hombre resiste con injusticia la verdad, con tal de no reconocer a Dios como Dios y postrarse ante El en alabanza y gratitud.

Ahora, ¿qué de nosotros, hermanos? ¿Estamos tan conscientes de ese poder que Dios desplegó en la creación de nuestros cuerpos? Eso es algo que está ahí frente a nuestros ojos para que aprendamos a confiar en Dios y podamos alabarle continuamente con entendimiento.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.