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viernes, 18 de septiembre de 2009

La verdadera naturaleza de los milagros

La palabra “milagro” proviene del latín “miraculum” y señala un evento maravilloso o que causa admiración. Esta palabra puede usarse en sentido metafórico para referirse, por el ejemplo, a la concepción y nacimiento de un niño, pero ese no es el significado exacto de esta palabra.

Por sorprendentes y maravillosos que sean algunos eventos o elementos de la naturaleza, como la salida del sol cada mañana, éstos son hechos ordinarios de la providencia divina. Pero un milagro es algo que no puede ser atribuido a causas naturales y ordinarias.

En cierta ocasión en que un cojo de nacimiento fue sanado por el apóstol Pedro, dice en el libro de los Hechos que los líderes religiosos de Israel “viendo al hombre que había sido sanado, no podían decir nada en contra”; más bien se vieron obligados a reconocer a regañadientes que algo milagroso había ocurrido: “¿Qué haremos con estos hombres? Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar” (Hechos 4:14 y 16).

En la historia bíblica se registra únicamente tres períodos en que la ocurrencia de milagros fue muy abundante: en primer lugar, durante el ministerio de Moisés; luego durante los ministerios de Elías y Eliseo; y finalmente, durante el ministerio del Señor Jesucristo y los apóstoles (el período más abundante de todos).

Podemos encontrar alguno que otro milagro en otros períodos de la historia bíblica, pero nunca en forma tan abundante como en estos tres períodos ya mencionados. En el caso particular de nuestro Señor Jesucristo, los evangelios registran unos cuarenta milagros, seleccionados por los evangelistas de un número mucho mayor, como bien establece el apóstol Juan al final de su evangelio: “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro” (Juan 20:30).

Tales milagros no fueron hechos simplemente para impresionar, sino para mostrar que Jesús era el Mesías anunciado por los profetas del Antiguo Testamento (Hechos 2:22), y para darnos a conocer la naturaleza de Su obra.

En ese sentido, aunque muchos suelen pensar en los milagros como una suspensión del orden natural, los de Jesús más bien fueron hechos para restaurar el orden natural. Sus milagros anticipan la total restauración de este mundo caído y dañado por el pecado, que tomará lugar al final de la historia humana como fruto de Su obra redentora (Hch. 3:19-21). Cuando nuestro Señor Jesucristo regrese en gloria, aún la creación misma será libertada “de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rom. 8:20-21). Entonces lo extraordinario vendrá a ser ordinario, y la gloria del Mesías se manifestará en todo su esplendor en todo el universo por los siglos de los siglos.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

1 comentario:

Johan Estrada López dijo...

¡Amén, hermano! Que el Espíritu Santo produzca en nosotros un cada vez mayor anhelo por ese día. Dios le bendiga.