En el día de ayer salió publicado en primera plana de uno de nuestros diarios, la noticia de la formación de la Asociación de Ateos Dominicanos (Ateodom). No voy a entrar en amplias consideraciones acerca del ateísmo como filosofía; simplemente deseo señalar algunas de las incongruencias en que incurrió el presidente de la asociación en sus declaraciones.
Voy a limitarme al siguiente párrafo: “La Biblia es un libro perverso desde el principio hasta el final. Ahí no hay nada bueno. Desde el comienzo hasta el final pretende desviar la naturaleza humana”.
Hay dos aseveraciones aquí con respecto a la Biblia: En primer lugar, que es un libro perverso de principio a fin, por lo que, consecuentemente, no hay nada bueno en él; y, en segundo lugar, que la Biblia pretende desviar la naturaleza humana.
Comencemos por la primera: La Biblia es un libro perverso en el que no hay nada bueno. Según el Diccionario de la Real Academia, “perverso” significa: “Sumamente malo, que causa daño intencionadamente”. De manera que al calificar la Biblia con este adjetivo, se está presuponiendo que existe un estándar moral objetivo que nos permite distinguir “lo bueno” de “lo malo”. Más aún, se presupone también que hay grados de maldad, ya que, al usar la palabra “perverso” el presidente de Ateodom no sólo afirma que la Biblia es un libro malo, sino “sumamente malo” y escrito con la intención de hacer daño.
Ahora bien, si no existe un Ser supremo y todopoderoso al que todos los hombres deben obediencia, entonces no puede existir ningún estándar moral objetivo por el que podamos evaluar las acciones humanas (o en este caso, el contenido de un libro) como “buenas” o “malas”.
Un ateo pudiera decir que algo le agrada o le desagrada; incluso, puede aventurarse a opinar que algo es recomendable o no recomendable para lograr un fin previamente determinado; pero los conceptos de “bueno” y “malo” presuponen un estándar moral establecido, válido para todos por igual.
La misma incongruencia se repite más adelante en la entrevista, cuando el presidente de Ateodom declara que “en una sociedad atea las relaciones de convivencia serían sanas, puras, elevadas en el amor, con el principio de compartir a su máxima expresión. Se basaría en la virtud humana”. Pero ¿cómo establecer lo que es más sano y más puro para la sociedad? O ¿cómo podríamos definir el amor o la virtud sin un estándar objetivo de “lo bueno” y “lo malo”?
Como diría Fiedrich Nietzsche, sin Dios nos quedamos sin punto de referencia para la lógica, la moral y la virtud: “¿Cómo pudimos vaciar el mar?” – pregunta Nietzsche. “¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender la tierra de la cadena de su sol? ¿Hacia dónde la conducen ahora sus movimientos? ¿A dónde la llevan los nuestros? ¿Es que caemos sin cesar? ¿Vamos hacia delante, hacia atrás, hacia algún lado? ¿Erramos en todas direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío con su aliento?...”.
Lamentablemente, Nietzsche tampoco fue coherente con su postura. De haber tenido la oportunidad me hubiera gustado preguntarle por qué continuó escribiendo y propagando sus ideas. El que no sabe si avanza o retrocede, si sube o cae, ¿cómo puede dar sus opiniones tan categóricamente?
En cuanto a la segunda aseveración de que la Biblia “pretende desviar la naturaleza humana”, ésta presupone que existe una naturaleza humana ideal de la cual la Biblia “pretende” desviarnos. Pero si partimos de la premisa de que no existe un Dios creador, debemos concluir entonces que el hombre es el producto de fuerzas no inteligentes que actuaron sin propósito; por lo que no hay manera de definir una naturaleza humana ideal.
Hace mucho tiempo que el existencialista ateo Jean Paul Sartre abordó este problema. Sartre no considera al hombre como un ser creado bajo la autoridad de un Ser superior, ni tampoco presupone un propósito fuera de nosotros mismos que debamos perseguir: “El hombre, dice Sartre, es nada más que lo que él hace de sí mismo. Ese es el primer principio del existencialismo”. Y de ese principio fundamental se deriva lo que podríamos llamar “la libertad soberana del hombre”. Para Sartre, la libertad no es otra cosa que el poder que supuestamente poseemos de definir nuestro propio ser, de determinar lo que somos.
Y ¿qué es lo que realmente somos? Según él, eso es algo que no podemos establecer con certeza en ningún punto de nuestra existencia, porque nuestro ser no posee una esencia fija, sino que es algo que estamos determinando continuamente por nosotros mismos: “La naturaleza humana no existe, ya que no existe ningún Dios” que nos provea un concepto adecuado de ella, dice Sartre. El hombre está en un constante proceso de llegar a ser y, por lo tanto, nunca podremos decir lo que un hombre realmente es. Consecuentemente, según Sartre, el hombre es nada, una pasión inútil.
Podría puntualizar algunas cosas más de la entrevista publicada en el día de ayer en Diario Libre, pero creo que estas son suficientes para establecer mi punto de que el presidente de Ateodom no posee una postura coherente con su filosofía. En un mundo sin Dios las cosas no son ni malas ni buenas, simplemente son. El problema es que nadie puede vivir consecuentemente con este pensamiento. Este planteamiento puede ser expresado en un papel, pero no es viable en la vida real.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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jueves, 3 de diciembre de 2009
Evangelizando apropiadamente
Una de las advertencias más serias que salieron de boca del Señor Jesucristo es la que encontramos en Mateo 7:21-23: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.
Muchos morirán engañados creyendo que son creyentes, descubriendo el engaño cuando sea demasiado tarde. Por eso debemos oponernos con todas nuestras fuerzas a métodos evangelísticos que puedan contribuir de alguna manera al auto engaño de esos muchos que piensan que son creyentes porque un día respondieron a la invitación de un predicador de levantar su mano y pasar al frente de la iglesia luego de un sermón.
Como hemos visto en las tres entradas anteriores, venir a Cristo no tiene nada que ver con una acción física, sino más bien con un reconocimiento pleno de la realidad de nuestro pecado, así como del hecho de que Cristo es el único que puede salvarnos. Pero venir a Cristo requiere también que nos apropiemos de Él para que supla nuestra necesidad de salvación.
De nada sirve saber que estoy necesitado, y que existe Alguien que puede llenar mi necesidad, si no acudo a apropiarme de adecuadamente de lo que ese Alguien ofrece.
La invitación de Cristo a los pecadores es que vengan a Él para que se apropien de Él: “El que tiene sed, venga a mí y beba” (Jn. 7:37). “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna” (Jn. 6:54). No basta con estar cerca; debemos apropiarnos de Él, como nos apropiamos del líquido que bebemos y de la comida que comemos, de lo contrario no tendremos parte ni suerte en el reino de los cielos.
Ahora bien, ¿cómo nos apropiamos de Cristo? Ya sabemos que tenemos una necesidad que sólo Cristo puede suplir; ahora debemos apropiarnos adecuadamente de Él. La pregunta es ¿cómo? ¿Cómo podemos apropiarnos de Cristo? Alguien ha dicho muy atinadamente que debemos hacerlo en una forma activa, inteligente y exclusiva.
Veamos estos tres elementos por separado. En primer lugar, debemos apropiarnos de Cristo en una forma activa. Comp. Jn. 4:13-14; 6:35, 47, 51. Tres palabras o frases encontramos en esos textos que se intercambian continuamente: “Comer y beberse a Cristo”, “venir a Cristo” y “creer en Cristo”.
Es indudable que estos conceptos apuntan hacia el mismo significado. Venir a Cristo es lo mismo que comerse a Cristo, y comerse a Cristo es lo mismo que creer en Cristo (comp. Jn. 7:37-38).
Lo que ocurre al apropiarnos de Cristo por la fe es similar a lo que ocurre en el reino físico cuando nos apropiamos de la comida y la bebida. Hablar acerca de la comida no alimenta, ni tampoco escribir acerca de ella, o frotársela en el cuerpo. El alimento sólo beneficia al que se lo come. Y el comer involucra una acción consciente, activa y deliberada. Yo debo tomar los alimentos, llevarlos a la boca, triturarlos y tragarlos. Eso es comer, y ese precisamente es el símil que usa nuestro Señor Jesucristo para ilustrarnos cómo podemos apropiarnos de Él por medio de la fe.
Así como la comida y la bebida deben ser recibidas en nuestros cuerpos, y tener una unión natural con nosotros para que pueda aprovecharnos, así también Cristo debe ser recibido en nuestras almas, y entrar en una íntima unión espiritual con nosotros, por medio de la fe.
No basta con admirar a Cristo, o disertar acerca de Él. Debemos apropiarnos de Cristo por medio de la fe. Noten el énfasis que hace el Señor en todo el discurso del pan de vida en el acto de creer (6:28-29, 35-36, 40, 47).
La fe es la acción consciente, activa y deliberada de descansar en Cristo, de confiar plenamente en Él. Alguien puede decir: “Ah, pero yo he oído que es Dios quien que da la fe”. Y ciertamente eso es lo que enseña la Biblia (Fil. 1:29; Hch. 18:27). Es Dios quien da la fe, pero somos nosotros los que creemos.
Es lo mismo que ocurre con el arrepentimiento. Es Dios quien da el arrepentimiento (Hch. 11:18; 2Tim. 2:24-25), pero es el hombre el que se arrepiente.
“Pero ¿cómo yo sé si Dios me ha dado la fe para creer, o la gracia del arrepentimiento para arrepentirme?”. En ningún lugar de la Biblia se nos pide que esperemos alguna señal que nos indique que Dios nos ha dado la gracia de la fe o del arrepentimiento para creer y arrepentirnos.
La Biblia nos manda más bien que lo hagamos. Pablo dice en Hch. 17:30 predicando a los Atenienses que “Dios… ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan”. Este es un mandato universal de Dios.
¿Tú entiendes que has pecado contra Dios? ¿Entiendes que has transgredido Su Ley? ¿Que no tendrás excusa alguna en el día del juicio? Entonces ven a Cristo, aprópiate de Él en una forma activa y deliberada, descansando completamente en Él para salvación.
No se trata de sentarte a esperar que algo maravilloso te ocurra de repente. Eres tu quien debes venir a Cristo; eres tú el que debes apropiarse de Él por la fe; eres tu quien debes exponerse a los medios que Dios usa para dispensar la gracia que nos capacita para creer. La Biblia dice que la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios.
Como dice Juan Benton: “Otras personas pueden orar por usted, pero nadie puede hacer que usted sea cristiano. Llegar a ser cristiano… es un asunto entre usted y Jesucristo…, no tiene nada que ver con otra persona. ¿Lamenta usted su pecado? ¿Quiere acabar con el dominio del pecado en su vida? ¿Quiere ser salvo del juicio venidero? (Si es así, escucha lo que dice la Palabra de Dios al respecto): ‘Buscad a Jehová mientras pueda ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino… y vuélvase a Jehová…’. Eres tú quien debes buscar, quien debes llamar, quien debes dejar y volverte”.
Me temo que muchos llegarán al infierno habiendo percibido durante sus vidas su necesidad espiritual y conociendo perfectamente la oferta del evangelio. Sabían que eran pecadores, y que en Cristo hay salvación para todo aquel que cree, pero no hicieron nada al respecto.
Se sentaron a esperar que algo maravilloso ocurriera, y murieron esperando. Algunos, como el rico de la parábola, elevarán una oración demasiado tarde, cuando ya no hay nada que hacer para apropiarse de Cristo. Como dice Pablo en 2Cor. 6:2: “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de la salvación”.
Es a eso que me refiero al decir que debemos apropiarnos de Cristo de una forma activa y deliberada. En una posterior diré algo más acerca de cómo nos apropiamos de Cristo en una forma inteligente y exclusiva.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Muchos morirán engañados creyendo que son creyentes, descubriendo el engaño cuando sea demasiado tarde. Por eso debemos oponernos con todas nuestras fuerzas a métodos evangelísticos que puedan contribuir de alguna manera al auto engaño de esos muchos que piensan que son creyentes porque un día respondieron a la invitación de un predicador de levantar su mano y pasar al frente de la iglesia luego de un sermón.
Como hemos visto en las tres entradas anteriores, venir a Cristo no tiene nada que ver con una acción física, sino más bien con un reconocimiento pleno de la realidad de nuestro pecado, así como del hecho de que Cristo es el único que puede salvarnos. Pero venir a Cristo requiere también que nos apropiemos de Él para que supla nuestra necesidad de salvación.
De nada sirve saber que estoy necesitado, y que existe Alguien que puede llenar mi necesidad, si no acudo a apropiarme de adecuadamente de lo que ese Alguien ofrece.
La invitación de Cristo a los pecadores es que vengan a Él para que se apropien de Él: “El que tiene sed, venga a mí y beba” (Jn. 7:37). “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna” (Jn. 6:54). No basta con estar cerca; debemos apropiarnos de Él, como nos apropiamos del líquido que bebemos y de la comida que comemos, de lo contrario no tendremos parte ni suerte en el reino de los cielos.
Ahora bien, ¿cómo nos apropiamos de Cristo? Ya sabemos que tenemos una necesidad que sólo Cristo puede suplir; ahora debemos apropiarnos adecuadamente de Él. La pregunta es ¿cómo? ¿Cómo podemos apropiarnos de Cristo? Alguien ha dicho muy atinadamente que debemos hacerlo en una forma activa, inteligente y exclusiva.
Veamos estos tres elementos por separado. En primer lugar, debemos apropiarnos de Cristo en una forma activa. Comp. Jn. 4:13-14; 6:35, 47, 51. Tres palabras o frases encontramos en esos textos que se intercambian continuamente: “Comer y beberse a Cristo”, “venir a Cristo” y “creer en Cristo”.
Es indudable que estos conceptos apuntan hacia el mismo significado. Venir a Cristo es lo mismo que comerse a Cristo, y comerse a Cristo es lo mismo que creer en Cristo (comp. Jn. 7:37-38).
Lo que ocurre al apropiarnos de Cristo por la fe es similar a lo que ocurre en el reino físico cuando nos apropiamos de la comida y la bebida. Hablar acerca de la comida no alimenta, ni tampoco escribir acerca de ella, o frotársela en el cuerpo. El alimento sólo beneficia al que se lo come. Y el comer involucra una acción consciente, activa y deliberada. Yo debo tomar los alimentos, llevarlos a la boca, triturarlos y tragarlos. Eso es comer, y ese precisamente es el símil que usa nuestro Señor Jesucristo para ilustrarnos cómo podemos apropiarnos de Él por medio de la fe.
Así como la comida y la bebida deben ser recibidas en nuestros cuerpos, y tener una unión natural con nosotros para que pueda aprovecharnos, así también Cristo debe ser recibido en nuestras almas, y entrar en una íntima unión espiritual con nosotros, por medio de la fe.
No basta con admirar a Cristo, o disertar acerca de Él. Debemos apropiarnos de Cristo por medio de la fe. Noten el énfasis que hace el Señor en todo el discurso del pan de vida en el acto de creer (6:28-29, 35-36, 40, 47).
La fe es la acción consciente, activa y deliberada de descansar en Cristo, de confiar plenamente en Él. Alguien puede decir: “Ah, pero yo he oído que es Dios quien que da la fe”. Y ciertamente eso es lo que enseña la Biblia (Fil. 1:29; Hch. 18:27). Es Dios quien da la fe, pero somos nosotros los que creemos.
Es lo mismo que ocurre con el arrepentimiento. Es Dios quien da el arrepentimiento (Hch. 11:18; 2Tim. 2:24-25), pero es el hombre el que se arrepiente.
“Pero ¿cómo yo sé si Dios me ha dado la fe para creer, o la gracia del arrepentimiento para arrepentirme?”. En ningún lugar de la Biblia se nos pide que esperemos alguna señal que nos indique que Dios nos ha dado la gracia de la fe o del arrepentimiento para creer y arrepentirnos.
La Biblia nos manda más bien que lo hagamos. Pablo dice en Hch. 17:30 predicando a los Atenienses que “Dios… ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan”. Este es un mandato universal de Dios.
¿Tú entiendes que has pecado contra Dios? ¿Entiendes que has transgredido Su Ley? ¿Que no tendrás excusa alguna en el día del juicio? Entonces ven a Cristo, aprópiate de Él en una forma activa y deliberada, descansando completamente en Él para salvación.
No se trata de sentarte a esperar que algo maravilloso te ocurra de repente. Eres tu quien debes venir a Cristo; eres tú el que debes apropiarse de Él por la fe; eres tu quien debes exponerse a los medios que Dios usa para dispensar la gracia que nos capacita para creer. La Biblia dice que la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios.
Como dice Juan Benton: “Otras personas pueden orar por usted, pero nadie puede hacer que usted sea cristiano. Llegar a ser cristiano… es un asunto entre usted y Jesucristo…, no tiene nada que ver con otra persona. ¿Lamenta usted su pecado? ¿Quiere acabar con el dominio del pecado en su vida? ¿Quiere ser salvo del juicio venidero? (Si es así, escucha lo que dice la Palabra de Dios al respecto): ‘Buscad a Jehová mientras pueda ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino… y vuélvase a Jehová…’. Eres tú quien debes buscar, quien debes llamar, quien debes dejar y volverte”.
Me temo que muchos llegarán al infierno habiendo percibido durante sus vidas su necesidad espiritual y conociendo perfectamente la oferta del evangelio. Sabían que eran pecadores, y que en Cristo hay salvación para todo aquel que cree, pero no hicieron nada al respecto.
Se sentaron a esperar que algo maravilloso ocurriera, y murieron esperando. Algunos, como el rico de la parábola, elevarán una oración demasiado tarde, cuando ya no hay nada que hacer para apropiarse de Cristo. Como dice Pablo en 2Cor. 6:2: “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de la salvación”.
Es a eso que me refiero al decir que debemos apropiarnos de Cristo de una forma activa y deliberada. En una posterior diré algo más acerca de cómo nos apropiamos de Cristo en una forma inteligente y exclusiva.
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miércoles, 2 de diciembre de 2009
Para venir a Cristo hay que conocerle como un Salvador suficiente
No sólo debemos estar conscientes de nuestra necesidad espiritual, como vimos en la entrada anterior, sino que también debemos ver a Cristo como el único que posee todo aquello que necesitamos para suplir plena y exclusivamente todas nuestras necesidades espirituales.
Y lo que voy a hacer ahora es explicar algunos elementos vitales de ese conocimiento de Cristo que es necesario para ser salvos.
En primer lugar, ese conocimiento debe ser revelado al pecador.
No se trata de algo que aprendemos por nosotros mismos, una conclusión que derivamos de nuestro propio intelecto, no; es algo que debe ser revelado. Cristo mismo dice en Jn. 6:44-45:
“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí”.
Es Dios el Padre quien nos revela a Cristo en su verdadera dimensión para que entendamos que Él es el Único que puede suplir nuestra necesidad.
Cuando el Señor preguntó a los discípulos qué pensaban ellos acerca de Él y Pedro respondió diciendo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, el Señor le hizo ver que eso no era algo que Pedro había llegado a entender por sí mismo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.
Es el Padre quién revela a Cristo en el corazón de los pecadores como el único que puede suplir plenamente nuestra necesidad.
En segundo lugar es en las Escritura donde encontramos un testimonio fidedigno acerca de la Persona de Cristo.
Cuando el Señor nos dice en Jn. 6:45 que todo aquel que aprendió del Padre viene a Él, no quiere decir con esto que Dios nos habla a través de una voz audible, ni a través de sueños para guiarnos a Cristo; se refiere al testimonio escrito que nos ha dejado de Su Hijo en Su Palabra. “Son las Escrituras, dice Cristo, las que dan testimonio de mi, y sin ese testimonio nadie puede venir a Mi” (comp. Jn. 5:39).
Es por esa razón que las predicaciones evangelísticas deben ser exposiciones cuidadosas de las Escrituras. Un evangelista no es un individuo que posee una personalidad atrayente, y una oratoria fascinante y convincente. Ese es el concepto que se tiene hoy día de lo que es un evangelista, pero no es el concepto que encontramos en la Palabra de Dios.
El concepto bíblico de un evangelista es la de ese hombre que explica a sus oyentes lo que Dios dice acerca de Sí mismo en Su Palabra, lo que dice del pecado, del infierno, lo que dice acerca de Cristo y de la redención que efectuó en la cruz del calvario.
La tarea del evangelista es sembrar la semilla de la Palabra, no provocar “decisiones” (comp. Mt. 13:1-9 y 18-23). Es por eso que alguien ha dicho con sobrada razón que las reuniones evangelísticas no deben medirse por los resultados visibles producidos, sino por las verdades que han sido proclamadas.
Lo que debemos preguntar no es el número de personas que levantaron sus manos y pasaron al frente. Debemos preguntar más bien acerca del contenido de la predicación, porque es eso, y no ninguna otra cosa, lo que determinará si una reunión fue o no evangelística desde el punto de vista de Dios.
Lamentablemente, debemos decir con pena y dolor que si evaluáramos muchas de las supuestas reuniones evangelísticas que se llevan a cabo hoy día a través de esa norma, llegaremos a la conclusión de que muchas de ellas no pasan de ser simple entretenimiento religioso. Mucha música, muchos testimonios extraordinarios, un predicador que posee una personalidad muy atrayente, y una oratoria electrizante, pero poca Escritura.
¡Eso no es evangelismo! ¿Cómo vendrán a Cristo los pecadores si no han sido realmente enseñados por Dios a través de Su Palabra?
Hemos dicho, entonces, que venir a Cristo implica una revelación de Cristo en el corazón de los pecadores, y que las Escrituras es el instrumento a través de la cual se produce dicha revelación. Pero ahora debemos avanzar un paso más hacia adelante y decir…
En tercer lugar, que el asunto primordial de esa revelación es Cristo como Mediador.
El mensaje que Dios el Padre revela al pecador a través de las Escrituras para que venga a Cristo tiene como su tema central y primordial la persona de Cristo como el Mediador que Dios ha provisto, como el único puente a través del cual los pecadores podemos llegar hasta Él.
No se trata simplemente de conocer algunos episodios de la historia que se nos narra en los evangelios acerca de la vida de nuestro Señor Jesucristo. Muchos conocen estas cosas y no por eso son salvos.
De lo que se trata es de conocer y entender la naturaleza de Su Persona, y la obra que hizo en la cruz para salvar a pecadores. ¿Quién es Cristo realmente? ¿Por qué murió en una cruz? ¿Por qué nadie puede salvarse si no es por medio de Él?
Las Escrituras dicen de Cristo que Él es Dios hecho Hombre, perfecto en Su humanidad, perfecto en Su divinidad; y si alguien no acepta este claro testimonio de las Escrituras es porque no está siendo enseñado por el Padre, y por lo tanto, no puede venir a Él.
Precisamente porque Cristo es Emanuel, Dios con nosotros, Dios manifestado en carne, es que hay esperanza para el pecador. Dios ha puesto un puente entre nosotros y Él, un sólo puente: Nuestro Señor Jesucristo (comp. 1Tim. 2:5).
Ningún pecador se salvará porque le digamos sin cesar: “¡Ven a Cristo, ven a Cristo!” Ese es uno de los problemas que tienen esas vallas que vemos en las calles, o las calcomanías que se pegan en los carros (algunas muy grotescas por cierto).
Si no explicamos a los pecadores quién es ese Cristo y cómo ha provisto salvación para los pecadores, no podrán venir a Él. Cuando el pecador puede ver a través de las Escrituras la gloria de Cristo, ya no contempla únicamente su profunda necesidad espiritual, sino que sabe ahora que hay Uno que puede suplirla plenamente en Su Persona y en Su obra.
Pero hay algo más. El Agente que obra en nosotros para que podamos comprender estas verdades y aceptarlas en nuestro corazón es el Espíritu Santo. Si no es efectuada en nosotros una obra del Espíritu de Dios no podríamos ver a Cristo como Aquel que puede suplir plenamente para nuestra necesidad.
Para que podamos ver algo necesitamos dos cosas; luz y un órgano de la vista sano que tenga la capacidad de percibir esa luz. Si falta cualquiera de estos dos elementos no podremos ver. Pues lo mismo ocurre en el reino espiritual. Para ver a Cristo necesitamos la luz de las Escrituras, pero necesitamos también una visión espiritual sana para poder recibir esa luz.
Noten lo que dice el mismo Cristo en Jn. 5:39-40: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida”.
Las Escrituras que ellos examinaban estaban llena de luz, y sin embargo, no querían venir a Cristo. ¿Cuál era el problema? ¿No había suficiente luz en las Escrituras? Por supuesto que sí, pero ellos estaban ciegos espiritualmente (comp. 2Cor. 4:3-4). El diablo no ciega a los pecadores únicamente para que sean inmorales, o para que sean irreligiosos y profanos, no.
El los ciega para que no vean a Cristo como el único que puede suplir para sus necesidades espirituales (comp 1Cor. 2:14). No que no puedan entender los hechos revelados en la Biblia; ellos pueden entender esto, pero no entenderán que en esos hechos se encuentra su única esperanza para ser salvos, para escapar de una condenación sin fin.
Para ellos ese mensaje es una necedad (comp. 1Cor. 1:18 y 2:14); para nosotros es el mensaje más extraordinario que alguna vez hemos oído: que por medio de la fe en Cristo, Su obediencia perfecta es puesta en nuestra cuenta, y Su muerte es aplicada a nuestra deuda para ser entonces aceptados como hijos por el Padre. Eso es el evangelio y ese es el mensaje que los pecadores necesitan escuchar para ser salvos.
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martes, 1 de diciembre de 2009
¿Qué significa venir a Cristo? El cansancio espiritual
En la entrada anterior ("El sistema evangelístico de invitación: Una práctica peligrosa y anti bíblica”) vimos que venir a Cristo no puede equipararse a ninguna acción física. ¿Qué significa, entonces, venir a Cristo? Lo mismo que creer en Él (comp. Jn. 6:35, 37-40).
Ambas expresiones se intercambian en las Escrituras porque ambas significan la misma cosa. Aunque podríamos decir que la expresión “venir a Cristo” es más descriptiva y específica. Creer en Cristo es un término más general, venir a Cristo es un término más específico.
Hay tres elementos envueltos en ese venir a Cristo, pero por ahora sólo consideraremos el primero de ellos: el reconocimiento de una necesidad que sólo Cristo puede llenar: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados – dice el Señor, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).
¿Quiénes son invitados? Aquellos que perciben el cansancio y la carga espiritual en sus corazones, aquellos que están conscientes de su necesidad. Es imposible venir a Cristo si no poseemos esa conciencia de que somos personas necesitadas.
“¡Venid, todos los sedientos, venid a las aguas!” (Is. 55:1). No todos son invitados, sólo los sedientos.
Jn. 7:37 “En el último gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz diciendo: Si alguien tiene sed, venga a mí y beba”. Una vez más ¿Quién es invitado a venir? El que tiene sed. El que percibe su necesidad.
Ap. 22:17, la última invitación de las Escrituras: “…el que tiene sed, venga. El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida”. Todo el que quiera puede venir, pero ¿quiénes querrán? Los que tienen sed. Nadie querrá venir a Cristo a menos que tenga sed.
Así como la sed es una necesidad que se percibe a nivel consciente, y que sólo el agua o algo líquido puede suplir, así también es la sed del alma. Podemos ofrecer un cheque de un millón de pesos a un hombre en el Sahara que tiene dos días sin probar una gota de agua, y eso no llenará su necesidad. Lo que él necesita en ese momento es agua, y lo que él desea con todas las fuerzas de su corazón no es un cheque, sino agua. Es una necesidad muy específica que se percibe a nivel consciente y que sólo algo específico puede suplir.
Y ahora el Señor dice a Su auditorio: “si alguno de los aquí presentes percibe la necesidad espiritual de su alma, esa necesidad que sólo Yo puedo llenar, que venga a Mí y será saciado”.
Nadie puede venir a Cristo hasta tanto no percibe esa necesidad del alma, ese profundo vacío, y sobre todo esa carga y ese cansancio que producen una conciencia culpable, el reconocimiento de que hemos pecado gravemente contra Dios y que por causa de nuestros pecados estamos irremisiblemente perdidos.
Es de esa sed y de ese cansancio del que Cristo habla en estos textos. Todos los hombres sin Cristo están cansados y sedientos, pero no todos lo perciben a nivel consciente, y es por eso que no todos vienen. Lo primero que hace Dios para atraer a un pecador a Cristo es mostrarle su necesidad, una necesidad que nada ni nadie, excepto Cristo, puede suplir (comp. Jn. 16:8-11).
El Señor dijo en una ocasión que los sanos no tienen necesidad de médico, si no los enfermos. Si no percibimos la enfermedad, ¿cómo buscaremos afanosamente la medicina que puede curarla?
El asunto no es si alguna vez levantaste tu mano en una campaña evangelística y pasaste al frente en una iglesia, o si has tenido algún tipo de experiencia mística conectada con el nombre “Jesús”.
Si nunca te has visto como un miserable pecador que va camino al infierno y viviendo una vida vacía y sin sentido, si te sientes satisfecho contigo mismo, tu nunca has venido a Cristo.
Yo no puedo negar tu experiencia, pero si puedo decirte con la autoridad de las Escrituras que sea lo que sea que hayas experimentado, no fue venir a Cristo, y por consiguiente continúas sumido en la perdición.
Pero si has percibido esa necesidad, si te sientes hambriento y sediento espiritualmente, trabajado y cargado por el peso de una conciencia culpable, no desesperes, porque ese es el primer paso para venir a Cristo, y Él puede suplir plenamente tu necesidad.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Ambas expresiones se intercambian en las Escrituras porque ambas significan la misma cosa. Aunque podríamos decir que la expresión “venir a Cristo” es más descriptiva y específica. Creer en Cristo es un término más general, venir a Cristo es un término más específico.
Hay tres elementos envueltos en ese venir a Cristo, pero por ahora sólo consideraremos el primero de ellos: el reconocimiento de una necesidad que sólo Cristo puede llenar: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados – dice el Señor, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).
¿Quiénes son invitados? Aquellos que perciben el cansancio y la carga espiritual en sus corazones, aquellos que están conscientes de su necesidad. Es imposible venir a Cristo si no poseemos esa conciencia de que somos personas necesitadas.
“¡Venid, todos los sedientos, venid a las aguas!” (Is. 55:1). No todos son invitados, sólo los sedientos.
Jn. 7:37 “En el último gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz diciendo: Si alguien tiene sed, venga a mí y beba”. Una vez más ¿Quién es invitado a venir? El que tiene sed. El que percibe su necesidad.
Ap. 22:17, la última invitación de las Escrituras: “…el que tiene sed, venga. El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida”. Todo el que quiera puede venir, pero ¿quiénes querrán? Los que tienen sed. Nadie querrá venir a Cristo a menos que tenga sed.
Así como la sed es una necesidad que se percibe a nivel consciente, y que sólo el agua o algo líquido puede suplir, así también es la sed del alma. Podemos ofrecer un cheque de un millón de pesos a un hombre en el Sahara que tiene dos días sin probar una gota de agua, y eso no llenará su necesidad. Lo que él necesita en ese momento es agua, y lo que él desea con todas las fuerzas de su corazón no es un cheque, sino agua. Es una necesidad muy específica que se percibe a nivel consciente y que sólo algo específico puede suplir.
Y ahora el Señor dice a Su auditorio: “si alguno de los aquí presentes percibe la necesidad espiritual de su alma, esa necesidad que sólo Yo puedo llenar, que venga a Mí y será saciado”.
Nadie puede venir a Cristo hasta tanto no percibe esa necesidad del alma, ese profundo vacío, y sobre todo esa carga y ese cansancio que producen una conciencia culpable, el reconocimiento de que hemos pecado gravemente contra Dios y que por causa de nuestros pecados estamos irremisiblemente perdidos.
Es de esa sed y de ese cansancio del que Cristo habla en estos textos. Todos los hombres sin Cristo están cansados y sedientos, pero no todos lo perciben a nivel consciente, y es por eso que no todos vienen. Lo primero que hace Dios para atraer a un pecador a Cristo es mostrarle su necesidad, una necesidad que nada ni nadie, excepto Cristo, puede suplir (comp. Jn. 16:8-11).
El Señor dijo en una ocasión que los sanos no tienen necesidad de médico, si no los enfermos. Si no percibimos la enfermedad, ¿cómo buscaremos afanosamente la medicina que puede curarla?
El asunto no es si alguna vez levantaste tu mano en una campaña evangelística y pasaste al frente en una iglesia, o si has tenido algún tipo de experiencia mística conectada con el nombre “Jesús”.
Si nunca te has visto como un miserable pecador que va camino al infierno y viviendo una vida vacía y sin sentido, si te sientes satisfecho contigo mismo, tu nunca has venido a Cristo.
Yo no puedo negar tu experiencia, pero si puedo decirte con la autoridad de las Escrituras que sea lo que sea que hayas experimentado, no fue venir a Cristo, y por consiguiente continúas sumido en la perdición.
Pero si has percibido esa necesidad, si te sientes hambriento y sediento espiritualmente, trabajado y cargado por el peso de una conciencia culpable, no desesperes, porque ese es el primer paso para venir a Cristo, y Él puede suplir plenamente tu necesidad.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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lunes, 30 de noviembre de 2009
El sistema evangelístico de invitación: una práctica anti bíblica y peligrosa
A veces escuchamos en ciertos círculos evangélicos comentarios similares a este: “En tal o cual campaña evangelística se convirtieron ‘equis número’ de personas (5 ó 10 ó 20, y así por el estilo)”. Y ¿cómo pueden saberlo con tanta precisión? Porque lo que tales personas quieren decir realmente es que al final de la predicación, el predicador hizo un llamado a que levantaran su mano o vinieran al frente del auditorio todos cuanto quisieran aceptar a Cristo, y ese número de personas aceptó el llamado.
Esta práctica es tan común hoy día que muchas personas se asombrarían al descubrir que no sólo no encuentra apoyo en las Escrituras, sino que nunca fue practicado por la Iglesia, por ninguna iglesia, en los primeros 1800 años del cristianismo.
Cristo nunca llamó a los pecadores a que levantaran su mano y den un paso al frente para dar a conocer su decisión de seguirle; tampoco lo hicieron los Apóstoles, ni ningún predicador hasta el siglo XIX. Esa metodología evangelística nunca fue practicada en la Iglesia de Cristo, sino hasta mediados del siglo XIX, cuando un hombre llamado Charles Finney comenzó a hacer uso de lo que él llamaba “el cuarto ansioso”, un lugar en el que se invitaba a entrar a todos aquellos que se sentían convictos de pecado y deseaban ser salvos.
Poco a poco el cuarto ansioso se fue transformando en lo que hoy conocemos como el sistema de invitación, cuando el predicador llama a los pecadores a levantar su mano y a venir al frente de la Iglesia para dar a conocer su decisión de seguir a Cristo.
Esto es algo tan comúnmente practicado en los púlpitos modernos que pocos considerarían necesario detenerse a pensar si tenemos garantía bíblica para hacer tal cosa; de hecho, muchos no sabrían cómo predicar el evangelio a los pecadores sin usar este sistema de invitación.
¿Quién era Charles Finney? Un evangelista del siglo antes pasado que negó rotundamente la doctrina de la Total Depravación del hombre y de su imposibilidad para salvarse sin la obra todopoderosa de la gracia de Dios.
Para Charles Finney el hombre no ha perdido la capacidad de obedecer a Dios, y por lo tanto, puede decidir en cualquier momento, sin la ayuda del Espíritu Santo, cambiar por completo el rumbo de su vida. Él decía que eso es la regeneración, el cambio de ruta que toma el pecador cuando decide seguir a Cristo.
Por tanto, todo lo que se requiere para ser salvo es una decisión del pecador. En otras palabras, todo lo que se necesita para ser cristiano es que el hombre decida hacerse cristiano, sin ninguna intervención divina. Lo único que hace el Espíritu Santo es persuadirnos a través de la verdad para que obedezcamos el evangelio, pero nada más.
El cambio, según Finney, podemos producirlo nosotros mismos por medio de una resolución que debe ser públicamente manifestada a través de algún acto físico como ponerse de pie, venir al frente del auditorio, o algo similar. Eso según Finney, es venir a Cristo.
Pero ¿es eso lo que enseñan las Escrituras? Por supuesto que no. Esta enseñanza contradice abiertamente las palabras del Señor en Jn. 6:44 “Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae”.
Si venir a Cristo es algo que el pecador puede hacer con sólo quererlo, y no es otra cosa que una decisión pública manifestada a través de levantar la mano o pasar al frente, entonces no se necesita ninguna asistencia especial del Padre para llevarlo a cabo. Yo no necesito una obra especial del Espíritu de Dios para levantar mi mano, a menos que tenga algún impedimento físico severo. Pero Cristo dice aquí nadie puede venir a Él a menos que el Padre no lo traiga. Se trata de algo que nadie puede hacer sin la asistencia divina.
Esta enseñanza descansa en un serio error doctrinal conocido como Pelagianismo. Pelagio fue un hereje del Siglo V que decía que la voluntad humana no fue afectada con la caída, y que uno puede hacerse bueno con sólo proponérselo. La regeneración es una obra del hombre, decía Pelagio, no de Dios.
Y algo similar dicen hoy los arminianos. Pero ¿acaso no contradice esto abiertamente lo que Pablo nos dice en Ef. 2:1-3, que el hombre natural está muerto en sus delitos y pecados? “Y él os dio vida a vosotros cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”.
Más aún, Pablo dice en Ef. 1:19 que si hemos creído en Cristo fue porque en nosotros actuó el extraordinario poder de Dios. Atribuir la conversión y el nuevo nacimiento a una simple decisión humana, no sólo es atribuir al pecador una capacidad que no posee, sino que es robarle a Dios Su gloria. Escuchen lo que dice en Jn. 1:12-13:
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”.
En el nuevo nacimiento no intervienen ni la ascendencia física ni la voluntad humana. Es un nacimiento operado por Dios en el hombre. Los hijos de Dios vienen a ser hijos por la voluntad de Dios.
No importa cuántos frutos aparentes se han podido cosechar con este sistema anti bíblico de invitación; debemos rechazar toda práctica que no sea sustentada por la Palabra de Dios. Este sistema pelagiano y arminiano supone que el pecador posee una capacidad que en realidad es ajena a él: la capacidad de cambiar por sí sólo el rumbo de su vida.
Pero más aún, sugiere a los pecadores una condición de salvación que no está en la Biblia. Dios no ha ordenado a los pecadores que pasen al frente de la iglesia para ser salvos, pero como bien ha dicho alguien: “muchas veces aquellos que no pasan al frente son llevados a creer que no están obedeciendo al Espíritu, y por lo tanto, que no están obedeciendo a Dios. Pero esta es una culpa sicológica falsa, porque Dios nunca ordenó tal cosa jamás ni fue practicada por el NT”.
El texto que generalmente se cita para presionar al pecador en ese sentido es Mt. 10:32-33, o sus textos paralelos en los otros evangelios: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos”.
Ahora bien, ¿está enseñando Cristo aquí que nos hacemos cristianos cuando usamos nuestras cuerdas vocales para confesarle a Él, o cuando alzamos nuestras manos, o cuando venimos al frente de una Iglesia? ¿Es esa la manera en que nos hacemos cristianos? ¿O está enseñando más bien que una marca distintiva de los que ya son cristianos es confesar a Cristo ante los hombres?
Confesar a Cristo es un deber que tiene todo creyente, pero no es la forma en que nos hacemos cristianos, ni mucho menos el instrumento a través del cual se opera el nuevo nacimiento. Cristo dice en Jn. 3 que para ser salvo se necesita un nuevo nacimiento obrado por el Espíritu Santo en el corazón.
Y lo que es todavía peor, a los que pasan al frente se les hace creer que han hecho lo que tenían que hacer, y que debido a su decisión ahora son salvos. “Has dado un voto por Jesús, te has decidido por Jesús, y eso es todo lo que se requiere para ser salvo”. Tristemente muchos van camino al infierno basados en ese engaño. Venir a Cristo no tiene nada que ver con un acto físico.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Esta práctica es tan común hoy día que muchas personas se asombrarían al descubrir que no sólo no encuentra apoyo en las Escrituras, sino que nunca fue practicado por la Iglesia, por ninguna iglesia, en los primeros 1800 años del cristianismo.
Cristo nunca llamó a los pecadores a que levantaran su mano y den un paso al frente para dar a conocer su decisión de seguirle; tampoco lo hicieron los Apóstoles, ni ningún predicador hasta el siglo XIX. Esa metodología evangelística nunca fue practicada en la Iglesia de Cristo, sino hasta mediados del siglo XIX, cuando un hombre llamado Charles Finney comenzó a hacer uso de lo que él llamaba “el cuarto ansioso”, un lugar en el que se invitaba a entrar a todos aquellos que se sentían convictos de pecado y deseaban ser salvos.
Poco a poco el cuarto ansioso se fue transformando en lo que hoy conocemos como el sistema de invitación, cuando el predicador llama a los pecadores a levantar su mano y a venir al frente de la Iglesia para dar a conocer su decisión de seguir a Cristo.
Esto es algo tan comúnmente practicado en los púlpitos modernos que pocos considerarían necesario detenerse a pensar si tenemos garantía bíblica para hacer tal cosa; de hecho, muchos no sabrían cómo predicar el evangelio a los pecadores sin usar este sistema de invitación.
¿Quién era Charles Finney? Un evangelista del siglo antes pasado que negó rotundamente la doctrina de la Total Depravación del hombre y de su imposibilidad para salvarse sin la obra todopoderosa de la gracia de Dios.
Para Charles Finney el hombre no ha perdido la capacidad de obedecer a Dios, y por lo tanto, puede decidir en cualquier momento, sin la ayuda del Espíritu Santo, cambiar por completo el rumbo de su vida. Él decía que eso es la regeneración, el cambio de ruta que toma el pecador cuando decide seguir a Cristo.
Por tanto, todo lo que se requiere para ser salvo es una decisión del pecador. En otras palabras, todo lo que se necesita para ser cristiano es que el hombre decida hacerse cristiano, sin ninguna intervención divina. Lo único que hace el Espíritu Santo es persuadirnos a través de la verdad para que obedezcamos el evangelio, pero nada más.
El cambio, según Finney, podemos producirlo nosotros mismos por medio de una resolución que debe ser públicamente manifestada a través de algún acto físico como ponerse de pie, venir al frente del auditorio, o algo similar. Eso según Finney, es venir a Cristo.
Pero ¿es eso lo que enseñan las Escrituras? Por supuesto que no. Esta enseñanza contradice abiertamente las palabras del Señor en Jn. 6:44 “Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae”.
Si venir a Cristo es algo que el pecador puede hacer con sólo quererlo, y no es otra cosa que una decisión pública manifestada a través de levantar la mano o pasar al frente, entonces no se necesita ninguna asistencia especial del Padre para llevarlo a cabo. Yo no necesito una obra especial del Espíritu de Dios para levantar mi mano, a menos que tenga algún impedimento físico severo. Pero Cristo dice aquí nadie puede venir a Él a menos que el Padre no lo traiga. Se trata de algo que nadie puede hacer sin la asistencia divina.
Esta enseñanza descansa en un serio error doctrinal conocido como Pelagianismo. Pelagio fue un hereje del Siglo V que decía que la voluntad humana no fue afectada con la caída, y que uno puede hacerse bueno con sólo proponérselo. La regeneración es una obra del hombre, decía Pelagio, no de Dios.
Y algo similar dicen hoy los arminianos. Pero ¿acaso no contradice esto abiertamente lo que Pablo nos dice en Ef. 2:1-3, que el hombre natural está muerto en sus delitos y pecados? “Y él os dio vida a vosotros cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”.
Más aún, Pablo dice en Ef. 1:19 que si hemos creído en Cristo fue porque en nosotros actuó el extraordinario poder de Dios. Atribuir la conversión y el nuevo nacimiento a una simple decisión humana, no sólo es atribuir al pecador una capacidad que no posee, sino que es robarle a Dios Su gloria. Escuchen lo que dice en Jn. 1:12-13:
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”.
En el nuevo nacimiento no intervienen ni la ascendencia física ni la voluntad humana. Es un nacimiento operado por Dios en el hombre. Los hijos de Dios vienen a ser hijos por la voluntad de Dios.
No importa cuántos frutos aparentes se han podido cosechar con este sistema anti bíblico de invitación; debemos rechazar toda práctica que no sea sustentada por la Palabra de Dios. Este sistema pelagiano y arminiano supone que el pecador posee una capacidad que en realidad es ajena a él: la capacidad de cambiar por sí sólo el rumbo de su vida.
Pero más aún, sugiere a los pecadores una condición de salvación que no está en la Biblia. Dios no ha ordenado a los pecadores que pasen al frente de la iglesia para ser salvos, pero como bien ha dicho alguien: “muchas veces aquellos que no pasan al frente son llevados a creer que no están obedeciendo al Espíritu, y por lo tanto, que no están obedeciendo a Dios. Pero esta es una culpa sicológica falsa, porque Dios nunca ordenó tal cosa jamás ni fue practicada por el NT”.
El texto que generalmente se cita para presionar al pecador en ese sentido es Mt. 10:32-33, o sus textos paralelos en los otros evangelios: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos”.
Ahora bien, ¿está enseñando Cristo aquí que nos hacemos cristianos cuando usamos nuestras cuerdas vocales para confesarle a Él, o cuando alzamos nuestras manos, o cuando venimos al frente de una Iglesia? ¿Es esa la manera en que nos hacemos cristianos? ¿O está enseñando más bien que una marca distintiva de los que ya son cristianos es confesar a Cristo ante los hombres?
Confesar a Cristo es un deber que tiene todo creyente, pero no es la forma en que nos hacemos cristianos, ni mucho menos el instrumento a través del cual se opera el nuevo nacimiento. Cristo dice en Jn. 3 que para ser salvo se necesita un nuevo nacimiento obrado por el Espíritu Santo en el corazón.
Y lo que es todavía peor, a los que pasan al frente se les hace creer que han hecho lo que tenían que hacer, y que debido a su decisión ahora son salvos. “Has dado un voto por Jesús, te has decidido por Jesús, y eso es todo lo que se requiere para ser salvo”. Tristemente muchos van camino al infierno basados en ese engaño. Venir a Cristo no tiene nada que ver con un acto físico.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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viernes, 27 de noviembre de 2009
¿Cómo abordar el tema de la música en la adoración?
Para nadie es un secreto que el uso de la música y el canto en la adoración en la iglesia ha sido motivo de mucha controversia a lo largo de la historia. Rara vez ha habido una época en la que esto no haya sido una causa de problemas y división.
Martin Lloyd-Jones hace referencia a una expresión que se usaba en Gales para referirse a este fenómeno: “el demonio del canto”; y “es que esta cuestión de cantar causaba más peleas y divisiones en las iglesias que prácticamente cualquier otra cosa, cantar daba al diablo más oportunidades para entorpecer e interrumpir la obra que cualquier otra actividad en la vida de la iglesia” (La predicación y los predicadores; pg. 296-297).
Podemos aventurarnos a dar algunas explicaciones de este hecho. Por un lado está la importancia que tiene la adoración en la vida del creyente. Nosotros fuimos salvados para adorar a Dios (comp. Jn. 4:23); y una parte fundamental de esa adoración toma lugar a través de nuestros cánticos.
Por el otro lado, precisamente por ser la adoración a Dios algo de extrema importancia en la vida cristiana, no debe extrañarnos que Satanás nos ataque en esta área. Nuestra lucha no es “contra sangre y carne” (Ef. 6:12), y mientras más apercibidos estemos de eso, más cuidado tendremos en la actitud que asumimos para con aquellos hermanos que no piensan como nosotros en este tema.
Otra explicación posible de esta controversia es la forma subjetiva como tendemos a abordar este asunto. Para muchas personas la música es moralmente neutra y, por lo tanto, la decisión que hagamos en cuanto al uso de ésta en la adoración dependerá mayormente de nuestros gustos y preferencias personales. Más aún, algunos presuponen que si nos oponemos al uso de cierta clase de música en la adoración la razón primordial es porque no nos gusta, y no porque tengamos alguna razón objetiva para oponernos a ella.
No resulta difícil entender por qué esa clase de prejuicio puede levantar malos sentimientos en el corazón. Los que defienden tal o cual estilo de música pueden sentirse que están tratando de meterlos en una camisa de fuerza, sin otra razón que las inclinaciones de ciertas personas en la iglesia; mientras que los que se oponen se sienten incomprendidos e impotentes, ya que están percibiendo un peligro (sea real o no) que los demás no ven ni parecen querer ver.
Debo adelantar aquí que todos somos susceptibles de oponernos a algo simplemente porque no nos gusta. Nuestras preferencias personales tienden a teñir nuestro juicio y esto es algo de lo que debemos cuidarnos conscientemente.
También debo señalar que no podemos asumir que en esta controversia la verdad siempre ha estado del lado de los que se oponen al uso de cierta clase de música. En la historia de la iglesia no han faltado quienes se oponen a todo tipo de cambio por un mero tradicionalismo.
Algunos en la iglesia católica romana ven como una aberración los cambios que se han producido en su liturgia a raíz del Concilio Vaticano II. Pero este sentimiento no es propiedad exclusiva del catolicismo romano; en el pueblo evangélico no han faltado aquellos que se oponen a todo cambio, simplemente porque atenta contra la tradición.
Lo antiguo no es bueno por ser añejo, ni lo nuevo es malo por ser novedoso. Si creemos en la suficiencia de las Escrituras debemos presuponer que Dios ha revelado principios claros y permanentes por los cuales guiarnos, sobre todo tomando en consideración la importancia que se da a la adoración en la vida del cristiano y en el ministerio de la iglesia.
De manera que debemos abordar este problema partiendo de la premisa de que la Escritura es suficiente para saber cómo conducirnos apropiadamente “en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1Tim. 3:14).
El hecho de que este tema sea tan controversial nos dice de antemano que no se trata de un asunto sencillo. Pero bien vale la pena el esfuerzo de abordarlo, Biblia en mano y en dependencia del Espíritu Santo, por cuanto se trata de un aspecto esencial de la vida y ministerio de la iglesia y de los miembros que la componen.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Martin Lloyd-Jones hace referencia a una expresión que se usaba en Gales para referirse a este fenómeno: “el demonio del canto”; y “es que esta cuestión de cantar causaba más peleas y divisiones en las iglesias que prácticamente cualquier otra cosa, cantar daba al diablo más oportunidades para entorpecer e interrumpir la obra que cualquier otra actividad en la vida de la iglesia” (La predicación y los predicadores; pg. 296-297).
Podemos aventurarnos a dar algunas explicaciones de este hecho. Por un lado está la importancia que tiene la adoración en la vida del creyente. Nosotros fuimos salvados para adorar a Dios (comp. Jn. 4:23); y una parte fundamental de esa adoración toma lugar a través de nuestros cánticos.
Por el otro lado, precisamente por ser la adoración a Dios algo de extrema importancia en la vida cristiana, no debe extrañarnos que Satanás nos ataque en esta área. Nuestra lucha no es “contra sangre y carne” (Ef. 6:12), y mientras más apercibidos estemos de eso, más cuidado tendremos en la actitud que asumimos para con aquellos hermanos que no piensan como nosotros en este tema.
Otra explicación posible de esta controversia es la forma subjetiva como tendemos a abordar este asunto. Para muchas personas la música es moralmente neutra y, por lo tanto, la decisión que hagamos en cuanto al uso de ésta en la adoración dependerá mayormente de nuestros gustos y preferencias personales. Más aún, algunos presuponen que si nos oponemos al uso de cierta clase de música en la adoración la razón primordial es porque no nos gusta, y no porque tengamos alguna razón objetiva para oponernos a ella.
No resulta difícil entender por qué esa clase de prejuicio puede levantar malos sentimientos en el corazón. Los que defienden tal o cual estilo de música pueden sentirse que están tratando de meterlos en una camisa de fuerza, sin otra razón que las inclinaciones de ciertas personas en la iglesia; mientras que los que se oponen se sienten incomprendidos e impotentes, ya que están percibiendo un peligro (sea real o no) que los demás no ven ni parecen querer ver.
Debo adelantar aquí que todos somos susceptibles de oponernos a algo simplemente porque no nos gusta. Nuestras preferencias personales tienden a teñir nuestro juicio y esto es algo de lo que debemos cuidarnos conscientemente.
También debo señalar que no podemos asumir que en esta controversia la verdad siempre ha estado del lado de los que se oponen al uso de cierta clase de música. En la historia de la iglesia no han faltado quienes se oponen a todo tipo de cambio por un mero tradicionalismo.
Algunos en la iglesia católica romana ven como una aberración los cambios que se han producido en su liturgia a raíz del Concilio Vaticano II. Pero este sentimiento no es propiedad exclusiva del catolicismo romano; en el pueblo evangélico no han faltado aquellos que se oponen a todo cambio, simplemente porque atenta contra la tradición.
Lo antiguo no es bueno por ser añejo, ni lo nuevo es malo por ser novedoso. Si creemos en la suficiencia de las Escrituras debemos presuponer que Dios ha revelado principios claros y permanentes por los cuales guiarnos, sobre todo tomando en consideración la importancia que se da a la adoración en la vida del cristiano y en el ministerio de la iglesia.
De manera que debemos abordar este problema partiendo de la premisa de que la Escritura es suficiente para saber cómo conducirnos apropiadamente “en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1Tim. 3:14).
El hecho de que este tema sea tan controversial nos dice de antemano que no se trata de un asunto sencillo. Pero bien vale la pena el esfuerzo de abordarlo, Biblia en mano y en dependencia del Espíritu Santo, por cuanto se trata de un aspecto esencial de la vida y ministerio de la iglesia y de los miembros que la componen.
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jueves, 26 de noviembre de 2009
“All you need is love”?
Algunas personas se oponen a la ley moral de Dios argumentando que el amor es una fuerza motivadora lo suficientemente poderosa como para llevarnos a hacer lo bueno sin necesidad de la ley. “No es necesario que nos presionen con el asunto de obedecer la ley de Dios; mi amor por El es suficiente para llevarme a hacer lo que es correcto. Yo no necesito la ley”.
Ellos llaman a esto una nueva moralidad; una moralidad basada en el amor, no en la ley de Dios. Argumentan que el amor ha sustituido la ley y la ha dejado inoperante. “Si hay amor, no necesitamos la ley; el amor por sí solo se encargará de llevarnos al camino por donde debemos andar”.
¿Qué podemos decir a todo esto? Todo verdadero cristiano desea agradar a Dios, y todos sabemos que la voluntad de Dios se encuentra revelada en las Escrituras. La pregunta es: ¿Se limita Dios en la Biblia, y más particularmente en el NT, a decirnos “ama”, y no dice nada más? ¿O encontramos más bien mandamientos específicos que nos dicen lo que debemos y no debemos hacer?
¿Qué tenemos en la Biblia, una exhortación general al amor, o mandamientos específicos? Las dos cosas. El amor a Dios y la ley de Dios no son dos cosas antagónicas, sino más bien complementarias. No es una cosa o la otra, sino más bien una cosa y la otra.
El mundo de hoy está cosechando el fruto de este divorcio que se estableció en la sociedad occidental en la década de los sesenta entre la ley y el amor. Esa fue la época de los hippies, cuyo lema era el amor, pero divorciado de todo tipo de atadura moral.
All you need is love (“Todo lo que necesitas es amor”) decía una canción de los Beatles que se hizo famosa en aquellos días, tan famosa que vino a ser como una especie de himno para esa generación.
Necesitamos amar, pero necesitamos también una ley que nos diga lo que implica este amor en un sentido práctico. “El amor no hace mal al prójimo, dice Pablo en Rom. 13:10; así que el cumplimiento de la ley es el amor”. No debemos divorciar el amor de la ley; estas dos cosas caminan de la mano en las Escrituras, y lo que Dios juntó no lo separe el hombre.
Dice Ernest Reisenger al respecto: “Establecer una falsa antítesis entre la ley y el amor (como si éstas fuesen ideas opuestas y en conflicto) es una de las formas más sutiles de socavar los Diez Mandamientos, la moral bíblica, y el verdadero cristianismo. Ciertamente hay una diferencia entre la ley y el amor, pero hay también una conexión inmutable. El dejar de ver esta relación que no cambia ha guiado a muchos a incontables errores, herejías, y descalabro espiritual”.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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