Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

miércoles, 16 de diciembre de 2009

El libre albedrío: Un análisis del libertarianismo

Los libertarianistas presuponen que nuestras decisiones y acciones son indeterminadas hasta cierto grado. Eso quiere decir que hay un elemento de azar envuelto en ellas.

El libertarianista D. J. Bartholomew dice al respecto: “Sólo en un mundo con incertidumbre real las personas pueden crecer para llegar a ser hijos libres y responsables de su Padre celestial”. En otras palabras, lo que él está diciendo es que las acciones futuras del hombre tienen que ser inciertas, aún para Dios, de lo contrario el hombre no pudiera ser un agente moral verdaderamente libre.

Norman Geisler asume una posición un tanto distinta dentro del mismo libertarianismo: “Los libertarianistas creen que nuestras acciones libres ni son causadas por otros (como en el determinismo) ni son sin causa (como en el indeterminismo). Más bien son auto causadas. De ahí que esta perspectiva algunas veces es llamada auto determinismo”.

Aquí Geisler parece perder el foco de la cuestión. Los compatibilistas también asumen que el ser humano hace sus propias decisiones, las cuales emanan de su propio “yo”. En ese sentido están de acuerdo en que las acciones humanas son auto causadas. El punto es si las circunstancias externas y la constitución del “yo” determinan completamente nuestras decisiones.

De no ser así tendríamos que llegar a la conclusión de que nuestras decisiones son, hasta cierto punto, sin causa, lo cual a su vez implica que envuelven algunos elementos de azar.

El libertarianismo y la naturaleza humana:

1. No puede ser probado.

Es imposible para un ser humano saber con certeza que sus decisiones no fueron determinadas completamente por algunas causas. Es por eso que alguien ha dicho que la creencia en el libertarianismo requiere de omnisciencia. Hay muchas cosas que actúan en nosotros sin que nos demos cuenta.

2. Atenta contra nuestra verdadera libertad:

Si mis decisiones son sin causa y sin razones suficientes, entonces están más allá de nuestro control; y si eso es así, ¿en qué sentido somos seres libres? Como dice el filósofo Richard Taylor: “El concepto que ahora emerge [en el libertarianismo] no es el de un hombre libre, sino de un fantasma errático y movido de un tirón, sin… razón alguna”.

3. Introduce una separación entre lo que hacemos y lo que somos:

Ronald Nash dice: “La mayoría de nosotros creemos que nuestras decisiones reflejan algo de nuestro carácter… Una persona de buen carácter tenderá a hacer buenas decisiones, mientras que una persona de mal carácter no”. Si mis decisiones son descritas como “mi conducta”, yo debo tener control sobre ellas. “Pero los movimientos que son sin causa están bajo el control de nadie”, sigue diciendo Nash.

4. Elimina nuestra responsabilidad:

Como bien señala el teólogo Terrance Tiessen, “la responsabilidad moral requiere que nuestros actos sean intencionales”. Wright dice algo similar: “La misma idea de responsabilidad depende de la causación. Por lo tanto, la teoría del libre albedrío [tal como la plantean los libertarianistas] destruye la responsabilidad en vez de apoyarla”.

5. Nulifica la labor de influir en otros con persuasiones morales o argumentos racionales:

Si los movimientos de la voluntad son sin causa, ¿qué sentido tiene que tratemos de convencer a alguien con persuasiones morales o argumentos racionales para que actúe de otro modo?

El libertarianismo y la persona de Dios:

1. El libertarianismo es irreconciliable con la doctrina bíblica de la soberanía de Dios:

Barthomolew reconoce el problema de la existencia del azar cuando dice: “Pero tal perspectiva… coloca limitaciones en la manera en que Dios puede interactuar con la creación. Esto implica, por ejemplo, que la vasta mayoría de eventos no son directamente planeados por Dios para alcanzar algún fin inmediato y específico”.

Esa perspectiva no concuerda con la información que la Escritura nos da del alcance de la providencia divina (comp. Ef. 1:11; Hch. 4:27-28; Gn. 50:20).

2. El libertarianismo es irreconciliable con la omnisciencia de Dios:

Eso lo tratamos ampliamente en una entrada anterior. “Si nuestras decisiones futuras son inherentemente inciertas – dice John Byl, ¿cómo puede Dios conocerlas de antemano? Si Dios conoce nuestras decisiones de antemano, ¿acaso no implica eso que son totalmente predecibles?”. Comp. Sal. 139:1-6; 1Sam. 23:12; Mt. 11:21.

Mañana, si el Señor lo permite, responderemos algunas objeciones que se levantan contra el compatibilismo, es decir, contra la doctrina que omnisciencia y la soberanía de Dios son compatibles con la libertad humana, tal como la hemos planteado.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Libros recomendados sobre el ateísmo

Hace unos días presenté una lista de libros recomendados relacionados con el tema de la apologética. Hoy quiero recomendar algunos otros relacionados más específicamente con el tema del ateísmo.

¿Puede el hombre vivir sin Dios?, de Raví Zacarías

Raví Zacarías, reconocido apologista nacido en la India, a partir de la pregunta que sirve de título a esta obra trata de mostrar las consecuencias de partir de una premisa atea para encarar las preguntas más relevantes del ser humano. El libro posee además una recopilación de algunas preguntas que surgieron en algunas de las conferencias Veritas dictadas por el Dr. Zacarías en la Universidad de Harvard sobre el ateísmo y el teísmo.

Ateism Remix, de Albert Mohler

El Dr. Albert Mohler hace un breve pero brillante análisis del nuevo ateísmo
representado por hombres como Richard Dawkins, Sam Harris, Daniel Dennett y Christopher Hitchens. Precisamente por su brevedad, esta obra es una excelente introducción al pensamiento de estos autores representativos de un ateísmo más agresivo y fanatizado.

The Dawkins Delusion?, de Alister McGrath y Joanna C. McGrath

En el 2006 Richard Dawkins publicó su obra The God Delusion (“El espejismo de Dios”), del cual se han vendido millones de copias. Acerca de esta obra de Dawkins, Michael Ruse (también ateo) dice: “The God Delusion me hace sentir avergonzado de ser ateo, y los McGrath muestran por qué”. Los esposos McGrath poseen suficiente bagaje académico como para responder al ateísmo fanático de Dawkins. Alister McGrath es biofísico y teólogo, graduado en Oxford y en Cambridge; su esposa Joanna estudió psicología experimental, también en Oxford, especializada en neuropsicología clínica. En esta obra los autores muestran claramente las debilidades de argumentación del libro de Dawkins; aunque debo decir que no comparto sus conclusiones sobre el diseño inteligente y el evolucionismo.

Does God Believe in Atheist?, de John Blanchard

Este es, probablemente, uno de esos libros que están destinados a convertirse en un clásico sobre el tema del ateísmo, aunque al mismo tiempo no creo que llegue a ser un libro popular (sobre todo por su extensión, de unas 650 páginas). Como dijo el Dr. Nick Needham, este es un libro que todo ateo que se respeta debería leer. El Dr. Blanchard, reconocido apologista, hace un análisis bastante amplio del desarrollo del ateísmo desde la era dorada de la filosofía griega hasta nuestros días.

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martes, 15 de diciembre de 2009

¿Puede el hombre ser un agente libre en un mundo gobernado por un Dios soberano?


En la entrada anterior me concentré en el tema de la omnisciencia de Dios, estableciendo el hecho de que Dios conoce perfectamente todas las cosas, incluyendo las acciones futuras de los hombres. Pero eso plantea algunas de las interrogantes que más perplejidad han causado en la historia de la filosofía. John Byl explica la naturaleza del problema:

“¿Tenemos tal cosa como libre albedrío? ¿Realmente tenemos elección cuando hacemos una elección? ¿O están nuestras decisiones completamente predeterminadas por nuestro carácter y circunstancias? Si nuestras elecciones son predeterminadas, ¿deberíamos ser considerados moralmente responsables? ¿Es el libre albedrío posible en un mundo determinista, donde todas nuestras decisiones pueden ser completamente explicadas en término de causas previas? ¿O el libre albedrío requiere algún elemento de azar? ¿Puede Dios predecir completamente todas nuestras decisiones humanas? ¿Cómo podemos reconciliar el libre albedrío humano con la soberanía divina?”.

A lo largo de la historia muchos filósofos han asumido que el libre albedrío es imposible en un mundo donde todos los eventos y decisiones pueden ser completamente predichos, aún sea por Dios mismo. Esto ha traído como consecuencia la negación del libre albedrío o de la soberanía y omnisciencia de Dios.

Por ejemplo, D. J. Bartholomew, en su libro “God of Chance” (“El Dios de la Causalidad”), dice que el universo debe contener elementos de azar de modo que pueda haber lugar para una genuina libertad y responsabilidad humana.

Es importante señalar que en este caso se está usando la palabra “azar”, no para referirse a una mera coincidencia o a la ignorancia humana, sino a un evento que ocurre sin ninguna causa suficiente. John Byl aclara: “Un evento casual, en ese sentido, es uno inherentemente impredecible”.

En este artículo trataré de dilucidar las dificultades que se levantan al querer armonizar la omnisciencia y soberanía de Dios con la libertad y responsabilidad humana.

Una definición de libre albedrío:

John Byl define “libre albedrío” como “la libertad de la voluntad para escoger y actuar por sí misma, sin coerción”. En una votación por ejemplo, experimentamos esa libertad al deliberar acerca de nuestra decisión (por quién voy a votar), al hacer una decisión (yo decido cuál candidato prefiero), y al llevar a cabo lo que he decidido (con mi mano pongo una marca sobre el candidato escogido).

Esa elección mental depende de varios factores, como la opinión que tengo acerca de la capacidad que tiene el candidato de gobernar, o de sus cualidades morales, o por qué supongo que es mejor que los demás candidatos; pero la elección será libre si fue llevada a cabo sin ninguna coerción externa.

De manera que al usar la expresión “libre albedrío” me refiero simple y llanamente a la capacidad que tenemos de hacer lo que queremos. Lamentablemente, el hombre en su pecado no se puede disponer a sí mismo a querer el bien. En ese sentido, y aunque suene paradójico, su “libre albedrío” es un esclavo, hasta que es libertado por Cristo.

Dos perspectivas opuestas:

La mayoría de los cristianos están de acuerdo en el hecho de que los hombres tenemos una voluntad, que nuestras elecciones son genuinas y que somos responsables. El punto de controversia es si nuestras decisiones son completamente predecibles.

Suponiendo que una persona se encontrara en una situación dada, con las mismas condiciones externas y con la misma disposición interna, ¿tomaría siempre la misma decisión? Esta pregunta ha sido respondida de dos maneras distintas, representando cada una dos nociones distintas de libre albedrío.

Los que responden que “sí” creen en una libertad de espontaneidad. “Nosotros decidimos y actuamos como nos place. Siempre que nuestros actos sean expresiones de lo que queremos hacer ellos deben ser considerados como libres, aún si lo que queremos está en cierto modo determinado. Esta noción de libertad es compatible con el determinismo” (John Byl).

Por eso se le conoce como “compatibilismo” o “determinismo suave”, a diferencia del “determinismo duro” que dice que todas nuestras acciones son determinadas por causas materiales de las que nosotros no tenemos control (como están obligados a creer todos los materialistas).

Los compatibilistas afirman que nuestras decisiones siempre tienen una razón de ser, aunque no siempre estamos apercibidos de tales razones. Nuestro carácter, nuestras experiencias, nuestra cosmovisión, todo eso determina las decisiones que tomamos.

Como Dios nos conoce perfectamente, Él puede predecir con toda certeza cuáles serán nuestras decisiones. Pero esas decisiones son libres en el sentido de que fueron hechas voluntariamente y no por ninguna coerción de fuera. Y aún si hubiese alguna coerción externa, lo que decidamos sigue siendo nuestra decisión.

La posición contraria a la de los compatibilistas es la de los incompatibilistas que asumen que el libre albedrío y el determinismo no son compatibles. Estos creen más bien en una libertad de indiferencia. El hombre es libre de tomar una decisión completamente diferente a la que hubiese podido tomar en la misma circunstancia externa y con la misma condición interna (carácter, estado mental, emocional, etc.).

Según ellos, nuestras decisiones no están completamente determinadas por nuestro carácter, experiencia o cosmovisión. De hecho, aún tenemos la libertad de actuar en contra de nuestra naturaleza. Es por eso que esta postura también ha sido llamado libertarianismo. Mañana, si el Señor lo permite, ampliaré un poco más ambas posiciones.

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lunes, 14 de diciembre de 2009

El teísmo abierto, la omnisciencia de Dios y la libertad humana

A lo largo de los siglos los creyentes han asumido que Dios posee un conocimiento perfecto del pasado, del presente y del futuro. El término técnico que se usa en teología para designar este conocimiento es “Omnisciencia”.

Pero en las últimas décadas se han levantado algunas voces en contra de la idea de que Dios pueda conocer perfectamente el futuro. Algunos piensan, incluso, que de ese modo "protegen" la reputación de Dios.
Si el futuro es desconocido para Dios, eso querría decir que El no conoce de antemano lo que nosotros haremos mañana, ni tampoco cuál será el comportamiento de la naturaleza hasta que las cosas ocurran. De manera, dicen ellos, que Dios no puede prever los desastres naturales ni las acciones perversas de los hombres.

El problema que parece plantear el hecho de que Dios conozca perfectamente el futuro:

Cuando afirmamos que Dios es omnisciente lo que queremos decir es que Dios conoce perfectamente todas las proposiciones verdaderas y no cree ninguna proposición falsa. Si una proposición es verdadera, Dios la conoce a la perfección.

Ahora bien, el que una persona conozca cualquier proposición envuelve al menos dos cosas:

En primer lugar, tal persona debe creer que esa proposición es verdadera; y en segundo lugar, tal proposición debe ser verdadera. Si José “sabe” que mañana es el cumpleaños de Anita, entonces José cree que Anita cumpleaños mañana. Creer una proposición es una condición necesaria para poder conocerla.

Pero José no puede “saber” que mañana es el cumpleaños de Anita, a menos que sea verdad que mañana sea la fecha del nacimiento de Anita. En otras palabras, si José piensa que sabe p, y p es falso, entonces su pretensión de conocimiento es errónea. Él piensa que sabe que mañana es el cumpleaños de Anita, pero la verdad es que él no posee tal conocimiento.

Partiendo de esta premisa, si Dios posee un conocimiento perfecto del futuro, incluyendo las acciones de los hombres, entonces la omnisciencia divina parece plantear serios cuestionamientos sobre la libertad humana.

Hemos dicho que Dios en Su omnisciencia no cree ninguna proposición falsa. Lo que Dios conoce como verdad es verdad. Eso quiere decir que si Dios sabe que mañana a las 5 de la tarde yo voy a cambiar el aceite de mi carro, entonces yo no puedo hacer ninguna otra cosa mañana a las 5 de la tarde que no sea cambiar el aceite de mi carro.

Si yo tuviera la habilidad de hacer cualquier otra cosa, entonces Dios estaría equivocado en su conocimiento del futuro con respecto a lo que voy a hacer mañana. Pero si Dios es omnisciente y Él conoce a la perfección lo que voy a hacer mañana, entonces mis acciones futuras están determinadas. Y si mis acciones futuras están determinadas, ¿soy yo realmente un ser libre?

Algunos pensadores cristianos, en su deseo de preservar la libertad humana han constreñido en parte el poder y el conocimiento de Dios. Ellos presuponen que si Dios no puede conocer las acciones contingentes que los hombres harán en el futuro, la supuesta amenaza que la omnisciencia divina plantea a la libertad humana desaparece. Esta doctrina se conoce como “teísmo abierto”.

El ataque del teísmo abierto al conocimiento que Dios tiene del futuro:

Entre los pensadores y teólogos que defienden esta posición tenemos a cinco contribuyentes de la obra “The Openness of God” (“La Apertura de Dios”): Clark Pinnock, Richard Rice, John Sanders, William Hasker y David Basinger. Pinnock plantea claramente su postura cuando dice:

“Si las elecciones son reales y libres significativamente, las decisiones futuras no pueden ser previamente conocidas en forma exhaustiva. Esto así porque el futuro no está determinado sino conformado en parte por las decisiones humanas. El futuro no es fijo como el pasado, el cual puede ser conocido completamente. El futuro no existe aún y por lo tanto no puede ser infaliblemente anticipado, incluso por Dios… Dios conoce todo lo que puede ser conocido – pero el conocimiento anticipado de Dios no incluye lo que no ha sido decidido”.

Esta es una presuposición fundamental del teísmo abierto: Si Dios posee un conocimiento perfecto de las decisiones futuras de los hombres, entonces tales decisiones no tienen ningún significado. Eso, por supuesto, tiene serias repercusiones en el concepto de Dios que los cristianos han defendido a lo largo de los siglos. Sigue diciendo Pinnock:

“Dios ha creado un mundo dinámico y cambiante y disfruta irlo conociendo. Es un mundo de libertad, capaz de genuina novedad, de creatividad inagotable y verdaderas sorpresas. Yo creo que Dios se deleita en la espontaneidad del universo y disfruta el conocerlo continuamente en un amor que nunca cambia”.

Una mirada más cercana al teísmo abierto:

Como hemos visto ya, el argumento central del teísmo abierto es que si Dios conoce perfectamente las decisiones que los seres humanos van a tomar en el futuro, entonces las acciones humanas no pueden ser libres.

Pero a lo largo de la historia se han levantado muchos pensadores cristianos que han defendido la postura de que a pesar de que Dios posee un conocimiento perfecto de las acciones futuras contingentes, aún así las acciones humanas siguen siendo libres en cierto sentido.

Los defensores del teísmo abierto siguen un proceso similar de pensamiento al propuesto originalmente por Aristóteles, de que las proposiciones acerca del futuro no son ni falsas ni verdaderas.

Pensemos en la siguiente proposición: “Mañana el equipo a de baseball ganará el partido contra b 4 carreras por 0”. Para que esa proposición acerca del futuro posea un verdadero valor el futuro tiene que ser fijo y predeterminado. Si esa proposición es verdadera hoy, entonces es imposible que en el partido de mañana a no le gane a b 4 carreras por 0.

De ahí se deduce que, ya que las acciones libres de los hombres no poseen un valor real de verdad, entonces no pueden ser conocidas por nadie, ni siquiera por Dios mismo.

Esto no atenta contra la omnisciencia de Dios, dicen ellos, por cuanto la habilidad de conocer sólo viene al caso cuando hay algo que conocer. Dios no puede conocer el futuro, no por alguna deficiencia en Dios, sino porque no hay nada allí como para ser conocido.

Ahora bien, independientemente de lo que ellos afirmen al respecto, lo cierto es que esta teoría limita seriamente el conocimiento de Dios y Su capacidad de predecir el futuro. Si creemos que Dios es confiable cuando predice el futuro, tenemos que creer también que Él sabe de lo que está hablando.

En el caso de Su omnipotencia, Dios revela de Sí mismo en Su Palabra que hay ciertas cosas que Él no puede hacer (Dios no puede mentir, ni cometer ningún otro pecado; comp. He. 6:13, 18; Sant. 1:13). Pero no así con Su omnisciencia (Job 37:16; Sal. 139:1-4, 15-16; Is. 46:10; He. 4:13; 1Jn. 3:20).

Es importante aclarar en este punto que aunque los teístas abiertos niegan que Dios pueda conocer el futuro, ellos no pretenden decir que Dios ignora por completo todo lo que hay en el futuro.

Dios sabe, por ejemplo, que la tabla de multiplicar seguirá siendo verdad en el futuro, o que si un individuo se arroja desde una ventana en un décimo piso y cae al pavimento seguramente morirá.

En un resumen sobre la postura del teísmo abierto, y especialmente de algunas declaraciones de Richard Rice, Millard Erickson explica que algunos de sus defensores creen que “el futuro es parcialmente definido, no totalmente indefinido. Muchas de las cosas que ocurrirán en el futuro son el resultado de causas pasadas y presentes. Ya que Dios conoce el pasado y el presente exhaustivamente, Él puede conocer las cosas que resultarán” (cit. por RN; pg. 320).

Luego dice que, en adición a eso, “Dios conoce lo que Él va a hacer en el futuro… Así que, el hecho de que [Dios] no conozca el futuro en detalle no significa que Él lo ignore completamente” (Ibíd.).

El problema con estas declaraciones es que no toman en cuenta el hecho de que lo que Dios ha de hacer en el futuro estará determinado en cierto modo por lo que los hombres han de hacer y que, según ellos, Dios desconoce. De hecho, como bien señala Ronald Nash, si la postura del teísmo abierto es correcta, entonces Dios no puede saber con certeza “cuáles seres humanos vendrán a la existencia en el futuro”.

Aún el Dios de los teístas abiertos sabe que si un hombre y una mujer tienen relaciones sexuales en el momento preciso, un niño será concebido. Pero ese Dios no puede saber con certeza qué hombre ha de casarse con qué mujer.

Consecuentemente, tampoco puede saber con certeza quién existirá y quién no. Pero ¿cómo compaginamos esto con las declaraciones que encontramos en 1P. 2:9 y Ef. 1:4-5, 11? Según Pablo en este pasaje de la carta a los Efesios, Dios no sólo nos conocía desde antes de la fundación del mundo, sino que también nos escogió. Eso de ninguna manera encaja con la postura del teísmo abierto.

Pero no sólo eso. Si Dios no conocía de antemano la existencia de hombres como Henry Ford, Thomas Edison y de las personas que inventaron la TV, las computadoras, los aviones, Él tampoco podía conocer las consecuencias de las acciones libres que traerían como consecuencia la existencia de sus inventos.

Por supuesto, tampoco podría saber cuál ha de ser la composición final de la Iglesia en gloria; como tampoco hubiese podido saber, en el momento en que Cristo estaba muriendo en la cruz del calvario, si Su muerte habría de tener como resultado la salvación de alguno.

William Hasker, uno de los defensores del teísmo abierto, dice al respecto que su postura admite la posibilidad de que no hubiese habido “iglesia, y [que] un elemento clave en el plan de Dios fuese frustrado. Tal como están las cosas…, eso no sucedió, pero pudo haber sucedido; que no haya sido así no podemos atribuirlo a otra cosa que ‘a la suerte de Dios’”.

Esa declaración difícilmente puede ser armonizada con la enseñanza de las Escrituras en textos como 1P. 2:9 y Ef. 1 que citamos hace un momento. Pero aún hay algo más: un Dios que no conoce el futuro tampoco puede controlarlo; y un Dios que no controla el futuro tampoco puede llevar a cabo Sus planes para el futuro.

Hasker parece sugerir que, si es necesario para asegurar Su victoria final, Dios puede intervenir para anular la voluntad humana. “Pero si este es el caso – dice Nash, entonces la diferencia entre su posición y la clásica no es de otro tipo que una [diferencia] de grado. No es si Dios coacciona, sino cuán frecuentemente Él lo hace y, premusiblemente, si se trata de algo indeseable”.

Una cita más antes de concluir. Hasker admite que “Dios pudo haber creado un mundo en el cual Él hubiese podido tener un completo conocimiento previo de cada detalle, simplemente creando un mundo en el que cada cosa que ocurre es totalmente controlado por Sus decretos soberanos. Pero nos parece a nosotros [los teístas abiertos] que Dios encuentra tal mundo menos deseable… que un mundo que contenga criaturas genuinamente libres”.

Tal declaración parece guiarnos a la conclusión de que la posición de los teístas abiertos no es el resultado de una exégesis profunda y honesta de la revelación bíblica, sino una la que consideran más aceptable que la postura alternativa.

Conclusión:

Dios reveló de Sí mismo en las Escrituras que Él conoce perfectamente todas las cosas, pasadas, presentes y futuras. También reveló que el hombre es un ser libre y responsable de sus decisiones.

A nosotros no nos es dado tratar de resolver la paradoja eliminando una de las dos doctrinas, sino profundizando más en el conocimiento de Dios y de nosotros mismos hasta donde Dios haya querido revelarlo en Su Palabra y hasta donde haya querido darnos la capacidad de entender esa revelación.

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viernes, 11 de diciembre de 2009

¿Prueba la existencia del mal la inexistencia de Dios?

Uno de los argumentos que más frecuentemente presentan los ateos contra la existencia de Dios, es la existencia del mal. El argumento se plantea más o menos así: “Si Dios es completamente bueno y absolutamente poderoso, entonces debe tener la capacidad y la disposición de remover el mal de nuestro mundo. Pero el mal existe; consecuentemente, Dios no puede existir”.

En otras palabras, se asume que si Dios existiera el mundo debería funcionar de tal manera que el hombre fuera completamente feliz; pero lo cierto es que hay muchas desgracias en este mundo en que vivimos y, por lo tanto, no podemos defender racionalmente la existencia de Dios.

En este punto es necesario reconocer que la dificultad que el mal plantea en relación a la existencia de Dios es tanto intelectual como psicológica. No sólo parece una contradicción lógica creer en la existencia de un Dios bueno y todopoderoso en mundo donde hay tanto mal, sino que también nos genera un conflicto interno. Sin embargo, para lidiar con este aspecto psicológico del problema, debemos abordar primero el aspecto intelectual.

¿Demuestra la existencia del mal la inexistencia de Dios? No, realmente. De hecho, la existencia del mal no es un problema insoluble para el creyente, sino para el incrédulo.

Cuando un ateo replica airado que hay demasiado mal en el mundo para creer en la existencia de un Dios bueno y todopoderoso, está partiendo de una premisa que es incompatible con su ateísmo: la existencia de un estándar objetivo por medio del cual podemos juzgar las cosas que ocurren en el mundo como “buenas” o “malas”.

Pero lo cierto es que en un mundo sin Dios, producto de un accidente, las cosas no son ni buenas ni malas, simplemente son (como dijo el gran poeta inglés del siglo XVIII, Alexander Pope, “One truth is clear, WHATEVER IS, IS RIGHT” – Una verdad es clara: cualquier cosa que es [o existe], es correcta”).

El ateo no puede ofrecer ninguna teoría significativa y objetiva de valor o moralidad que sirva de base para condenar ninguna acción humana como “mala” o “perversa”. Pero el ateo reacciona con indignación moral ante la maldad, porque en el fondo de su corazón sabe que los seres humanos deberían comportarse de cierto modo.

Cuando en la selva africana un grupo de leones se come a un jabalí, no se juzga esa acción como perversa, sino como una realidad de la cadena alimenticia. Pero cuando un hombre daña a otro voluntariamente, de inmediato pasamos un juicio moral sobre su acción.

Ese juicio moral es un reconocimiento inconsciente de que existe un estándar moral objetivo que debe regir a todos los hombres por igual y un Ser superior que estableció ese estándar. Decir que no puede haber Dios porque hay mucho mal en el mundo es una contradicción. Si Dios no existe, entonces no hay mal; las cosas simplemente son como son.

Más adelante, si el Señor lo permite, continuaré ampliando este tema.


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La ética hedonista: El hedonismo altruista


El hedonismo experimentó una especie de avivamiento debido a la enseñanza de hombres como Jeremy Bentham (1748-1832) y John Stuart Mill (1806-1873 - cuyo rostro acompaña este artículo).

Al igual que los hedonistas antiguos, Bentham también creía que el placer es el mayor bien y que los placeres difieren únicamente en cantidad, no en calidad. Precisamente por eso, él urgía a las personas a procurar la felicidad del mayor número de personas.

Eventualmente esta teoría vino a ser conocida como “consecuencialismo”, por cuanto la bondad de un acto se medía únicamente en base a sus consecuencias, en este caso, su tendencia a producir la mayor cantidad de felicidad al mayor número de personas.

El ensayista escocés Thomas Carlyle (1795-1881) presentó una fuerte crítica al hedonismo, al que llamó “una filosofía de cerdos”. Según Carlyle, si el placer es el mayor bien, entonces ese bien mayor es obtenible tanto por un cerdo que se revuelca en el lodo, como por un príncipe, un profesor o un poeta.

Viendo que Carlyle tenía razón en su crítica, Mill escribió un libro titulado “Utilitarianismo” (1861) en el cual presentó una nueva versión del hedonismo. Recuerden que antes de Mill los hedonistas habían insistido en que los placeres sólo diferían en cantidad, no en calidad.

Pero ahora Mill resaltaba que algunos placeres pueden ser superiores a otros en calidad. De ahí sus conocidas palabras: “Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un puerco satisfecho; mejor ser un Sócrates insatisfecho que un tonto satisfecho” (cit. por RN; pg. 352).

Lo que Mill no parece haber captado es que tan pronto introdujo una diferencia cualitativa en los placeres sembró la semilla de destrucción del hedonismo. Si el mayor bien es el placer, entonces la única manera de obtener un mejor placer es incrementando su cantidad. Tan pronto decimos que un placer puede ser mejor que otro en calidad estamos destronando al placer como el mayor bien.

Nash explica este punto con la siguiente analogía: “Supón que alguien afirme que el dinero es el mayor bien y luego añada que el dinero ganado enseñando filosofía es mejor que el dinero ganado robando bancos. Si el dinero es el mayor bien, no tiene importancia cómo lo adquieras. Todo lo que importa es obtener más. Una vez introducimos consideraciones cualitativas, él ha cruzado la línea donde el dinero no es ni puede ser el mayor bien. La razón para eso es debido a que ahora hay un estándar más alto que el dinero. Por cuanto este nuevo estándar que ha sido introducido nos capacita para pasar juicio entre dos pilas de dinero no tomando en cuenta la cantidad, el dinero ya dejó de ser el mayor bien. El estándar por medio del cual juzgamos algunas pilas de dinero como superior a otras, sin tomar en cuenta la cantidad, es [entonces] el mayor bien”.

El utilitarianismo hedonista fue fuertemente atacado por los filósofos en las décadas que siguieron a Mill. El foco principal del ataque de estos pensadores era que depender exclusivamente del placer para evaluar lo bueno de una acción producía, a la larga, resultados embarazosos.

Pero con la publicación en 1903 de la obra Principia Ethica, del filósofo británico G. E. Moore (1873-1958), el utilitarianismo comenzó a tomar una dirección no hedonista y que vino a ser conocido como “Utilitarianismo ideal”. Su tesis principal es que nosotros debemos actuar en la manera que produzca el mayor bien y no simplemente el mayor placer.

A primera vista, esta postura parece mejor que la del hedonismo altruista; pero lo cierto es que el utilitarianismo no provee una base ética estable y justa. Pensemos en los siguientes escenarios.

Supongamos que en la nación “A” hay un gobierno justo en el que sólo las personas culpables son acusadas, juzgadas y condenadas, mientras que en la nación “B” se guían por el mismo principio, excepto en algunos raros casos en los que, a juicio de las autoridades, el acusar personas inocentes pueda ser de utilidad para el bien común.

Nash cita como un ejemplo posible de esta situación hipotética el caso real de Jack el Destripador, que entre Agosto 7 y Noviembre 10 del 1888 asesinó unas 14 prostitutas degollándolas y descuartizándolas. Una de las teorías que se han propuesto en cuanto a la identidad del asesino es que se trataba de un sobrino de la reina Victoria que padecía insanidad mental. Tan pronto fue recluido los asesinatos pararon.

Supongamos que las autoridades de Londres llegaran a la conclusión de que haría menos daño al bien público acusar del crimen a un pobre residente de la ciudad, sin familia y sin notoriedad, que acusar al sobrino de la reina. Esa acción calmaría el ansia de justicia de la población sin afectar la monarquía.

De acuerdo al utilitarianismo ideal, por los buenos resultados que se obtendrían para la mayoría de las personas, la nación “B” sería éticamente superior que la nación “A”. Como bien señala Nash: “Aunque las consecuencias de nuestras acciones a menudo son importantes, difícilmente puede ser la única cosa que consideremos al determinar la moralidad de una acción”.

Como hemos podido ver, los sistemas éticos desarrollados por el hombre terminan todos empantanados, sea el subjetivismo ético, el relativismo ético, la ética situacional, y el hedonismo ético (ya sea en su forma egoísta o altruista). Habiendo establecido esa base, ahora estamos mejor preparados para tratar el tema de la ética bíblica y el problema de la existencia del mal; pero eso lo veremos, Dios mediante, la próxima semana.


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jueves, 10 de diciembre de 2009

La ética hedonista: el hedonismo egoísta


El hedonismo es la creencia de que el placer es el máximo bien. El hedonismo ha aparecido a lo largo de la historia de diferentes formas, pero voy a concentrarme básicamente en dos: el hedonismo egoísta del mundo antiguo y el hedonismo altruista de finales del siglo XIX.

Si asumimos que el placer es el máximo bien, ahora tenemos que decidir cuál placer es el más importante. Un hedonista egoísta dirá que su placer es más importante que el placer de los demás, mientras que el hedonista altruista dirá que lo más importante es el placer de la mayoría.

Ahora bien, dentro de la corriente del hedonismo egoísta debemos reconocer también otras dos corrientes o movimientos: El hedonismo crudo y sensual, cuya figura principal es un hombre llamado Aristipo (435-356 a.C.), y el hedonismo sofisticado de Epicuro (341-271 a.C.).

Aristipo fue un filósofo griego que creó una escuela llamada Cirenaica, donde no sólo se enseñaba que el placer es el mayor bien, sino que se enfatizaba sobre todo el placer corporal. “No se preocupen por el futuro, decían ellos; trata de obtener aquí y ahora todo el placer físico posible”. En otras palabras, “comamos y bebamos, que mañana moriremos” (1Cor. 15:32).

Epicuro, quién vivió en una época posterior a Aristipo, también creía que el placer individual era el mayor bien, pero al mismo tiempo criticó brillantemente el placer crudo y sensual que promovía la escuela cirenaica.

Epicuro sostenía, al igual que los cirenaicos, que los placeres sólo difieren en cantidad, nunca en calidad. Algunos placeres son más intensos que otros. Pero los placeres no sólo difieren en intensidad, sino también en duración. Los placeres del cuerpo puede que sean más intensos, pero tienden a ser más efímeros.

Por eso enfatizaba los placeres de la mente por encima de los placeres corporales: escuchar una buena música, observar una hermosa obra de arte o contemplar una puesta de sol.

El punto donde Epicuro se aparta de los cirenaicos es al reconocer que si el placer es el mayor bien, entonces el mayor mal debe ser el dolor. Por lo tanto, el hedonista sabio tratará de evitar el dolor en su búsqueda del placer. Precisamente por eso Epicuro advertía sobre los placeres corporales: no sólo por su corta duración, sino también por el potencial de dolor que llevan consigo.

Por un lado, es imposible disfrutar un placer corporal sin haber experimentado un deseo o necesidad previos; pero los deseos y necesidades son una especie de dolor, decía él. Nadie disfruta beber a menos que tenga sed, y la sed es una especie de dolor. Por otra parte, si abusas de los placeres corporales, también cosecharás dolor.

Otro punto en el que Epicuro se aparta de los cirenaicos es en el hecho de que estos últimos vivían para el presente, mientras Epicuro recomienda vivir para el futuro. Como es muy posible que mañana sigas vivo, es una insensatez enredarte hoy en un placer que te producirá dolores mañana (la resaca, por ejemplo, después de abusar del alcohol).

Por lo tanto, en lo que respecta a los placeres corporales Epicuro enseñaba una vida de moderación. Si abusas de esos placeres tarde o temprano recibirás las consecuencias.

Tanto Platón como Aristóteles presentaron serias objeciones a la enseñanza de Epicuro (aunque ambos vivieron antes de que él naciera). Platón decía que el placer y el bien no pueden ser idénticos, pues de ser así no podría haber tal cosa como un mal placer.

Aristóteles por su parte, enseñaba que el placer era sólo un componente de la vida feliz. Eso implica que, aunque el placer sea algo importante, no puede ser identificado como el mayor bien.

“La mejor manera de obtener placer es olvidándolo, decía Aristóteles. La vía para obtener placer es perderte en otras actividades, y de repente descubrirás que te estás disfrutando a ti mismo. Por cuanto la vía hacia el placer es persiguiendo y obteniendo otras cosas, eso contradice la creencia de que el placer es el mayor bien”.

Otro problema del hedonismo es el efecto social que tiene. A veces escuchamos a un joven decir: “Es mi vida; que nadie se meta conmigo”. Pero lo cierto es que “ningún hombre es una isla”, como dijo el poeta inglés John Donne, frase que luego haría famosa Ernest Hemingway). Dos jóvenes adolescentes tienen relaciones sexuales, ella sale embarazada y ahora sus padres tienen que hacerse cargo de ella y del bebé; el aumento del sida es un mal que afecta a toda la sociedad, no sólo al individuo; y lo mismo podemos decir del aumento de consumo de estupefacientes, por sólo citar algunos casos.

En el próximo artículo, si el Señor lo permite enfocaremos el hedonismo altruista.


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