Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Lo débil de Dios sigue siendo más fuerte que los hombres

Por Sugel Michelén

Uno de los distintivos del cristianismo evangélico a través de la historia ha sido el lugar preponderante que ha dado a la exposición de las Escrituras en los cultos de adoración. Es por eso que a raíz de la Reforma Protestante del siglo XVI el púlpito comenzó a ocupar el lugar central en los edificios destinados para la adoración a Dios, a diferencia de las iglesias católicas, las cuales tenían en el centro el altar para la celebración de la misa.

Hay una teología detrás de esa disposición. El centro del culto católico romano es la misa, mientras que los protestantes dieron preeminencia a la predicación de la Palabra.

Ahora, yo me pregunto, ¿sigue ocupando el púlpito ese lugar de preeminencia en nuestras iglesias? Y no me refiero a su ubicación física. La pregunta no es si las iglesias siguen colocando el púlpito en el centro de la plataforma en el edificio de adoración.

Lo que estamos preguntando es si la predicación de la Palabra que se lleva a cabo desde el púlpito sigue ocupando ese lugar relevante que durante cientos de años ocupó en las iglesias protestantes.

Tristemente, diversas razones nos mueven a responder que no. Muchas personas consideran que la predicación de las Escrituras, tal como la hemos conocido hasta ahora, jugó un papel importante en una época de la Historia de la Iglesia, cuando los libros eran escasos, y cuando no había medios masivos de comunicación como la radio, la TV o la Internet.

Pero entienden que el hombre de nuestra generación, el hombre de la era postmoderna que describíamos en la conferencia anterior, se encuentra en una situación muy diferente, por lo que la predicación de las Escrituras al modo tradicional no es el mejor medio para alcanzarlo.

¿Acaso no sería mejor que tengamos cultos más llamativos y entretenidos, con mucha música especial, películas, dramas, testimonios, conjuntamente con una presentación más dinámica de las Escrituras, donde se le dé más participación a la gente, como sugirió en cierta ocasión un pastor “emergente”?

¿Por qué no sustituir la predicación por grupos de discusión, por ejemplo? ¿Qué es lo que tiene de especial la predicación de la Palabra que deba ser preservada en las iglesias, aun a pesar de los cambios sustanciales que ha sufrido el mundo en materia de comunicación en los últimos 40 años?

Es interesante notar el contexto cultural en el que la iglesia de Cristo se desenvolvió en sus primeros años, porque algunos podrían pensar que la predicación tenía tal preeminencia en los días del Nuevo Testamento porque, a diferencia de ahora, la cultura le era favorable.

Pero nada más lejos de la realidad. Precisamente lo que debe llamar nuestra atención es que haya sido en ese contexto cultural donde la iglesia de Cristo haya colocado la predicación en un lugar tan importante.

La iglesia cristiana nace y se desarrolla en el contexto de tres culturas principales: la judía, la romana y la griega. Y para cada uno de estos grupos étnicos, la predicación del evangelio era una locura, un tropiezo y una necedad.

Comencemos por Roma, el poder imperial de aquellos días. Una de las mayores dificultades de los romanos para aceptar el evangelio radicaba en el orgullo que tenían de su poder. El imperio romano fue el más poderoso que el mundo había visto hasta entonces.

Ahora, imagínense el desprecio que estos romanos tendrían que sentir por la predicación del evangelio. ¡Los cristianos proclamaban que el Salvador del mundo era un judío que había sido crucificado, condenado como un malhechor precisamente por un gobernador romano!

¿Cómo podía ser el Salvador un Hombre que no pudo impedir su propia ejecución? Eso no tenía ningún sentido. Y para colmo, sus seguidores no contaban con ninguna cosa espectacular para ganar adeptos, excepto predicar la Palabra.

Sin embargo, ahí está Pablo, deseoso de ir a Roma a predicar el evangelio. “Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma” (Rom. 1:15). ¿Saben por qué? “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Rom. 1:16).

Este mensaje de salvación, que proclama a un Salvador que fue crucificado en debilidad, es el poder de Dios que salva y transforma a todo aquel que cree. “No necesito otro recurso para conquistar a estos romanos orgullosos – dice Pablo; el evangelio es poder de Dios para salvación”. Como diría en su carta a los Corintios: “Lo débil de Dios es más fuerte que los hombres”.

En el caso de los judíos el problema era distinto. Así como la mentalidad del romano giraba en torno al poder, los judíos estaban más interesados en los milagros. “Los judíos piden señales”, dice Pablo en 1Cor. 1:22. Ellos querían ver demostraciones extraordinarias de la veracidad del evangelio. ¿Cómo podían aceptar la idea de un Mesías crucificado? La predicación del evangelio era un tropiezo para los judíos, una piedra de escándalo.

Y luego estaban los griegos. Estos habían perdido por completo el poder que una vez tuvieron en la época de Felipe de Macedonia, y sobre todo en la época del hijo de Felipe, Alejandro el Grande. Todo su poderío se había desvanecido bajo el dominio de Roma. Pero había algo que los griegos tenían (y que Roma no poseía en el mismo grado): sabiduría, conocimiento. Grecia produjo los más grandes filósofos y pensadores de la antigüedad.

De hecho, en los hogares romanos que tenían una buena posición económica, un esclavo se encargaba de la educación de los hijos; y 9 de cada 10 de estos maestros eran griegos.

Los griegos estaban orgullosos de su sabiduría y de su oratoria. Entre ellos descollaban los sofistas, hombres entrenados en el arte de discutir y ganar la discusión. Más que interesarles la verdad, a estos sofistas les interesaba argumentar bien y destruir el argumento del contrario.

Ahora imaginen estos griegos, escuchando a un predicador decirles en un lenguaje llano y sencillo, que Dios había venido en carne para morir en una cruz para y proveer salvación a los hombres; eso tampoco tenía sentido para ellos. Uno de los postulados básicos de la filosofía griega era la total separación entre la mente y la materia, el cuerpo y el espíritu. La idea de un Dios encarnado era inconcebible para los griegos, el colmo de la estupidez.

Así que la predicación del evangelio no era potable ni para los romanos, ni para los judíos, ni para los griegos. Sin embargo, los apóstoles no buscaron otra alternativa. Ellos sabían que ese era el instrumento por excelencia que Dios habría de usar para salvar a los pecadores (comp. 1Cor. 1:21-25).

La predicación de la Palabra como medio de propagación de la verdad en los tiempos bíblicos no surge por el atraso tecnológico de aquellos días, ni porque era culturalmente aceptable, sino por ser el medio más apropiado para comunicar la naturaleza del mensaje. Es una razón puramente teológica la que está detrás de la predicación.

Estamos presentando a Dios como el Rey soberano que tiene derecho pleno sobre todas Sus criaturas, y nosotros no somos Sus negociadores, somos Sus heraldos, aquellos que en el nombre de Dios, con autoridad, con pasión, con urgencia, proclamamos los decretos emitidos en la corte celestial, consignados en las Sagradas Escrituras.

Esa es la señal que los ministros envían a los hombres cuando se colocan detrás del púlpito a proclamar a viva voz la Palabra de Dios. Somos mensajeros del Dios Altísimo. Él es Rey de reyes y Señor de señores.

Y ahora vengo a proclamar en Su nombre que Él ha hecho provisión para salvar a los pecadores, a través de la Persona y la obra de nuestro Señor Jesucristo. Vengo a decir a los hombres cómo deben vivir, cómo deben pensar y actuar, porque el Dios del cielo ha revelado Su voluntad.

Al igual que en los tiempos bíblicos, la predicación es despreciada hoy día, y tal vez más despreciada en nuestra generación que en épocas anteriores. Pero eso que muchos consideran una locura, un tropiezo y una necedad, sigue siendo poder de Dios para salvación a todo aquel que cree, y el alimento divino que tiene poder para fortalecer la fe de los creen.

Satanás sabe eso, y por eso hace todo lo posible para que las iglesias se dediquen a hacer cualquier otra cosa que no sea predicar la Palabra de Dios. ¡Pero no debemos ceder a sus insinuaciones! Si ponemos a un lado la predicación de la Palabra, podremos tener cultos más entretenidos y programas más variados y actividades que tengan a la gente más contenta.

Pero no tendremos más almas verdaderamente convertidas ni creyentes que realmente estén creciendo en gracia. Queridos hermanos, el espíritu de los romanos no cayó con la caída de Roma; todavía hay personas que son adictas al poder y les impresionan los ministerios que hacen un despliegue de espectacularidad.

Tampoco han desaparecido el espíritu de los judíos y el de los griegos. Mucha gente quiere ver señales y oír discursos pomposos. Pero Cristo nos ha enviado a conquistar el mundo por medio de la predicación del evangelio.

No permita Dios que seamos engañados y seducidos a deponer nuestras armas, porque no importa cuántos años nos separan del primer siglo ni cuánto haya cambiado el mundo desde entonces, el evangelio sigue siendo poder de Dios para salvación.

Puede que el auditorio no sea el mismo de hace 40 años, pero la postmodernidad no ha hecho nula la sabiduría de Dios, ni ha hecho inoperante el poder del evangelio.

Que Dios nos ayude, tanto a los pastores como a los miembros de las iglesias, para que al llegar el día en que tengamos que dar cuentas, el Señor de la mies nos encuentre ocupados haciendo lo que se nos encomendó: proclamar como heraldos que hay salvación en Cristo para todo aquel que cree.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

6 comentarios:

Pastor CarlosH dijo...

Pastor Sugel: Acabo de leer el artículo y me parece muy acertado su exposición. Creo que el mensaje se está cada día alijerando para que sea mas aceptado pero el gran peligro es "el alma que está escuchando el evangelio" no es el mismo de Las Escrituras sino, como Pablo a los Gálatas dijo: "Otro evangelio". Sabemos que no hay otro sino uno mezclado. Es lamentable por que hay personas que oyen algo falseado y mezclado con entretención. Es duro reconocerlo pero esa es la verdad. aquí en mi país ya se está celebrando reuniones de negocios evangelicos y no se está proclamado la verdad, y en ellos hay pastores reconocidos que llevan a muchos a buscar por codicia este tipo de predicación. Sólo quieren prosperar. Doy gracias a Dios por la fidelidad de aquellos obreros que todavía son columnas y baluartes de la verdad que predican fielmente el mensaje en las oportunidades que se les presenten.
Reciba mis saludos fraternales en Cristo.
Pastor Carlos H.

Sugel Michelén dijo...

Hermano Carlos:

Ciertamente vivimos en días difíciles. Así como en el siglo XVI la iglesia necesitaba un retorno a las Escrituras, en el contexto del catolicismo medieval, hoy necesitamos lo mismo en el contexto de muchas iglesias que se denominan evangélicas. Quiera el Señor seguir levantando hombres que proclamen fielmente Su Palabra a tiempo y fuera de tiempo. De paso, ¿en qué país se encuentra ministrando Usted?

Manuel Rojas dijo...

Pastor, en medio de este yermo contexto evangélico sus artículos son muy refrescantes. Gracias.
Dios le bendiga.

Sugel Michelén dijo...

Gracias, mi hermano. Lo mismo opino de su blog.

Pedro Camino dijo...

Bendiciones! Soy Pedro Camino de www.verdadypalabra.blogspot.com y me congrego en la IBI. He subtitulado un video cuyo mensaje es muy fuerte pero real. Puedes publicarlo aquí si deseas. Gracias por todo.

http://www.youtube.com/watch?v=DVCuwRww9rc

Pastor CarlosH dijo...

Pastor Sugel:
Por la Gracia de Dios, mi lugar de ministerio es la localidad de La Pintana, en Santiago de Chile. Gracias por permitirme comentar sus artículos.
Bendiciones...