Otro de los elementos que han incidido en nuestra visión de la juventud hoy día es lo que yo he llamado “la fragmentación generacional”. Como vimos en la entrada anterior (“El mito de la adolescencia”), según el psicólogo y educador evolucionista Stanley Hall, se supone que cada generación necesita romper con la anterior, dando por sentado que los jóvenes deben tener su propio espacio y guardar cierta distancia de los adultos.
Esto es algo que no siempre se dice de este modo, pero es una presuposición que está ahí, y que ha llevado a muchos ministerios a fragmentar la iglesia en grupos de interés, en vez de procurar que actuemos como un cuerpo, donde cada parte contribuye al bienestar espiritual del resto.
Leí recientemente la historia de una iglesia que celebraba cada domingo un culto paralelo para jóvenes en el local de la escuela que estaba al lado. Las familias llegaban juntas al edificio de la iglesia, pero entonces los jóvenes se iban a su iglesia de jóvenes hasta los 16 años de edad, y los adultos a su iglesia de adultos.
Todo parecía funcionar bien. Los niños y los jóvenes disfrutaban de un programa adaptado para su edad, mientras los adultos disfrutaban del servicio sin ser perturbados por los niños y los jóvenes.
El problema fue que al llegar a los 16 años todos los jóvenes sin excepción se iban de la iglesia. No sabían cómo hacer la transición, sino que más bien fueron reforzados en esa cultura de segregación.
El tercer elemento cultural que ha incidido profundamente en nuestros jóvenes es el relativismo postmoderno.
El término “postmodernidad” comenzó a ser usado a finales de la década de los 70, para referirse al profundo cambio cultural que se había venido experimentando en occidente, sobre todo a partir de la década de los 60s.
Como su nombre lo indica, la postmodernidad se trata de una reacción al período histórico que hoy conocemos como “modernidad”, en el cual el hombre rechazó la autoridad de la Biblia y de la iglesia, para poner toda su confianza en la capacidad del raciocinio humano y en la ciencia para alcanzar conocimiento verdadero.
El hombre moderno creyó haber encontrado en la ciencia el instrumento a través del cual la humanidad habría de alcanzar un desarrollo sin precedente en la historia. De hecho, a finales del siglo XIX se esperaba con mucha expectativa la llegada del siglo XX, donde muchos de los problemas que habían acosado al hombre a través de la historia serían finalmente solucionados.
Pero ¿qué sucedió? Que no bien habíamos estrenado el 1900 cuando estalló la Primera Guerra Mundial.
• La I Guerra Mundial (1914-1917). Cerca de 9 millones de muertos, a un promedio de más de 6 mil muertos por día.
• Los avances tecnológicos fueron usados para diseñar armas de guerra más mortíferas que nunca.
• La Gran Depresión (1929).
• La llegada del Tercer Reich de Hitler en Alemania y del Fascismo de Mussolini en Italia.
• La II Guerra Mundial (1939-1945). 60 millones de muertos más.
• El Holocausto nazi.
• La Bomba Atómica sobre Hiroshima y Nagasaki (el 6 y el 9 de Agosto de 1945 respectivamente).
El siglo XX ha sido, sin duda, uno de los más violentos de toda la historia humana. Eso trajo como resultado una desilusión creciente en las promesas de progreso de la Ilustración.
Y es sobre la base de esa desilusión que se construye la postmodernidad. El hombre postmoderno mantiene el rechazo a la autoridad de la Biblia y de la iglesia, pero se ha dado cuenta que tampoco puede confiar ciegamente en la razón humana. El problema es que no encontraron nada con qué sustituirla, excepto la intuición y el sentimiento. Ahora se aconseja que cada cual siga su corazón.
Por supuesto, si cada cual debe seguir los dictados de su corazón, entonces no debemos aceptar absolutos de ningún tipo: ni en el terreno del conocimiento, ni en el de la moral, ni en el de los valores humanos. Ahora todo es relativo.
Cada cual tiene derecho a forjarse su propia opinión de las cosas; y cualquiera que se atreva a creer dogmáticamente que algo debe ser universalmente aceptado como verdadero es un intolerante.
He ahí, en pinceladas muy generales, algunos de los elementos que han incidido negativamente en la generación a la que nos ha tocado ministrar a principios del siglo XXI.
La pregunta que debemos hacer ahora es ¿cuál es el impacto que estas presuposiciones están teniendo en el concepto que muchos tienen hoy sobre la forma cómo debemos ministrar a los jóvenes en la iglesia? Espero responder esta pregunta en una entrada posterior.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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jueves, 19 de noviembre de 2009
miércoles, 18 de noviembre de 2009
El mito de la adolescencia

Si hay algo que parece ser una preocupación común en muchos líderes eclesiásticos en el día de hoy, así como en muchos padres cristianos, es cómo mantener en nuestras iglesias a los jóvenes que han crecido en ella y cómo alcanzar a los que están fuera.
La gente joven no ha dejado de ser “espiritual” a su manera, pero al mismo tiempo parecen manifestar una profunda antipatía hacia la religión organizada, lo mismo que hacia el liderazgo tradicional y hacia las iglesias tradicionales.
Por tal razón muchos piensan que si queremos alcanzar esa generación, y la que viene subiendo, tendremos que hacer cambios dramáticos en la forma como concebimos la iglesia y como llevamos a cabo nuestros ministerios.
Sin embargo, lo cierto es que la iglesia de Cristo ha permanecido en pie por casi 2 mil años, y no ha tenido que estar ajustando su mensaje ni sus principios para seguir alcanzando a las nuevas generaciones.
¿Acaso debemos suponer que los jóvenes de hoy son distintos a los de antes? ¿O será más bien que nosotros hemos adoptado un concepto errado de la juventud, sobre todo de la adolescencia, que está incidiendo profundamente en nuestra visión de los ministerios de jóvenes en la actualidad?
No hay duda de que la sociedad occidental ha sufrido cambios conceptuales en las últimas décadas, sobre todo a partir de la década de los 60s; y es indudable que esos cambios han influido en la manera como la iglesia intenta alcanzar a los jóvenes con el evangelio.
Uno de cambios conceptuales profundos es el mito de la adolescencia. Como bien señala Rick Holland: “Nuestra generación ha asumido una perspectiva de los adolescentes que debe ser demitologizada a la luz de la Escritura… El concepto de la adolescencia ha llegado a ser tan común que pocos se han detenido a desafiar su definición o legitimidad”.
Para muchos puede ser una sorpresa saber que el concepto que hoy tenemos de la adolescencia es relativamente novedoso. No fue sino hasta 1904 que el educador y psicólogo evolucionista Stanley Hall publicó el primer tratado, conocido a la fecha, que señala la “adolescencia” como una etapa particular en el desarrollo de los seres humanos.
En toda la historia humana nunca antes se había dividido el desarrollo del hombre en tres etapas: niñez, adolescencia y adultez. Esto es algo exclusivo del siglo XX. Christopher Schlect nos explica al respecto que Stanley Hall creía que los adolescentes “debían ser separados de aquellos que eran más jóvenes y más mayores que ellos. Más aún, igual que la mayoría de los evolucionistas, Hall también enseñó que cada generación es, o debe ser, superior a la generación anterior y, por lo tanto, necesita romper con aquellos que le preceden. En términos prácticos, este pensamiento ha venido a significar que la rebeldía es el destino de la juventud. Hall, y muchos psicólogos sociales después de él… consideran esta rebelión como algo positivo”.
Por otra parte, este nuevo concepto de la adolescencia ha traído consigo otros problemas que han afectado la manera como la sociedad mira hoy a los adolescentes y como ellos se ven a sí mismos.
En un libro que rastrea el origen de ciertas palabras que han moldeado la forma de pensar de la sociedad norteamericana contemporánea, el autor dice lo siguiente con respecto a la palabra teenager: “En la primera mitad del siglo XX, hicimos un sorprendente descubrimiento. ¡Había teenagers entre nosotros! Hasta ese momento, habíamos pensado que las personas sólo pasaban por dos etapas: la niñez y la adultez. Y aunque la infancia tiene sus momentos tiernos, la meta del niño era crecer lo más pronto posible para poder disfrutar de las oportunidades y asumir las responsabilidades de un adulto”.
Aquí debemos añadir otro ingrediente que en sí mismo fue una bendición, pero que conectado con estas nuevas ideas de la adolescencia han venido a ser un problema. A principios de los 1900, fueron aprobadas varias leyes que tenían la intención de proteger a los niños del trabajo duro al que muchos eran sometidos, al mismo tiempo que la educación escolar vino a ser obligatoria.
Y gracias al Señor que esto fue así. El problema es que poco a poco los muchachos fueron asumiendo cada vez menos responsabilidades y convirtiéndose cada vez más en consumidores pasivos. Y lo que es todavía peor, el mundo comenzó a girar en muchos sentidos alrededor de estos adolescentes consumistas.
Piensen por un momento en la industria del entretenimiento – el cine, la música, la TV, la moda, y un montón de cosas más; la mayoría de esas cosa giran en torno a las preferencias del público adolescente.
Esto ha contribuido a fortalecer la idea de que los años de la adolescencia es una especie de vacaciones antes de entrar a la etapa de la adultez en la que tenemos asumir muchas responsabilidades. Según esta forma de pensar, los adolescentes son incapaces de manifestar competencia, madurez o productividad.
Y el asunto se ha complicado aún más en los últimos años, porque hemos añadido otra categoría que no sé cómo llamarla en español, pero en un artículo que apareció en la revista Time hace un tiempo atrás se les llama en inglés kidults, una mezcla de kid and adults: “muchacho y adulto al mismo tiempo”.
El artículo de Time los describe como hombres y mujeres hechos y derechos “que todavía viven con sus padres, y que visten, hablan y fiestean como cuando eran adolescentes; saltando de trabajo en trabajo y de cita amorosa en cita amorosa, divirtiéndose pero dirigiéndose al parecer hacia ningún lado”.
Terri Apter, psicóloga de la Univesidad de Cambridge, dice: “Legalmente son adultos, pero se quedan en el umbral, a las puertas de la adultez sin atravesarla”. Esto no es más que una consecuencia lógica de haber abrazado el mito de la adolescencia. Si, después de todo, la adolescencia es una edad para divertirse, y la adultez para tomar responsabilidades, ¿por qué no extender esa etapa lo más que podamos? ¿Por qué tenemos que concluirla arbitrariamente al terminar el bachillerato o cumplir los 20 años de edad?
Creo que esa perspectiva de la adolescencia es parte de ese molde al que no debemos conformarnos, como dice Pablo en Rom. 12:2. La visión que la Biblia nos da de los jóvenes es muy distinta a la que la sociedad en general acepta en el día de hoy:
“Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” (1Cor. 13:11).
“Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar” (1Cor. 14:20).
Pablo menciona únicamente dos etapas en la vida: la niñez y la adultez. En otra entrada más adelante espero que veamos algunas implicaciones de la perspectiva que tenemos de los adolescentes y la forma como les ministramos.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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martes, 17 de noviembre de 2009
Hay ciertas cosas que el Dios omnipotente no puede hacer
La omnipotencia divina ha sido motivo de mucha controversia en la historia de la filosofía. Tomás de Aquino escribió al respecto que aunque “todos confiesan que Dios es omnipotente… parece difícil expresar en qué consiste precisamente Su omnipotencia”.
Algunas personas entienden que imponerle cualquier limitación al poder de Dios, ya sea de tipo lógico o de cualquier otro tipo, minaría seriamente el concepto que el cristianismo histórico ha defendido de la omnipotencia divina.
Sin embargo, si algo podemos aprender al estudiar el concepto clásico de omnipotencia defendido por el cristianismo histórico es que este atributo divino siempre fue entendido como compatible con ciertas limitaciones del poder de Dios. “Hay ciertas cosas que aún un Dios omnipotente no puede hacer”, dice acertadamente Ronald Nash.
Omnipotencia y las leyes de la lógica:
En este punto de la discusión es importante hacer una diferencia entre lo que es físicamente posible de lo que es lógicamente posible. Nash dice al respecto: “Algo es lógicamente posible si su descripción no viola la ley de la no contradicción. Algo es físicamente posible si algunos [seres] humanos lo han hecho en este mundo real”.
Dar 70 home runs en una temporada es físicamente posible porque algunos jugadores de grandes ligas lo han hecho. Cruzar el Atlántico a nado no parece ser físicamente posible para ningún ser humano. Aquino entendió que nada se ganaba analizando la omnipotencia divina en términos de posibilidades físicas. En sus propias palabras:
“Si fuéramos a decir que Dios es omnipotente porque Él puede hacer todas las cosas que son posibles por Su poder sería un círculo vicioso para explicar la naturaleza de Su poder. Porque no estaríamos diciendo nada más que Dios es omnipotente porque Él puede hacer todo lo que es capaz de hacer”.
Más bien deberíamos acercarnos a este tema en términos de lo lógicamente posible. La mayoría de los pensadores cristianos están de acuerdo con Tomás de Aquino en que la omnipotencia divina requiere necesariamente de consistencia lógica y no únicamente de posibilidad física.
Si un acto es lógicamente imposible, también será físicamente imposible. Por ejemplo, hacer un círculo cuadrado. Hacer un círculo cuadrado no es llevar a cabo una obra sino dar expresión en palabras a lo que sería una pseudo obra. Pero el hecho de que un ser no pueda hacer una pseudo obra no tiene nada que ver con una limitación de su poder.
Descartes ha sido uno de los pocos filósofos que se opuso al pensamiento de Aquino. Según él, Dios no puede estar limitado por nada, ni siquiera por la ley de la no contradicción. Un Ser omnipotente debería ser capaz de hacer cualquier cosa, incluyendo aquello que es auto contradictorio.
Uno de los problemas que enfrentamos al tratar con esta aseveración es que resulta imposible de ser cuestionada en un diálogo significativo; ya que cualquier proceso de sana argumentación o refutación parte de ciertas presuposiciones, es imposible argumentar contra alguien que rechaza la regla más fundamental del razonamiento.
No obstante, hay algunas cosas que podemos decir al respecto. Por un lado, aquellos que aceptan la autoridad de las Escrituras deben reconocer que hay algunas cosas que el Dios omnipotente no puede hacer.
Por ejemplo, Dios no puede mentir ni jurar por nadie mayor que Él (comp. He. 6:18, 13). La perspectiva bíblica de la omnipotencia de Dios no es la habilidad de hacer absolutamente todo.
Por otra parte, algunos filósofos han hecho la observación de que es absurdo considerar que algo contradictorio sea realmente “algo”. El filósofo británico Richard Swinburne dice al respecto: “Una acción lógicamente imposible no es una acción. Es lo que es descrito por una forma de palabras que tienen la intención de describir una acción, pero no describe nada que sea coherente como para suponer que pueda ser hecho. No es una objeción contra la omnipotencia de A el que no pueda hacer un círculo cuadrado. Esto así porque ‘hacer un círculo cuadrado’ no describe nada que sea coherente suponer que pueda ser hecho”.
Como bien señala Tomás de Aquino, es más preciso decir que una pseudo obra no puede ser hecha, a decir que Dios no puede hacerlas. Afirmar que Dios puede actuar en contra de las leyes de la lógica es hacer de Él un ser que no puede ser conocido ni comprendido.
Omnipotencia y paradoja:
Algunos filósofos plantean que, aún asumiendo que Dios no puede hacer algo que sea lógicamente imposible, esto no se aplica al problema que se genera cuando preguntamos si Dios puede crear una piedra tan pesada que Él no pueda cargar. Esta acción no parece ser auto contradictoria en el mismo sentido en que hacer un círculo cuadrado es auto contradictorio.
La paradoja que se presenta aquí es muy evidente: Si Dios pudiera crear una piedra tan pesada que luego no pudiera levantar, entonces hay algo que Él no puede hacer (levantar la piedra).
Y si Dios no puede crear una piedra que sea demasiado pesada para que Él pudiera levantarla, sigue habiendo algo que Él no puede hacer (crear esa piedra). En ambos casos, dicen algunos, eso probaría que Dios no es omnipotente.
El filósofo George Mavrodes, en una amplia discusión acerca de esta paradoja, dice que el argumento de Aquino con respecto a la posibilidad lógica puede ser aplicado a la paradoja de la piedra. Por un lado, este planteamiento parte de la presuposición de que Dios es omnipotente; si Dios no fuera omnipotente no existiría ninguna paradoja, ya que la frase “una piedra demasiado pesada que Dios no puede levantar” no sería auto contradictoria.
Pero una vez partimos de la presuposición de que Dios es omnipotente, el argumento de Aquino con respecto a la posibilidad lógica puede ser aplicado al problema. Si decimos de entrada que Dios es omnipotente, entonces la frase “Dios no puede crear una piedra tan pesada que Él mismo no pueda levantar” viene a ser una contradicción.
La acción de crear una piedra que Él no pueda levantar no es más que una pseudo obra que no puede ser hecha y, por lo tanto, no puede ser tomada como una objeción a la omnipotencia de Dios.
En conclusión, la paradoja presentada con la piedra puede ser manejada con el argumento de Tomás de Aquino de que la omnipotencia de Dios no se extiende hacia aquellas cosas que son lógicamente imposibles de hacer.
Omnipotencia y pecado:
Por cuanto pecar es un acto que es tanto lógica como físicamente posible, como vemos en el caso de los seres humanos, ¿cómo podemos decir que Dios es omnipotente si Él no puede pecar? Si Dios no puede pecar, entonces hay algo que es lógica y físicamente posible que Dios no puede hacer.
Tanto Anselmo de Canterbury como Tomás de Aquino lidiaron con esta cuestión. La incapacidad que tiene Dios de pecar, dice Anselmo, parece ser incompatible con la aseveración de que Dios es omnipotente; sin embargo, la habilidad de pecar no es el resultado de tener poder, sino de carecer de él.
Aquino argumentaba de una manera similar al afirmar que “pecar es quedarse corto de llevar a cabo una acción perfecta; por consiguiente, ser capaz de pecar es ser capaz de quedarse corto al llevar a cabo una acción, lo cual es repugnante a la omnipotencia. Por lo tanto, si Dios no puede pecar es debido precisamente a Su omnipotencia”.
Si Dios pecara eso probaría más bien que no es omnipotente. “Carecer de poder [para evitar la perversidad] es ser imperfecto, pero ser incapaz de mentir es una perfección” (Jerome Gellman).
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Algunas personas entienden que imponerle cualquier limitación al poder de Dios, ya sea de tipo lógico o de cualquier otro tipo, minaría seriamente el concepto que el cristianismo histórico ha defendido de la omnipotencia divina.
Sin embargo, si algo podemos aprender al estudiar el concepto clásico de omnipotencia defendido por el cristianismo histórico es que este atributo divino siempre fue entendido como compatible con ciertas limitaciones del poder de Dios. “Hay ciertas cosas que aún un Dios omnipotente no puede hacer”, dice acertadamente Ronald Nash.
Omnipotencia y las leyes de la lógica:
En este punto de la discusión es importante hacer una diferencia entre lo que es físicamente posible de lo que es lógicamente posible. Nash dice al respecto: “Algo es lógicamente posible si su descripción no viola la ley de la no contradicción. Algo es físicamente posible si algunos [seres] humanos lo han hecho en este mundo real”.
Dar 70 home runs en una temporada es físicamente posible porque algunos jugadores de grandes ligas lo han hecho. Cruzar el Atlántico a nado no parece ser físicamente posible para ningún ser humano. Aquino entendió que nada se ganaba analizando la omnipotencia divina en términos de posibilidades físicas. En sus propias palabras:
“Si fuéramos a decir que Dios es omnipotente porque Él puede hacer todas las cosas que son posibles por Su poder sería un círculo vicioso para explicar la naturaleza de Su poder. Porque no estaríamos diciendo nada más que Dios es omnipotente porque Él puede hacer todo lo que es capaz de hacer”.
Más bien deberíamos acercarnos a este tema en términos de lo lógicamente posible. La mayoría de los pensadores cristianos están de acuerdo con Tomás de Aquino en que la omnipotencia divina requiere necesariamente de consistencia lógica y no únicamente de posibilidad física.
Si un acto es lógicamente imposible, también será físicamente imposible. Por ejemplo, hacer un círculo cuadrado. Hacer un círculo cuadrado no es llevar a cabo una obra sino dar expresión en palabras a lo que sería una pseudo obra. Pero el hecho de que un ser no pueda hacer una pseudo obra no tiene nada que ver con una limitación de su poder.
Descartes ha sido uno de los pocos filósofos que se opuso al pensamiento de Aquino. Según él, Dios no puede estar limitado por nada, ni siquiera por la ley de la no contradicción. Un Ser omnipotente debería ser capaz de hacer cualquier cosa, incluyendo aquello que es auto contradictorio.
Uno de los problemas que enfrentamos al tratar con esta aseveración es que resulta imposible de ser cuestionada en un diálogo significativo; ya que cualquier proceso de sana argumentación o refutación parte de ciertas presuposiciones, es imposible argumentar contra alguien que rechaza la regla más fundamental del razonamiento.
No obstante, hay algunas cosas que podemos decir al respecto. Por un lado, aquellos que aceptan la autoridad de las Escrituras deben reconocer que hay algunas cosas que el Dios omnipotente no puede hacer.
Por ejemplo, Dios no puede mentir ni jurar por nadie mayor que Él (comp. He. 6:18, 13). La perspectiva bíblica de la omnipotencia de Dios no es la habilidad de hacer absolutamente todo.
Por otra parte, algunos filósofos han hecho la observación de que es absurdo considerar que algo contradictorio sea realmente “algo”. El filósofo británico Richard Swinburne dice al respecto: “Una acción lógicamente imposible no es una acción. Es lo que es descrito por una forma de palabras que tienen la intención de describir una acción, pero no describe nada que sea coherente como para suponer que pueda ser hecho. No es una objeción contra la omnipotencia de A el que no pueda hacer un círculo cuadrado. Esto así porque ‘hacer un círculo cuadrado’ no describe nada que sea coherente suponer que pueda ser hecho”.
Como bien señala Tomás de Aquino, es más preciso decir que una pseudo obra no puede ser hecha, a decir que Dios no puede hacerlas. Afirmar que Dios puede actuar en contra de las leyes de la lógica es hacer de Él un ser que no puede ser conocido ni comprendido.
Omnipotencia y paradoja:
Algunos filósofos plantean que, aún asumiendo que Dios no puede hacer algo que sea lógicamente imposible, esto no se aplica al problema que se genera cuando preguntamos si Dios puede crear una piedra tan pesada que Él no pueda cargar. Esta acción no parece ser auto contradictoria en el mismo sentido en que hacer un círculo cuadrado es auto contradictorio.
La paradoja que se presenta aquí es muy evidente: Si Dios pudiera crear una piedra tan pesada que luego no pudiera levantar, entonces hay algo que Él no puede hacer (levantar la piedra).
Y si Dios no puede crear una piedra que sea demasiado pesada para que Él pudiera levantarla, sigue habiendo algo que Él no puede hacer (crear esa piedra). En ambos casos, dicen algunos, eso probaría que Dios no es omnipotente.
El filósofo George Mavrodes, en una amplia discusión acerca de esta paradoja, dice que el argumento de Aquino con respecto a la posibilidad lógica puede ser aplicado a la paradoja de la piedra. Por un lado, este planteamiento parte de la presuposición de que Dios es omnipotente; si Dios no fuera omnipotente no existiría ninguna paradoja, ya que la frase “una piedra demasiado pesada que Dios no puede levantar” no sería auto contradictoria.
Pero una vez partimos de la presuposición de que Dios es omnipotente, el argumento de Aquino con respecto a la posibilidad lógica puede ser aplicado al problema. Si decimos de entrada que Dios es omnipotente, entonces la frase “Dios no puede crear una piedra tan pesada que Él mismo no pueda levantar” viene a ser una contradicción.
La acción de crear una piedra que Él no pueda levantar no es más que una pseudo obra que no puede ser hecha y, por lo tanto, no puede ser tomada como una objeción a la omnipotencia de Dios.
En conclusión, la paradoja presentada con la piedra puede ser manejada con el argumento de Tomás de Aquino de que la omnipotencia de Dios no se extiende hacia aquellas cosas que son lógicamente imposibles de hacer.
Omnipotencia y pecado:
Por cuanto pecar es un acto que es tanto lógica como físicamente posible, como vemos en el caso de los seres humanos, ¿cómo podemos decir que Dios es omnipotente si Él no puede pecar? Si Dios no puede pecar, entonces hay algo que es lógica y físicamente posible que Dios no puede hacer.
Tanto Anselmo de Canterbury como Tomás de Aquino lidiaron con esta cuestión. La incapacidad que tiene Dios de pecar, dice Anselmo, parece ser incompatible con la aseveración de que Dios es omnipotente; sin embargo, la habilidad de pecar no es el resultado de tener poder, sino de carecer de él.
Aquino argumentaba de una manera similar al afirmar que “pecar es quedarse corto de llevar a cabo una acción perfecta; por consiguiente, ser capaz de pecar es ser capaz de quedarse corto al llevar a cabo una acción, lo cual es repugnante a la omnipotencia. Por lo tanto, si Dios no puede pecar es debido precisamente a Su omnipotencia”.
Si Dios pecara eso probaría más bien que no es omnipotente. “Carecer de poder [para evitar la perversidad] es ser imperfecto, pero ser incapaz de mentir es una perfección” (Jerome Gellman).
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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lunes, 16 de noviembre de 2009
Es imposible para el hombre inventar un plan de salvación como el que se revela en el evangelio

Si hay algo sorprendente en las Escrituras, aparte de lo que ella dice acerca de Dios, es lo que ella revela acerca de la redención. Resulta altamente improbable, por no decir imposible, que un grupo de hombres, sin conexión alguna entre sí, y sin entender ellos mismos muchas de las cosas que escribían, hayan podido diseñar un plan de salvación como el que la Biblia revela desde Génesis hasta Apocalipsis.
Ese es el gran tema de las Escrituras: cómo el paraíso perdido por el pecado del hombre en el huerto del Edén, viene a ser en Cristo el paraíso recobrado. Toda la Biblia gira en torno a ese gran tema: La gloria de Dios en la salvación de los pecadores. En ese plan divino de redención, la Biblia no sólo nos muestra cuál es el camino de la salvación, sino que provee la única explicación coherente y plausible de por qué el mundo está como está.
Todos los intentos que el hombre ha hecho a lo largo de los siglos para explicar la realidad fuera del marco bíblico, han terminado inevitablemente en un atolladero sin salida. Esa ha sido la historia de la filosofía desde los griegos hasta el día de hoy.
Pero la explicación bíblica no sólo es coherente consigo misma sino también coherente con la realidad del mundo en que vivimos. Es por eso que la Biblia sigue siendo tan relevante; ella nos muestra cómo son las cosas realmente y cómo podemos vivir sabiamente en el mundo que Dios creó, independientemente de nuestra época y circunstancia.
Ahora bien, como no puedo desglosar detalladamente el plan de redención revelado por Dios en las Escrituras en un breve artículo, voy a limitarme únicamente al papel central que Cristo, nuestro Señor, jugó en la salvación de los pecadores.
Tan pronto el pecado entró en el mundo el Señor prometió en Gn. 3:15 que de la simiente de la mujer habría de nacer uno que le aplastaría la cabeza a la serpiente, aunque en ese proceso la serpiente habría de herirle en el calcañar.
Un miembro de la raza humana habría de redimir al hombre y volver atrás los efectos de la caída. A través del AT Dios fue preparando a Su pueblo para la venida de ese Mesías proveyéndoles información cada vez más detallada y específica: Sería de la descendencia de Abraham, Isaac y Jacob; sería de la tribu de Judá, de la familia de Isaí, y más particularmente de su hijo David. Y así sucesivamente.
Pero conjuntamente con esa información acerca del Mesías, Dios también le proveyó a Su pueblo todo un sistema de sacrificios por medio del cual podían acercarse a Él, en espera del cumplimiento de todas esas promesas de redención. Y si algo estaba claro en ese sistema sacrificial es que por la salvación de los pecadores un inocente habría de morir para satisfacer la justicia de Dios.
Los judíos creyentes del antiguo pacto no pudieron vislumbrar esto con claridad, pero algunos de ellos se dieron cuenta de que de alguna manera en el plan de salvación diseñada por Dios el Mesías debía padecer amargos sufrimientos (comp. 1P. 1:10-12 con Is. 53:3-7).
Pero hay un aspecto que los judíos del antiguo pacto difícilmente pudieron vislumbrar y era la identidad de ese Mesías por tanto tiempo anunciado. ¿Quién habría de ser la víctima inocente, al que señalaban todos esos corderos sin tacha que fueron sacrificados en el AT?
Ya sabían que no era un ser angelical, porque había sido ampliamente revelado en el AT que habría de ser un miembro de la raza humana, de la descendencia de Abraham, etc., etc.
Pero al mismo tiempo no podría ser un hombre común y corriente, porque toda la descendencia de Adán nace manchada en pecado, y el Salvador debía ser puro y sin mancha para que no muriera por sus propios pecados sino por los de otros.
Para complicar el asunto un poco más, ese Salvador debía poseer en sí mismo un valor infinito porque la deuda que habría de pagar era infinita también. Ya nosotros sabemos que fue precisamente por eso que Dios el Hijo se hizo Hombre, porque el único Ser infinito que existe no es otro que Dios mismo.
Pero ¿cómo podía Dios hacerse miembro de la raza humana, sin dejar de ser Dios y sin heredar los efectos del pecado con los que viene manchado todo hombre desde su nacimiento?
La solución bíblica fue planteada unos 700 años antes del nacimiento de Cristo. Dice en Is. 7:14: “He aquí la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”. El nacimiento virginal fue la solución. De ese modo el preexistente hijo de Dios tomó para Sí una naturaleza humana, creada para Él por el Espíritu Santo en el vientre de María.
De haber nacido por generación normal, es decir, por la fecundación de un óvulo humano con un espermatozoide humano, ese niño hubiese sido una nueva persona. Pero la persona del Hijo ya existía desde toda la eternidad (comp. Is. 9:6). El Señor no podía venir al mundo de otro modo que no fuese a través de una mujer virgen. De ese modo el preexistente Hijo de Dios se hizo Hombre y nació sin pecado, porque no heredó la corrupción de la raza humana.
Ahora, yo me pregunto, ¿entendieron todo esto los autores del AT? Cuando Moisés escribía acerca de todos esos sacrificios, cuando Dios hizo un pacto con Abraham diciéndole que en su simiente serían benditas todas las familias de la tierra, cuando Dios hizo un pacto con David prometiéndole que uno de sus descendientes se sentaría en Su trono para reinar eternamente y para siempre, cuando Isaías escribió del siervo sufriente del Señor en el cap. 53, o cuando profetizó que una virgen habría de concebir, ¿entendían ellos el alcance de todo esto?
¡Por supuesto que no! ¿Cómo pudieron, entonces, revelar un plan de redención que comienza forjarse en el libro del Gn. y que se va desarrollando a través de los 39 libros del AT, para que luego encaje perfectamente en la vida y obra de nuestro Señor Jesucristo?
Intentar explicar esto echando a un lado la inspiración bíblica es sencillamente imposible. De manera que la Biblia no sólo clama ser la Palabra inspirada de Dios, sino que sus evidencias internas confirman abrumadoramente que ella no puede ser otra cosa que la Palabra de Dios.
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Jesucristo
domingo, 15 de noviembre de 2009
Tiempo de oscuridad: meditación para el día del Señor

Luego de haber comido la Pascua y haber instituido la Santa Cena, el Señor Jesucristo atravesó con Sus discípulos el arroyo de Cedrón y se dirigió al huerto de Getsemaní. Allí derramó Su alma delante de Dios en oración y fue fortalecido por un ángel para seguir adelante con la obra que había venido a hacer.
Una de las razones por las que Jesús decidió visitar el huerto esa noche, era el hecho de que Judas conocía el lugar, y así el Señor se aseguraba de que Sus enemigos lo encontrarían más fácilmente. En Jn. 18:2 dice que “Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con Sus discípulos”.
El Señor no fue tomado por sorpresa aquella noche. Escapar hubiese sido la cosa más fácil del mundo, pero Él evitó adrede cualquier palabra o acción que pudiera ayudarle en Su liberación. En Mt. 26:53 Cristo le hace saber a Pedro que con sólo pedírselo al Padre, tendría a Su disposición más de doce legiones de ángeles. Y en Jn. 18:6 vemos que en el momento en que la turba se presentó a efectuar el arresto y el Señor se identificó a Sí mismo, todos fueron derribados a tierra por un poder milagroso.
Cristo habría podido impedir el arresto, pero no lo hizo porque Él había venido a morir por los Suyos. Después de la agonía de Getsemaní el camino estaba trazado sin posibilidad de cambio: primero el juicio y luego la cruz. Para eso fue al huerto aquella noche, para ser apresado por Sus enemigos.
“Y Jesús dijo a los principales sacerdotes, a los jefes de la guardia del templo y a los ancianos, que habían venido contra él: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos? Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; mas esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas”.
Es precisamente a estas últimas palabras a las que deseo llamar vuestra atención: “Mas esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas”.
Lo primero que estas palabras nos enseñan es que ese tiempo había sido señalado en el decreto divino.
En el texto paralelo de Mateo, en Mt. 26:55, Cristo añade: “Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas”. Dios estaba llevando a cabo Su plan soberano de redención, aunque al mismo tiempo ellos eran responsables de sus acciones. “Uds. decidieron hacerlo en esta hora, cuando hubiesen podido prenderme en otro momento. Esa fue vuestra decisión, pero al hacerlo estaban cumpliendo sin saberlo el decreto de Dios”.
Los que arrestaron a Cristo esa noche y luego lo llevaron a la cruz no lo hicieron en inocencia, como robots programados. No. Ellos hicieron esa noche lo que querían hacer: matar a Cristo, y lo hicieron movidos por su odio, no por el decreto de Dios (comp. Hch. 2:23, 36-38; 3:13-15).
Pero al hacerlo llevaron a cabo el propósito eterno de Dios. “Esta es vuestra hora” – les dice el Señor. Ese era el tiempo que Dios les había asignado en Sus decretos para que ellos hicieran lo que hicieron.
Esto ciertamente es un misterio que no podemos comprender del todo, pero no porque sea irracional, sino porque no tenemos toda la información que necesitamos. Estos hombres odiaban a Cristo y querían llevarlo a la cruz. Pero no pudieron hacerlo hasta que llegara el momento señalado por Dios en Sus decretos (comp. Jn. 2:4; 7;6, 8, 30; 8:20; 12:23, 27; 13:1; 16:32; 17:1).
Pero el texto nos enseña también que esta era una hora en la que Dios había permitido al reino tenebroso del mal llevar a cabo su voluntad.
Como bien señala Frederick Lehay: “Dios había reservado esta hora para Satanás… esta hora era especialmente suya… En esta terrible hora Satanás tuvo rienda suelta. En el caso de Job Dios le puso un límite a la actividad de Satanás. En la experiencia de Cristo no hubo límite para la embestida… Él era libre de hacer lo peor y lo hizo”.
Sólo eso puede explicar la saña irracional que toda esta gente volcó contra Cristo esa noche. Seguramente no ha habido otro tiempo en la historia humana cuando el mal se haya manifestado en todo su horrible poder como en ese momento. El Señor tenía que vencer al maligno en el mismo terreno donde el hombre había perdido la batalla, pero ¡qué precio tan grande tuvo que pagar por ello!
Cristo, nuestro Salvador, tuvo que enfrentarse cara a cara con los poderes del mal, para que nosotros pudiésemos disfrutar hoy de la protección de Dios. Él no tuvo ninguna protección en ese momento porque estaba sufriendo en nuestro lugar el castigo que los Suyos merecíamos por nuestros pecados.
Esta escena de los evangelios nos muestra una vez más cuán grande es el amor de Dios para con Sus elegidos. El Padre entregó a Su propio Hijo para salvar a un grupo de hombres y mujeres que le aborrecían; y Dios el Hijo vino voluntariamente a sufrir las consecuencias de nuestros pecados, para que nosotros pudiésemos ser librados de tales consecuencias (comp. Rom. 8:31-32).
Pero también nos enseña que aún las horas más oscuras están contempladas en los decretos de Dios; y a final de cuentas, Él usará los episodios más terribles para la gloria de Su nombre y el bien de Su pueblo.
Hay ocasiones en las que el diablo desciende con más furor sobre los creyentes (de ahí la exhortación de Pablo en Ef. 6:10-11, 13). Pero aún en esas horas oscuras tenemos que ver a Dios por la fe llevando a cabo Sus decretos eternos.
Nuestro Dios no tiene nada que ver con el pecado (Sant. 1:13), pero el pecado no se escapa de Su control. Y qué bueno que es así. Si el Señor no controlara el pecado, este mundo sería un caos total.
No tenemos toda la información que se requiere para desvelar este misterio, pero la información que tenemos es suficiente para descansar confiados en Aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, cuyo amor es tan grande que estuvo dispuesto a dejar Su trono de gloria, asumir una naturaleza humana semejante en todo a la nuestra, pero sin pecado, y luego vencer al diablo en nuestro lugar, para que nosotros participemos eternamente de Su victoria.
Adorémosle hoy como Él merece, proclamando Su gloria y Sus virtudes, con el gozo de saber que estamos en Sus manos. Independientemente de las circunstancias que nos rodean en estos momentos, Él sigue siendo el único y sabio Dios en el cual podemos seguir confiando en las horas más oscuras y tenebrosas.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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viernes, 13 de noviembre de 2009
¿Es Ud. "triscaidecafóbico"?

Quizás se estén preguntando qué significa eso. Pero en realidad es muy simple. “Triscaidecafóbico” es una palabra griega compuesta que significa “temor al número trece” (tris - "tres"; kai - "y"; deka - "diez"; phobia - "temor"). Por alguna razón, que no viene al caso, muchas personas asocian el número 13 con la mala suerte, una mala suerte que se acrecienta cuando en el calendario coincide con el martes (trezidavomartiofobia) o con el viernes (paraskavedekatriafobia o friggatriscaidecafobia).
Este año hemos tenido ya dos viernes trece: en Febrero y en Marzo. Pero aún quedaba un tercero: hoy, viernes trece de Noviembre. Por lo que suponemos que muchas personas supersticiosas deben tener mucho temor.
Por supuesto, las supersticiones son irracionales, pero eso no es un obstáculo para que muchas personas, por demás educadas y académicamente bien equipadas, sean supersticiosas, por más ilógico que sea su temor (escuché a alguien decir una vez: “Yo no soy supersticioso porque eso da mala suerte”).
Y es que, después de todo, en un mundo gobernado por el azar cualquier cosa pudiera ocurrir.
Gracias al Señor, los creyentes en Cristo hemos sido librados de esos temores irracionales, porque sabemos que lo que algunos llaman “destino” no son más que la manifestación de los decretos de un Dios soberano que hace todas las cosas para Su gloria y para el bien de Su pueblo (Rom. 8:28; 11:36).
Si Ud. es triscaidecafóbico, he aquí el remedio para su fobia: reconcíliese con Dios arrepintiéndose de sus pecados y depositando su fe únicamente en Cristo y en Su obra redentora; entonces, y sólo entonces, podrá descansar confiado en la providencia de un Dios amante al que desde ahora y para siempre podrá llamarle “Padre”.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Martes / Viernes 13,
Soberanía de Dios,
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El Dios que se revela en la Biblia no puede haber sido inventado por los hombres
Si hay un tema controversial, tanto en filosofía como en religión, es el Ser de Dios. A lo largo de los siglos muchos grandes pensadores han disertado acerca de la existencia y naturaleza de Dios; y si algo podemos sacar en claro de esas disertaciones es que difieren en puntos muy importantes.
Sin embargo, cuando leemos los libros de la Biblia no encontramos ni un solo atisbo de discrepancia en la información que nos brindan sus autores, sino más bien una sorprendente y extraordinaria unidad orgánica.
Supongamos que un grupo de personas, con una misma creencia se ponen de acuerdo para escribir una antología acerca de un mismo asunto. Es muy probable que aún poniéndose de acuerdo haya discrepancia entre ellos, y mientras más controversial sea un tema, mayor será la probabilidad.
Ahora imaginen a un grupo de 40 personas, escribiendo acerca de muchísimos temas diversos y sin la menor posibilidad de ponerse de acuerdo porque ni siquiera vivían en la misma época, y que este grupo de hombres escriban 66 libros presentando unidad, coherencia y armonía en todos los temas que tratan, incluyendo temas tan controversiales como el de la existencia y naturaleza de Dios. Eso sería realmente extraordinario.
Pues eso es precisamente lo que tenemos en la Biblia. Estos hombres no se pusieron de acuerdo para escribir una antología acerca de la Persona de Dios. Y sin embargo, no sólo presentan una información perfectamente unificada, sino también extremadamente compleja.
Lo que estos hombres escribieron respecto a Dios está muy por encima de lo que cualquier hombre de cualquier época puede llegar a comprender plenamente. Aún poniéndose de acuerdo es muy improbable que un grupo de hombres haya podido inventarse un Dios como el que se revela en la Biblia.
Echemos un breve vistazo a lo que la Biblia nos revela acerca de Dios y noten ese entrelazado maravilloso de la información bíblica (no leer encabezado).
Dios es autosuficiente y completamente independiente:
En primer lugar, la Biblia nos dice que Dios es auto suficiente y completamente independiente. Eso es lo que los teólogos llaman la “aseidad” de Dios. Esa palabra viene de la frase latina a se, que significa “por sí mismo”. Una frase latina similar que usamos en español es per se. Dios existe por sí mismo. Todas las cosas creadas dependen de Él para su existencia, pero Él a su vez no depende de nada ni de nadie para existir.
Cuando Dios se revela a Moisés en el episodio de la zarza ardiendo y lo comisiona para ir a libertar al pueblo de Israel, Moisés dice al Señor: “He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros”.
No dijo: “Yo era”, ni “Yo seré”, sino “Yo soy”, el eterno presente de Dios, un Dios que permanece siendo el mismo ayer, hoy y por los siglos. Ningún ser humano pudiera decir algo así de sí mismo, porque nosotros somos el resultado de muchos factores.
Yo no soy el que soy; yo soy el hijo que mis padres engendraron, y el que mi padres criaron, y el que absorvió muchas cosas a medida que fui creciendo en el contexto en que crecí. Pero Dios es, sencillamente, el que es. Él no depende de nada ni de nadie para existir, Él no depende de nada ni de nadie para ser quien es.
Cientos de años más tarde, nuestro Señor Jesucristo aludiría a este pasaje al decir a los judíos en Jn. 8:58: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy”.
Y es obvio que los judíos entendieron claramente la implicación, porque dice en el vers. 59 que, al escuchar estas cosas, tomaron piedras para arrojárselas. Al igual que Jehová en el AT, el Señor Jesucristo se refiere a Sí mismo diciendo simplemente: “Yo soy”. Nuestro Dios existe por Sí mismo, pero todas las cosas que existen, existen por Él y dependen de Él.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1). En ese principio comenzó el tiempo como nosotros lo conocemos, pero Dios estaba allí antes de que nada más existiera. Y lo mismo se dice de Cristo en el NT.
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1:1-3).
Y Pablo dice en Col. 1:16-17, refiriéndose al Señor Jesucristo, que “en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten (Col. 1:16-17).
Nuestro Dios es el Ser sin causa, pero Él a Su vez es la causa de todo. Él es totalmente independiente, pero todas las cosas creadas dependen de Él.
Dios es infinito:
En segundo lugar, la Biblia también enseña que nuestro Dios es infinito. Eso quiere decir que Él no tiene límites en Su ser y consecuentemente no tiene límites en ninguno de Sus atributos. Cuando Salomón ora a Dios en la dedicación del templo, dice en 1R. 8:27:
“Pero ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?”
Y hablando acerca de la grandeza de Dios, dice en Is. 40: “¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados... He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas... Como nada son todas las naciones delante de Él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es” (Is. 40:12, 15, 17).
Y en el Sal. 145:3 dice el salmista: “Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es inescrutable”. Nuestro Dios es infinito. De no ser así no podría ser autosuficiente ni totalmente independiente. Nosotros somos dependientes porque somos limitados. Todo lo que es causado por otra cosa tiene que tener límites, pero como Dios es la causa sin causa Él no es limitado por nada.
Dios es inmutable:
En tercer lugar, nuestro Dios es inmutable. Eso es algo que se declara en las Escrituras una y otra vez. Dice en el Sal. 102:25-27:
“Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos como una vestidura se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán”.
En Mal. 3:6 el mismo Dios declara que Él no cambia. Y en Sant. 1:17 se le llama “el Padre de las luces, en el que no hay mudanza, ni sombra de variación”. Y una vez más, su inmutabilidad se deriva de los atributos que hemos mencionado ya y de otros que no han sido mencionados.
Si Dios es un Ser completamente independiente, nada externo a Él puede hacerlo cambiar, porque Él no depende de nada ni de nadie. Su aseidad permite su inmutabilidad. Pero lo mismo podemos decir de Su infinitud; si Dios es infinito, eso quiere decir que no tiene partes, ya que nada que tenga partes puede ser infinito.
Eso suena complicado, pero en realidad no lo es. No importa cuántas partes una cosa tenga, siempre puede tener una más o una menos. Pero lo que no tiene partes no posee nada que se le pueda sustraer o añadir. Como Dios no tiene partes porque Él es infinito, por lo tanto, Él no puede cambiar. Nada se le puede añadir, nada se le puede restar.
Dios es Espíritu:
En cuarto lugar, nuestro Dios es un ser espiritual, incorpóreo. “Dios es Espíritu”, dice en Jn. 4:24. De no ser así ninguna otra cosa pudiera existir aparte de Dios, porque Él es infinito. Y no sólo eso; si Dios no fuera un ser espiritual, tampoco pudiera ser inmutable, por lo mismo que decíamos en el punto anterior
Dios es eterno:
El mismo texto de Ex. 3:14 que citamos hace un momento puede ser citado aquí: Dios se revela a Sí mismo como “Yo soy el que soy”.
Sal. 90:1-2: “Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación. Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tu eres Dios”.
Is. 57:15: “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo”. Nuestro Dios es eterno. Si no fuese eterno, no podría ser autosuficiente, ni infinito, ni inmutable.
Dios es Uno y es Trino:
Ese es uno de los aspectos más inescrutables del Ser de Dios, pero es algo que se revela en las Escrituras una y otra vez: Gn. 1:1, 26; Deut. 6:4; Mt. 28:19-20. Y así podríamos citar muchísimos textos más.
Ese hecho de que Dios es Uno se deriva igualmente de los atributos. Si Dios es infinito, entonces no puede ser más de uno, porque en todo el universo no cabrían dos dioses igualmente infinitos. Uno estaría necesariamente incluido dentro del otro.
Pero la unidad de Dios también se deriva de la naturaleza de la creación, porque el cosmos creado es un universo y no un “multiverso”. Hay unidad en el cosmos porque todas las cosas que existen fueron hechas por el mismo Creador.
Dios es Personal:
Con esto queremos decir que Dios posee las características esenciales de la personalidad: la capacidad de pensar, sentir y decidir. Por ejemplo, de Dios se dice, no sólo que Él piensa, sino que Él es toda sabiduría y que Su entendimiento es infinito (Sal. 147:5; Sal. 139:2-4; He. 4:13; Mt. 6:8).
Pero Dios también siente (Ez. 18:23; He. 11:6). Y Dios también posee voluntad para decidir (Rom. 12:2; Ef. 1:5; Ap. 4:11).
Si Dios no fuese personal no tendríamos ninguna explicación para el origen de nuestra personalidad, porque sólo una persona puede engendrar o crear a otra persona. Pero si Él no fuese personal tampoco se hubiese revelado en un libro, ni hubiese diseñado un plan de salvación. El Dios de la Biblia no puede ser otra cosa que un Dios personal.
Y así podríamos seguir enumerando un atributo tras otro, y veremos que el Dios que se revela en las Escrituras no guarda ninguna semejanza con los ídolos que la imaginación humana ha producido a través de los siglos.
El Dios de la Biblia, como bien ha sintetizado John Blanchard, “es único, personal, plural, espiritual, eternamente auto existente, trascendente, inmanente, omnisciente, inmutable, santo, un Ser amante, el Creador y Gobernador de todo el universo y el Juez de la humanidad” (pg. 21). Un ser así nunca hubiese podido ser concebido por la mente, como es más que evidente en los dioses que los hombres han inventado. Y ese Dios se ha hecho accesible al hombre a través de Su Palabra inspirada.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Sin embargo, cuando leemos los libros de la Biblia no encontramos ni un solo atisbo de discrepancia en la información que nos brindan sus autores, sino más bien una sorprendente y extraordinaria unidad orgánica.
Supongamos que un grupo de personas, con una misma creencia se ponen de acuerdo para escribir una antología acerca de un mismo asunto. Es muy probable que aún poniéndose de acuerdo haya discrepancia entre ellos, y mientras más controversial sea un tema, mayor será la probabilidad.
Ahora imaginen a un grupo de 40 personas, escribiendo acerca de muchísimos temas diversos y sin la menor posibilidad de ponerse de acuerdo porque ni siquiera vivían en la misma época, y que este grupo de hombres escriban 66 libros presentando unidad, coherencia y armonía en todos los temas que tratan, incluyendo temas tan controversiales como el de la existencia y naturaleza de Dios. Eso sería realmente extraordinario.
Pues eso es precisamente lo que tenemos en la Biblia. Estos hombres no se pusieron de acuerdo para escribir una antología acerca de la Persona de Dios. Y sin embargo, no sólo presentan una información perfectamente unificada, sino también extremadamente compleja.
Lo que estos hombres escribieron respecto a Dios está muy por encima de lo que cualquier hombre de cualquier época puede llegar a comprender plenamente. Aún poniéndose de acuerdo es muy improbable que un grupo de hombres haya podido inventarse un Dios como el que se revela en la Biblia.
Echemos un breve vistazo a lo que la Biblia nos revela acerca de Dios y noten ese entrelazado maravilloso de la información bíblica (no leer encabezado).
Dios es autosuficiente y completamente independiente:
En primer lugar, la Biblia nos dice que Dios es auto suficiente y completamente independiente. Eso es lo que los teólogos llaman la “aseidad” de Dios. Esa palabra viene de la frase latina a se, que significa “por sí mismo”. Una frase latina similar que usamos en español es per se. Dios existe por sí mismo. Todas las cosas creadas dependen de Él para su existencia, pero Él a su vez no depende de nada ni de nadie para existir.
Cuando Dios se revela a Moisés en el episodio de la zarza ardiendo y lo comisiona para ir a libertar al pueblo de Israel, Moisés dice al Señor: “He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros”.
No dijo: “Yo era”, ni “Yo seré”, sino “Yo soy”, el eterno presente de Dios, un Dios que permanece siendo el mismo ayer, hoy y por los siglos. Ningún ser humano pudiera decir algo así de sí mismo, porque nosotros somos el resultado de muchos factores.
Yo no soy el que soy; yo soy el hijo que mis padres engendraron, y el que mi padres criaron, y el que absorvió muchas cosas a medida que fui creciendo en el contexto en que crecí. Pero Dios es, sencillamente, el que es. Él no depende de nada ni de nadie para existir, Él no depende de nada ni de nadie para ser quien es.
Cientos de años más tarde, nuestro Señor Jesucristo aludiría a este pasaje al decir a los judíos en Jn. 8:58: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy”.
Y es obvio que los judíos entendieron claramente la implicación, porque dice en el vers. 59 que, al escuchar estas cosas, tomaron piedras para arrojárselas. Al igual que Jehová en el AT, el Señor Jesucristo se refiere a Sí mismo diciendo simplemente: “Yo soy”. Nuestro Dios existe por Sí mismo, pero todas las cosas que existen, existen por Él y dependen de Él.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1). En ese principio comenzó el tiempo como nosotros lo conocemos, pero Dios estaba allí antes de que nada más existiera. Y lo mismo se dice de Cristo en el NT.
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1:1-3).
Y Pablo dice en Col. 1:16-17, refiriéndose al Señor Jesucristo, que “en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten (Col. 1:16-17).
Nuestro Dios es el Ser sin causa, pero Él a Su vez es la causa de todo. Él es totalmente independiente, pero todas las cosas creadas dependen de Él.
Dios es infinito:
En segundo lugar, la Biblia también enseña que nuestro Dios es infinito. Eso quiere decir que Él no tiene límites en Su ser y consecuentemente no tiene límites en ninguno de Sus atributos. Cuando Salomón ora a Dios en la dedicación del templo, dice en 1R. 8:27:
“Pero ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?”
Y hablando acerca de la grandeza de Dios, dice en Is. 40: “¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados... He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas... Como nada son todas las naciones delante de Él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es” (Is. 40:12, 15, 17).
Y en el Sal. 145:3 dice el salmista: “Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es inescrutable”. Nuestro Dios es infinito. De no ser así no podría ser autosuficiente ni totalmente independiente. Nosotros somos dependientes porque somos limitados. Todo lo que es causado por otra cosa tiene que tener límites, pero como Dios es la causa sin causa Él no es limitado por nada.
Dios es inmutable:
En tercer lugar, nuestro Dios es inmutable. Eso es algo que se declara en las Escrituras una y otra vez. Dice en el Sal. 102:25-27:
“Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos como una vestidura se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán”.
En Mal. 3:6 el mismo Dios declara que Él no cambia. Y en Sant. 1:17 se le llama “el Padre de las luces, en el que no hay mudanza, ni sombra de variación”. Y una vez más, su inmutabilidad se deriva de los atributos que hemos mencionado ya y de otros que no han sido mencionados.
Si Dios es un Ser completamente independiente, nada externo a Él puede hacerlo cambiar, porque Él no depende de nada ni de nadie. Su aseidad permite su inmutabilidad. Pero lo mismo podemos decir de Su infinitud; si Dios es infinito, eso quiere decir que no tiene partes, ya que nada que tenga partes puede ser infinito.
Eso suena complicado, pero en realidad no lo es. No importa cuántas partes una cosa tenga, siempre puede tener una más o una menos. Pero lo que no tiene partes no posee nada que se le pueda sustraer o añadir. Como Dios no tiene partes porque Él es infinito, por lo tanto, Él no puede cambiar. Nada se le puede añadir, nada se le puede restar.
Dios es Espíritu:
En cuarto lugar, nuestro Dios es un ser espiritual, incorpóreo. “Dios es Espíritu”, dice en Jn. 4:24. De no ser así ninguna otra cosa pudiera existir aparte de Dios, porque Él es infinito. Y no sólo eso; si Dios no fuera un ser espiritual, tampoco pudiera ser inmutable, por lo mismo que decíamos en el punto anterior
Dios es eterno:
El mismo texto de Ex. 3:14 que citamos hace un momento puede ser citado aquí: Dios se revela a Sí mismo como “Yo soy el que soy”.
Sal. 90:1-2: “Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación. Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tu eres Dios”.
Is. 57:15: “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo”. Nuestro Dios es eterno. Si no fuese eterno, no podría ser autosuficiente, ni infinito, ni inmutable.
Dios es Uno y es Trino:
Ese es uno de los aspectos más inescrutables del Ser de Dios, pero es algo que se revela en las Escrituras una y otra vez: Gn. 1:1, 26; Deut. 6:4; Mt. 28:19-20. Y así podríamos citar muchísimos textos más.
Ese hecho de que Dios es Uno se deriva igualmente de los atributos. Si Dios es infinito, entonces no puede ser más de uno, porque en todo el universo no cabrían dos dioses igualmente infinitos. Uno estaría necesariamente incluido dentro del otro.
Pero la unidad de Dios también se deriva de la naturaleza de la creación, porque el cosmos creado es un universo y no un “multiverso”. Hay unidad en el cosmos porque todas las cosas que existen fueron hechas por el mismo Creador.
Dios es Personal:
Con esto queremos decir que Dios posee las características esenciales de la personalidad: la capacidad de pensar, sentir y decidir. Por ejemplo, de Dios se dice, no sólo que Él piensa, sino que Él es toda sabiduría y que Su entendimiento es infinito (Sal. 147:5; Sal. 139:2-4; He. 4:13; Mt. 6:8).
Pero Dios también siente (Ez. 18:23; He. 11:6). Y Dios también posee voluntad para decidir (Rom. 12:2; Ef. 1:5; Ap. 4:11).
Si Dios no fuese personal no tendríamos ninguna explicación para el origen de nuestra personalidad, porque sólo una persona puede engendrar o crear a otra persona. Pero si Él no fuese personal tampoco se hubiese revelado en un libro, ni hubiese diseñado un plan de salvación. El Dios de la Biblia no puede ser otra cosa que un Dios personal.
Y así podríamos seguir enumerando un atributo tras otro, y veremos que el Dios que se revela en las Escrituras no guarda ninguna semejanza con los ídolos que la imaginación humana ha producido a través de los siglos.
El Dios de la Biblia, como bien ha sintetizado John Blanchard, “es único, personal, plural, espiritual, eternamente auto existente, trascendente, inmanente, omnisciente, inmutable, santo, un Ser amante, el Creador y Gobernador de todo el universo y el Juez de la humanidad” (pg. 21). Un ser así nunca hubiese podido ser concebido por la mente, como es más que evidente en los dioses que los hombres han inventado. Y ese Dios se ha hecho accesible al hombre a través de Su Palabra inspirada.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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