Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

miércoles, 6 de enero de 2010

La meta suprema del creyente


Muchos aprovechan el inicio de un nuevo año para hacer un auto examen de los meses pasados y establecer metas y propósitos para los meses por venir. Seguramente algunos tendrán el propósito de rebajar unas cuantas libras este año, y harán planes específicos de dietas y ejercicios para alcanzar esa meta; espero que muchos otros hayan hecho planes para leer algunos libros durante el 2010; otros se pondrán metas económicas, y así por el estilo.

Pero si te preguntara cuál es la gran meta de tu vida, aquella meta esencial que comprende todas las demás, y que te empeñarás en cumplir con toda dedicación y energía, no sólo en los meses venideros, sino por el resto de tus días ¿cuál sería tu respuesta?

En Fil. 3 el apóstol Pablo responde incidentalmente esta pregunta, y al hacerlo nos muestra cuál debería ser la meta suprema de todo verdadero creyente:

"Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos. No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús" (Fil. 3:7-14).

El contexto de este pasaje es la advertencia de Pablo a los miembros de la iglesia en Filipos contra la falsa doctrina de los judaizantes, que intentaban convencer a estos cristianos de que la fe en Cristo no era suficiente para la salvación; que era necesario también circuncidarse y practicar ciertos ritos y ceremonias del judaísmo.

Para corregir este error, lo primero que hace Pablo es mostrar con su propio ejemplo, que la salvación se encuentra en Cristo y no en ningún privilegio racial o religioso. Pero una vez hace esto en los primeros 8 versículos, Pablo da un paso más adelante y nos dice que, así como Cristo es central en la salvación, así también es central en nuestra vida cristiana práctica. Él es el origen, pero también la meta de nuestra salvación (vers. 10).

Ya Pablo mencionó en el versículo 8 “la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús”, o como lo traduce la Biblia de las Américas, “el incomparable valor de conocer a Cristo Jesús”; eso fue lo que lo llevó a tener lo demás por basura. Pero ahora Pablo retoma el pensamiento y nos dice que lo sigue dando todo por basura para poder continuar avanzando en el conocimiento de ese extraordinario Salvador.

Y Pablo no está hablando aquí de un conocimiento intelectual y académico de la persona de Cristo. No es conocer acerca de Cristo lo que él desea, sino conocerle a Él, tener con Él una relación cada vez más cercana, más íntima: “…a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (vers. 10-11).

Dos cosas menciona Pablo aquí en relación con ese conocimiento transformador.

Lo primero
es que él está consciente de que es imposible crecer en la semejanza del Señor sin el poder del Cristo resucitado. “Yo quiero conocer a Cristo y ser semejante a Él, por eso quiero experimentar en mi vida el poder de Su resurrección”. Así como no tenemos poder alguno en nosotros mismos para ser salvos, así tampoco tenemos poder alguno en nosotros mismos para ser santos. La buena noticia, es que el poder del Cristo resucitado está disponible para todo aquel que cree.

Lo segundo que Pablo menciona en el texto es que esa semejanza a Cristo implica sufrimiento: “y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a Él en Su muerte”.

Pablo tenía una perspectiva realista de lo que implica ser como Cristo. Nuestro Señor tuvo que sufrir el impacto de tener que lidiar con un mundo pecador, siendo Él perfecto en santidad. Entrar en contacto directo con las consecuencias del pecado en el mundo era algo que entristecía profundamente Su corazón.

Y aunque los creyentes nunca seremos perfectamente santos mientras vivamos en este mundo, en la misma medida en que nos parezcamos a Cristo, en esa misma medida experimentaremos más sufrimientos.

Aparte de que en esa misma medida seremos perseguidos y aborrecidos por el mundo (comp. Jn. 15:18-20). Ese aborrecimiento puede llegar incluso a la muerte física, como sucedió con el mismo Pablo y con un montón de mártires a lo largo de toda la historia.

Y no es que Pablo anhelara el martirio como algo bueno en sí mismo. Lo que él anhelaba era ser como Cristo; pero si aún si tuviera que pagar ese precio por parecerse tanto a su Señor, comoquiera sería una honra crecer en tal semejanza que lo lleve a la muerte si fuese necesario (por eso dice en Fil. 1:29).

A final de cuentas, la muerte no tiene la última palabra sobre nosotros: “si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (vers. 11). Algunos interpretan este versículo como si Pablo tuviera dudas de su salvación, pero nada puede estar más lejos de la realidad (comp. 2Tim. 1:12; Rom. 8:38-39; Fil. 1:6, 21, 23).

Más que un tono de duda, Pablo parece estar expresando aquí la realidad que todo creyente debe poner delante de sus ojos: que la salvación es segura para el que la tiene; y una marca inequívoca de que la tenemos es poner todo empeño en cuidar ese tesoro (Fil. 2:12-13).

La obra de Dios en nuestras vidas no implica en modo alguno pasividad de parte nuestra. De ahí lo que Pablo continúa diciendo en Fil. 3:12-14: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

Noten el lenguaje de Pablo: “prosigo” dice en el vers. 12; “una cosa hago
, dice en el vers. 13, me extiendo hacia lo que está delante”; y una vez más en el vers. 14: “prosigo a la meta”.

Ya Pablo ha dicho cuál es su anhelo, su gran meta en la vida: conocer a Cristo cada vez más íntimamente y parecerse cada vez más a Él, con todo lo que eso implica. Y ¿qué hace Pablo para avanzar hacia esa meta?

En primer lugar, examinarse honestamente a sí mismo: “No que lo haya alcanzado, ni que ya sea perfecto…”. El mero hecho de tenerlo como una meta es una muestra de que él sabía que no había llegado.

Pablo se conocía muy bien y sabía que en muchas cosas debía seguir creciendo a la semejanza del Señor Jesucristo porque para eso fue salvado: “Yo quiero asir aquello para lo cual yo fui asido por Cristo”; en otras palabras, “quiero alcanzar aquello para lo cual yo fui alcanzado por Él”.

Dios nos escogió y nos salvó con un propósito en mente: hacernos cada vez más semejantes a Su Hijo (Rom. 8:28-29; Ef. 1:3-4). No te sientas satisfecho por lo que has podido avanzar hasta ahora, porque lo cierto es que, estés donde estés, estás lejos de la meta.

En segundo lugar, Pablo se concentró en la obtención de su meta: “Una cosa hago…”. Es como un hombre corriendo una carrera; él no se distrae contemplando el paisaje o las personas del público; ni siquiera debe enfocarse en los que están corriendo a su lado.

En tercer lugar, y finalmente, Pablo nos dice que él tenía su mirada puesta en la meta que se había propuesto alcanzar: “prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (vers. 14). Es posible que Pablo tuviera en mente las carreras olímpicas en Atenas, donde el vencedor recibía una corona de laurel, la suma de 500 dracmas, su manutención de por vida y un asiento de primera fila en el teatro.

Pero cuando Pablo corría, sus ojos estaban puestos en el sublime propósito del llamamiento de Dios. Y ahora yo te pregunto, ¿puedes tú decir igual que el apóstol, que conocer a Cristo y ser como Él es la gran meta de tu vida? ¿Puedes decir igual que él que estás empeñado en alcanzar esa meta, de tal manera que todo lo que haces y todas las decisiones que tomas está supeditado a ella? ¿Puedes decir que tu más profundo anhelo es parecerte cada vez más a Cristo, en dependencia de Su Santo Espíritu?

Recuerda que nosotros tenemos a nuestra disposición el poder de Su resurrección; no hay razón para que te quedes en el estado en que estás. Pídele al Señor que te ayuda a concentrarte en esta meta, y pídele también la gracia que necesitas para seguir avanzando hacia ella cada día.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...

martes, 5 de enero de 2010

Algunas lecciones de la providencia aflictiva por la que pasó recientemente el pastor Saladín

En el día de ayer posteamos el recuento de los hechos que hizo el pastor Saladín este domingo pasado en nuestra iglesia (IBSJ) de la situación por la que atravesó recientemente. Estas son algunas de las lecciones bíblicas que el pastor compartió con nosotros a la luz de esta experiencia aflictiva (estas notas han sido abreviadas y editadas; si desea escuchar el mensaje completo puede hacerlo en audio o en vídeo en el site de IBSJ o GraciaTV respectivamente).

Mientras más viajamos por la autopista de la vida, más cuenta nos damos que es un viaje de fe, un viaje en el cual dependemos de la guía de Dios para enfrentar los problemas y situaciones que se presentan.

Un viaje en el cual somos sostenidos por la gracia de Dios en cada paso que damos, como han sido sostenidos muchos hijos de Dios que, de generación en generación, han viajado por este mundo experimentando la guía que Dios les ha dado a través de Su Palabra y Su Espíritu.

A. Debemos poner siempre nuestros planes en la presencia de Dios porque no sabemos que será del día de mañana.

Santiago nos advierte en su epístola 4.13-17: “¡Vamos ahora!, los que decís: «Hoy y mañana iremos a tal ciudad, estaremos allá un año, negociaremos y ganaremos», 14cuando no sabéis lo que será mañana. Pues ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. 15En lugar de lo cual deberíais decir: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello».”

Santiago nos recuerda que:

1) La vida es incierta (vers. 13-14ª). Siempre debemos poner a Dios en nuestros planes y estar dispuestos a que se haga Su voluntad y no la nuestra. Estas personas de las que habla Santiago: 1) Escogían su propio momento para hacer negocios: hoy y mañana; 2) Su propio lugar: tal ciudad; 3) El tiempo que iban a negociar: un año; 4) Escogieron el tipo de negocio: traficaremos, comerciaremos de una región a otra; 5) Escogieron su propio objetivo: ganaremos (dinero)

Pero Santiago les dice: No sean unos presuntuosos, no sean insensatos, no hagan planes como si ustedes fueran dueños de sus vidas, como si fueran omnipotentes, no dejen a Dios fuera de sus planes (comp. Pr. 27:1; Lucas 12.16-21).

2) La vida es breve (vers. 14b): “Pues ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece”.
La vida es transitoria como la neblina que vemos en la mañana y luego desaparece, es como el vapor que sale de una taza de café, como el humo de una hoguera, o el vapor de nuestra respiración, que se ve levemente en un día frío.

B. Recuerda que Dios es Soberano (y nosotros no lo somos).

Vers. 15: En lugar de lo cual deberíais decir: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.

Debes aprender que todos los planes del ser humano están determinados y dirigidos por Dios, quien es Soberano. Él reina como monarca sobre todas las cosas grandes y pequeñas por igual (comp. Ex. 15:18; Sal. 47:2; Sal. 93:1-2; Dan. 4:35).

Ya sea que lo entendamos o no, Dios es SOBERANO en todos los eventos que ocurren en nuestras vidas, y no hay nada que suceda sin que Él lo ordene y sin que esté más allá de Su capacidad para resolverlo.

Él tiene un control absoluto sobre toda Su creación y hace que todas las cosas obren para Su gloria y el bien de Su pueblo. Él está trabajando continuamente en cada aspecto y momento de nuestras vidas, aun en aquellos eventos que llamamos: problemas, pruebas, aflicciones, adversidades, tormentas. Nada puede suceder en este universo que Dios no haya permitido u ordenado que sucediera.

• Eclesiastés 7:14 (BLA). Alégrate en el día de la prosperidad, y en el día de la adversidad considera: Dios ha hecho tanto el uno como el otro para que el hombre no descubra nada que suceda después de él.
• Isaías 45:7: Yo soy el Señor y no hay otro; el que forma la luz y crea las tinieblas, el que causa bienestar y crea calamidades, Yo soy el Señor, el que hace todo esto.
• Lamentaciones 3:37:38: ¿No salen de la boca del Altísimo tanto el mal como el bien?
• Mateo 10:29-31: ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin el permiso de vuestro Padre. 30Pues bien, aun vuestros cabellos están todos contados. 31Así que no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.

A pesar de eso, Dios nunca es autor del pecado. Aunque los intentos y acciones pecaminosas de otros sirvan a Sus propósitos, no nos puede llevar nunca a decir que Dios ha inducido a alguien a pecar. Dice la escritura que Dios es muy limpio de ojos para ver el mal.

Dios es soberano, pero es un Dios tres veces santo que aborrece el pecado, por eso no podemos culpar a Dios por nuestro pecado o por el daño que el pecado de otros nos ocasiona, ya que cada uno de nosotros es totalmente responsable por lo que es, por lo que hace y por lo que dice.

• Santiago 1:13-14: Cuando alguien es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni el tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de acuerdo a su propia concupiscencia es atraído y seducido.

C. La soberanía de Dios le da sentido a nuestros problemas.

Si las cosas que nos ocurren no son fruto del azar o del destino, sino de la mano del Dios Soberano, entonces los problemas no son una tragedia de la existencia humana, sino que hay un propósito y un significado para nuestras luchas, nuestros problemas, nuestras tristezas.

Si Dios es el gobernante #1 del universo, y todo lo que ordena o permite que ocurra en nuestras vidas es para Su gloria y nuestro bien (comp. Sant. 1:2-5; Fil. 1:12-18).

Cuando decimos que todo obra para bien no estamos diciendo que a todos los creyentes Dios les va a dar dinero, salud, una familia y muchas cosas más, sino que el plan de Dios es formar a Cristo en nosotros (comp. Rom. 8:28-29; 1Jn. 3:2).

Somos una obra en proceso, y el constructor, que es Dios, es Omnipotente, de manera que no hay nadie que pueda detener esa obra que Él está haciendo y que va a completar conforme a Su voluntad.

Cuando Dios empieza un proyecto, Él lo completa. Así como ayudó a los filipenses Él te va a ayudar a crecer en Su gracia hasta que Su trabajo sea completado en tu vida.

Cuando estés desalentado recuerda que Dios no va a dejarte solo. Él nos ha prometido que terminará la obra que ha empezado en ti y en mi. Cuando te sientas incompleto, sin terminar o decaído por las aflicciones, por tus flaquezas y pecados, recuerda y ten confianza en las promesas y la provisión de Dios. No dejes que tu condición presente te robe el gozo de conocer a Cristo cada vez más íntimamente.

Los caminos de Dios son misteriosos. Aun cuando nuestras circunstancias externas son espantosas, horrendas, quizás cuando no parece haber ninguna esperanza desde nuestra perspectiva. En ese momento Dios está purificando y renovando nuestro hombre interior, preparándonos para nuestra glorificación, que es nuestro último bien.

No importa qué ocurra en nuestras vidas como hijos de Dios, la providencia de Dios usa todo para nuestro bien temporal y eterno, muchas veces preservándonos de tragedias y otras veces enviándonos a través de ellas para acercarnos más a él (comp. Deut. 8:15-16).

D. La gracia soberana de Dios me da el poder para seguir adelante en medio de los problemas, en medio de las dificultades, en medio de los muchos obstáculos que encontramos en este mundo.

Nos recuerda que Dios está con nosotros. Isaías 41.10: No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.

Salmo 46.1-3: Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza.

La gracia que nos sostiene es la gracia soberana del Dios Omnipotente. Es la gracia que nos fortalece en medio del dolor, del sufrimiento, de las perdidas, la gracia que vence todos los obstáculos, la gracia que nos mantiene corriendo la carrera cristiana. La gracia que nos recuerda que Dios siempre está con nosotros, la gracia que nos hace ver los buenos propósitos de Dios en medio de nuestras pruebas, la gracia que nos mantiene en santidad, la gracia que nos llevara al cielo. Esa es nuestra confianza para el futuro.

Conclusión:

A. Debemos esperar en Dios.

Esperamos en Dios cuando nuestras almas, calladas y pacientemente, miran a Dios para ser liberadas de la situación en que nos encontramos, y eso en Su tiempo y a Su manera, sin murmurar o desesperarse, y sin utilizar practicas que son pecaminosas. (Mathew Pool).

Debemos esperar en Dios, no en nuestros amigos, consejeros, doctores, o esperar en cierta clase de suerte. Dios nos dice que debemos esperar y confiar en Él solamente, no en las cosas de este mundo. No es poner parte de nuestra confianza en las cosas de este mundo y parte en Dios. Sino que es Esperar en Él, y en nadie más. Esto implica rechazar toda confianza carnal (comp. Sal. 62:1-2, 5-8; Is. 64:4).

Todo lo que necesitamos es que Jehová actúe por nosotros. Que pelee nuestras batallas. Necesitamos que Él venga, que actúe por nosotros con todo su poder. Que extienda su brazo para ayudar a quienes esperan en Él.

Lamentaciones 3:25-32: “Bueno es Jehová a los que en El esperan, al alma que lo busca. Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová. Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud. Que se siente solo y calle, porque es Dios quien se lo impuso; ponga su mejilla en el polvo, por si aun hay esperanza; de la mejilla al que lo hiere y sea colmado de afrentas”.

• Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová. No estarse quejando ante todo el mundo diciendo lo que has pasado. No compararnos con otros, tener ansiedad, preocupación, NO, NO, NO.
• Debemos esperar en Dios con paciencia, en silencio y sumisión a la Providencia divina hasta que Él cumpla Su propósito en nosotros y Su nombre sea glorificado.
• Esperar en Dios es estar dispuestos a tener Su yugo sobre nosotros en humillación y sumisión. Razón de esto: v. 28: Es Jehová quien se lo impuso y todo lo que Él decreta es bueno.

1)Es bueno porque nos lleva a poner nuestra atención en los temas centrales de esta vida. Nos lleva a ver las cosas esenciales como lo que son ESENCIALES. No lleva a ver lo tonto que es tratar de vivir como si fuéramos autónomos o individuos independientes. Es bueno porque nos lleva a depender de Dios en cada aspecto de nuestras vidas. Nos lleva a tener las prioridades correctas.

2) Es bueno porque nos da un contacto cercano y sostenido con Dios que de otra manera no tendríamos. Generalmente las personas en prosperidad tienden a apartarse de Dios. En la aflicción vemos nuestro pecado y nuestra maldad, y aprendemos a depender de Él.

3) Es bueno porque el propósito de Dios puede ir más allá que resolver la situación en que te encuentras. Va más allá del problema familiar, del problema con tu hijo, con tu matrimonio o trabajo.

B. Debemos apreciar en su justa dimensión lo que Cristo hizo por nosotros.

Cuando uno está detenido, aun sabiendo que va a salir libre bajo fianza, uno siente mucha soledad. Pero en el caso de Cristo, Él se entrego, el justo por los injustos para llevarnos a Dios aún sabiendo que tenía que beber el cáliz de la ira de Dios en nuestro lugar y lo hizo.

C. Debemos gozarnos en nuestra salvación por el perdón que Dios nos ha otorgado de todos nuestros pecados.

Cuando supimos que el caso había sido desestimado, todos nos pusimos muy contentos. Y esto es algo que ocurrió aquí en la tierra, donde solo estamos de paso, donde las cosas son temporales, donde la persona que está presa tiene la esperanza de salir algún día o de morirse y que se acabe esa prisión.

Medita en esto: Todo aquel que ha confiado en el Señor Jesucristo para salvación ha obtenido la liberación espiritual del pecado y de la muerte y ahora posee la vida eterna.

• Juan 5.24: »De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida.
• Romanos 8.1: Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu, 2porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

Leer más...

lunes, 4 de enero de 2010

Testimonio de Eduardo Saladín en sus propias palabras


Como muchos de Uds. saben, recientemente el pastor Eduardo Saladín fue arrestado en el aeropuerto de Miami, cuando regresaba a Santo Domingo el sábado 12 de diciembre. Como esta noticia fue ampliamente difundida, consideramos oportuno contar la versión de los hechos tal como ocurrieron realmente (pueden leer aquí el reporte que publicamos en este mismo blog).

Gracias al Señor, tanto él como su esposa Patricia regresaron el 31 de diciembre, lo que permitió que el pastor Saladín predicara ayer domingo en nuestra iglesia y compartiera algunas de las enseñanzas bíblicas que estuvieron en su mente en estos días a raíz de su experiencia. Luego de algunas palabras de agradecimiento, Eduardo pasó a relatar los hechos:

El miércoles 9 de diciembre mi esposa y yo teníamos planes de viajar a Miami a hacer unas diligencias personales y de negocios. Parecía una buena idea, un viaje de 3 días, partiendo el miércoles 9 y regresando el sábado 12. La semana anterior fue de mucha actividad: el sábado en la noche prediqué en las bodas de la hija de un hermano de la iglesia, a quien, junto a su familia, le tengo un gran afecto.

Al otro día, domingo en la mañana, partimos a predicar en la Iglesia Bíblica de la Vega, donde ustedes saben que tenemos 6 años viajando a predicar la Palabra, domingo tras domingo.

Tomé mi maletín, que es mi oficina portátil y lo preparé para irme. Por la cantidad y variedad de trabajos que realizo, usualmente llevo en mi maletín todo lo que necesito en cualquier momento para preparar mi sermón del domingo. También tengo allí papeles de mi trabajo (para los que no lo saben, desde hace 32 años tengo una imprenta). También tengo en ese maletín los libros que estoy estudiando del doctorado que estoy terminando en teología, consejería y manejo de conflictos, así como los expedientes de los trabajos que hago como Mediador en algunas instituciones.

Todas esas actividades hacen que mi tiempo sea limitado, así que trato de maximizarlo y aprovechar cada momento que se presente para avanzar en mis asuntos.

Estuvimos ese domingo en la mañana en La Vega y en la tarde subimos a Jarabacoa (ciudad en las montañas de RD) para hacer un estudio bíblico que comenzamos ese día con un tiempo de oración para ver qué planes tiene Dios con nosotros en ese lugar. Es nuestro deseo continuar trabajando para ver iglesias bíblicamente establecidas en todo el país.

Dormimos allí, como es nuestra costumbre, para regresar a Santo Domingo al día siguiente. Al igual que en otros países, en el nuestro existe cierta inseguridad en tomar la carretera, en especial en horas de la noche y también transitar en sitios solitarios. Por esta causa siempre que viajo al interior de la isla llevo un arma que porto con su debido permiso legal desde hace más de 20 años, ya que por la naturaleza de mi trabajo en la imprenta, a menudo tengo que trabajar hasta altas horas de la noche. Cada fin de semana cuando salgo para Jarabacoa la entro en mi gran maletín, en un compartimento con zipper interno, y cuando llego los lunes la guardo de nuevo en una caja de seguridad.

El lunes 7, a diferencia de los otros lunes, llegué tarde a trabajar (cerca de mediodía), y con la presión de un viaje el miércoles. Ese lunes terminé de trabajar a las 10:30 de la noche, guardé mi maletín y me olvidé completamente de sacar el arma. El martes salí temprano a trabajar a mi oficina y al mediodía fui a la reunión semanal que tenemos los pastores de la iglesia (IBSJ), la cual dura normalmente de 6-7 horas. Al salir de la reunión fui a mi casa y allí preparé mi maletín para el viaje del próximo día. Chequeé los compartimientos del maletín para entrar los libros que iba a necesitar en el viaje, pero no toqué los zippers internos. Salimos bien temprano el miércoles para el aeropuerto.

Al salir por el aeropuerto de nuestro país, pasamos por los puntos de inspección y no hubo ningún inconveniente. Así fue como salimos con el arma, sin saberlo, hacia la ciudad de Miami. Una vez allí, salimos del aeropuerto e hicimos nuestro viaje sin complicaciones, y agradecidos del Señor del buen tiempo que nos había dado esos tres días, listos y felices de regresar a nuestro país, ya que era sábado y el domingo teníamos que viajar de nuevo a La Vega a predicar.

Cuando llegamos al punto de seguridad del aeropuerto de Miami, pusimos nuestras pertenencias en la correa; los oficiales de seguridad detuvieron la correa y vinieron hacia nosotros preguntándonos qué llevamos en la maleta que estaba dentro. Como habíamos colocado dos maletas de mano y el maletín, no sabíamos a cuál se referían. Ellos, sorprendidos, venían una y otra vez a preguntarnos, pero nosotros estábamos igual de sorprendidos, porque no entendíamos qué podía haber adentro que les llamara tanto la atención.

Nosotros nos limitamos a responder que sacaran lo que hubiera dentro, pero entonces ellos nos preguntaron si teníamos un arma en la maleta; nuestra respuesta una y otra vez era negativa. Ellos llamaron a toda la seguridad correspondiente y con todo el protocolo de lugar procedieron a abrir el maletín.

En este punto, ante el aparataje y tanta insistencia, comencé a dudar y les dije que yo tenía un arma, pero en Santo Domingo, no en el maletín; sin embargo, le expresé a Patricia que ahora tenía la duda. Y cuál no sería nuestro asombro cuando después de mucho buscar y de sacar todo lo que tenía el maletín, sacaron el arma. Ya ustedes pueden imaginar mi sorpresa y mi conmoción. Nos dijeron que estábamos en serios problemas, y así fui arrestado.

Quiero decir que en todo momento el trato que me dieron las autoridades en Miami fue muy cortes y muy profesional.

A todo esto, Patty se quedó sola en el aeropuerto, ya que el maletín era mío. Yo era el responsable del hecho. Nota: Mientras estábamos todavía en el lugar de los hechos, Patricia quería usar el celular para llamar a nuestros hijos y decirles que no llegaríamos en el vuelo establecido.

Es aquí donde comenzamos a ver la poderosa mano de Dios obrando. Él había permitido todo esto y Él mismo estaba dirigiendo cada acontecimiento. Dios nos había despojado de toda suficiencia humana. Mientras a mi me llevaban esposado a la estación de policías en el aeropuerto, Patty hizo una llamada a mis hijos a Santo Domingo.

Les dijo que llamaran al pastor Sugel para que enviaran un predicador a la iglesia de la Vega. A pesar de esta situación tan extraña, ya Dios en Su Providencia había empezado a obrar. Patricia recogió el equipaje y, para ese momento, ya ella tenía a su lado al hermano Frank Marmolejos (hermano de mi yerno Daniel) que fue la persona que Dios envío para asistirla, ya que él la llevó a rentar un vehículo (su ayuda fue oportuna e invaluable ya que a Patricia se le había descargado el celular, por lo que Frank fungió como un centro de llamadas). Él recibió múltiples llamadas en un breve tiempo, y fue él quien le dijo a Patty que necesitábamos un abogado, sus palabras fueron: “Tenemos que sacar a Eduardo esta misma noche”; todo esto con el agravante de que era sábado en la noche.

Lo único que Patricia le comentó a Frank era que quería un buen abogado, pero no teníamos ni idea en ese momento de cómo conseguir uno. Él hizo algunas llamadas; pero nuestro Dios quien es nuestro escudo, nuestra gloria y quien levanta nuestra cabeza, y para quien no hay alguna cosa demasiado difícil, siendo quien intercede la causa de nuestra alma, ya estaba actuando a través de mis hijos en Santo Domingo para conseguir el abogado que necesitábamos. Mientras me trasladaban a otro plantel, yo con los policías, Frank en su vehículo, y Patricia en el vehículo que había alquilado, Dios movía todos sus personajes.

Patricia en el vehículo, sin celular y turbada, se puso a cantar el himno, “Descanso en ti”, lo cual la fortaleció. No porque en cantar un himno haya nada sobrenatural, sino porque es una evidencia de fe. Al llegar al plantel, recibimos una llamada desde Los Ángeles, California: un amigo de la familia, cuyo nombre es Raymond Hernández, quien le dio a Patricia el nombre de un abogado en Miami. Al darle el nombre le dijo: “Escúchalo a él y a nadie más.”

Nosotros agradecemos grandemente a Raymond y su esposa quienes, desde Los Ángeles, estuvieron pendientes de nosotros y nos dieron muy buenos consejos durante todo el proceso. Tenemos una deuda de gratitud con ellos. Es mi oración que el Señor los bendiga y los prospere conforme a Su voluntad.

Efectivamente, esa noche se pudo pagar una fianza, y esa misma noche, a las 2:00 am (hora de Santo Domingo) Patty me pudo recoger y llevarme a casa. Para ese momento ya mi nombre, mi foto y lo sucedido estaba en los medios de comunicación, quienes escogieron selectivamente el oficio de pastor (a pesar de que les había dicho que también era un empresario), no sé si para darle más sensacionalismo a la noticia. Decían que un pastor trató de entrar un arma al avión. Luego nos enteramos que este tipo de eventos a veces sucede, pero no salen en la prensa. Usualmente se resuelven sin que nadie se entere, pero en mi caso Dios tenía otro plan.

El lunes a las 9 estábamos frente al abogado que nos recomendaron, su nombre es Carl Kafka, un hombre muy capacitado, muy integro, y muy humano, a quien Dios nos proveyó para que nos ayudara legalmente, y con quien tenemos una enorme deuda de gratitud (pedimos al Señor que sea con él y su familia).

A él le di la información que me pidió para que preparara la defensa: los permisos de RD para tener un arma así como el recibo de compra de la misma. Además, por su sugerencia (no como algo obligatorio), me sometí a la prueba de un detector de mentiras (Polígrafo) y lo pasé con excelentes calificaciones (luego me entere que la mayoría de las personas no lo pasan).

Con estas evidencias a mi favor el abogado procedió a pedir que desestimaran el caso, que no presentaran cargos, ya que él tenía evidencia objetiva de que yo no sabía que el arma estaba en mi maletín. Nos recomendaron que no saliéramos de los EUA hasta que el asunto se resolviera ya que podíamos tener problemas con migración ante un futuro juicio, si los oficiales no me dejaban entrar para ir a causa. Por eso un viaje de tres días duro tres semanas. Nuestro Dios lo tenía planeado así. Alabamos y bendecimos su nombre porque suya es la sabiduría.

Como muchos de Uds. saben, el jueves 31 de diciembre el caso fue desestimado.


Si desean escuchar el resto, y las aplicaciones prácticas que el pastor Saladín compartió con la iglesia, pueden hacerlo aquí. También pueden ver el vídeo en GraciaTV.

Leer más...

Una tercera cosa que no cambiará en el 2010

En dos entradas anteriores decía que al mirar hacia el futuro podemos estar seguros de dos cosas al menos: el hombre seguirá siendo un pecador egoísta y el evangelio seguirá siendo la respuesta para ese hombre pecador. Pero hay una cosa más que debemos tener presentes al encarar el 2010 y es que…

La segunda venida de Cristo seguirá siendo el foco de nuestra esperanza

El NT es muy claro en cuanto al lugar preponderante que debe ocupar la segunda venida de Cristo en la vida del cristiano. Pablo dice en 1Ts. 1:9-10, acerca de los tesalonicenses, que se habían convertido “de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a Su Hijo”.

He ahí lo que se esperaba de ellos ahora que estaban convertidos, y lo que se espera de nosotros por igual: que sirvamos al Dios vivo y verdadero, y vivamos a la espera del retorno de nuestro Señor.

Esa es nuestra esperanza: que el Señor Jesucristo volverá a establecer un reino de justicia que nunca tendrá fin (comp. Tito 2:11-13; 2Tim. 4:8; Fil. 3:20-21, por sólo citar algunos textos).

Esto de ningún modo significa que el cristiano es alguien que se ha desentendido del mundo en que le ha tocado vivir porque solo mira hacia aquel evento escatológico. De ninguna manera. El mismo Señor dijo en Mt. 5:13-16 que nosotros los cristianos somos sal de la tierra y luz del mundo, la única sal y la única luz que el mundo posee.

Si nos desentendemos del mundo en que vivimos, si nos agrupamos en una comuna en la montaña para irnos a esperar el regreso de nuestro Señor, no podremos cumplir con la misión que se nos ha encomendado.

Pero no nos entretenemos con ilusiones vanas pensando que el hombre por sí solo hará de este mundo un paraíso. Ni siquiera creemos que la Iglesia tendrá tanto éxito en su tarea evangelizadora que la mayoría de la gente se convertirá y de ese modo el reino de Dios será consumado. No.

Creemos con toda certeza que algún día habrá justicia plena en el mundo y que el mundo volverá a ser lo que originalmente fue. Pero eso solo ocurrirá cuando nuestro Señor Jesucristo regrese en gloria.

“He aquí que para justicia reinará un rey, y príncipes presidirán en juicio. Y será aquel varón como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa. No se ofuscarán entonces los ojos de los que ven, y los oídos de los oyentes oirán atentos (nadie menospreciará entonces la Palabra de Dios). Y el corazón de los necios entenderá para saber (en otras palabras, todos comprenderán perfectamente, el entendimiento de todos tendrá luz), y la lengua de los tartamudos hablará rápida y claramente. El ruin nunca más será llamado generoso, ni el tramposo será llamado espléndido” (Is. 32:1-5).

¿Acaso no deseamos de todo corazón que algún día el mundo sea así? ¿Acaso no deseamos de todo corazón que algún día cada cual reciba lo que merece, que el malo no se salga con la suya, que los perversos no sean alabados y aclamados? Pues la Escritura dice que ese día vendrá, pero solo cuando sea consumado el reino eterno de ese Rey justo del que habla nuestro texto.

En estos días hay tres palabras que escuchamos una y otra vez en los anuncios publicitarios que toman como excusa las fiestas de Navidad y la llegada del nuevo año: paz, justicia y prosperidad. ¿Saben por qué se habla tanto de esto? Porque eso es lo que el hombre anhela internamente.

En una sola palabra, el hombre anhela ser feliz, y sabe que es imposible lograr esa felicidad sin esos tres ingredientes básicos. Algún día el mundo experimentará una paz, una justicia y una prosperidad sin límites. Pero eso no ocurrirá simplemente porque los hombres queramos que sea así. Este asunto es mucho más complejo. Muchas cosas tienen que cambiar dramáticamente en el mundo para que esto se convierta en realidad.

Y lo que la Biblia enseña es que esos cambios dramáticos solo ocurrirán cuando nuestro Señor Jesucristo regrese en gloria.

Dice el profeta Isaías que entonces “morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Is. 11:6-9).

De manera que los cristianos podemos mirar hacia el futuro con confianza porque algún día nuestros ojos verán lo que Isaías describe aquí. La tierra será llena del conocimiento del Señor, todos los hombres vivirán bajo el influjo de Su gloria, no habrá razón para temer, y no habrá un solo motivo para llorar.

Describiendo aquel día, dice el apóstol Juan en el Apocalipsis: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Ap. 21:4).

El hombre nunca podrá hacer que el mundo llegue a ser así, por eso nuestra confianza no está en el hombre, nuestra confianza está en Aquel que creó los cielos y la tierra, y cuando le plazca puede también hacerlos nuevos.

Y ahora yo te pregunto, ¿dónde está tu confianza? ¿En qué la tienes puesta? Porque si tu esperanza está puesta en cualquier cosa que se logre con esfuerzo humano, te aseguro que serás frustrado.

Pero si deseas compartir la esperanza ciertísima en la que se amparan los cristianos, entonces recuerda lo que decíamos en los dos puntos anteriores: eres pecador, eres un transgresor convicto de la ley moral de Dios, y necesitas urgentemente lo que el evangelio ofrece: ser gratuitamente reconciliado con Dios, totalmente perdonado de todos tus pecados, por medio de la fe en nuestro Señor Jesucristo.

La oferta está puesta hoy delante de ti, espero por tu bien que no la rechaces, que clames en este mismo instante que Dios tenga misericordia de ti, que a partir de hoy el Hijo de Dios, Jesucristo, venga a ser el Objeto de tu confianza. Él murió en una cruz siendo inocentes para que pecadores culpables sean absueltos; pero debes venir a Él en arrepentimiento y fe, confiando únicamente en Su obra redentora para el perdón de todos tus pecados y obtener gratuitamente el don de la vida eterna.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...

domingo, 3 de enero de 2010

¿Murió Cristo por todos o sólo por los elegidos?

Al hacer esta pregunta no cuestionamos el valor o suficiencia de la sangre de Cristo derramada en la cruz, sino más bien la intención divina detrás de Su muerte. Si Dios hubiese decidido salvar a todos los seres humanos que han vivido, viven y vivirán, no hubiese tenido que hacer algo más aparte de lo que ya hizo: enviar a Su Hijo para que muriera como nuestro sustituto. Lo que estamos cuestionando es si Cristo murió para hacer posible la salvación de todos, o para salvar, real y efectivamente, a algunos.

El ministro puritano John Owen, en su magna obra The Death of Death in the Death of Christ (La Muerte de la Muerte en la Muerte de Cristo), plantea que sólo existen tres respuestas posibles a esa pregunta:

a. Cristo murió por todos los pecados de todos los hombres
b. Cristo murió por todos los pecados de algunos hombres
c. Cristo murió por algunos pecados de todos los hombres.

Si la respuesta correcta es la “a” (Cristo murió por todos los pecados de todos los hombres), entonces todos los hombres sin excepción deberían salvarse. Los que aceptan esta opción deberían ser universalistas para ser coherentes con su postura. Alguien pudiera objetar que aunque Cristo murió por todos los pecados de todos los hombres, no todos se salvan debido a su incredulidad. John Owen responde a esta objeción que la incredulidad también es un pecado y, por lo tanto, debe estar cubierta por la muerte de Cristo en la cruz.

Si la respuesta correcta es la “c” (Cristo murió por algunos pecados de todos los hombres), entonces nadie pudiera ser salvo. Para ser reconciliados con Dios necesitamos que TODOS nuestros pecados fuesen perdonados.

Sólo nos queda la opción “b”: Cristo murió por todos los pecados de algunos hombres.

Si desea leer un extracto de la obra de John Owen, puede descargarla aquí. De igual modo puede leer un buen artículo sobre este tema en Sujetos a la Roca titulado “¿Cristo murió para ofrecer salvación?”.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...

Algo más que no cambiará en el 2010

En una entrada anterior decía que una de las cosas que no cambiará en el 2010 es que el hombre seguirá siendo un pecador egoísta. Pero no todas las noticias son malas. Hay esperanza para el hombre, porque otra de las cosas que no cambiará en el 2010 es que…

El evangelio de Jesucristo seguirá siendo la solución para el hombre pecador

No importa cuánto avance el mundo en los próximos años, científica y tecnológicamente, ni cuántos inventos extraordinarios veamos surgir, o si obtenemos una cura para el cáncer, o para el SIDA, o si logramos colonizar la Luna o el planeta Marte; el problema espiritual del hombre seguirá siendo el mismo, y la solución seguirá siendo la misma también.

El mundo ha cambiado mucho en los últimos 50 años, y se ha establecido una base para cambios que serán muy probablemente más increíbles y asombrosos de los que hemos visto hasta ahora.

Y sin embargo, el hombre sigue siendo el mismo: una criatura débil y pecadora que necesita reconciliarse con Su Creador, un ser que necesita desesperadamente encontrar el sentido de su existencia en este mundo, que necesita saber cuál será su destino final cuando le llegue la hora de la muerte.

Y es precisamente de esto y mucho más que trata el evangelio de nuestro Señor Jesucristo; por eso no importa cuántos años pasen, ni cuánto cambie el mundo en los próximos años, el evangelio de Cristo seguirá siendo el instrumento que Dios usará para salvar a los pecadores:

“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito:
Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1Cor. 1:18-25).

Ese mismo desdén con que el hombre moderno responde hoy al evangelio lo sentían los hombres a quienes Pablo ministró. Para los judíos era un tropiezo que se les predicara de un Mesías que había sido crucificado por un procurador romano.

Y para los griegos aquello era una locura. Estos hombres que amaban la filosofía, que creían poder encontrar la salvación a través de su propio razonamiento, ahora escuchaban al apóstol Pablo decir que no lo encontrarían allí, que debían aceptar por fe el mensaje que el evangelio proclamaba: que la salvación dependía de un tal Jesús, hijo adoptivo de un carpintero de Nazaret, que decía ser el Hijo de Dios y que vino a dar su vida en una cruz para salvar a los pecadores.

“¡Qué clase de tontería es esta!”, decían ellos. Y sin embargo, ese era el mensaje que la Iglesia de Cristo proclamaba, y a través del cual los hombres eran salvos. “Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1Cor. 1:25).

“Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación”, de la predicación de ese evangelio. El apóstol Pablo no se dejó seducir por la idea de que ni los judíos ni los griegos aceptarían el evangelio a la manera tradicional. Él no intentó adaptar el mensaje para hacerlo más potable a la gente a la que ministró.

Ni tampoco se valió de recursos extraños para hacer el evangelio más atractivo. “Vamos a formar un buen coro, o un grupo de drama, para que los cultos sean más interesantes, más entretenidos; y luego vamos a hacer una cena para que la gente se sienta cómoda en medio nuestro; y vamos a evitar hablar del infierno, y de cualquier otra cosa que cause inquietud y desasosiego”.

¡No! Ni Pablo hizo eso, ni ninguno de los apóstoles, porque tenían la plena convicción de que si los pecadores se iban a salvar sería escuchando el evangelio. Ellos sabían que “la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios” (Rom. 10:17).

Ciertamente nos ha tocado ministrar a una generación altamente tecnificada, y podemos hacer uso de la tecnología para una mayor propagación del evangelio; por eso no tenemos reparo en hacer uso de la radio, de los casetes, de los vídeos, de los CDs, del Internet.

Pero no perdamos de vista ni por un instante que el mensaje que necesita escuchar el hombre del siglo XX es el mismo que necesitaba el hombre de la Edad Media, y el mismo que necesitará el hombre del siglo XXI: Que somos pecadores, que hemos transgredido la ley de Dios, que no podemos salvarnos de ningún modo por nuestras buenas obras, y que Dios ofrece gratuitamente salvación en Cristo para todo aquel que cree en Él.

Pueden pasar mil años más, el mundo puede llegar al siglo XXII, y el hombre seguirá teniendo la misma necesidad: un Mediador que lo reconcilie con Dios; el hombre seguirá necesitando a Jesucristo. Obtener la cura del cáncer o del SIDA, hacer en la Luna un barrio habitable, o inventar un carro que vuele, no llenará esa necesidad.

El hombre moderno ha llegado muy lejos en sus avances y descubrimientos; pero no ha podido frenar el deterioro de las familias, no sabe cómo criar adecuadamente a sus hijos, y lo que es mil veces peor, no sabe para qué está vivo, ni hacia dónde se dirige su existencia; no tiene ni idea del gran problema judicial con el que se enfrentará cuando tenga que comparecer ante el tribunal de Dios.

La necesidad sigue siendo la misma. El hombre necesita ser salvo, necesita ser reconciliado con Dios, su entendimiento entenebrecido necesita ser iluminado, necesita que sus ojos sean abiertos para que pueda tener una perspectiva correcta de las cosas.

Y el medio por excelencia que Dios seguirá usando para hacer eso es la proclamación a viva voz del evangelio de nuestro Señor Jesucristo. “Los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado”.

Puede que suene arcaico y anticuado, pero el evangelio sigue siendo “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Rom. 1:16), y así continuará siendo hasta que se salve el último pecador que ha de ser salvo, sea que ocurra dentro de diez años, de cien o de mil. “El cielo y la tierra pasarán, dice el Señor, pero mis palabras no pasarán” (Mt. 24:35).

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...

sábado, 2 de enero de 2010

Tres cosas que no cambiarán en el 2010

Nos encontramos al inicio de un nuevo año. 12 meses completos sin usar. Este es un reto que algunos enfrentan con un optimismo sin fundamentos, pensando que, de alguna manera, el cambio de año traerá consigo un cambio de circunstancia (de peor a mejor, por supuesto). Otros, en cambio, abordan este reto con una actitud tremendista (“¿quién sabe cuántos problemas y dificultades tendremos que sortear en este nuevo año?”).

Permítanme compartir con Uds. tres cosas que no cambiarán durante el 2010 (ni en ninguna otra fecha futura, hasta la venida de nuestro Señor). Lamentablemente debo comenzar con una nota negativa:

El hombre seguirá siendo un pecador egoísta

Que nadie se engañe pensando que en los próximos meses y años verá cambios sustanciales en la conducta egoísta y pecaminosa del hombre, porque la Escritura nos enseña, y la experiencia lo confirma, que los hombres malos “irán de mal en peor, engañando y siendo engañados” (2Tim. 3:13).

En ese mismo capítulo de la segunda carta a Timoteo, Pablo nos brinda un cuadro bastante sombrío de los postreros tiempos: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita” (2Tim. 3:1-5).

Cuando Pablo habla aquí de los postreros días, no se refiere a los días que precederán inmediatamente al fin del mundo. Noten que Pablo advierte a Timoteo que debía evitar a las personas que él describe en el texto. El apóstol está hablando de individuos con los que Timoteo se iba a topar en el desempeño de su ministerio, hombres que estaban vivos en ese momento.

Así que esa frase no alude a los días previos a la segunda venida de Cristo y el fin del mundo, sino mas bien a esta era en la que vivimos ahora, la cual fue iniciada con la primera venida de Cristo, y que concluirá en Su segunda venida. En estos últimos 2000 años hemos estado viviendo en esos postreros días de los que Pablo habla aquí (comp. Hch. 2:14-17; 1Jn. 2:18).

Ahora bien, esas características que Pablo menciona en el texto se irán acentuando con el paso de los años, alcanzando su punto más alto en los días que precederán a la venida del Señor. Como bien señala Hendriksen en su comentario, en este período de tiempo “el final será peor que el principio. Serán tiempos de impiedad creciente”.

La idea que Pablo expresa en el vers. 1 cuando dice que vendrán tiempos peligrosos es la de una tormenta eléctrica que se va haciendo cada vez peor, cada vez más intensa, hasta que llega un punto en que las descargas vienen con todas sus fuerzas.

“Vendrán tiempos peligrosos”, penosos, difíciles de soportar. Tiempos de agonía, de calamidad. Y ¿qué es lo que hará particularmente penoso estos períodos de tiempo? ¿Es que acaso habrá grandes hambrunas, o terribles desastres naturales? Muchas de esas cosas han sucedido, y muy probablemente seguirán sucediendo, pero no es a esas cosas que Pablo se refiere.

Pablo está hablando aquí del carácter de los hombres; es eso y no otra cosa lo que hace que estos tiempos sean peligrosos. “Porque habrá hombres”, ése es el énfasis; son los hombres los que hacen que estos tiempos sean particularmente difíciles.

Y ¿cómo son esos hombres? Pablo dice, en primer lugar que son “amadores de sí mismos”, hombres que son como los erizos que se enrollan sobre sí, dejando hacia el interior la lana suave y tibia, y presentando las espinas agudas hacia fuera.

Estos hombres solo piensan en una cosa: en sí mismos, en lo que les agrada, en lo que los deleita y divierte, en su comodidad y placer. Y, por supuesto, como son amadores de sí mismos también son “avaros”, amantes del dinero dice el texto, “vanagloriosos, soberbios, blasfemos” (con su lenguaje y actitudes se burlan de Dios y también de los hombres, sobre todo de aquellos que profesan piedad).

Son hombres carentes de un espíritu sumiso para respetar la autoridad, son “desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural”.

Son también “implacables, calumniadores, intemperantes (es decir, ‘sin inhibiciones, absolutamente carentes de dominio propio, desprovistos del poder de poner atajo a sus propios estímulos o impulsos’, dice Hendriksen), crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos (se apresuran a correr hacia el mal), infatuados (están tan seguros de su propia opinión que no aceptan que nadie los corrija ni los contradiga), amadores de los deleites más que de Dios”.

Y lo más terrible es que algunas de estas personas las encontraremos dentro de las iglesias profesando ser cristianas. Dice Pablo que algunos tendrán “apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella”.

Es esto, y no otra cosa, lo que debemos esperar ver en el mundo en los próximos años; así será, y cada vez peor, hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. Que nadie cometa el error de pensar que en los años venideros el hombre será más civilizado, más justo, más honesto, más altruista. Eso no es lo que la Escritura enseña, ni la experiencia tampoco.

Si tu esperanza descansa en lo que los hombres puedan lograr en el futuro, debes saber de antemano que tu esperanza será frustrada. Toda la historia pasada de la humanidad debería ser suficiente para que aprendamos esta importante lección de la vida: el hombre no es confiable.

He aquí, entonces, la primera verdad bíblica en la que debemos meditar al inaugurar un nuevo año: el hombre seguirá siendo un pecador egoísta.

Si el Señor lo permite, próximamente veremos las otras dos.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

Leer más...