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jueves, 27 de mayo de 2010

La naturaleza engañosa del pecado

Pocas cosas pueden ser tan dolorosas y humillantes como ser víctimas de un engaño. A menudo nos enteramos de personas que han perdido todo su dinero porque alguien los convenció de invertir en negocios que parecían muy lucrativos, pero que a final de cuentas resultaron ser un fraude.

Pero hay ocasiones donde el engaño no sólo pone en riesgo nuestros bienes, sino también nuestras vidas. Hace unos años atrás algunas cápsulas de un medicamento para el dolor de cabeza fueron adulteradas con cianuro, y algunas personas murieron por causa del engaño.

Hay engaños que pueden llegar a ser mortales. Pero en esta ocasión quisiera considerar con Uds. el más mortal de todos. Me refiero al engaño del pecado (comp. He. 3:12-13).

El autor de la carta a los Hebreos está tratando aquí con un grupo de judíos que profesaba la fe cristiana, pero que estaba siendo tentado a renegar de su fe y volver de nuevo al judaísmo.

Por eso la carta contiene varias advertencias contra la apostasía, porque uno de los instrumentos que usa el Señor para preservarnos en Sus caminos es la advertencia a tiempo de nuestros hermanos en la fe: “Exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy (es decir, cuando todavía hay tiempo); para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado”.

El autor de esta carta nos advierte que todos nosotros corremos el peligro de ser tomados por engaño. Y el instrumento del que se vale el enemigo de nuestras almas para llevar a cabo el fraude es el pecado.

La palabra griega que RV traduce como “engaño” en el texto significa literalmente: ser apartado del camino correcto, ser desviados. Hay un camino por dónde debemos ir que es el apropiado y bueno para nosotros, pero a través de una mentira somos convencidos de seguir por otro camino. De ahí que la palabra también signifique “trampa, truco, fraude”.

El pecado es una trampa, algo fraudulento diseñado con el propósito expreso de engañar. De una manera u otra el pecado distorsiona la realidad de las cosas para llevarnos a tomar una decisión equivocada. Esa naturaleza engañosa del pecado se hizo manifiesta desde la primera tentación (comp. Gn. 3:1-5).
Lo primero que hizo el diablo fue insinuar a la mujer que Dios no tenía buenas intenciones (vers. 1). “¡Qué terrible tiranía la de Dios que no les permite comer de todos los árboles!” (Ellos podían comer de todos, menos de uno, pero ése es el aspecto que él resalta: la prohibición).

En segundo lugar, les miente en cuanto a las consecuencias del pecado (vers. 4). “Dios ha dicho que si comen de ese árbol van a cosechar terribles consecuencias, pero yo les digo que eso no es cierto. Pueden comer del árbol prohibido y nada sucederá”.

Y en tercer lugar, les miente en cuanto a sus propias intenciones (vers. 5). ¿Cuál es la implicación? “Dios no quiere que Uds. progresen; El sabe que si comen del árbol y adquieren un conocimiento experimental del bien y del mal, serán como El y eso es lo que yo quiero que Uds. alcancen; yo quiero que sean como Dios”.

Satanás le dio a la mujer una perspectiva de la realidad completamente distorsionada. Y una vez la mujer le prestó oídos, su visión de las cosas cambió radicalmente (vers. 6). El pecado produce en nosotros una distorsión de la realidad.

Noten la explicación que Pablo da de este episodio en 2Cor. 11:3: “Pero temo que, así como la serpiente con su astucia engañó a Eva, así sean desviados vuestros pensamientos de la sinceridad que es en Cristo”.

He ahí la naturaleza engañosa del pecado. Confunde nuestros afectos y de ese modo mueve la voluntad hacia aquello que nos daña. El engaño es el modus operandi de Satanás. En Ap. 12:9 dice que él engaña al mundo entero. Todo lo que el diablo ofrece es un engaño. Todos sus negocios son fraudulentos y sus fraudes son mortales. Su intención final es destruirnos (comp. Jn. 8:44).

Ahora bien, ¿cuáles son los engaños que usa el enemigo para hacernos tanto mal? ¿Cómo se las arreglas para hacernos caer? Eso lo veremos mañana, si el Señor lo permite.


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